11 #4
Había una pared de calor entre la casa y yo. No levanté la vista. Cogí una de las galletas con rayas de chocolate del pudín y lamí la mezcla de vainilla y nata montada.
—¿Quién es ese? —preguntó Deon, mirando fijamente a Gideon.
—Eh… —Mierda. ¿Cómo se lo decía a uno de mis alumnos? Me estaba preparando para el trabajo del día siguiente, pero esperaba encontrarme solo con adultos.
—La forma correcta de preguntar es presentarse primero —dijo Gideon con un tono casi de reproche.
Mi actitud defensiva se intensificó, dejando al descubierto mi lado travieso. Nadie se metía con mis chicos, pero Gideon tenía razón y la profesora que había en mí no podía dejar pasar una oportunidad así para enseñarle algo.
Deon frunció aún más el ceño.
—¿Eh?
Dejé la galleta sobre la mesa.
—Dices: «Hola, soy Deon» y le tiendes la mano para que te la estreche.
El chico me miró con recelo.
Se oyó un resoplido de descontento a mis espaldas y esbocé una sonrisa. Deon estaba casi tan sucio como su bici. El barro que le subía por las piernas se estaba secando, al igual que en sus manos y brazos, pero era imposible que alguien saliera limpio de un apretón de manos.
—No pasa nada. Te dirá quién es en cuanto te dé la mano. —Eché un vistazo por encima del hombro, poniendo una expresión lo más reprobatoria posible—. ¿Verdad?
Gideon se alzaba imponente ante mí. Su mirada oscura era intensa y su postura, inflexible. Tensó la mandíbula, pero asintió.
—Claro.
Deon se encogió de hombros y dejó la bici en la acera. Atravesó el césped con aire arrogante y subió las escaleras hasta llegar a mi lado. Le tendió la mano a Gideon.
—Hola. Soy Deon. La señorita K fue mi profesora.
Me aferré a mi plato. ¿Iba a darle la mano al chico? Deon era atrevido pero sensible. Si Gideon se mostraba grosero con mi antiguo alumno, iba a dormir en el césped esta noche.
Gideon le estrechó la mano a Deon como si fuera un compañero director ejecutivo.
—Encantado de conocerte, Deon. Soy Gideon James. El marido de la señorita K.
—¿No me digas? ¿En serio? —Deon nos miró con los ojos muy abiertos, pasando la vista de uno a otro—. No sabía que estuviera casada.
—¡Sorpresa! —dije con voz débil.
Su sonrisa se amplió, dejando al descubierto un canino que le faltaba.
—Espere… Entonces, ¿ahora es la señorita J?
—Yo… — Mierda—. ¿Sí? La señora J, más bien. —Lo dije despacio, probando cómo sonaba. Solo me habían llamado la señorita K, y tampoco era como si hubiera tenido tiempo de ensayar cómo responder a un nombre nuevo.
Volvió corriendo hacia su bicicleta. El lateral de mis mallas con el que se había rozado estaba cubierto de tierra.
—¡Nos vemos mañana, señorita J!
Se alejó en bicicleta. La mayoría de los chicos iban a seguir llamándome señorita, así que solo tenía que acostumbrarme a una letra diferente.
—¿Por qué estás comiendo aquí fuera? —Su pregunta interrumpió mis cavilaciones.
—Porque la gente de ahí dentro es grosera.
—Cogí la galleta del plato y le di un mordisco.
Ni siquiera me molesté en terminar de masticar antes de hablar—.
Te apresuraste mucho a enseñarle a Deon buenos modales, pero hoy los tuyos han dejado mucho que desear.
—Lo señalé con el trozo de galleta que no me había comido—.
¿Se te ha ocurrido explicarme por qué me has sacado de una fiesta que, en parte, era para mí?
¿En la que estaba casi toda mi familia? Todos han acudido a pesar de haberlos avisado con menos de un día de antelación, e incluso han llevado comida.
Por cierto, me he comido todo el pudín de galletas, y ni siquiera lo siento.
No eres el único que puede ser desconsiderado.
Su brusca inspiración casi me hizo encogerme. ¿Me había pasado de la raya? En realidad, no conocía bien a ese hombre. ¿Se había enfadado?
—Tenía mis razones —respondió con voz tranquila.
Había dormido en la misma cama que este hombre dos veces. Le confiaba mi seguridad física y él confiaba en que yo iba a hacer lo imposible para evitar que se vendieran las tierras de su familia. ¿Pero confiar en él con mi familia? ¿Con mis sentimientos? Eso aún tenía que ganárselo.
—¿Y por qué no las compartes conmigo?
Pasaron varios momentos de silencio. Me comí el resto de la galleta y dejé el plato limpio.
—Cada uno de nosotros se metió en este matrimonio con sus propios planes, distintos pero relacionados. Eso no te da acceso a todo lo que me concierne, igual que yo no espero tener acceso a todo lo que te concierne siempre que me apetezca.
Ay. Lo que decía era cierto, pero el dolor me retorcía las entrañas. Me arrepentí de esos últimos bocados.
Yo quería tener hijos. Quería una familia.
¿Debía dejar de esperar que él cumpliera con su parte del trato?
De todos modos, no estaba segura de poder ayudarlo con el terreno, y no quería que mi hijo tuviera un padre emocionalmente distante.
Sin hijos, podía disfrutar de esa pequeña fantasía hasta que Gideon regresara a Las Vegas.
Una vez que se hubiera ido, no iba a recordar lo testarudo que podía llegar a ser.