12
G ideon
Miré por la ventana y comprobé la temperatura en mi móvil. Hacía más calor fuera que el ambiente gélido que se desprendía de Autumn. Se había ido a trabajar; o eso suponía, ya que no me había dirigido la palabra.
Después de que hubiera hecho caso omiso de sus reprimendas, se había quedado sentada fuera otra media hora, y cuando había entrado, se había preparado para acostarse y había leído hasta que había apagado las luces.
Yo había aprovechado la oportunidad para ponerme al día con el trabajo.
La junta directiva no estaba contenta de que me hubiera marchado tras avisar con tan poca antelación y no podía evitar preguntarme cuántos de esos mensajes de texto ansiosos estaban impulsados por Taya.
Llevaba más de cinco años trabajando en el Silver con dedicación absoluta, además de haber acumulado muchos meses de vacaciones sin disfrutar. Debían de saber que no me habría ido sin motivo. Muchos de ellos me conocían de cuando trabajaba en otros casinos de la zona de Las Vegas.
Por el momento los había tranquilizado.
Pero ¿dónde estaba mi mujer? ¿Cómo de enfadada estaba? Lo único que me había pedido era que hablara con ella.
Me había llamado grosero.
A lo largo de los años me habían descrito de muchas maneras. Duro. Inflexible. Demasiado exigente.
Pero grosero, no, joder. Y había tenido que escucharlo de boca de una profesora.
Bajé las persianas. Fui a la nevera y saqué lo que quedaba de las sobras. Solo había una loncha de jamón y un panecillo.
Se me estaba despertando el apetito y se me hacía la boca agua. El plato que me había calentado anoche, después de que Autumn se hubiera retirado al dormitorio, me había dado ganas de devorarlo todo. No quedaba suficiente para otra comida.
Esa mañana había visto a Autumn metiendo algo en una bolsa térmica con caballos dibujados.
A nadie en el Silver se le habría ocurrido llevarse al trabajo una bolsa de almuerzo con caballos dibujados.
Probablemente me había dejado las sobras para darme una lección.
Ella también podía ser grosera. Me comí las sobras.
Me senté a la mesa de la cocina y trabajé unas horas, contestando correos, y hasta mantuve una reunión telefónica.
Para cenar, encontré un congelador lleno de carne de ternera, además del helado.
Pero, en vez de eso, preparé huevos. Autumn tenía muchas verduras por ahí para hacer una tortilla decente.
El gemido que se me escapó al probar los huevos frescos de granja fue vergonzoso. Sonaba como si me la estuvieran chupando, algo que no iba a pasar después de cómo Autumn me había rechazado la noche anterior.
Fregué los platos con más fuerza de la necesaria. Me daba igual que ella mantuviera las distancias. No me importaba. Un mes no iba a ser tiempo suficiente para que mi padre cambiara de opinión. Solo necesitaba que se creyera que íbamos a tener hijos en un futuro próximo.
Pero eso no formaba parte del trato.
Una gota de sudor brotó en mi frente.
Dejé los platos en el escurridor y volví al trabajo. Me quedé delante del ordenador hasta que me dolieron los hombros y la espalda empezó a protestarme. Echaba de menos mi silla ergonómica.
Cuando eché un vistazo a la hora, me quedé de piedra. ¿Eran ya más de las seis?
Fuera, el sol se hundía hacia el horizonte.
¿Dónde estaba mi mujer? Las clases habían terminado hacía horas.
Cuando miré hacia fuera, Deon pasó en bicicleta. Echó un vistazo a la casa y me saludó con la mano. Tardé un momento en recordar que debía corresponder al gesto. Esas ventanas no eran de cristal unidireccional, y yo no estaba en un ático en lo más alto de la ciudad.
Se alejó a toda velocidad después de que le devolviera el saludo. ¿Dónde demonios estaba mi mujer?
Mi estómago volvió a rugir. Solo había preparado el almuerzo. ¿Qué iba a cenar? ¿Con quién iba a cenar?
Fui a coger las llaves para salir, pero, maldita fuera, no había llaves. Ni coche. Ni siquiera lo había tenido en cuenta cuando se había ido. Me había dejado colgado a propósito.
Porque te lo merecías.
En el fondo, sabía que eso no era propio de ella. Quizá se hubiera largado con la comida que no me merecía tras mi marcha precipitada, pero no me habría dejado tirado a propósito.
Encontré mis zapatillas deportivas, que normalmente reservaba para el gimnasio, y me puse unos vaqueros y una sudadera con capucha gris del Silver que me había regalado el departamento de Marketing y que solo me había puesto una vez en todos los años que hacía que la tenía.
Luego salí de casa y cerré la puerta con llave.
Un simple pestillo no iba a detener a nadie, pero no podía accionar el cerrojo sin una llave.
Tampoco podía pasar la tarjeta para que se cerrara.
«Deja las ventanas y la puerta abiertas, Giddy. Me encanta el aire fresco» . Me sacudí de encima la voz de mi madre, más clara desde que estaba en Montana, y me dirigí al instituto.
Recorrí el pueblo como si nunca me hubiera ido. Los coches pasaban y la gente se quedaba boquiabierta, pero yo no les prestaba atención.
