Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3) 11 #2
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Cuando llegamos a la casa, mi erección desenfrenada por fin le había devuelto la sangre a mi cerebro.

La parada había sido necesaria y el razonamiento que me había llevado a ella, puramente práctico, y no había tenido nada que ver con lo difícil que me había resultado no darle la vuelta y penetrarla cuando me había despertado con su cuerpo suave pegado al mío.

No había tenido nada que ver con ver con el modo en que se movían sus nalgas dentro de los pantalones del pijama.

No llevaba ropa interior y, gracias a Dios, no se había dado cuenta de lo transparente que era el fino tejido.

Tenía unas nalgas blancas y cremosas, perfectas para agarrarlas.

Me estaba volviendo a excitar, solo que esa vez estaba rodeado de Baileys.

Pero lo único que tenía que hacer para deshacerme de ello era recordar cómo ella había estudiado y luego firmado el acuerdo nupcial.

Esa mujer sabía lo que quería y mi riqueza no era parte de ello.

Mi respeto por ella había crecido, pero entonces había abierto los documentos de divorcio y me había quedado congelado y con ganas de cerrar el portátil.

Esos papeles marcaban el final de todo, ¿y acaso no era eso lo que quería? El fin de la venta. El fin de la necesidad de ese engaño. El cese de las conversaciones sobre los niños y todo lo que un divorcio suponía en ese aspecto.

Podía decir con certeza que quería que acabara esa puñetera cena.

No estábamos en la casa. No había entrado desde que llegamos. No había vuelto a ese lugar desde que me había ido tras la graduación.

El taller donde solía haber todo tipo de aparatos estropeados que mi padre nunca había arreglado se había vaciado y lo habían limpiado.

¿Cuándo había ocurrido eso? Desde luego, no en las veinticuatro últimas horas.

Las paredes estaban despejadas. El tablero perforado que había sostenido todo tipo de herramientas estaba vacío.

¿De dónde había sacado el dinero para contratar a toda esa gente?

Mae había llegado con dos hombres a los que nunca había visto antes.

Autumn me los presentó como los hermanos de Myles, Cruz y Lane.

Eran mucho más jóvenes que él y, por lo que me había contado Autumn mientras llenábamos nuestras copas de ponche, llevaban trabajando para Mae los dos últimos años.

Me había dicho que no habían conocido a Myles de pequeños y que Myles no sabía que existían.

El resto de los Bailey que habían estado en casa de Autumn para regañarla estaban ahí, pero esa vez con sus hijos.

Ya había conocido un poco a la hija de Myles y Wynter, Elsa, pero no estaba preparado para ver a tantos niños pequeños.

Un adolescente larguirucho se aseguraba de que una niña con un vestido con volantes no sacara a rastras a un niño pequeño fuera de casa para meterse en cualquier lío que pudieran encontrar.

Esos niños eran de Tate. No me apetecía verlo como un hombre feliz y dedicado a su familia. Al igual que no quería ser testigo de la expresión enamorada con la que contemplaba a su mujer.

Di otro trago al ponche. Sin alcohol . No había alcohol en el ponche ni en ningún otro sitio.

Empezaba a creer que mi padre se había mantenido sobrio.

Esperaba que Autumn se mezclara con sus hermanas, pero se había pegado a mi lado.

La mujer de Tate se acercó a nosotros con una sonrisa agradable. Había llegado con Tate, y Autumn me la había presentado como Scarlett.

Acaricié suavemente la espalda de Autumn mientras charlaba con Scarlett.

—Espero que no te importe que haya preparado unos sándwi ches —dijo papá, acercándose—. Pensé que sería lo más fácil de improvisar a última hora.

—La fiesta no tenía por qué organizarse a última hora.

Un destello de dolor apareció en sus ojos. Justo después, sentí un ardor detrás del esternón. Aún no había comido, pero a mi acidez estomacal no le importaba.

—Aún puedo ser un poco impulsivo —dijo con brusquedad—. Me alegra tenerte en casa y más tras haber descubierto por lo que era. —Su sonrisa cariñosa iba dirigida a Autumn.

—Me quedaré por aquí un tiempo. —Aunque iba a irme una vez que detuviera la venta del terreno. A la junta directiva no le gustaba que su director general estuviera fuera mucho tiempo. Ya me estaban enviando mensajes casi alarmados.

—Eso es música para estos viejos oídos. —Se pasó los dedos por la barba recién recortada. Las partes más largas de su bigote en forma de herradura se fundían con el resto de su vello facial—. ¿Os apetece que salgamos una noche? ¿Solo nosotros, a una cena tranquila?

No quería ver cómo había cambiado la casa. Cómo había destruido cualquier recuerdo de mi madre, al igual que había destruido el rancho del que ella estaba tan orgullosa.

—Se lo comentaré a Autumn. —Ella se volvió hacia mí. Era muy consciente de cómo su pecho se pegaba a mi costado. Casi le había arrancado el maldito sujetador para llegar a esos pechos cremosos—. Hank nos ha invitado a cenar —le expliqué .

—Ah, ¿sí? ¿Qué noche?

—La noche que tú quieras —respondió mi padre. Parecía la hostia de emocionado, y mi acidez estomacal se intensificó.

