Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3) 10
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G ideon

«Ahora eres un miembro de esta familia» .

La franca afirmación de Mae resonó en mi cabeza durante todo el camino a casa de Autumn. ¿Era nuestra casa? Joder, no lo sabía. Ese día había sido confuso y quería que acabara.

Me detuve en la puerta del garaje y fruncí el ceño ante aquella casita oscura que parecía una caja. El día había terminado. Era hora de acostarse. Ella no recordaba que yo hubiera dormido a su lado la noche anterior.

Sentí una presión en las espinillas. El gato.

—Ha sido un día largo. —Autumn encendió la luz—. Va a ser muy agradable dormir en mi propia… —Esos expresivos ojos ámbar se clavaron en mí. Sus labios rosados se entreabrieron.

—Nuestra cama —la corregí, más que nada para ver cómo reaccionaba. No me decepcionó: aquella boca madura, la forma en que se sonrojaba al pensar en mí y en la cama al mismo tiempo…

Frunció los labios y una arruga de preocupación se le dibujó en la frente.

Sentí un calor que me retorcía las entrañas, pero necesitaba tener la mente despejada para averiguar cómo detener la venta.

No podía dejarme llevar por esa lujuria que sentía por Autumn, pero también teníamos un trato y yo aún no había cumplido con mi parte.

No quería pensar en las consecuencias de tener un hijo.

El principal problema era que meterme entre las piernas de Autumn podía ser perjudicial para mi salud mental. Aún no tenía claro qué demonios pensar sobre los hijos, y no necesitaba que su cuerpo, suave en todos los sitios adecuados, causara estragos en mi forma de pensar.

Pero quería follar con ella. Muchísimo.

Había sido un pilar todo el día. Enfrentándose a su familia, con tándoselo a su madre y recogiendo después de cenar. El único momento en el que había vacilado había sido cuando se había dado cuenta de que se suponía que debía encontrarme con Taya en el club.

Lo que le había dicho iba en serio. La noche anterior había sido divertida: sentarme con una mujer sexy que no tenía miedo de lo que le gustaba y que estaba orgullosa de compartirlo con los demás había sido refrescante.

Había sido la primera noche en mucho tiempo en la que no había hablado exclusivamente de mi trabajo.

—Tengo un futón en el despacho. —Se alejó por el pasillo. El gato la seguía saltando alegremente.

Ni de coña. No había dormido en el suelo, en un futón, en un sofá cama ni en mi coche desde la universidad, y no pensaba hacerlo en ese momento.

—Tenemos que acostumbrarnos a acostarnos juntos.

—Se detuvo, paralizada—. No lo decía en ese sentido, polvorín.

Todavía no. —En cuanto mi abogado agilizara mi solicitud de primera hora de la mañana iba a arreglarse retroactivamente el papel en blanco que me había pintado yo mismo al casarme con ella sin acuerdo prenupcial.

E íbamos a tener los papeles del divorcio con la misma rapidez.

No estaba preparado para meterme en el lío que suponían los derechos parentales y los acuerdos de custodia, pero tampoco iba a dormir en un puto futón después de haber pasado la noche anterior junto a ella—.

Dormiremos en la misma cama y nos acostumbraremos el uno al otro una noche más. Sin alcohol .

Se le encendieron las mejillas. ¿Se sonrojaba así después de alcanzar el orgasmo? ¿Hasta dónde se extendía ese rubor por su cuerpo?

El calor se intensificó en mis entrañas. Iba a dormir con una erección desenfrenada toda la noche si seguía con esos pensamientos.

—Era más fácil cuando no sabía que estabas en la cama conmigo.

Para mí no. Me había sorprendido mirándola un par de veces.

¿Cómo debía de ser dormir con tanto abandono?

¿Estar tumbada en la cama de un casi desconocido y dormir como si fuera el lugar más seguro y cómodo del mundo?

Había comprado un colchón excelente. Tenía cortinas opacas para la pared del ventanal, por si hacía falta.

Era muy estricto cuándo tomaba cafeína y en qué cantidad.

Nada alteraba mi sueño y, sin embargo, en el mejor de los casos, solo conseguía unas pocas horas de descanso real.

Por lo demás, bastaba con que un ratón tosiera para despertarme.

—Puedo esperar a que te duermas.

Levantó la barbilla, animándose ante la idea de acostarse conmigo. Un tío con menos ego se habría sentido ofendido. En cambio, a mí me hizo gracia.

—No —dijo ella—, Sprinkles ocupará tu sitio.

—¿El gato duerme en la cama? —No estaba acostumbrado a compartir, ni tampoco a los gatos…

—Todas las noches —dijo, como si me estuviera retando a echar al gato—. ¿Nunca has tenido una mascota?

—No. —El perro trabajaba más que yo. Sawyer había fallecido poco después de que me fuera a la universidad. Sospechaba que mi padre se había olvidado de darle de comer. Otro punto en contra de ese hombre—. A mi madre no le gustaban los gatos.

Ella disimuló su sorpresa. ¿Era tan insólito que a alguien no le gustaran los gatos?

—Si lo dejo fuera, maullará en la puerta.

—Puede quedarse si quiere. —Una parte de mí sentía curiosidad por saber cómo esa diminuta felina creía que podía adueñarse de la cama frente a dos adultos.

