Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3) 13
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G ideon

Mi erección no desaparecía. Seguí a Autumn hasta dentro de la casa como una puta pantera. Quería meterla dentro y volver a ponerle las manos encima.

—Y aquella vez, Eleanor llevaba más de dos meses sin sacar nada en el bingo semanal, y unos cuantos profesores y yo casi reunimos una hucha para sobornar al bar y que la dejaran ganar —dijo ella con una risita.

No había dejado de hablar desde que habíamos salido del colegio.

Me gustaba escucharla parlotear, pero, sobre todo, utilizaba la cadencia melodiosa de su voz para avivar el deseo que me recorría las venas.

Cerré la puerta de una patada tras de mí.

Ella se agachó para quitarse las botas—.

Ninguno de nosotros sabía cómo hacerlo. Quiero decir, tendríamos que sobornar a los demás jugadores, así que pensamos: ¿y si vamos todos a jugar y nos guardamos nuestros bingos para nosotros mismos? ¿Serviría de algo?

Estaba a punto de alejarse de mí, pero le agarré la muñeca e hice que se volviera hacia mí.

Tenía los labios entreabiertos cuando estrellé mi boca contra la suya. No dudé en deslizar mi lengua en su interior.

Joder, qué dulce era. Los dos habíamos cogido un caramelo de menta de la oficina de Administración al salir, pero me habría dado igual que se hubiera bañado en salsa de ajo.

Le habría lamido cada centímetro de su cuerpo.

Una cosa tenía clara tras aquel beso en su aula: no podía pasar ni una noche más durmiendo a su lado sin que mi pene me metiera en líos.

Se le escapó un gemido de deseo. Bien, estábamos en la misma onda. La levanté, y me encantó la forma en que entrelazó sus piernas a mi alrededor. Esta chica no se contenía, y yo esa noche la necesitaba abierta y dispuesta.

—Te voy a llevar al dormitorio. —Di un paso y tuve que esperar a que la presión contra mi espinilla cediera. Pisar al gato habría echado todo a perder—. Y vamos a follar hasta que grites mi nombre.

—Ya te he dicho que lo de tener un hijo está descartado.

—No se trata de tener un hijo. Se trata de ti y de mí. ¿Quieres follar, polvorín?

—Sí —gimió mientras besaba mi cuello, bajando por él. La energía se tensó aún más en mis músculos. Estaba rígido como una tabla y no era solo mi erección. Ella se apartó con cara de incertidumbre—. Así que esto es…

Me detuve en el pasillo.

—Solo tú y yo. Sin condiciones.

Sacó la lengua para lamerse el labio inferior.

—¿Por qué no?

¿Tenía que convencerse a sí misma?

—¿Por qué desperdiciar un mes entero? —O iba a estallar. Dormir en su cama, justo a su lado, durante semanas iba a ser una auténtica tortura. Iba a tener que recurrir a masturbarme y a perder el control del que tanto me enorgullecía.

El deseo le iluminó los ojos y sus piernas, enroscadas alrededor de mis caderas, se tensaron.

—Todo un mes…

—Estaré dentro de ti todos los putos días. —Seguí hacia el dormitorio. Al cruzar el umbral, me dirigí directamente a la cama, porque la forma en que ella se apretaba contra mi erección lo exigía, pero entonces me acordé del gato y cerré la puerta del dormitorio de una patada.

La tumbé sobre el colchón. Ella dejó caer los pies sobre las sábanas, pero yo la seguía acunado en la unión entre sus muslos.

Le fui besando el cuello mientras deslizaba los dedos bajo su vestido para bajarle los leggings . Ella jadeó y se incorporó a medias, y me dio un cabezazo en el pecho. Se me escapó un «¡Uf!» y me senté de nuevo sobre las rodillas, parpadeando.

—Dios mío, lo siento. —Me agarró la cabeza entre las manos y me examinó—. No te he roto ningún diente, ¿verdad?

Nunca me reía durante el sexo, pero en esa ocasión solté una risita. Qué sensación tan extraña: estar tan excitado y, sin embargo, encontrarle la gracia a su reacción cariñosa.

—No. Aunque tus tetas podían servir como arma si asfixiaras a un atacante.

—No sé si eso es un cumplido.

—Créeme, es un cumplido.

Soltó una suave risita y bajó las manos. Estuve a punto de volver a ponerlas en su sitio cuando ella se estiró para encender la lámpara de la mesilla de noche. Una luz tenue nos bañó.

Se mordió el labio inferior, angustiada.

—No tengo condones.

A medida que la sangre volvía muy lentamente a mi cerebro, comprendí el problema. No me estaba presionando con el tema de tener un hijo, pero sí que estaba preparada para tener un bebé, así que, probablemente, no tomaba anticonceptivos.

—Yo tampoco tengo —confesé. ¿Cómo no se me había ocurrido que los fuéramos a necesitar?

Porque estaba demasiado obsesionado con estar dentro de ella. Nunca se me había pasado por la cabeza la idea de protegerme, ni siquiera con lo de los bebés y todo eso.

