12 #2
—¡Claro que sí! —La alegría se dibujó en su rostro.
Le había gustado que lo reconociera como mi profesor.
Le tendió el brazo a la otra mujer—. Esta es mi mujer, Kerry.
Es la profesora de música. Kerry, como has oído, Gideon fue uno de mis primeros alumnos—.
Pensaba que ibas a ser el jugador que nos ayudara a llegar al campeonato estatal, pero nunca te animaste.
Se me escapó la misma excusa que había utilizado décadas atrás.
—El rancho me necesitaba.
Él hizo un gesto con la mano como si no le importara. Por aquel entonces solían mirarme con lástima. La gente conocía la historia de mi madre y mi padre, y sabía por qué el rancho me necesitaba.
—Eh, ahora me doy cuenta de que es una historia muy común por aquí.
Enhorabuena por la boda… eh, por el matrimonio.
—Esbozó una sonrisa incómoda—. Me va a costar un poco acostumbrarme a pasar de la señorita K a la señora J.
—Ladeé la cabeza, sin saber muy bien qué decir, ya que me sentía como un puto impostor ante gente que solo quería desearnos lo mejor.
—¿Has venido a echar una mano? —preguntó Autumn. Había estado atendiendo a la conversación, con curiosidad en la mirada. Y en ese momento había en su tono una pizca de desafío.
—¿Necesitas que eche una mano? —le pregunté. ¿Por qué no me lo había pedido antes?
—Los niños querían hacer un programa musical con temática de Halloween, pero el colegio no tiene muchos adornos. Hemos comprado unos cuantos, pero no quedan bien con los techos tan altos. Nadie podría verlos aunque consiguiéramos colgarlos allí arriba.
—El conserje encontró unos trozos viejos de contrachapado y nos prestó su caja de herramientas —dijo el señor Ellison.
—Pero esta noche tiene bingo —añadió Kerry—.
Así que solo estamos nosotros y unos trozos de madera de dos por cuatro.
—Puso los brazos en jarras—. Al igual que Autumn, iba vestida para dar clase con leggings de punto y una camiseta larga—.
Todavía nos queda colocar las plataformas y preparar el atrezzo.
—¿ Atrezzo ? En mi época, cantábamos unas cuantas canciones y nos íbamos a casa.
—Los niños lo han convertido más bien en una obra de teatro —explicó Autumn, sonrojándose—. Y se emocionaron tanto que no pude decir que no. Pensé que bastaría con montar un decorado rápido.
—Se ha convertido en una producción más grande de lo que ninguno de nosotros esperaba —concluyó el señor Ellison.
Seguía llevando pantalones de vestir, pero tenía la camisa polo medio por fuera.
Ninguno de ellos estaba preparado para montar un decorado—.
Y no podíamos dejar a Autumn aquí trabajando sola.
Iban a terminarlo, pero también a acabar muy tarde.
Y yo habría podido irme, pero iba a quedarme esperándola, trabajando sin descanso y preguntándome qué tal le iba y cómo estaba quedando el decorado.
Me dolían los hombros solo de pensar en sentarme a la mesa y todavía era capaz de manejar un martillo.
Me remangué .
—Dime qué necesitas.
A utumn
Kerry había ido a por pizza para todos. Gideon le había dado algo de dinero a escondidas, sin decírnoslo. A juzgar por toda la pizza que había traído, debía de haber sido mucho dinero.
Me quedé pensando durante demasiado tiempo en lo considerado que había sido eso. Casi tanto como el tiempo que pasé mirando cómo trabajaba, cómo se agachaba y se acuclillaba, alineando tablas y clavando puntas. No teníamos herramientas eléctricas: nuestra herramienta era Gideon.
Se había comido un par de porciones de pizza y luego había vuelto al trabajo.
Yo iba por mi tercer trozo. El sándwich de jamón y las sobras de ensalada de macarrones se habían acabado hacía horas y me moría de hambre . El calor que ardía en lo más profundo de mi estómago me decía que también tenía hambre de algo más.
—Tienes buen gusto —murmuró Kerry. Joseph Ellison estaba ayudando a Gideon a colocar el armazón para que pudiéramos colgar los adornos.
—Gracias. Creo que las setas quedan mejor con aceitunas negras.
Ella resopló y se limpió los labios con una servilleta.
—No me refería a los ingredientes de la pizza, Autumn . —Puso los ojos en blanco—. Creo que ese marido tan guapo que te has traído de Las Vegas es una muestra de tu buen gusto.
—Era alumno de tu marido —susurré.
—Desde luego, ya no es ningún crío.
—No.
Llevaba todo el día sonriendo y asintiendo cuando mis compañeros de trabajo me felicitaban. No paraban de elogiar su aspecto y mi anillo. Me habían tirado de la mano varias veces para poder examinarlo. Casi me dio un infarto cuando se me manchó el diamante con pintura acrílica.
Los niños eran el mayor de los alivios. Tras cinco minutos y unas cuantas preguntas, sobre todo acerca de si había ganado un montón de dinero en Las Vegas, mi matrimonio quedó en el olvido.
Y en ese momento mi marido estaba ahí. No me había dicho por qué, y a mí me daba igual. Verlo con vaqueros y con una sudadera con capucha era lo único que le importaba a mi libido. Despertarme a su lado durante los tres últimos días había sido un infierno para mis hormonas.
