12 #4
—Sé que no eres un desalmado —dije, sin aliento. Estaba muy cerca. Eché la cabeza hacia atrás para mirarlo.
—¿Cómo lo sabes? —murmuró.
Le puse la mano en el pecho. Su corazón latía con regularidad bajo mi palma, y el ritmo iba aumentando.
—Aquella noche me salvaste de la humillación. —Solo habían pasado unos cuantos días, pero se me antojaban meses.
—No sobreestimes mis buenas intenciones. No te salvé. —Su voz se volvió dura y una expresión de disgusto se dibujó en su rostro.
—No subestimes lo mucho que disfruté con la charla que les diste a los porteros.
—No subestimes lo mucho que me gusta verte hablar de algo que te apasiona.
Mi mano seguía sobre su pecho.
—¿Y qué es?
—Tu trabajo, tu tierra, tu familia. —Deslizó los dedos alrededor de mi cuello y me acarició el labio inferior con el pulgar—. El ámbar de tus ojos se vuelve más brillante y eclipsa todo el verde. Se te sonrojan las mejillas y empiezo a preguntarme si así es como te ves cuando te corres.
¿Acababa de decir lo que yo pensaba?
Agachó la cabeza y posó los labios donde antes tenía el pulgar.
La firme presión de su boca se intensificó hasta que su lengua bailó en la hendidura de mis labios.
Le dejé entrar, al diablo con el aliento a ajo.
Los dos habíamos comido lo mismo. Probablemente iba a ser la única vez que él y yo estuviéramos en igualdad de condiciones.
Gruñó y le dio un suave tirón a mi coleta. Al echar la cabeza hacia atrás, me abrí a él y me devoró. Sin los ángulos incómodos del coche, estábamos perfectamente alineados. Mi menor estatura solo le permitía dominarme. Lo único que percibía era su lengua, su calor, su olor, su tacto.
Se movió hasta que quedé de espaldas a mi escritorio y mi trasero chocó contra el borde.
No se detuvo hasta que me quedé en caramada en el borde del escritorio y lo rodeé con las piernas.
Fue un gesto automático, pero, joder, el impresionante bulto que presionaba contra mi centro tocaba todos los puntos correctos.
Mi deseo se intensificó un mil por cien.
¿Cómo había podido dormir junto a ese tío y no haber hecho nada?
Entonces empezó a balancearse. Si hubiera tenido los ojos abiertos, se me habrían puesto en blanco. ¿Ese tío era capaz de hacerme sentir tan desesperada, tan necesitada, tan desenfrenada…, y aún no nos habíamos quitado ni una sola prenda?
El placer ya me estaba ahogando de la mejor manera posible hasta que deslizó una mano por debajo de mi falda. Se detuvo para agarrarme el trasero a través de los leggins y me pegó a él hasta que pudo restregarse contra mi entrepierna.
Dejé escapar un gemido; sentí un cosquilleo en los pezones al recordar cada detalle de cómo me había tocado en el coche.
Sí.
Se oyó un tintineo de llaves y un silbido junto a mi puerta.
Jadeé, y Gideon dio un paso atrás tan rápido que me tambaleé al borde del escritorio. Me agarró de la mano y me sujetó hasta que volví a ponerme en pie.
Me giré hacia la puerta justo cuando llegaba Eleanor, la conserje del colegio.
Sonrió y nos saludó con un gran gesto teatral al vernos.
—Señor y señora J, me alegro de haberlos pillado. Este debe de ser el señor, ¿no? Veo algo de aquel chico que solía corretear por aquí.
Gideon no salió de detrás de mí. Me moría de vergüenza al pensar en el motivo. Pero también… de orgullo. Se le había puesto dura por mí.
Aparté ese pensamiento de mi mente mientras me arreglaba la coleta.
—Sí, este es Gideon. Justo iba a cerrar. —En una escala del uno al diez, sonaba como un seis en la escala de la culpa. No estaba mal después de lo que Gideon le había hecho a mi cuerpo.
—No te preocupes —dijo ella—. He visto la luz encendida cuando salía para casa y he pensado en pasarme por aquí para guardar mis herramientas.
Era muy celosa con sus cosas. Las prestaba, pero las vigilaba con ojo de lince hasta que se las devolvían. Si no hubiera sido por el bingo, habría sido ella quien nos dirigiera.
Si no hubiera sido por el bingo, no habría visto a Gideon con ropa informal y haciendo un trabajo manual. Si se pusiera unas botas y un sombrero de vaquero, mis ovarios habrían entrado en combustión espontánea y mi cuerpo se habría convertido en cenizas.
—Sí, ya hemos terminado. —Mi voz sonaba más firme—. Creo que Joseph lo ha vuelto a dejar casi todo en tu sala.
—Gracias por dejárnoslas —añadió Gideon.
Eleanor sonrió, radiante.
—Te has ensuciado las manos, ¿verdad?
—Hace mucho tiempo que no lo hacía. —Volvía a desplegar su encanto corporativo—. Te agradezco la oportunidad.
—Siempre fuiste un chico de los de meter mano. No me sorprende verte por aquí. —Le guiñó un ojo—. Que paséis una buena noche los dos. —Desapareció por la puerta.
—Se ha relajado un poco —dijo Gideon.
No me atrevía a darme la vuelta. Si le miraba los labios y luego la entrepierna, probablemente iba a volver a llevarme a rastras hasta el escritorio.
—Es una joya, pero solo es así de feliz cuando gana al bingo.
Su mano me rozó la parte baja de la espalda. Di un respingo. Una corriente eléctrica me recorrió la columna vertebral de arriba abajo.
—Vámonos a casa —dijo.