Ella me miró.

—¿No tienes ni uno?

Le acaricié las piernas.

—No voy por ahí con la intención de meterme en las bragas de cualquier mujer en cualquier momento y lugar. Soy prudente. —Estaba pagando mi falta de preparación. El deseo crecía bajo mi piel y solo Autumn podía saciarlo—. Puedo ir corriendo a una gasolinera…

—No. —Puso los ojos como platos y me agarró por los hombros—. Se supone que estamos tan locamente enamorados que nos casamos nada más conocernos. Tu padre no se creerá lo de la familia si se extiende el chisme por el pueblo de que mi nuevo marido está comprando preservativos.

Por su tono, le preocupaba que los chismosos anónimos y sin rostro soltaran rumores, como que estaba comprando condones para evitar dejar embarazada a mi nueva esposa.

Una pequeña punzada de decepción me atravesó el estómago. Ella había mantenido la cabeza fría mientras yo la manoseaba. Yo estaba listo para sumergirme en su dulce cuerpo y ella estaba pen sando en la estrategia. Había sido considerada conmigo y luego con mis planes.

Mi ego no solía resentirse tan fácilmente, pero a Autumn no le entusiasmaba la idea de limitarse a estar conmigo.

—Lo siento —dijo, sacudiendo la cabeza—. Pero en Bourbon Canyon no podemos comprar condones.

—Nadie me conoce en la tienda de comestibles.

Puso cara de escepticismo.

—Claro —dijo, seca—. Nadie se fijará en el desconocido increíblemente guapo que compra Trojan XL. Y absolutamente nadie, y menos aún los empleados más veteranos que llevan décadas trabajando en la tienda, atarán cabos cuando oigan que Gideon James ha regresado al pueblo casado con una Kerrigan.

La satisfacción que me invadió cuando pronunció mi nombre completo fue arrolladora. Quería oír mi nombre en los labios de esa mujer, solo que prefería que lo susurrara entre jadeos y gemidos.

—¿Y entonces qué? ¿Hacemos que nos envíen esos Trojan XL?

Se encogió de hombros.

—Supongo.

—Mañana me pasaré por Bozeman.

—Puedo ir andando al trabajo.

—No. Te llevaré yo. —De repente, me vino algo a la mente—.

Mierda. Tengo una reunión. Puedo llevarte y luego irme corriendo a Bozeman.

Quizá tenga que comprarme esa camioneta.

—Sus labios se crisparon como si estuviera conteniendo una sonrisa.

Y sí, la idea de tener que planificar una salida para comprar condones entre reuniones de trabajo para dirigir un casino de quinientos millones de dólares era absurda—.

Señora James, no hay nada de gracioso en nuestra falta de protección.

Juntó el dedo índice y el pulgar.

—Es un poco gracioso. Estás pensando en comprarte un coche para poder comprar condones.

Sabía que iba a merecer la pena solo por haberla besado. Esa noche no teníamos preservativos, pero yo era un hombre ingenioso. Agarré la tela de sus leggings y tiré de ellos.

—Hay muchas cosas que podemos hacer mientras tanto.

—¡Ah! —chilló, poniéndose tensa—. Eh…

Me detuve.

—¿No quieres?

—Dios mío, sí. Pero ¿podemos apagar la luz?

Ni de coña.

Sin embargo, quería que se sintiera cómoda conmigo. Hacía solo unos minutos, había entrelazado su cuerpo alrededor de mí como si yo fuera una barra y ella una stripper de Las Vegas. Volví a tomar posesión de su boca e hice que se tumbara de espaldas.

—Quiero verlo todo —le dije contra sus labios mientras deslizaba mis manos por sus costados y bajaba por su torso—. Hasta el último centímetro.

—No pienso…

—Bien. Si estás pensando, es que lo estoy haciendo mal. —La besé de nuevo, tomándome mi tiempo para saquear su boca hasta que conseguí ese pequeño gemido, y se derritió en mis brazos.

Sus piernas se relajaron y sus rodillas cayeron hacia los lados.

En lugar de desnudarla y pasar a la acción, me balanceé contra ella, disfrutando de cómo levantaba las caderas para venir a mi encuentro.

Metí un brazo entre nosotros y le aparté una rodilla, acostumbrándola a estar abierta ante mí.

Luego, me dediqué a quitarle la camiseta.

Su sujetador era liso, blanco y ribeteado de encaje. Un envoltorio sencillo y perfecto para unos pechos espectaculares. Le bajé los tirantes por los brazos y los liberé de la tela; saltaron a la vista, con los pezones erectos y suplicando que los chupara.

—Joder, esas puntas de color rosa me hacen la boca agua.

— Agarré una justo cuando un estremecimiento de timidez se apoderaba de su expresión.

En cuanto mis labios tocaron su piel, se arqueó hacia mí—.

Así —murmuré, y dediqué a cada uno de ellos la atención que tanto necesitaban.

