5 #3
—Se lo he dicho a quien tenía que saberlo. Que tengas un buen día, Taya.
Una fría furia ardió en sus ojos ante esa respuesta. Cuando se abrieron las puertas del ascensor, pulsó unos cuantos botones, mirando a Gideon con ira hasta que las puertas se cerraron.
Solté un largo suspiro.
—Es encantadora. Apuesto a que vosotros dos tenéis una relación laboral ardiente y sudorosa. —No pude evitar que el sarcasmo saliera a borbotones; me dirigí a la cocina.
—Eso no pasaba muy a menudo. —Me adelantó y fue hacia la nevera—. Y ya hace bastante tiempo de la última vez.
Resoplé.
—Claro. Ella tiene una llave de tu casa para hablar de reformas de emergencia.
—Cambiaré el código.
Me ofreció la opción con tanta facilidad que añadí más exigencias.
—Y no va a haber nadie más. —Me abracé a mí misma, sintiéndome de repente insegura. Estaba dispuesta a casarme con él para conseguir lo que queríamos los dos, pero no estaba dispuesta a quedar como una tonta.
—¿Qué quieres decir? —Se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros.
No llevaba calcetines como yo, sino unos mocasines más informales que los que había llevado la noche anterior.
Su pregunta no fue distraída. No creía que eso fuera algo propio de él.
La hizo sonar tranquilo, pero siempre había un tono cortante.
—Este matrimonio es monógamo. Y punto. La gente ya no nos va a creer tal y como están las cosas. No necesito tener que lidiar con rumores de que te estás acostando con otras.
Sus pupilas volvieron a dilatarse, como las de un depredador, y eso me ponía a mil. Un escalofrío me recorrió la espalda.
—No habrá rumores. Del mismo modo que tú también mantendrás tus manos y el resto de tu cuerpo a raya. Durante el próximo mes, eres mía. Hasta que consiga que mi padre ponga la finca a mi nombre o me la venda… eres mía.
La intensidad de mis escalofríos aumentó hasta lo alto de la tabla.
Yo era suya. Espera… ¿Hasta que consiguiera la finca?
¿Entonces iba a acabarse todo? Durante el próximo mes…
Me estaba sumergiendo en un sueño. No podía permitirme perder el control.
No podía fantasear con Gideon. Aquella era su casa. Taya era su tipo.
—La fecha de cierre es dentro de un mes —dije, más que nada para confirmar que ese era su plazo. Tenía sentido. ¿Por qué iba a querer seguir casado más tiempo?
Teller se había quejado a Tate de que los retrasos con la financiación harían que el cierre se produjera justo antes del invierno. No iban a poder hacer gran cosa hasta la primavera, cuando se derritiera toda la nieve del invierno.
Asintió.
—Lo que significa que tenemos menos tiempo para fingir que estábamos tan enamorados que no pudimos evitar casarnos en Las Vegas cuando estábamos tan cerca de una capilla.
Se me encogió el corazón. Bajé la cabeza. Un mes no era mucho tiempo para poner a prueba mi fertilidad. Si lo conseguíamos, quizá iba a ser madre soltera. ¿Iba a pelear Gideon por la custodia? Por la expresión que puso cuando le conté mi parte del trato, no parecía que fuera a hacerlo.
Esto es una farsa. Esto es una farsa. Esto es una farsa.
—Bien —dije, orgullosa de lo firme que sonaba mi voz—. Tú no te vas de este matrimonio sin tierras y yo no me voy sin un bebé. ¿Y si eso lleva más de un mes?
Eso había sonado un poco insensible.
Sus labios se tensaron al oír la palabra «bebé».
—Tenemos un mes.
—La biología no siempre hace caso de los acuerdos de la gente.
—Tengo un trabajo importante —dijo con tono seco.
—Yo también.
—Un mes, Autumn.
Me había criado en la familia Bailey y habría tenido que sentirme cómoda negociando contratos y acuerdos, pero eso era lo que hacían mis hermanos.
Mi padre me había puesto al corriente de todo, pero yo no trabajaba a tiempo completo en la destilería.
El tono de Gideon era frío como el hielo. Imperturbable.
La noche anterior había visto esa parte patética de mi vida. No me apetecía suplicarle que me dejara embarazada.
—Menos mal que hace tiempo que dejé de tomar la píldora.
Sus pupilas se dilataron de nuevo.
—Tenemos que ultimar algunos detalles más. Esta mañana le he dicho a mi abogado que prepare un acuerdo posnupcial.
—¿Un acuerdo posnupcial? —Empezaba a darme cuenta de las consecuencias de un matrimonio impulsivo. ¿Gideon tenía derecho a mi parte del rancho y de Copper Summit? ¿Y qué iba a pasar con la parcela de tierra que mi padre me había regalado? ¿Iba a perderla?
Dios mío, ¿qué había hecho?
—¿Te molesta la idea de un acuerdo posnupcial? —Su expresión era gélida y su tono tenía un matiz cortante, muy en desacuerdo con su aspecto más desenfadado.
