7 #2
—Extasiado. —Me preocupaba que se creyera el engaño. ¿Estaba encantado porque pensaba que ya no iba a ser un grano en el culo? Aplaudió—. Esto hay que celebrarlo. —El pánico me invadió. Percibió mi expresión de alarma y su sonrisa se desvaneció—. Solo será una comida —aclaró.
—No hace falta —dije al mismo tiempo que Autumn exclamaba: «¡Qué maravilla!».
Me rodeó la espalda y me abrazó. Con fuerza.
—Me encantaría conocerte y contarte cómo tu hijo me ha robado el corazón.
—Se parece a su viejo. —A mi padre le brillaron los ojos y yo volví a sentir náuseas. Cada vez que se hablaba de mi madre, se ponía melancólico. Y después bebía hasta perder el conocimiento.
Autumn soltó una risita y me acarició la espalda como si pudiera sentir la tensión que me recorría.
—Estoy segura de que sí.
Mi padre negó con la cabeza, con la sonrisa de nuevo en su sitio.
—Estaba bromeando. Fue su madre la que tuvo que darme un golpe en la cabeza con una piedra para que me diera cuenta de que había algo más que mi propia diversión. Pero una vez que entré en razón, ella se convirtió en el centro de mi mundo.
El corazón se me encogió y se me cayó el alma a los pies. Estaba hablando de mi madre. Y sonreía.
¿Ella lo había perseguido? Lo dudaba.
Solía sorprenderla con flores silvestres y me dejaba con los abuelos para salir con ella. Siempre estaba intentando cortejarla.
Los recuerdos de varios ramos a lo largo de los años acudieron a mi mente, tan nítidos como un cielo sin nubes. No había pensado en ellos desde que era niño. Solía burlarme de mi padre cuando se agachaba en una zanja, buscando las flores perfectas.
—Aún tenemos que dar la noticia —dije de repente—. No se lo hemos dicho a su familia.
Mi padre arqueó sus pobladas cejas.
—Vaya. Ahí tiene pinta de haber una buena historia.
Autumn me dio una palmadita en el pecho.
—Las Vegas. ¿Qué puedo decir? Mis amigas y yo nos alojamos en el casino donde él trabaja y el resto ya es historia.
Su sonrisa se mantuvo intacta.
—¿Cuándo pasó eso?
Autumn se puso tensa. Yo estaba tratando de averiguar cuál era la mejor manera de responder, o si debía preocuparme ya que mi padre parecía totalmente encantado.
—Es nuestro primer aniversario.
Esa vez tuve la satisfacción de ver su sorpresa. Cuando me miró con complicidad quise coger a mi mujer y largarme.
—No necesito darle vueltas a las buenas decisiones —dije casi a la defensiva.
Ella levantó la cara hacia mí. En lugar de preguntarme qué significaba su expresión, la abracé con más fuerza, agaché la cabeza y le di un beso en los labios.
Percibí su jadeo y me esforcé por conseguir que el beso siguiera siendo casto, aunque lo único que quería era pegarla a mí y devorar esa dulce boca. Cuando me enderecé, mi padre nos estaba mirando con un brillo nostálgico en los ojos que me molestó al instante.
Una pequeña pizca de empatía atravesó esa emoción negativa.
Llevaba casado un día, pero Autumn era una persona de verdad.
Sabía que dormía como si fuera a estar inconsciente durante días.
Sabía que ponía los ojos en blanco cuando le gustaba el sabor de algo.
Sabía que tenía un gato y una casa acogedora, el primer lugar que me hizo pensar que de verdad existían hogares en los que la gente podía ser feliz.
Sabía que se tomaba en serio el consejo de «vístete para el trabajo que quieres».
Si le pasara algo, me entristecería. La lloraría. Mi padre había perdido a su compañera. al amor de su vida. Pero también había sido padre. Y me había fallado terriblemente.
—¿Mañana por la noche, entonces? —Se frotó las manos. Tenía los nudillos más protuberantes de lo que solían estar. Los hombros un poco más encorvados. Pero sus ojos estaban claros, brillantes y lúcidos—. ¿Es demasiado pronto?
—Mañana. —Era mejor quitármelo de encima, pero además tenía que saber si él podía mantener esa faceta de sí mismo durante más de un día.
Quizá lo habíamos pillado entre dos borracheras.
Hacía años que decía haber emprendido su camino hacia la sobriedad, pero yo tenía mis dudas.
Muchas de ellas seguían ahí e iba a hacer falta algo más que una charla de diez minutos para disiparlas.
Me guiñó un ojo.
—¿Vas a hablarlo con tu mujer, Giddy?
—No me llames Giddy, Hank —gruñí.
Se rio, ajeno a lo mucho que me molestaba que él utilizara el apodo que me había puesto mi madre.
—Lo siento, chico. — «Chico». Me estremecí aún más. Autumn me volvió a dar una palmadita en la espalda—. Mañana —repitió—. Invita a tu familia, Autumn .
—Sí, claro. —Apoyó la mano entre mis omóplatos—. No pretendo ser grosera, pero quiero asegurarme de que sabes en dónde te estás metiendo. Tengo una familia numerosa. ¿A cuántos quieres invitar?
—A todos. —Sacudió las manos en el aire como si estuviera ahuyentando a un mapache—. No te preocupes por el espacio. No tengo nada que ocultar y pronto todo será de los Bailey.
Me estremecí como si sus palabras fueran una corriente eléctrica.
¿No estaba empezando a recapacitar? Había aparecido con una esposa.
Si esa farsa de matrimonio no servía para ganarme su confianza y poner las tierras de mi madre a mi nombre, no iba a perdonárselo jamás.
Y no iba quedar nada en Bourbon Canyon que significara un comino para mí.
La mirada de Autumn acarició mi rostro, y una simple pregunta se me quedó grabada en la cabeza.
«¿Estás seguro de que no habría nada en este pueblo que te importara?».
A utumn
Mientras nos alejábamos del rancho de los James, mi móvil no dejaba de vibrar con mensajes de mis amigas preguntándome cómo estaba.
No paraba de decirles que estaba bien y que ya había llegado a casa.
Quizá querían que les dijera que las perdonaba, pero mi mente estaba totalmente ocupada por el hombre que tenía a mi lado.
Estaba a punto de apagar el móvil cuando sonó otra vez y el nombre de Scarlett apareció en la pantalla.
Mierda.
Scarlett era la mujer de Tate. Era profesora de cuarto de primaria en el colegio, así que las mujeres con las que había ido de viaje también eran sus amigas y compañeras de trabajo.
¿Qué le habrían contado?
Gideon me miró y sentí en el estómago ese mismo cosquilleo que había notado la primera vez que él se puso al volante de mi coche. Yo iba en el asiento del copiloto, y era un cambio agradable.
—Mi cuñada —expliqué. El teléfono dejó de sonar y volvió a hacerlo—. La mujer de Tate.
Volvió a fijar la vista en la carretera.
—No hay mejor momento que el presente.
—Al fin y al cabo, tengo que invitarlos a cenar mañana. —Mi risita sonó como un tintineo nervioso.
No me había preocupado demasiado por contarle la noticia a Hank James.
Siempre se había mostrado muy amable en el pueblo y siempre que lo veía estaba echando una mano en una gala benéfica o en algún otro proyecto municipal que necesitara un par de manos extra.
A Hank James le caía bien mi familia, y esperaba que se preocupara más por las intenciones de su hijo.
Tenía que saber que yo no era el tipo de chica que le gustaba a Gideon.