7
G ideon
Tomé el último desvío hacia la casa de mi padre. La última vez que había estado en el pueblo no lo había visto. Hacía más de veinticinco años que no lo veía, y tenía un enorme nudo en el estómago.
Estábamos a mediados de octubre y el verde de la zona se había tornado marrón.
La hierba estaba seca y quebradiza, y las montañas, bajas y desnudas, tenían el mismo color.
Las laderas más altas estaban cubiertas de un verde oscuro gracias a los árboles que las salpicaban; los pastos y campos que se extendían entre nosotros y el horizonte estaban vacíos de ganado.
La tierra que en su día se había labrado había quedado cubierta de maleza hacía tiempo.
Algunas de las vallas eran nuevas, con alambre reluciente y postes metálicos. ¿Para qué molestarse si no había ganado que contener?
Mientras conducíamos, los recuerdos me asaltaban.
Mi madre, montando uno de los muchos caballos de rancho que su familia había criado, despreocupada y riendo.
Tenía uno favorito, pero se aseguraba de que montáramos a todos.
Disfrutaba teniendo ganado y dedicándose a la agricultura. Había amado su vida hasta el final.
Una parte de mí se alegraba de que no hubiera visto venir el accidente, de que no supiera que me iba a dejar solo, que mi padre apenas había sobrevivido a su pérdida. Saber cualquiera de esas cosas le habría roto su enorme corazón.
Me concentré en no apretar con tantas ganas el volante.
La carretera serpenteaba acercándose a la casa.
No había visitado a mi padre, pero había estado en la finca.
Había tomado un camino desde el que se veía la casa y me había cabreado; el lugar no estaba en mal estado: él había hecho algunas reformas y, maldita sea, me había enfurecido.
—¿Crees que estará allí? —preguntó Autumn.
Me había enfadado muchísimo que hubiera mantenido la casa lo suficiente como para que tuviera buen aspecto y luego se hubiera recuperado lo justo como para venderla, joder—.
¿Gideon? —Y luego había tenido la desfachatez de decirme que no iba a hablar de la venta por teléfono, que debía volver a casa—.
Gideon. Una mano cálida se posó en mi antebrazo y mi ira creciente se desvaneció como una roca al caer en el agua.
Tenía los nudillos blancos y la velocidad del coche iba aumentando poco a poco.
No habría importado que su tracción a las cuatro ruedas se comportara bien en el camino de tierra, habríamos acabado los dos en una zanja—.
¿Necesitas un momento antes de que lleguemos? —preguntó en voz baja.
—No. —Quería ver su cara cuando apareciera con una novia de los Bailey hablando de hijos.
Volví a sentir un nudo en el estómago. Hijos. No iba a pensar en eso todavía. ¿Cómo sabía Autumn que podría tenerlos? ¿Y yo? Ya tenía bastante en qué pensar. La idea de responsabilizarme de un bebé iba a tener que esperar. Aún había tiempo.
Mi determinación por evitar el tema no impidió que mi pene se despertara y me recordara cómo se hacían los niños; quería reprenderme por no haber aceptado lo que Autumn me había ofrecido la noche anterior.
Nunca me había costado ser un hombre honorable hasta que la conocí a ella. Después de verla gemir sobre la comida esa mañana, no estaba seguro de resistirme a ser un animal cuando estuviera en la cama con ella.
Qué rápido volvía a mis raíces: salvaje y lascivo.
Tomé una curva y la casa apareció ante mis ojos y apagó mi libido. Mi madre había estado orgullosísima de ese lugar. Habíamos pasado de una pequeña casa prefabricada a una casa de madera de dos plantas, con un garaje anexo para dos coches.
«¡Cuánto espacio, Giddy! —La voz de mi madre era tan clara como el cielo de verano de Montana. Yo tenía seis años—. Incluso podemos ampliarla. Quizá algún día la llenes de niños».
Se me encogió el corazón tanto como el estómago. Mi madre había querido tener más hijos, pero había sufrido una hemorragia durante el parto y los médicos le habían practicado una histerectomía.
Me tragué la acidez que me subía por la garganta.
—Hogar, dulce hogar —dije con amargura.
—Nunca me había adentrado tanto en tu finca —comentó ella. El asombro en su voz me hizo querer hinchar el pecho con orgullo—. Pero cuando pasábamos en coche por los pastos siempre pensaba que era preciosa.
—La pintó él. —Podría contárselo todo sobre los edificios y la finca.
Podría contarle que había una cabaña abandonada en las estribaciones del norte, donde vivía el encargado del rancho de mis abuelos.
El viejo establo y el taller se estaban cayendo a pedazos, pero un taller y un granero más nuevos se alzaban a unos cientos de metros detrás de la casa.
Los habían construido mis padres; el lugar había prosperado después de que mi madre se hiciera cargo de él.
Esos edificios se alzaban ahora aislados contra el paisaje austero y pardo.
Como si toda la vida de ese lugar hubiera muerto con ella.
