Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3) 11
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A utumn

Gideon había recibido un mensaje de su padre en el que le decía que la celebración empezaba a las cinco, pero había estado trabajando todo el día.

Yo le había enviado un mensaje a Mark para decirle que me había casado en Las Vegas y que iba a llevarle los documentos para cambiar el nombre en Recursos Humanos.

Lo siguiente era enviarles mensajes a mis amigas y después tocaba apagar el móvil.

Iba a ocuparme más tarde de la reacción de mi familia; mis compañeros de trabajo podían esperar.

Eran casi las cuatro y pronto íbamos a tener que ir a la fiesta de Hank. Yo le había sugerido que llegáramos temprano para ayudar a su padre y dar una buena imagen de recién casados felices. Los nervios me habían hecho un nudo en el estómago.

Empujé suavemente a Sprinkles para que se bajara de mi regazo y me levanté . Me había pasado el día preparando planes de clases solo porque me sentía culpable por leer mientras él trabajaba.

Me estaba escabullendo detrás de Gideon cuando él echó la silla hacia atrás y se volvió hacia mí. La intensidad de su mirada me provocó un escalofrío que me recorrió la piel.

—Mi abogado tiene los documentos preparados.

Puedes leerlos y firmarlos. —Desvié la mirada de él hacia la pantalla de su portátil.

Había abierto un programa para firmar documentos con un botón amarillo y letras en negrita—.

Este es el acuerdo matrimonial —explicó—.

Después podrás leer los papeles del divorcio, pero no hace falta que los firmes ahora.

—Ha sido rápido —murmuré. Yo había tenido el día libre, pero su equipo de abogados no.

—No le pago a mi equipo de abogados para que se lo tome con calma.

Bueno… Me dejé caer en el asiento. Él se cruzó de brazos y se acercó a mí. Había visto bastantes contratos a través de Copper Summit , pero siempre pasaban primero a través de nuestros abogados. Les eché un vistazo a nuestros datos.

—¿No necesitas la información sobre mis bienes?

—Le he dicho que lo único que tenía que poner era que todo lo que fuera nuestro antes del matrimonio seguiría siéndolo después, y que todo lo que ganáramos, produjéramos o pasara a ser de nuestra propiedad durante el matrimonio pertenecería a quien lo hubiera recibido.

Lo que significaba que no tenía ningún derecho sobre Percival Farms. Me parecía bien.

Esperaba páginas y páginas de documentos, pero al final resultaba sencillo.

Gideon no quería que yo me quedara con nada que fuera suyo, y él no podía reclamar nada que fuera mío.

Tenía más que perder cuando nos divorciáramos.

Pero quizá ya no tuviera Percival cuando nos divorciáramos.

Fui haciendo clic para firmar el documento.

Se echó sobre mí y su aroma me envolvió, e hizo clic en otra pestaña. Los papeles del divorcio. Dio un paso atrás y se llevó consigo su calor.

Un escalofrío me caló hasta los huesos mientras leía más jerga jurídica.

—Aquí no dice nada sobre los niños.

—Ya cruzaremos ese puente cuando sepamos que hay un río. Si quieres más tiempo para revisarlos, puedo enviarte una copia por correo.

Le permití dejar de lado el tema de los niños. De momento.

—No. Está bien. Puedes enviármelos cuando llegue el momento de… presentar la demanda.

—Tenemos que ponernos en marcha —murmuró.

Me escapé encantada al dormitorio. Me puse un vestido de manga larga con mis fieles leggings debajo. Quizá elegí un par de color óxido por mi nuevo apodo y no solo porque quedaban muy bien con los diseños azules de mis botas de vaquero favoritas.

Se me aceleró el corazón cuando pillé a Gideon mirándome las piernas al salir por la puerta. Pero durante el trayecto regresó a su expresión habitual, la típica de director ejecutivo, y no una especial solo para mí.

«Deberíamos intimar pronto».

Él pensaba cumplir con su parte del trato. Ninguno de los dos sabía si íbamos a conseguir lo que queríamos, pero estábamos dispuestos a intentarlo.

¿Era eso lo que yo quería?

A Gideon, sí. ¿Su complacencia superficial? No.

Estaba metida en un lío demasiado grande para mí.

Casi me alegraba de tener esa noche para dejar de pensar en las actividades físicas con Gideon y en lo que él pensaba de mí.

Estaba un poco oxidada. Nunca en mi vida había sido una chica explosiva ni nada parecido.

Se desvió de la carretera principal de grava que conducía al largo y sinuoso camino hacia la casa de su padre.

Fruncí el ceño y miré por la ventanilla.

No conocía bien sus tierras, pero ese camino era más estrecho y estaba más lleno de baches.

Era poco más que un sendero de tierra con dos huellas de ruedas.

—¿Adónde vamos? —pregunté.

—Vas a hacer un agujero en esos leggings .

Bajé la mirada hacia donde mi mano rascaba la costura del costado del muslo.

—Estoy nerviosa.

—Lo sé. Ayer, cuando, te puse la mano en la parte baja de la espalda diste un respingo enorme.

¿Se daba cuenta de lo despreocupado que sonaba? ¿Se relajaba más cuanto mayor era la presión? Me daba la impresión de que así era.