Cuando llegué al colegio, un edificio de ladrillo de una sola planta, las puertas estaban cerradas con llave.
—Maldita sea. —Se veían las luces de las aulas encendidas. ¿Qué demonios debía hacer? ¿Llamar a una ventana?
Un par de mujeres se acercaron a la puerta, charlando entre ellas.
Cuando me vieron, se detuvieron y se quedaron mirándome.
Señalé la puerta con un gesto, poco acostumbrado a tener que pedir permiso para entrar.
Podía ir a cualquier sitio y a todas partes en un casino que daba trabajo a más gente de la que vivía dentro de los límites de Bourbon Canyon.
Por fin, la mujer de pelo largo y negro recogido en una coleta alta abrió la puerta unos pocos centímetros.
—¿Gideon?
—¿Sí? —No la reconocí. Debía de tener casi el doble de su edad.
Su rostro se iluminó con un entusiasmo tal que me hizo dar un paso atrás.
Su acompañante se quedó boquiabierta.
—Eres el… de Autumn. —Soltó un chillido agudo—. Dios mío. No me puedo creer que vosotros dos… Es decir, es que… —Se quedaron observándome un rato más.
Esas debían de ser dos de las mujeres que habían dejado tirada a mi esposa a la salida de la discoteca.
—¿Y vosotras dos sois las que la dejasteis sola en una ciudad enorme?
Sus expresiones se ensombrecieron al instante y su sentimiento de culpa era idéntico.
—De verdad que no pensé que iban a dejarla fuera toda la noche —dijo la del pelo negro.
—Por sus mensajes parecía que quería irse a la habitación — añadió la otra—. Debería haberme dado cuenta de lo que tramaba.
—Sí. Deberías haberlo hecho.
Intercambiaron una mirada que compartía la culpa, pero también decía: «¿Qué le pasa a este tío?».
La primera mujer se echó la oscura coleta por encima del hombro.
—Está en el gimnasio, ayudando con el montaje del programa del jueves.
Claro. Le había mencionado a mi padre que tenía compromisos laborales por la noche. Yo había estado demasiado absorto en mi propio drama de «Puedo tomarme un mes libre y trabajar desde casa». El puesto de Autumn era diferente.
—Gracias —me obligué a decir mientras me abría paso entre ellas.
—¡El gimnasio está a la izquierda! —gritó una de ellas—, y luego a la derecha, al final del pasillo.
No me molesté en decirles que había estudiado ahí.
Me sentía como un gigante pasando junto a filas de percheros que me llegaban a la altura del pecho y taquillas, que apenas me alcanzaban los hombros.
No me molesté en mirar dentro de las aulas.
Pasé por delante de una clase e imaginé a mi madre, con el pelo tan oscuro como el de la otra mujer, hablando con uno de mis profesores y sonriéndome durante las reuniones de padres y profesores.
Cuando llegué al cruce donde giré a la derecha, divisé la biblioteca a mi izquierda.
La habían reformado, pero aún recordaba cómo llevaba a mis padres a rastras al interior para la feria del libro.
Mis padres. Se me había colado otro recuerdo de él. No había tenido muchos antes de que muriera mi madre, pero me asaltaban en los momentos más insospechados.
Como al entrar en el gimnasio y ver el gran escenario al fondo, con las cortinas rojas abiertas. Recordé estar de pie en el centro, en la última fila porque era un chico alto, y mirar hacia fuera para ver a mis padres sonriéndome.
Estaba en la secundaria cuando murió mi madre. Sentí un nudo en el pecho. Ese edificio no albergaba más que buenos recuerdos, justo los que no deseaba, porque me mostraban hasta qué punto se había hundido mi padre después de aquello.
Me tragué la acidez que me quemaba la garganta. Autumn daba vueltas alrededor de unas gradas con otras dos personas, una mujer y un hombre que parecía tener más de cincuenta años. ¿Ese era el puto Mark?
Autumn llevaba el pelo recogido en una coleta; sus brillantes mechones cobrizos reflejaban las luces del techo. Llevaba la misma ropa que esta mañana: una camiseta larga a rayas ceñida a la cintura con un cinturón, leggings marrones y botas hasta las rodillas.
Me echó un vistazo y abrió mucho los ojos.
—¿Gideon? ¿Qué haces aquí?
Los otros dos se detuvieron para mirarme, igual que habían hecho las dos primeras mujeres.
El hombre dio un paso adelante.
—¡Gideon James! —Su risa retumbó por todo el gimnasio. Buena acústica—. Apuesto a que no te acuerdas de mí.
Así que… no era Mark.
Tenía el aspecto de cualquier otro padre de las afueras que hubiera ido a Las Vegas de vacaciones con su familia.
—Has acertado. —Me dirigí hacia el escenario.
La mirada de la otra mujer iba de mí a mi atónita esposa.
Solo el hombre sonrió.
—Yo era el profesor en prácticas cuando tú estabas en quinto curso. Soy el señor Ellison.
Lo miré fijamente. Años de polvo se desprendieron de mis recuerdos y, sí, recordaba a un chico joven que ayudaba a mi profesor aquel año.
—Te encantaba jugar al fútbol en el recreo con el resto de nosotros.