11 #3
Lo fulminé con la mirada. Era mi tarea que Autumn estuviera bien, joder.
—Parece que la comida no le ha sentado bien a Gideon. Tiene retortijones —susurró.
Debía perdonarla por echarme a los leones. No me estaba comportando como un caballero.
—La casa tiene un baño. —La franqueza de Tate no ayudaba nada.
—No sabemos cuánto durará ni si es contagioso y no queremos que le pase a nadie más —Me dio una palmadita en el antebrazo—. Espero no haberle pegado nada. Dios sabe que tengo un estómago de acero después de tantos años dando clases. Pobrecito. Lo va a pasar mal.
Estaba utilizando la diarrea como excusa para irnos —una diarrea inexistente— y yo la admiraba por ello.
Tate hizo una mueca como si supiera exactamente lo que su hermana estaba tramando.
—Te mandaremos a casa con algo de comida. —Se dio la vuelta—. Chance, échame una mano.
A utumn
Gideon no dijo ni una palabra durante todo el camino a casa. Me dio las llaves, y supuse que era para que pareciera que de verdad no se encontraba bien. Pero durante todo el trayecto estuvo con el móvil, tecleando sin parar.
Cuando me había sacado a rastras tenía la cara verde como un pepino. Como si hubiera visto un fantasma justo después de comerse unas gambas en mal estado. Mientras tanto, mi estómago no paraba de rugir.
Mis hermanas y Scarlett nos habían preparado un montón de comida, y Chance les había ayudado a sacarla. Mi madre había estado observando la escena, pero no dejaba de mirar hacia Gideon, con el ceño fruncido. Debía de estar preocupada por él.
Yo también lo estaba.
Y en ese momento, además, un poco irritada. Llevábamos una hora en casa. Él había ignorado la comida y se había instalado en la mesa con su portátil. Había dado por terminada antes de tiempo la reunión que se había organizado para celebrar el compromiso y me estaba ignorando.
Me moría de hambre. Y ya estaba harta de esperar a que interactuara conmigo.
Me serví un plato, con el estómago rugiendo sin parar.
Me costó un gran esfuerzo no preguntarle si quería lago.
Dos podían jugar al juego de ignorarse mutuamente.
Me serví un montón de jamón, verduras, la ensalada de frutas de Wynter y la ensalada de macarrones que estaba segura de que Teller había comprado en el supermercado y había puesto en un bol.
Incluso me hice con todo el pudín de galletas de mi madre.
Gideon no levantó la vista ni una sola vez. No entabló conversación. No me trató como me habría gustado que me tratara, ya fuera como esposa de verdad o de mentira.
Me llevé la comida fuera y me senté en el porche. Hacía un día precioso. Un poco fresco, pero aún llevaba puesto el cárdigan encima del vestido.
El sol se estaba poniendo y yo me dediqué a devorar la comida.
Necesitaba el aire fresco y limpio para disipar el resentimiento que estaba acumulando hacia aquel hombre absurdamente guapo que estaba en mi cocina.
¿Cómo podía besarme hasta dejarme sin sentido y luego despacharme como si no fuera más que su chófer?
¿Acaso quería tener hijos con él?, ¿con esa actitud engreída y tan frustrante?
Se me quitó el apetito, pero seguí vaciando el plato. Hank y mi familia se habían esforzado mucho para organizar esta celebración de última hora y yo iba a honrar ese esfuerzo.
Un chico frenó en seco con su bici de cross; sus ruedas estaban manchadas con enormes trozos de barro. No había llovido en va rios días, así que no tenía ni idea de dónde había encontrado suficiente barro para dejar así la bici.
—Hola, señorita K.
—Hola, Deon. ¿Qué tal te va el colegio este año? —Había sido alumno mío el año anterior.
—Eh… Ya sabe.
Sí que lo sabía. Sabía exactamente por lo que estaba pasando su profesora.
Deon era un chico muy activo. Su mente funcionaba casi tan rápido como su cuerpo, lo que daba lugar a muchos momentos interesantes y, en ocasiones, exasperantes.
Era un buen chico, pero si hubiera ido al colegio en una ciudad grande, habría tenido muchos problemas.
Por suerte, en Bourbon Canyon podíamos ser un poco más flexibles y creativos para adaptarnos a los niños activos con estilos de aprendizaje dinámicos.
—¿Has pasado un buen fin de semana largo? —le pregunté.
Se encogió de hombros.
—Mi padrastro trabajó todo el fin de semana.
—Qué fastidio. ¿Tiene que trabajar durante la función? —Estaba en la clase de Scarlett y su función era un par de semanas después de la de mi clase.
Deon asintió y apartó la mirada. Adoraba a su padrastro, pero trabajaba por turnos y no podía hacer nada respecto a su horario.
—Pero mi abuela va a ir.
Casi le pregunté cuál de ellas. Entre sus padres y sus padrastros, Deon tenía un montón de abuelos. Era un chico afortunado.
—Estoy deseando que llegue. Habéis trabajado muy duro.
Volvió a agachar la cabeza. Sus ojos castaños se clavaron en algún punto por encima de mi hombro y frunció el ceño un instante antes de que se abriera la puerta mosquitera. La esquina de la puerta me rozó la espalda, pero no me moví.