—No. Creo que protegerse nunca está de más. —¿Por qué había sonado eso tan sexual?
La frialdad desapareció en un instante, sustituida por un calor latente.
—Cada uno de nosotros saldrá de este matrimonio con lo que tenía al entrar en él.
El alivio calmó el latido en mis sienes.
—Ah, qué bien. —Me reí y señalé con la mano su amplio salón—. No me quedaré con la mitad de las vistas del Strip.
Parpadeó. Mierda. ¿Lo había ofendido? Probablemente le gustaban esas vistas. Quizá era algo por lo que chicas como Taya se entusiasmaban. Yo echaba de menos un paisaje sin luces de neón.
—También redactará los papeles del divorcio.
Ay. Una pequeña puñalada en el corazón, por si acaso había pensado que Gideon se había enamorado de mí lo suficiente como para casarse conmigo tras unas horas de bloody Mary y embutidos.
—Más preparativos. Genial.
—Ahora que la logística está resuelta, podemos hablar de los detalles.
—Su mirada se posó en mis calcetines de felpa y me preparé para el mismo disgusto que había mostrado Taya, pero la dureza de su expresión se suavizó ligeramente—.
Si voy a Bourbon Canyon, tendré que quedarme contigo.
Tendremos que decirles a todos que nos conocimos y nos enamoramos locamente.
Podía fingir bastante bien que estaba locamente enamorada.
—Locamente enamorados —repetí con tono neutro, odiando el anhelo que sentía en lo más profundo de mi corazón—. ¿Crees que un mes es tiempo suficiente para convencer a tu padre de que no venda?
—Tendrá que ser suficiente para hacerle creer que voy a volver a vivir allí y a tener hijos. —Se dio media vuelta y rebuscó en la nevera.
Me quedé mirando cómo el vaquero se amoldaba a su trasero. Podía hacer rebotar una moneda de veinticinco centavos ahí.
—Eh, vale… sobre eso… —Eso iba a ser embarazoso—. ¿Qué pasará si me quedo embarazada? —Dejó los huevos y el queso en la encimera, junto a un cuenco de tomates que yo había dado por supuesto que eran solo para decorar—. ¿Sabes cocinar? —le pregunté.
Levantó su intensa mirada hacia mí.
—Si no supiera, me habría muerto de hambre.
Sentí cómo me invadía la compasión. Su padre era alcohólico y todo el pueblo sabía lo mal que se había puesto tras la muerte de la madre de Gideon.
—¿Pero sigues cocinando?
—No me gusta que haya extraños en mi casa. —Puse cara de «¿En serio?» y se le movió la comisura de los labios—. Taya no es una desconocida, y ya no va a tener libre acceso. ¿Quieres un rollito de huevo?
Me rugió el estómago.
—Sí, por favor.
Sacó un cuenco de un armario de la isla de la cocina.
—En cuanto al bebé, no haremos nada hasta que estés preparada.
Casi me desplomé de alivio. No estaba preparada, y odiaba que fuera tan obvio.
¿Para tener un bebé? Estaba totalmente preparada, y la noche anterior, bajo los efectos del bourbon, habría escalado su cuerpo como si fuera una montaña: con tres puntos de contacto; y uno de ellos habría sido mi boca.
Pero a la cruda luz del día, después de haber visto a su compañera de trabajo, increíblemente guapa, no había suficiente oscuridad para que me sintiera a gusto.
Además, recordé lo de esa mañana.
—Tendrás que dormir en la misma cama que yo, ¿sabes?
Dejó de cascar huevos.
—¿Dónde crees que dormí anoche?
Un temblor me sacudió el cuerpo, pero no sabía si era miedo o deseo.
—¿En la habitación de invitados? —pregunté con la voz más aguda al final. No se había acostado conmigo… ¿o sí? Me habría dado cuenta. ¿Había roncado? ¿Se me había caído la baba? ¿Me había tirado un pedo?—. ¿En el sillón reclinable?
—No tengo ningún sillón reclinable.
Giré la cabeza. La distribución diáfana de la casa se burlaba de mí porque podía ver claramente que no había ningún sillón reclinable en su casa. ¿Habría tenido un aspecto tan descansado si hubiera dormido en el sofá, que tenía más esquinas que cojines?
Había dormido en la cama conmigo. Había intentado engañarme y, cuando le había demostrado que me había dado cuenta, había seguido durmiendo en la cama conmigo. Y esa mañana se había ofrecido a prepararme el desayuno.
Cogió un tomate y sacó una tabla de cortar y un cuchillo. Estuve a punto de brindarle mi ayuda, pero me gustaba que lo hiciera por mí.
Lo nuestro era una farsa, pero él estaba preparando el desayuno.
Sin discusión. No estaba tan concentrado ni resultaba tan encantador como cuando había sacado a colación el tema del matrimonio impulsivo.
Estaba absorto en sus pensamientos, haciendo planes para el mes que venía.
La parte considerada de él parecía estar dormida.
Ya me costaba mucho convencerme de que nada de eso era real. Si no tenía cuidado, ese acuerdo podía acabar conmigo.