Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3) 6 #2
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Cuando había comprado esa casa había pensado que iba a ser mi primer hogar, que iba a conocer a alguien y que, quizá, íbamos a vivir ahí hasta que construyéramos una casa más grande.

No me hacía mucha gracia levantarla en mi terreno, no muy lejos de Copper Summit .

Debía sentirme aliviada de que Gideon no me presionara al respecto, como había hecho otro de mis ex.

Diez años después de aquel tío, seguía viviendo ahí. Sola.

Excepto por mi gato.

Había visto la casa de Gideon, había pasado la noche en una cama que parecía una nube hecha a medida y había visto una ducha imposible. No la había usado.

Necesitaba una ducha y dormir de verdad.

El cansancio no me impedía darme cuenta de que el ático no estaba pensado para una familia. Nadie que tuviera hijos quería nada blanco en su casa, con o sin servicio de limpieza.

Gideon echó un vistazo a mi salón y clavó la mirada en la pequeña chimenea de la pared del fondo.

—Tengo una pila de leña detrás del garaje, por si acaso.

—Arqueó una ceja—. Por si se va la luz —añadí sin mucha convicción.

Esa conversación forzada se parecía mucho al trayecto en coche desde Bozeman.

Decía algo para romper el pesado silencio o porque pensaba que él querría saber algunas cosas sobre mí.

Teníamos poco tiempo, pero debía parecer que éramos una pareja de verdad.

Él solo respondía con monosílabos o arqueando las puñeteras cejas, lo que sin duda era la hostia de sexy.

Pero, bueno, todo en este hombre era sexy.

Sobre todo su forma de cocinar. Me habría corrido solo con esos huevos.

Se metió una mano en el bolsillo. Cuando me dio la espalda, le devoré el culo con la mirada.

Esa tela había visto muy poco el aire libre y, desde luego, no había tocado ni un caballo ni una vaca.

No me imaginaba a Gideon llenando cubos de pienso para las gallinas.

No lo veía levantándose temprano para hacer las tareas del rancho, ni siquiera para darse un relajante paseo que no incluyera reunir el ganado.

Me invadió una ligera tristeza. No podía imaginarlo con un sombrero de vaquero en la cabeza, polvo en la camisa ni con el paso relajado de un tipo al que le encantaba la puta vida del rancho.

Esa era la clase de hombre con quien pensaba que iba a casarme; uno que no le habría puesto fecha de caducidad a mi matrimonio.

Siempre me había imaginado que iba a acabar con alguien como los chicos con los que había crecido. Mark se salía de ese molde, pero no se parecía en nada a Gideon. Mi marido era mayor que yo y se había criado haciendo lo mismo, pero lo había dejado todo atrás a propósito.

Sin embargo, quería conservar el rancho. Eso tenía que significar algo, ¿no? ¿No significaban los hijos para él algo más que tener a alguien a quien legar su herencia?

—No hemos hablado de los detalles sobre los hijos.

—Claro que sí. Y yo te dije que debíamos esperar a que estuvieras preparada. —Desapareció en la cocina.

Di un paso para seguirlo, pero luego dejé que el enfado se apoderara de mí. No era una simple casera.

—Te he hecho una pregunta. Es de mala educación marcharse así.

Un latido. Un segundo latido, más fuerte. Apareció al doblar la esquina, con expresión neutra. No supe interpretar el destello de sus ojos.

—No me has hecho una pregunta. Has hecho una afirmación.

Tuve que pensarlo un momento. Maldita sea. Tenía razón.

—Y tú estás evitando la discusión.

Entrecerró apenas los ojos, pero percibí su incomodidad.

—No había planeado tener hijos.

Lo había dicho, y sin embargo había aceptado el trato.

—Estás luchando por Percival, pero ¿qué pasará con él cuando tú ya no estés?

Su expresión pensativa se acentuó.

—No había planeado tener hijos en un futuro inmediato. Biológicamente, aún puede suceder dentro de décadas.

Eso no sonaba como un sueño hecho realidad. Pero había dejado la puerta entreabierta a la posibilidad de tener hijos.

—Si me quedo embarazada, ¿cómo lo vamos a criar?

—¿Lo?

—A él. A ella. ¿A elle?

—No es muy progresista por tu parte poner el masculino primero.

¿Estaba bromeando? No habría sabido decirlo, pero tenía los labios fruncidos como si fuera a romperse en mil pedazos si sonreía sin querer.

—Quizá deberíamos pensar en un nombre que sirva para los dos géneros. Sawyer .

—Tenía un perro que se llamaba Sawyer.

—Me gustan los perros. Que sea Sawyer .

Su sonrisa deslumbrante me dejó sin palabras. Parpadeé. Desapareció en un milisegundo y él negó con la cabeza.

—Eres impredecible, polvorín.

—Gracias. —Estaba a punto de dar un paso cuando se oyó un «miau» y mi gata tricolor, Sprinkles, se enroscó alrededor de sus piernas.

Tenía la nariz naranja y su pelaje, mayoritariamente negro, estaba salpicado de naranja y blanco.

A Gideon se le formó un surco en la frente.

Se quedó mirando a la gata, que había decidido que quería dejar su olor por todas sus piernas—.

Esta es Sprinkles. La encontré en un contenedor de basura del colegio.

Enarcó una ceja, pero no apartó la vista de la gata.

—Una gata callejera…

—El sistema de distribución de gatos me asignó una gata en cuanto pensé que estaba preparada para tener una. De hecho, un poco antes. Aún no había formalizado la compra de la casa, así que tuve que esconderla en mi piso.

Levantó la cabeza hacia mí.

—Tenía la impresión de que eras una persona que seguía las normas.

—Las rompo si hay una buena razón.

—Eso está abierto a interpretación.

—Las normas también.

Otra sonrisa se dibujó fugazmente en sus labios.

—Cierto. —Se dio la vuelta con cuidado de no chocar con Sprinkles.

Eso me dijo mucho de él. Si se hubiera portado como un capullo con mi gata, lo habría echado a patadas en el trasero.

Que se fuera al cuerno con lo de la venta del terreno.

Yo podía recurrir a la inseminación artificial o aceptar mi vida como la loca de los gatos.

Pero él siguió mostrándose considerado con ella mientras ella lo perseguía por el estrecho pasillo, que se hacía aún más angosto por sus anchos hombros.

Una vez más, había eludido el tema de los hijos.