—Nos encantaría —exclamó ella con entusiasmo, y no me pareció que lo hiciera por aparentar—.

Aunque no sé si podrá ser esta semana. Mañana vuelvo al trabajo, y la profesora de música y yo tendremos que prepararnos para el programa del jueves por la noche.

Los miércoles y los fines de semana trabajo en el bar.

¿Las noches y los fines de semana? Estaba dispuesto a trabajar desde la mesa de su cocina durante el día, pero la decepción de que ella no estuviera por las noches aumentó mi acidez.

—Tengo reuniones los miércoles por la noche, pero sí, planifiquemos otra semana. —La sonrisa de mi padre era amable.

¿Qué clase de reuniones tenía? ¿Estaba siendo evasivo para intentar averiguar cuánto tiempo iba a quedarme en el pueblo?

No habíamos abordado la cuestión de dónde íbamos a vivir ella y yo.

Estaba dejando que su familia pensara que podía trabajar a distancia y volar de un lado a otro según fuera necesario.

Tampoco habíamos hablado de cómo íbamos a terminar con todo eso una vez que acabara el mes. Lo más fácil era que yo me marchara y lo achacáramos a una decisión impulsiva que no resultaba práctica debido a nuestras vidas diferentes.

Podía planteárselo más tarde.

Ella correspondió a la sonrisa de mi padre.

—Ya se nos ocurrirá algo. La semana que viene hay conferencias y el próximo fin de semana es Halloween. A los niños les encanta pasar por casa para pedir caramelos.

—Vaya, qué lío —dijo mi padre, y rio entre dientes—. No lo había pensado. Por aquí nunca viene nadie.

Esperaba que su tono hiciera que su comentario sonara como una pulla, pero, en cambio, lo único que percibí fue tristeza.

—Lo mismo pasa en casa de mi madre —respondió Autumn con naturalidad—. Que los niños vengan a pedir caramelos es una de las ventajas de vivir en el pueblo.

—Supongo que el año que viene podré vivir esa experiencia.

Se pasó los dedos por el interior de la cintura del pantalón.

Hubo un tiempo en el que había perdido tanto peso que me preocupaba que esos pantalones se le cayeran.

La costumbre de subirse los vaqueros debía de habérsele quedado, ya que había recuperado el peso que tanto necesitaba.

Entonces caí en la cuenta de lo que había dicho.

—¿Te vas a mudar al pueblo?

Asintió.

—A esa nueva residencia para personas mayores, no muy lejos de la escuela primaria.

Lo miré con el ceño fruncido. No había pensado en dónde iba a irse. ¿Acaso creía que iba a vender la casa y a quedarse en el terreno como si formara parte del trato?

Una residencia para personas mayores.

¿Desde cuándo era una persona mayor?

Mi acidez estomacal se intensificó. Maldita sea.

Le di un largo trago al ponche, deseando que tuviera un chorrito de Copper Summit .

Entonces me invadió la vergüenza. Estaba deseando tomarme una copa en casa de un alcohólico.

Y no solo eso, sino también que yo mismo seguía unas normas estrictas en lo que al alcohol se refería.

Me tomaba una copa por motivos de trabajo y en eventos sociales. Nunca por motivos sentimentales. Nunca.

Me vinieron a la mente las palabras entrecortadas de mi abuelo: «Te pareces más a tu padre de lo que pensabas. Tienes que largarte de aquí, o acabarás como él».

Inspiré; el aire era como cristal. Me había marchado, tal y como él me había sugerido, y ahí estaba yo, peligrosamente cerca de comportarme como mi padre.

—Es hora de irse, Autumn.

Empecé a moverme antes que ella. Deslicé el brazo por su hombro y le agarré la mano. Como la había pillado desprevenida, dio un traspiés cuando tiré de ella.

—Gideon…

—Es hora de irnos.

—Pero aún no hemos comido.

—Coge algo para llevar. —Seguí tirando de ella hacia la puerta.

Me sentía como si una banda me apretara el pecho y me dolía al respirar.

Tenía que salir de allí. Salir del pasado.

Salir de los pensamientos sobre lo mucho que me parecía a la única persona con la que había contado alguna vez, la única persona a la que tanto me había esforzado por no parecerme.

Me había pasado toda mi vida adulta intentando mantenerme alejado del lugar donde nunca había estado a la altura.

Autumn me tiró del brazo. Cuando me volví para mirarla con el ceño fruncido, me fijé en que Tate se escabullía junto a su mujer, como si fuera a rescatar a Autumn .

No podía seguir llevando a rastras a mi mujer y forcejeando con ella para luego acabar discutiendo con su familia. Eso no iba a funcionar.

La pegué a mí y acerqué la boca a su oído. Estaba tensa y su expresión mostraba preocupación, pero también enfado.

No estaba acostumbrado a que las mujeres se enfadaran conmigo.

—Tengo que irme. Podemos discutir con tus hermanos o inventarnos una excusa. No me importa. Pero tengo que salir de aquí.

Ella escudriñó mi expresión. Fuera lo que fuese lo que vio, la hizo ceder, aunque solo un poco.

Tate se acercó a nosotros.

—¿Va todo bien, Autumn?