Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3) 9
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G ideon

El sol se había puesto, pero sus últimos rayos aún doraban la construcción hacia la que me dirigía. Nunca había pensado que iba a volver por voluntad propia a la finca de los Bailey. La visita a Copper Summit había sido suficiente para toda una vida.

Vista desde delante, la casa de Mae Bailey era una magnífica y amplia cabaña de madera.

La planta principal tenía grandes ventanales que daban a la carretera y al extenso paisaje salpicado de árboles.

La vista desde las ventanas debía de ser impresionante, enmarcando las montañas en la distancia y el terreno ondulado que se extendía entre ellas.

La fachada de la casa era la única forma de valorar lo enorme que era el lugar.

El terreno se elevaba hacia la parte trasera, donde Autumn había aparcado.

Desde la puerta de acceso de la parte trasera, había unos pocos escalones hasta el garaje, detrás de las cuales aparcaban todos.

Los talleres y los graneros estaban más cerca de la casa de lo que mi familia había dispuesto su propiedad.

La vista de la parte trasera no era tan impresionante como la de la parte delantera, era más sencilla.

Ponía de manifiesto el duro trabajo que sustentaba la vida de los Bailey.

Sin embargo, había una vitalidad innegable en ella.

Un rancho próspero. Un lugar que no se había desmoronado cuando había fallecido el patriarca.

Darin Bailey era mayor que mi madre y, por lo que había visto la primera vez que fui a ver cómo estaban los Bailey, había habido algunas señales de advertencia. ¿Cómo lo habría pasado Autumn mientras su padre estaba enfermo?

—Podemos entrar sin más —dijo Autumn. Llevaba callada desde que su familia se había marchado, y se había quedado aún más callada durante el trayecto de vuelta. ¿Hasta qué punto le preocupaba entristecer a su madre?

Habría preferido que lo hiciéramos otro día. Me gustaba la tranquilidad de la casa de Autumn. Había una calidez que mi ático no tenía. Pero teníamos que informar a toda la familia. No importaba que ese día se hiciera tan largo que parecieran tres.

Por primera vez, me planteé que quizá mi idea había sido una mierda. No me había caído bien Autumn por su relación con los Bailey. Era considerada, aunque un poco retorcida, y estaba claro que quería a su madre. Si había algo que pudiera respetar, era eso.

Salí del coche. Autumn ya había salido antes de que pudiera llegar a su lado. Menudo caballero. No me esperó como… Me llevó un minuto pensar en alguna mujer con la que hubiera tenido una cita oficial. No me molesté en buscar nombres. La cuestión era que yo no salía con nadie.

Autumn entrelazó su mano fría con la mía.

—¿Siempre tienes las manos frías? —le pregunté mientras cerraba los dedos alrededor de los suyos para cubrir la mayor superficie de piel posible y calentársela más rápido.

—¿Sabes lo que dicen de las manos frías?

—¿Que hay que ponerse guantes? —Esbozó una sonrisa y la risa cristalina que le salió fue como la música de un arpa. Después de esta tarde, me gustaba oírla reír—. Vamos, chica de corazón cálido. —Sentí cómo se me aliviaba un poco la tensión. Era hora de conocer a Mae Bailey, esa vez como adulto.

Cuando era niño, no había pensado mucho en los Bailey.

Mi madre me había hablado de las hermanas.

Mi padre había mencionado a Darin de vez en cuando.

Ni siquiera podía culparlos de fabricar la bebida preferida de mi padre.

Por la casa habían circulado botellas de otras marcas.

Los productos de Copper Summit eran de calidad, y mi padre no podía malgastar dinero en buen alcohol.

Había hablado con Mae Bailey una sola vez en mi vida, en el funeral de mi madre. Todos me habían mirado con lástima, con lágrimas en los ojos, secándose la nariz y tartamudeando cuando intentaban hablar conmigo. O miraban a través de mí y reservaban sus condolencias para mi padre.

Mae no. Ella había acercado una silla a mi lado y me había preguntado cuándo había comido por última vez.

Le había dicho que no tenía hambre y ella me había dado una palmadita en el hombro.

«Lo sé. ¿Qué comida te gusta? Te prepararé un plato.

Sabrá a polvo, eso sí, pero me encantaría que comieras unos bocados. Los dos nos sentiremos mejor» .

Por un instante pensé que no me importaba si ella se sentía mejor, pero una parte más grande de mí se aferró a la forma en que me mimaba.

Había sido una idea de último momento durante una breve semana, y no me había gustado esa sensación.

Sin mi madre, era invisible. No tenía ni idea de que era el comienzo de muchos largos años de pasar desapercibido, en los que mi única utilidad se reducía a mi ética de trabajo o a mi genética.

Autumn abrió la puerta trasera y me hizo pasar detrás de ella. El aire exterior tenía un frescor que apenas había notado hasta que el calor de la casa me envolvió, dándome la bienvenida.