Kerry me miró de reojo.
—¿Te resulta raro? ¿Estar casada de repente? Pensaba que tú y Mark teníais algo.
Mark —el señor Knutson en el trabajo— se había mostrado excesivamente formal conmigo y se había limitado a decirme bruscamente que le entregara los documentos a Kaitlyn.
—Sí. —Era lo primero sincero que había dicho en todo el día, aparte de estar de acuerdo con lo guapo que era Gideon—. Una cosa es dejarse llevar por la idea y otra muy distinta es tenerlo aquí. En mi casa. En mi trabajo.
Los chicos estaban transportando la pared de contrachapado junto a las gradas; de no ser por eso, me habría callado.
Me dio una palmadita en el hombro.
—Bueno, parece que te ha tocado uno considerado.
—También es raro que la gente lo conozca. —Para mí seguía siendo un desconocido.
—Ninguno de nosotros lo conoce en realidad. —Cogió otro trozo de pizza—. Solo hemos oído hablar de él —dijo con la boca llena.
Lo mismo digo.
Los dos chicos se volvieron para mirarnos y Joseph esbozó una sonrisa. No hacía falta que dijera lo encantado que estaba de trabajar con un antiguo alumno.
—Es hora de colgar la colonia de murciélagos.
Recogí las siluetas de murciélagos que habían hecho los alumnos. Kerry cogió las chinchetas y Joseph encontró un poco de cordel.
Gideon apareció a mi lado. Yo estaba intentando colocar un murciélago en la parte de arriba. Me lo quitó de las manos y le clavó una chincheta en la parte superior. Tenía el pecho pegado a mi espalda y su aroma me envolvía.
—Gracias —murmuré.
—No hay de qué.
No habíamos tenido tiempo de hablar desde que había llegado.
—¿Por qué has venido?
—No estabas en casa —dijo con total sencillez.
—¿Y qué?
Esa vez, su mandíbula se tensó.
—No me habías dicho por qué.
—Pensaba que me habías oído contárselo a tu padre.
—Cuando vi un tic en su ojo derecho, quizá al darse cuenta de que no me había prestado atención, continué—: Mañana iré al bar después del trabajo, y el programa es el jueves por la noche.
Probablemente me quedaré aquí hasta que empiece.
—No respondió, pero sí que me ayudó a montar el decorado improvisado.
Ya que le había echado un sermón por ser grosero, podía mostrarme considerada—. ¿Te apetece venir?
Parpadeó.
—Claro. ¿Por qué no? —Lo dijo con tanta naturalidad que tuve que contener una sonrisa. Dudaba de que hubiera acudido sin una invitación, pero al parecer le apetecía—. Quizá debería comprarme un coche mientras esté aquí.
—¿Por qué?
—No tengo coche cuando tú estás en el trabajo.
Ah. Espera…
—¿Has venido andando?
—¿Por qué no iba a hacerlo?
—¿Cuánto tiempo has estado esperando en la acera antes de darte cuenta de que no iba a aparecer un coche por arte de magia?
Su mirada se intensificó y luego se le levantó una esquina de la boca.
—Te prometo que no ha sido más de una hora. —Ladeó la cabeza—. ¿Te sorprendería saber que no he tenido que pedirle indicaciones a nadie?
Resoplé.
—Apuesto a que, de todas formas, muchas mujeres se han parado para ofrecértelas. —Su risa fue profunda. Sonreí—. Solo tengo que guardar todas mis cosas y luego te puedo llevar a casa.
Vino conmigo sin preguntar. Cargué los cubos vacíos que antes habían contenido murciélagos y calabazas cuidadosamente elaborados en los que mis alumnos habían trabajado toda la tarde. A continuación, otro cubo con grapadoras, cinta adhesiva, cordel y pinturas.
Gideon empujó el carrito. En mi aula, guardé todo y él se quedó dando vueltas por ahí.
—¿Es raro trabajar en el mismo sitio al que fuiste al colegio? —preguntó.
—Sí y no. Cuando empecé, me intimidaba trabajar con gente como Joseph. Aunque él siempre se emociona cuando un antiguo alumno empieza a trabajar aquí.
Gideon deambulaba por el aula. Me sentí expuesta, como si me hubiera levantado la blusa y le estuviera enseñando todo mientras él paseaba entre el trabajo de toda mi vida.
—¿Por qué primaria? —preguntó.
—Siempre me han gustado los niños. He visto a mi madre cuidar de ellos toda mi vida, y supongo que quería devolver algo de lo que había recibido.
El instituto puede estar abarrotado algunos años, ya sabes, con la escuela secundaria metida en un ala.
Bourbon Canyon es demasiado pequeño para tres edificios e infraestructuras separadas.
Se acercó. Ya había puesto mis materiales de oficina en su sitio, pero cambié la grapadora de un lado a otro.
—Esa no es la única razón. —Se detuvo junto al borde de mi escritorio.
Intenté imaginarlo de niño, diciendo «Señorita K» al menos tres veces mientras se asomaba por encima de los exámenes que estaba corrigiendo para llamar mi atención.
Se me derritió el corazón. El mechón rebelde que siempre se peinaba hacia un lado, recortado a la longitud justa para que no se levantara, probablemente se le había rizado cuando era pequeño—.
Déjame reformular mi pregunta original. ¿Por qué la enseñanza?