Amasé su piel, lamiendo y chupando sus pezones hasta dejarla tan dócil como yo quería.

Cuando un «Gideon» cargado de deseo salió de su boca, fui bajando poco a poco.

Le quité los leggings junto con la ropa interior y lo tiré todo al suelo.

Esas puñeteras prendas llevaban demasiado tiempo impidiéndome llegar al cielo.

Me encontré frente a una Autumn casi desnuda.

Sus pechos redondos tenían los pezones erec tos y sus piernas estaban abiertas.

Era la imagen más erótica que había visto jamás.

La vulnerabilidad brillaba en sus ojos. Yo estaba completamente vestido, lo cual era una suerte. Si mi pene no estuviera bien sujeto, me habría corrido. Un simple roce con las sábanas y listo.

Intentó cerrar las piernas, pero le puse las manos en los muslos. No podía apartar la vista; ¿cómo iba a hacerlo?

—¿Sabes lo que veo cuando te miro? —La inseguridad había regresado a su expresión.

No me gustaba, y tenía que asegurarme de que supiera lo que me hacía.

Recorrí con un dedo una larga línea blanca en su muslo.

Al igual que en su brazo, tenía pequeñas marcas blancas que salpicaban los lados.

¿De grapas o de puntos? Quizá algún día me lo contara—.

Veo tu sexo suplicando por mi lengua. —Se le cortó la respiración—.

Veo lo mojada que estás. —Deslicé un dedo por su centro y ella se contoneó al sentir el contacto—.

Eso es. Deja que tu cuerpo me diga lo que quiere.

—Estaba caliente y húmeda, y pronto iba a descubrir lo estrecha que era—.

Veo unos muslos que quiero que se cierren alrededor de mi cabeza. —Le separé más las piernas.

—Gideon —gimió ella. Pero ya no estaba tensa.

—Todo lo que veo me pone tan duro que me hace daño. Ahora necesito descubrir a qué sabes. —Metí los hombros entre sus muslos y le pasé la lengua por el clítoris.

Sus caderas se levantaron de la cama. Aproveché el momento para meter las manos bajo su trasero y pegarla lo más posible a mí.

Le lamí la abertura y volví a subir hasta su clítoris.

Sus gemidos llenaron la habitación. La acaricié y la chupé, prestándole a su clítoris aún más atención que a sus pezones.

Ella se acercaba al clímax; su cuerpo se tensó y yo me aparté.

Quizá estaba siendo cruel, pero no quería que todo acabara.

Había esperado cuatro días enteros por Autumn y me habían parecido una puñetera eternidad.

—Gideon —jadeó. La necesidad de llegar al clímax se notaba en su voz. Sus tacones se clavaban en mis omóplatos, pero podría pasar una eternidad enterrado entre las piernas de esa mujer.

Estaba siendo egoísta y, por una vez, no me importaba. Tomaba lo que quería porque ella me lo estaba dando.

Por fin, cuando empezaron a temblarle las piernas, deslicé un dedo en su interior. Su calor húmedo y ardiente me estrechó en su interior. Si en lugar del dedo hubiera sido mi miembro, no habría aguantado más de una embestida.

Esta vez, el gemido salió de mí.

—Joder, eres tan estrecha como pensaba. —Volví a su clítoris y una oleada de calor me estalló en la cara.

—¡Gideon! —La cama tembló cuando se corrió con fuerza y a todo volumen.

Seguí lamiéndola hasta que bajó de su subidón y se desplomó contra mí, demasiado exhausta para hacer nada.

Me aparté y dibujé un camino de besos por su vientre.

Ella enredó las manos en mi pelo y yo volví a acurrucarme entre sus piernas.

Mis vaqueros eran una barrera, pero su calor me envolvía—.

Vas a mancharte los pantalones —murmuró.

Mi erección era dolorosa. La costura de los pantalones me apretaba, pero no quería estropear el momento. Tenía esa expresión somnolienta de quien acaba de follar bien, y eso que aún no habíamos llegado hasta el final.

—No me importa. —Sus pechos se apretaban contra mi torso. Sentía los latidos de mi pulso en la entrepierna, pero estaba contento, extrañamente satisfecho con solo haberla hecho llegar al clímax.

Empezó a subirme la camiseta.

—Necesitas…

—Ya tengo lo que necesitaba. —La confusión se dibujó en su rostro, pero le di un leve beso en la boca—. Esto no es un intercambio. Puedo esperar.

Lo que no podía decir era que quería abrazarla.

No podía expresar con palabras que aquella había sido la experiencia sexual más intensa de mi vida, y eso que mi pene seguía dentro de mis pantalones.

Mi mundo se había desmoronado y me hacía falta un punto de apoyo en ese momento.

Quería tenerla en mis brazos. Después de casarme, de ver a mi padre y de saborear a Autumn, precisaba sentir que no era el único cuyo mundo, tal y como lo conocía, se estaba derrumbando poco a poco a su alrededor.