Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3) 6
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G ideon

El avión estaba a punto de aterrizar en Bozeman. Mis dedos se aferraban a los reposabrazos, con los nudillos blancos.

—¿Te da miedo volar? —preguntó Autumn. Llevaba un rato echando un vistazo a las películas, sin decidirse por ninguna. Cuando subimos al avión, no era más que una turista boquiabierta. Solo tardé dos segundos en darme cuenta de que nunca había viajado en otra clase que no fuera turista.

Los Bailey se enorgullecían de su humildad. Podían permitirse viajar en primera clase. Podían permitirse un puto jet privado. Pero eran la clase de «gente corriente» que volaba en turista.

Autumn había mencionado una cooperativa de jets privados.

Que les den por culo a los hermanos Bailey.

Podría haber conseguido un jet privado, pero entonces habría tenido que explicar por qué viajaba así. Habría podido encontrarme con auxiliares de vuelo o pilotos con los que había viajado antes por trabajo. Se habría corrido la voz.

La junta directiva no tenía que preocuparse porque me hubiera casado y fuera a largarme para siempre. Había mucha gente haciendo cola por mi puesto. Estaba decidido a conservar la propiedad familiar y mi trabajo, y me resultaba más fácil pasar desapercibido en las aerolíneas comerciales.

—No, no me da miedo volar —respondí—. No me gusta volver a casa.

—Ah.

Cuando estaba con ella se me escapaban demasiadas confesiones.

Como lo de cocinar. Había visto la compasión en sus ojos.

Peor aún, la comprensión. Ella no me veía solo como un pobre niño que había salido adelante.

Habría oído hablar de mi madre. De cómo mi padre se había entregado a cualquier botella que pudiera permitirse.

¿Sabía cómo había sido el colegio para mí?

¿Cómo chicos como sus hermanos me habían calado a la primera?

¿Que había pasado de ser un dios en el Silver a no ser nada en Bourbon Canyon?

No pensaba perder las tierras de la familia de mi madre.

«Este es tu legado, Gideon. Cuatro generaciones lo han construido, y tú eres la quinta. No dejes que tu padre haga de ti el último». Las palabras de mi abuelo tras el funeral habían sido muy claras.

El avión aterrizó. Habían pasado menos de seis meses y ya estaba de nuevo ahí.

Autumn abrió la boca como si fuera a decir algo, pero luego la cerró.

—Adelante —dije, temiendo la inevitable pregunta sobre mi infancia.

—¿Por qué no le has dicho a Taya que estábamos casados?

Siempre había pensado que la idea de que las mujeres se pelearan por un hombre era una tontería, pero la parte más ruin de mí disfrutaba con sus celos.

—He pensado que no querrías que tu familia se enterara por alguien que no fueras tú.

—Taya se habría enfurecido y me habría delatado ante la junta directiva.

Habría revelado el hecho al resto de la alta dirección y, como mínimo, podría haber avisado a las cadenas de noticias locales o a las redes sociales.

Me había convertido en el centro de todas las miradas tras la muerte de mi madre.

Y luego mi padre se había puesto a beber y la gente seguía mirándome.

Y cuando conduje por Bourbon Canyon para reunirme con los Bailey en Copper Summit , todo el mundo se quedó mirándome.

Solo que aquella vez fue porque nadie me conocía. No sabía qué era mejor.

—Sí, supongo que es lo mejor. Mi familia debería enterarse por nosotros. —Comprobó su móvil.

Me había dicho que sus amigas la estaban acosando, pero yo podía ver la letanía de mensajes.

Uno destacaba. Un mensaje de alguien llamado Mark.

—Tus amigas están preocupadas. —¿Y quién coño era Mark?

—Les dije que iba a coger otro vuelo, así que creen que estoy cabreada.

—¿Qué les vas a contar? —No me daba la impresión de que tuviera tanta confianza con sus amigas como con sus hermanos. Se volvía distante cuando se hablaba de ellas o cuando miraba su móvil.

—Nada. —Guardó el teléfono en su bolso de mano—. Como has dicho, primero tenemos que decírselo a nuestras familias.

La noche anterior le habían hecho daño de verdad al dejarla fuera de la discoteca, aunque jamás iba a comentárselo. No tengo ni idea de por qué lo sabía, pero estaba convencido de que Autumn tenía unos principios y sentía lástima por quienes no estaban a la altura.

Darme cuenta de ello fue sorprendente. Yo era igual.

Pero ella no había respondido a lo de ese tal Mark.

—¿Y Mark?

El rubor que se extendió por sus mejillas ocultó sus pecas.

—Es, eh… algo así como mi versión de Taya.

No me gustaba cómo sonaba eso.

—¿Trabajas con él? —Era domingo y ella iba a reincorporarse el martes. ¿Podría pasarse el mes sin trabajar?

—Salimos un par de veces. Nada serio. —Me miró de reojo—. No tiene las llaves de mi casa.

Seguía sin ser suficiente.

—¿Y aun así te sigue mandando mensajes?

—Es mi jefe.

—Eso es un conflicto de intereses, ¿no? —¿Cómo podía conseguir que lo despidieran?