La carretera discurría entre unos cuantos árboles dispersos. Había un pequeño tramo que conducía a una valla de alambre. Se detuvo, dio la vuelta y aparcó con el coche mirando en la dirección por la que habíamos llegado.

—Puedo hacer unos ejercicios de respiración. —Cerré los ojos e inspiré: uno, dos, tres.

Su calor me envolvió antes de que oyera el clic de su cinturón de seguridad y luego el mío. Sus dedos me rozaron la mandíbula y me levantaron la cara hacia él.

—Tengo una idea mejor.

Su boca se posó sobre la mía.

Atónita, dejé de tocarme los leggings y correspondí al beso. Le pasé una mano por la nuca. Las puntas de su pelo, bien recortado, me hicieron cosquillas en la palma. Sus labios eran suaves pero firmes. Le puse la otra mano en el hombro y me aferré a su carísimo polo.

Se me escapó un gemido y él profundizó el beso, deslizando su lengua en mi boca. Estaba retorciéndome en mi asiento y él también. La consola se interponía entre nosotros, pero estábamos absortos el uno en el otro.

Me acarició la cara y hundió sus largos dedos entre mi pelo.

Toda mi atención se centraba en su lengua.

¿Dónde había aprendido ese chico a besar?

Nunca me había parado a pensar en mi habilidad para besar.

Que no hubiera quejas significaba que lo hacía bastante bien, pero Gideon me estaba dejando sin aliento.

Yo estaba corriendo una maratón mientras él daba un paseo tranquilo.

Rompió el beso para dejar un camino de mordisquitos a lo largo de mi mandíbula.

—Sabes a sol y a caramelos. —Eché la cabeza hacia atrás mientras él me besaba el cuello.

Abrí los ojos de golpe cuando él me subió el dobladillo del vestido.

Me sobresalté cuando unos dedos cálidos me tocaron el abdomen.

Esa no era mi mejor postura. Tenía barriga y caderas.

Quizá las curvas estén de moda, pero formaban michelines al sentarme así.

No estaba tumbada en un sofá como una modelo del Renacimiento.

Gideon dejó escapar un gruñido de desaprobación.

Subió la mano por mi costado hasta llegar al sujetador y, a continuación, me acarició un pecho por encima de la tela—. ¿Te gusta?

—Sí —jadeé. Me besó el cuello y me mordisqueó el lóbulo de la oreja.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando deslizó sus dedos traviesos bajo la copa de mi sujetador.

Dios mío. ¿Cómo era posible que llegar a la segunda base eclipsara cualquier otra experiencia que hubiera tenido?

—. ¿Gideon? —susurré, pero no sabía qué le estaba pidiendo.

Mi pecho quedó libre de la tela y él me acarició un pezón. Desde que había posado su boca sobre mí, se había creado una conexión directa entre mi pecho y mi sexo. Un latido constante pulsaba entre mis muslos, cada vez más fuerte y más exigente.

Volvió a apoderarse de mi boca y, una vez más, gemí. Hundí las manos en su pelo y me aferré a él con todas mis fuerzas. Me besó hasta dejarme sin sentido. No había ningún rincón de mi boca que no explorara con su lengua. Era suya para que me devorara.

Cuando se apartó, dejé escapar un gemido de deseo y parpadeé. Habría tenido que sentir vergüenza, pero, maldita sea, ¿por qué había parado?

Retiró la mano y me colocó con delicadeza la copa del sujetador en su sitio. Luego me estiró el vestido. La humillación se iba apoderando poco a poco de mi mente aturdida. Salvo por el pelo revuelto, él parecía imperturbable. ¿Cómo podía besarme así y parar sin más?

Me rodeó el cuello con la mano y me acarició la mandíbula con el pulgar.

—¿Qué está pasando por esa mente tan aguda que tienes?

Iba a aceptar cualquier cumplido que me dedicara.

—Has parado.

—Tenemos que ir a una cena de celebración.

—Claro.

Nuestras caras estaban a unos centímetros de distancia y él me escudriñaba el rostro.

—Este no es un sitio cómodo para follar, pero no te engañes: si hubiéramos seguido, ahora mismo estaríamos haciendo justo eso.

Me temblaban las piernas.

—¿En serio?

Se echó aún más hacia mí, y su aliento me acarició la mejilla.

—Me muero por descubrir si sabes a algodón de azúcar por todas partes. —Gemí de nuevo. Los sonidos que ese hombre era capaz de sacarme… Era una descarada y me sentía orgullosa de ello. Volvió a apoderarse de mi boca con un beso sensual—. Ahora, cuando te toque, no te vas a inmutar, joder.

Se echó sobre mí y me abrochó el cinturón.

Todo había sido tan rápido que no sabía si creerle lo de que iba a perder el control si seguíamos.

Pero antes de abrocharse su propio cinturón, se recolocó el enorme bulto que se le marcaba en los vaqueros y me miró de reojo.

Levanté la vista hacia él y encontré en su cara esa excitación abrasadora que mantenía a raya con tanto esfuerzo.

Un pequeño destello en la máscara verde de sus iris.

Apartó la mirada y, con calma, puso el coche en marcha. Regresamos dando botes por la carretera para celebrar nuestra boda.

¿Qué habría pasado si esa chispa se convirtiera en un incendio?

G ideon