Aparqué junto a una vieja camioneta abollada. La pintura blanca de la parte delantera estaba cubierta por una gruesa capa de polvo y suciedad. Estuve a punto de dar media vuelta y marcharme; de meterme en casa con Autumn e intentar tener bebés.
Bebés. Me daban ganas de vomitar, joder.
Pero no tenía el estómago delicado y no iba a vomitar delante de mi mujer.
Abrí la puerta y salí; inspiré hondo antes de darme cuenta de que estaba inhalando todo el aire fresco de Montana como si me hubiera estado asfixiando durante los veinticinco últimos años.
El oxígeno me recorrió las venas. No olía a cigarrillos ni a marihuana ni a gases de los tubos de escape ni a asfalto caliente.
Ni siquiera olía a polvo. Solo aire puro y fresco de montaña.
Una puerta se abrió con un crujido.
—¿Te mareas?
Me encontré cara a cara con mi padre cuando aún no estaba preparado.
Estaba más viejo. Pero si antes se encorvaba con una mueca permanente en el rostro y el pelo lacio y grasiento, sacudiendo el puño en el aire hacia mí mientras me alejaba en el coche, en ese momento se le veía en plena forma.
No estaba fornido, pero había recuperado parte del tono muscular que había perdido en sus años más oscuros.
Tenía el pelo más canoso y ralo, pero lo llevaba bien recortado, al igual que la barba entrecana. El bigote era más tupido y tenía forma de herradura. Sus hombros estaban redondeados, pero ya no encorvados, y su ropa parecía limpia. Lo que más me impactó fue su mirada clara.
—Hank —mi voz no sonó tan firme como pretendía.
Dio un paso más hacia fuera. La puerta mosquitera se cerró de golpe tras él. Habría sido fácil arreglarla. De pequeño le había ayudado a reparar más de una puerta.
Se me hizo un nudo en la garganta cuando afloraron esos recuerdos desde lo más profundo de mi mente.
Cuando recordaba mi infancia solía pensar en mi madre, pero esa vez, me veía a mí mismo paseando junto a mi padre, que me hablaba de las temporadas de cultivo, de las condiciones del suelo y de los niveles de humedad.
Podía verlo a mi lado, junto a uno de los tractores, tendiéndome una herramienta y diciéndome que lo intentara yo mismo.
Me ardía la garganta. Me negaba a recordar aquellos momentos. Todo se había echado a perder. Él lo había echado todo a perder.
Una mano cálida se deslizó alrededor de los dedos que, sin darme cuenta, había apretado en un puño. Su aroma a algodón de azúcar me envolvió, y ella puso su otra mano sobre mi antebrazo.
—No pasa nada —dijo en un susurro.
La mirada de mi padre se posó en el lugar donde ella me estaba tocando. De nuevo sentí un resurgimiento de orgullo que por lo general solo experimentaba cuando se trataba de mi trabajo. Reprimí ese sentimiento.
—Hank, esta es Autumn James. Mi mujer.
Habría mentido si hubiera dicho que no me había imaginado cómo iba a reaccionar mi padre. ¿Iba a gritar como solía hacer cuando bebía licores fuertes? Cuando tomaba demasiada cerveza, se ponía alocado. Se creía encantador. Cuando bebía licor, se volvía malvado.
¿Iba a derrumbarse por la conmoción? ¿A quedarse tan atónito que iba a mirarme boquiabierto para luego enfurecerse?
Debía de saber que lo había hecho para detener la venta.
Lo más fácil sería conseguir que creyera en mis intenciones de que las tierras fami liares pasaran a mi propia familia. Yo mismo no tenía por qué creerlo.
No sabía absolutamente nada sobre niños.
La mano de Autumn apretó la mía. Quizá yo correspondí al gesto. No prestaba atención a los detalles; no me fijé en que su piel era increíblemente más suave de lo que jamás habría imaginado.
Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro de mi padre y las puntas de su bigote en forma de herradura se levantaron.
—Joder, qué noticia tan maravillosa. —Bajó a toda prisa las escaleras del porche. Cuando sus botas pisaron el camino arenoso bordeado de hierba seca, abrió los brazos de par en par—. Ahora eres Autumn James, ¿eh?
—Sí, señor. —Se pegó a mi costado, mucho más cerca de lo que habíamos estado sentados en el avión.
El calor de su cuerpo se filtró en mi piel y pude sentir sus curvas desde mi brazo hasta mi muslo.
Podría haberla abrazado con fuerza, pero cuando mi padre se acercó, ella se apartó y al instante eché de menos su contacto.
Él la rodeó con sus brazos fibrosos.
—«Señor» no es para la familia. Llámame como quieras, pero no «señor» ni «señor James». —Se apartó un paso. Las arrugas se marcaban en el rabillo de sus ojos, profundamente grabadas en su piel, como si fueran uno de los abanicos de mi madre—. Enhorabuena.
Se acercó a mí, pero tiré de Autumn para que volviera a mi lado. Una clara señal de que no quería abrazos y quizá también una excusa para tenerla cerca de nuevo.
—¿Estás contento? —pregunté con tono consternado.
¿Lo estaba?
Se rio.