—El pueblo es demasiado pequeño como para que haya soluciones alternativas. Aunque Las Vegas es enorme —dijo con inocencia.

Mis labios se crisparon. Era como una boxeadora sigilosa, que me asestaba golpes por la izquierda y por la derecha cuando menos me lo esperaba.

—Recuerda nuestro trato.

—Un mes.

Era hora de bajar del avión. Recogí nuestro equipaje. Podía comprar cualquier otra cosa que necesitara y dudaba que me hicieran falta los trajes en Bourbon Canyon, así que solo había metido en la maleta vaqueros y jerséis.

Mientras andábamos por el aeropuerto, me esforcé por no admirar la arquitectura.

Las vigas de madera se arqueaban sobre nuestras cabezas y los grandes ventanales dejaban entrar la majestuosidad de las montañas circundantes.

Autumn miraba a su alrededor como si esperara ver a algún conocido.

No me preocupaba. No había vivido en la zona desde los dieciocho y tenía cuarenta y cuatro.

—Mi coche está en el aparcamiento de larga estancia —dijo.

—¿No compartiste un taxi con tus amigas?

Ella negó con la cabeza, mirando al frente mientras empujábamos nuestras maletas hacia la salida.

—No. Supongo que una parte de mí sabía que su fiabilidad tenía un límite. Bromean diciendo que soy la madre del grupo. —Capté su sonrisa burlona—. Pensaba que cualquiera de ellas podría haber acabado casándose en Las Vegas.

Me irritó ese estereotipo. Yo hacía posible que la gente se volviera loca en Las Vegas, ya fuera casándose por impulso, probando discotecas caras o dándose caprichos de lujo. Estaba acostumbrada a ser un mero espectador.

Seguí a Autumn al exterior. Cada lugar tenía su propia belleza, y había podido viajar bastante durante los años que trabajé en el sector de la hostelería.

Era la segunda vez que visitaba Montana desde que me había ido a la universidad, y me invadió la misma sensación de estar en el lugar adecuado.

Fuera donde fuese, las vistas, el ambiente y el clima nunca me parecían tan perfectos como en Montana.

Los sentimientos son engañosos. Si no lo fueran, no me habría labrado una carrera en el mundo del entretenimiento de Las Vegas.

Las temperaturas eran agradables para ser octubre en Montana, pero una brisita fresca me acarició la cara, recordándome que ya no estaba en Nevada.

Autumn sacó sus llaves y abrió un pequeño todoterreno híbrido naranja. Llegué primero al portón trasero y lo abrí para meter su equipaje. Luego metí mi bolsa en la parte de atrás y le tendí la mano.

Ella echó un vistazo a mi palma, con los ojos muy abiertos, y luego levantó la mirada hacia mi rostro.

—Las llaves —le dije.

—Ah. —Esos bonitos labios rosados que tenía se curvaron hacia abajo. Tiró de la correa del bolso que la había acompañado desde que nos conocimos—. ¿Por qué?

—Estamos casados. No vas a hacer de chófer para llevarme de un lado a otro.

—No quería ser un mero espectador con los ojos como platos al regresar a mi pueblo natal por segunda vez este año.

Bourbon Canyon había cambiado, pero muchas cosas seguían igual.

Habían abierto más tiendas eclécticas, y verlas solo me habría cabreado.

Estaba convencido de que los Bailey y su maldita destilería habían hecho posible ese aumento del comercio.

Copper Summit ofrecía puestos de trabajo, generaba ingresos y fomentaba el turismo.

Los Bailey habían contribuido al lugar donde habían nacido y crecido.

Yo había hecho fortuna en una ciudad que no necesitaba mis esfuerzos.

Cuando había terminado los estudios, no me quedaba nada más que la advertencia de mi abuelo sobre Percival y trabajar para un padre que no me escuchaba y al que no le importaba lo que yo tuviera que decir.

Los Bailey habían sido capaces de construir un imperio mayor que el que les había tocado al nacer, y querían lo que debía ser mío.

Por fin dejó caer las llaves en mi mano.

Asentí como si fuera una asistente que acababa de completar una tarea, me dirigí a la puerta del copiloto y la abrí.

Ella se asomó por la parte trasera del todoterreno.

—Estás comportándote de un modo extrañamente formal.

—¿A qué te refieres?

—Llevas mis maletas, conduces, me abres las puertas… Me siento como si estuviera llevando a casa a mi pareja del baile de fin de curso y él estuviera nervioso por causarle buena impresión a mi padre.

Maldita sea, eso me tocaba muy de cerca.

—Primero te voy a llevar a casa de mi padre.

Enarcó sus cejas cobrizas.

—¿En serio?

—Podemos parar antes en tu casa. Así no me comportaré como un completo desconocido una vez que la gente se entere. —Siem pre iba a ser un desconocido. Lo había sido mientras crecía y en ese momento, cuando ya me había casado con alguien de la élite local, iba a ser un forastero más que nunca.

A utumn

Ver a Gideon en mi casa fue una locura. Como un sueño lúcido. Un hombre increíblemente sexy deambulaba por las estrechas estancias de mi hogar. Ocupaba cada centímetro de espacio y hacía que todo pareciera más pequeño y sencillo que nunca.