Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3) 12 #3
42%

12 #3

¿Cómo sabía que no le estaba contando todo? Removí los bolígrafos de mi portalápices hasta que todos quedaron apoyados uniformemente en el fondo, en lugar de sobresalir a diferentes alturas.

—Quería algo propio.

—Pero ya tienes algo propio, ¿no?

Me mordí el interior de la mejilla.

—¿A qué te refieres?

—Tu padre os dio a todos una parte del rancho.

—Una parte de la tierra —aclaré—. Así que, sí, cobro un alquiler por dejar que mis hermanos usen el pastizal, pero no es mucho. La mayor parte no es apta para el ganado.

—Querías algo más que pudieras llamar tuyo.

Me mordí la parte ya en carne viva de la mejilla. La solté antes de que empezara a sangrar y clavé los dedos en mi escritorio.

—Admito sin reparos que sufría el síndrome de la hija mediana.

Resopló.

—Hay muchos hijos medianos en tu familia.

—Es cierto. Pero Summer es la mayor de las chicas. Los chicos le hacían caso a ella.

Arqueó una ceja. Su expresión rozaba la arrogancia.

—¿Solo porque es la mayor?

Sabía cómo tocar el punto más sensible.

—Sí y no. Cuando llegamos a casa de los Bailey tras el accidente de nuestros padres, tanto Summer como yo nos estábamos recuperando.

A mí me llevó más tiempo por culpa de los huesos rotos, y supongo que siempre me sentí como si fuera a la que tenían que cuidar.

—Me pasé las manos por el pelo. La culpa me carcomía por dentro—. Dios, debería haber sido menos evasiva…

Su risa aguda retumbó en el edificio, por lo demás vacío.

—¿Llamas evasivo al trato que hiciste conmigo en mi cama después de nuestra boda?

—Pensabas que tenía más autoridad sobre mi familia.

Soltó un largo suspiro y sus ojos verdes nunca se apartaron de mi rostro.

—Quizá los dos esperábamos que la tuvieras. Es el matrimonio lo que necesito, Autumn. Puedo comprender lo que es sentirse ignorado cuando se trata de la familia.

El niño solitario que llevaba dentro nunca se había hecho oír con tanta fuerza. Lo que su padre estaba haciendo le había hecho daño.

—Ojalá pudiera ayudarte más.

—Lo mismo digo. La idea de tener hijos… —Se le escapó un breve destello de miedo absoluto.

El sueño de que yo fuera una madre casada con un buen trabajo dejó escapar su último aliento. No podía hacerle eso.

—No te preocupes. No voy a obligarte a cumplirlo.

—Autumn…

—No, no pasa nada. De verdad. No quiero obsesionarme tanto con tener hijos que acabe atropellando a la gente.

Ya me has dicho que nunca abandonarías a un niño, así que tendríamos que resolver lo de la custodia.

Es obvio que la idea te inquieta, así que no voy a forzarte a cumplir tu parte del trato. A mí también me da cringe la idea.

Arqueó las cejas de nuevo.

—¿Te da qué?

—Te sorprendería lo pronto que los niños pequeños descubren cómo usar la jerga. He aprendido el floss y he oído a un niño de infantil decirme que soy «Sos , literal».

—No tengo ni idea de qué significa esa última frase.

—El floss es un paso de baile que solo puedo hacer a cámara lenta antes de que me dé un tirón en la espalda. Sos es una forma de decir «sospechoso». «Literal»… Es cualquier cosa menos literal.

—¿Le pareció sospechoso tu floss ?

—Básicamente, sí.

Soltó una risita ahogada, y su sonrisa habría hecho que se me cayeran las bragas al suelo si no fuera por el tema tan serio que acabábamos de tratar.

Su sonrisa se desvaneció.

—Los niños siempre fueron una idea lejana. Y entonces tú lo propusiste, y sé que debería lanzarme, sobre todo si Percival acaba siendo mío. —Se encogió de hombros—. No sé nada sobre niños.

Levanté las manos.

—No tienes por qué darme explicaciones. Pueden dar miedo.

Pero también pueden ser dulces, listos y apestosos, y muy ingeniosos.

Incluso con ocho años saben contar chistes con un control que pondría celosos a los cómicos profesionales.

Y algunos se esfuerzan tanto por impresionarte…

En fin. Me gusta mi trabajo. Me encanta.

Me encanta dar clase en mi pueblo. Me gusta trabajar en el bar.

Puedo irme a casa, al rancho, y hacer las tareas del campo cuando quiera.

Solo tengo que aguantar que me recuerden lo delicado que es el embrague de la vieja pala cargadora y que la verja rebelde del prado del norte tiene un pestillo extra y que hay que coger los fardos del extremo norte de la pila, como si no llevara haciendo todo eso desde que era una cría. Es lo que hay.

—¿Qué parte de la finca de los Bailey te ha tocado?

—Es preciosa: está al borde del bosque y la atraviesa un arroyo, pero también hay un estanque alimentado por un manantial, por eso el ganado pasta allí en verano.

Mi padre encontró un lugar al que ya se podía acceder y que nos ofrecía buenas vistas a todos.

Cuando se pone el sol, es maravilloso. —Inspiré hondo.

La finca de su familia debía de tener las mismas características—.

No debería entusiasmarme tanto. Ha sido un poco insensible por mi parte.

Se deslizó alrededor del escritorio hasta quedar frente a mí.

—Sería un cabrón desalmado si te hiciera dejar de hablar de algo que está claro que te encanta.