Se me hizo un nudo en la garganta. Aquello me resultaba demasiado familiar. El aroma del café bajo un olor apetitoso y sabroso. Mae estaba junto a los fogones, removiendo algo en una olla. Mi estómago amenazaba con gruñir, pero apreté los abdominales. No iba a salivar en esa casa.

Ella miró por encima del hombro. Su pelo tenía gruesas mechas grises y se había recogido los lados con horquillas. Sus ojos oscuros reflejaban una suave curiosidad y su aura era agradable.

Autumn colgó el abrigo y se acercó para darle un abrazo.

—Hola, mamá.

—Hola, cariño. —La sonrisa de Mae se amplió, acentuando las arrugas alrededor de sus ojos mientras correspondía al abrazo.

Detecté un atisbo de tristeza que me resultaba dolorosamente familiar.

Eso no desaparecía nunca cuando perdías a alguien tan cercano.

La mirada amable de Mae cayó sobre mí—. Gideon, me alegro de volver a verte.

Casi parecía que lo decía en serio. Agaché la cabeza.

—Señora Bailey…

Ella se rio con desdén.

—Puede que me sienta la persona más vieja del mundo, pero no hace falta que me llames señora Bailey. Mae, por favor.

—Tate te ha dicho que veníamos —dijo Autumn, y no era una pregunta.

—Sí. —Mae apagó el fogón—. No me ha contado el porqué. Solo me ha explicado que ibas a pasarte por aquí con un invitado. Por supuesto, la forma en que lo ha dicho ha despertado mi curiosidad.

Autumn se dirigió a un armario.

—¿Puedo poner la mesa?

—¿Vamos a cenar? —¿No íbamos a darle la noticia y a marcharnos? No estaba preparado para sentarme a cenar con… con… alguien que no quería que me cayera mal.

—Aquí, en mi casa, todo el mundo se alimenta, queridos —dijo Mae señalando la despensa—. ¿Entiendo que vosotros dos aún no habéis comido?

—No hemos tenido tiempo de picar nada desde el desayuno. El vuelo ha sido rápido.

En mi cabeza, terminé la frase por ella. El vuelo había sido rápido, pero nada más lo había sido.

—Autumn te enseñará la casa —continuó Mae—. Ahí encontrarás los platos y las tazas. Echadle un vistazo a la nevera a ver qué os apetece. Autumn puede enseñarte dónde están las bebidas alcohólicas si te apetece una copa.

Autumn se parecía a su madre. Modesta. Dulce. Con una fuerza de carácter que te pillaba desprevenido.

Hice algo que no había hecho en mucho tiempo. Puse la mesa para más de una persona. No solía tener compañía para cenar en mi casa. A quienquiera que cruzara la puerta de mi ático no se le invitaba a quedarse mucho rato.

Autumn me pasó tres platos, cada uno con un diseño diferente.

Cogió los vasos y los llenó todos de agua.

—No me pareces de los que beben leche.

—Hace años que no tomo leche.

Dejó el agua sobre la mesa

—Entonces, tengo una sorpresa para ti.

Busqué los tenedores en los cajones. ¿Qué más se ponía en una puta mesa?

La voz de mi madre resonó en mi cabeza. «Tenedores y cuchillos de mantequilla, Giddy . Servilletas… No quiero pillarte usando la camisa. No somos cavernícolas» .

Con un nudo en la garganta, localicé todo lo demás.

Cuando miré los cubiertos, vi que eran diferentes a todo lo que había usado últimamente.

Los vasos de agua de Mae eran sencillos y resistentes en lugar de elegantes y delicados como los míos.

Los platos eran antiguos, con tenues dibujos de flores.

Los míos eran cuadrados y de un blanco liso.

También elegantes y delicados. Pero aunque solo había cocinado para mí mismo durante toda mi vida adulta, siempre ponía los mismos cubiertos en la mesa, sin darme cuenta de que mi madre me había inculcado ese hábito.

Me quedé de pie. Autumn se sentó en un sitio junto a mí y dio una palmadita en la silla que tenía al lado.

—Puedes sentarte.

—¿Tu madre no necesita que le echemos una mano?

—Nos ha hecho poner la mesa para no estorbarla. Pero no te preocupes, en cuanto se entere de que estamos casados, te dará más trabajo, como hacer el puré de patatas.

Esa breve oleada de emoción fue inesperada. Podía hacer el puré de patatas para Mae.

Maldita sea . Llevaba menos de un día con los Bailey y ya estaba dispuesto a ceder a todos sus deseos.

Tiré de la silla y me senté.

Mae entró y salió a toda prisa tres veces, llevando un pollo frito que olía de maravilla, una olla con el puré de patatas más esponjoso que había visto en mi vida y una salsera.

Fruncí el ceño ante todo ese esfuerzo. Estábamos más cerca de la hora de salir de fiesta que de la de cenar.

—¿Tenía pensado cocinar todo esto antes de enterarse de que veníamos a su casa?

—No, pero lo ha convertido en un arte. Una comida como esta le resulta tan fácil como prepararse un sándwich.

Cuando Mae se sentó frente a nosotros, me sonrió.