Autumn señaló con el pulgar por encima del hombro y ladeó la cabeza.

—Primero iré al baño y luego…

Reprimí la risa que se me estaba escapando. Ella se sentía incómoda. Yo estaba… interesado. Intrigado.

Nunca había pasado la noche con una mujer. Si acabábamos en la misma cama, eso significaba que habíamos ido a esa cama por una razón concreta. No presenciaba rutinas a la hora de acostarse. No veía cómo elegían el pijama. Por la mañana, volvía a estar solo. Tal y como me gustaba.

El trasero de Autumn se contoneaba bajo el jersey largo que llevaba sobre los leggings . La había visto con dos conjuntos en total, pero se había tapado el culo con los dos.

Apreté los dientes. Un culo así no debería estar oculto. Podía obsesionarme rápidamente con esas redondeadas nalgas que se balanceaban bajo la tela.

Sentí un calor que me subía por el cuello. Se había metido en el dormitorio. Deambulé por su cocina, echando un vistazo a los armarios y entrometiéndome de una forma que no me habría atrevido mientras ella me observaba.

Tenía una caja de cereales que había acumulado polvo encima de la nevera.

Sus huevos parecían recién sacados de la granja y se me hizo la boca agua.

Hacía décadas que no probaba unos así. Las gallinas habían desaparecido poco después de la muerte de mi madre.

En el congelador, tuve que detenerme para echar un vistazo a su surtido de helados.

Rocky Road . Sundae Tin Roof . Chocolate . Con trocitos de menta.

A mi mujer no solo le gustaba la comida salada, sino que también le gustaba el chocolate. Guardé ese dato en mi memoria como un buen marido que podía necesitarlo para demostrarles a sus hermanos que se equivocaban, aunque no se equivocaban en nada.

Aparté ese pensamiento de mi mente y me dirigí al armario del pasillo. Me pilló tan desprevenido como la selección de helados. Cubetas de… Me asomé al pequeño espacio sin luz. Adornos y material de arte. Otra caja llevaba la etiqueta « L ecciones ».

¿No había sitio en su aula para estas cosas?

Una puerta se abrió con un chirrido y me aparté del armario. Lo cerré con suavidad, resistiendo el impulso de dar un portazo en mi apresuramiento por ver a Autumn salir del baño con la cara lavada.

Cuando entré, ya estaba sentada en la cama.

Su dulce aroma flotaba en el aire. El gato daba vueltas a sus pies.

El pelo recién lavado de Autumn estaba suelto alrededor de la cara y se me hizo un nudo en el estómago.

El halo de color oxido que rodeaba su cabeza parecía la corona más cara que un hombre pudiera comprar, y yo había visto algunas muy caras durante mi estancia en Las Vegas.

Se estiró sobre el regazo lo que debía de ser una colcha hecha a mano.

—Sírvete lo que quieras.

Había una cosa de la que quería servirme, pero había un gato en medio. Más allá del gato había una mujer que estaba a punto de salirse de sus casillas. Sus dedos jugueteaban con un hilo suelto de la colcha.

—Vas a deshacer esa cosa.

Bajó la mirada y soltó una risa nerviosa.

—Ah, sí. No sería la primera vez. Mi madre ha tenido que arreglar un montón de agujeros que hice tirando de los hilos. Al final me obligó a aprender a coser un parche yo misma.

Una fina cicatriz le recorría el costado del brazo, justo por encima del codo. Una preocupación instantánea me impulsó a acercarme. Sin pensarlo, pasé el dedo por la irregular línea blanca. A los dos lados de la línea había pequeñas marcas arrugadas.

—¿Cómo te hiciste esto? —Sus ojos, grandes y fijos, se clavaron en mí. Estaba acariciando su piel. Retiré la mano de golpe—. Lo siento.

—No, no pasa nada. Casi se me había olvidado de que estaba ahí. Es de un accidente que tuve cuando era pequeña. Con mis padres biológicos. —Frunció el ceño—. Siempre me resulta raro llamarlos así, pero es igual de extraño decir «mis primeros padres», ¿sabes?

No, no lo sabía. Había perdido a mi madre, pero se me había olvidado que Autumn y sus hermanas habían perdido a su madre y a su padre de un solo golpe.

—Mi madre solía hablar de vosotras. —Me perdí en el recuerdo. Mi madre preparando la cena y moviéndose ajetreada por la cocina mientras yo hacía los deberes en la mesa—. Me contaba todo lo que oía sobre las chicas Kerrigan.

—¿En serio? Bueno, sé que la gente seguía nuestra historia, pero es raro, ¿no? Que anteayer fuéramos unos desconocidos y que, sin embargo, probablemente sepas más de mi historia que muchos de mis compañeros de trabajo.

—¿Compañeros de trabajo como Mark? —Los gratos recuerdos de mi madre se desvanecieron al imaginarme propinándole un puñetazo en la cara a ese desconocido.

—No. —Frunció el ceño y se quedó con la mirada perdida—.

No creo que él sepa nada de eso. Estoy tan acostumbrada a que la gente lo sepa que ya casi ni hablo de ello.

—Se quedó sin aliento—. Tengo que decirle que estoy casada.

Tendré que contárselo a mis amigas, pero debería decírselo a él primero. Ya que nosotros…