Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3) 5 #2
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¿Merecía la pena tener un hijo para averiguarlo?

Yo había descartado tener hijos para evitar que pasaran por lo mismo que yo. Pero Autumn tenía una gran familia. Si le ocurriera algo a alguno de nosotros, el niño iba a tener un montón de tías y tíos en los que apoyarse.

Un hijo.

Un bebé.

La imagen de la sonrisa de mi madre apagó mi ira y me atravesó el corazón. A ella le habría encantado tener un nieto.

Ella era la razón por la que yo estaba decidido a no tenerlo.

Pero el único pedacito de cielo que ella amaba en el mundo estaba a punto de venderse, y si ese niño pudiera ayudarme a salvarlo…

—Trato hecho, mujer.

A utumn

Cuando me desperté, chasqué los labios y cerré los ojos con fuerza. Necesitaba un galón de agua y algo de fruta fresca cuanto antes. Entre las bebidas y la comida salada, me estaba muriendo de sed.

Abrí un ojo a duras penas. Dios, qué cantidad de luz había ahí dentro.

El suave olor a detergente para la ropa se mezclaba con el aroma a cedro y cítricos. Gideon.

Estaba en su habitación. En su cama.

Me incorporé .

—Joder.

Estaba casada.

Levanté la mano y entrecerré los ojos para mirar mi anillo.

Casada. Con una pedrusco enorme en el dedo.

Él había querido comprarme un diamante absurdamente grande y yo le había dicho que muchas gracias, pero no. Solo el tamaño de ese anillo ya me provocaba palpitaciones. ¿Y si lo perdía entre la plastilina? Me encantaba la montura de platino. Me encantaba el brillo.

No podía ser verdad.

Parpadeé al volverme hacia los ventanales que iban del suelo al techo y luego recorrí con la vista la lujosa habitación, llena de armarios y cómodas que probablemente costaban más que mi casa. El diamante era auténtico.

Me rasqué la frente; los acontecimientos de la noche estaban volviendo a encajar en su sitio.

La discoteca. El coqueteo en la mesa. El encanto de Gideon.

El tío era un seductor, pero yo me pasaba el día rodeada de niños que tenían miedo de decirme que se habían hecho pis en los pantalones cuando les bajaba un hilo húmedo por la pierna.

Lo sabía todo sobre las mentiras y las segundas intenciones, aunque no podía atribuir todas esas habilidades a mis alumnos actuales y antiguos.

Había salido con algunos tipos de lo más peculiares.

¿Dónde estaba Gideon, por cierto?

El otro lado de la cama estaba vacío, con las mantas bien estiradas. Después de que él accediera a darme hijos a cambio de que yo lo ayudara a mantener las tierras a nombre de los James, apenas había podido mantener los ojos abiertos.

¿Dónde había dormido?

¿Había dormido o había deambulado por ese enorme ático contando su dinero?

Dejé caer las piernas al suelo. En la mesilla de noche había una botella de agua de la que goteaba humedad por los lados.

Para ser un marido recién casado, ya era más encantador que muchos de los chicos con los que había salido. Excepto Mark.

Supongo que en su momento tenía una buena razón para rechazar la oferta de Mark de ir a Spokane.

Me bebí el agua de un trago. Entonces mi atención se centró en la maleta que había junto a la puerta del baño.

Mi equipaje.

¿Había hecho que lo subieran? Qué detalle, pero mis amigas debían de estar preocupadas. Compartía habitación con Kaitlyn. ¿Habrían desaparecido todos los rastros de mi presencia para cuando ella había regresado?

Busqué mi móvil por todas partes. Habría tenido que estar preocupada, pero no conseguía entrar en pánico, al fin y al cabo, ni siquiera habían salido de la pista de baile para ver cómo estaba.

Me mordí el labio inferior. Eran mujeres agradables, pero también más jóvenes que yo. Estábamos en etapas diferentes de nuestra vida. No era de extrañar que Gideon hubiera pensado que podía engañarme para que me casara con él.

Se me sonrojaron las mejillas. No tenía tiempo para sentir vergüenza. Miré la pantalla.

Kaitlyn: ¿Dónde estás?

Kaitlyn: ¿Estás bien?

Destiny: Dime que no te han secuestrado.

Kaitlyn: ¿Has vuelto a casa en avión?

Brittany: ¡Lo siento muchísimo!

Destiny: ¿Estás enfadada? Lo siento un montón.

Brittany: Somos unas personas horribles. Habla con nosotras.

Me sentí un poco mejor al leer sus mensajes desesperados. También sentí la tentación de seguir ignorándolas, pero no podía permitir que llamaran a mis hermanos. Ese lío podía esperar hasta más tarde.

Autumn: Estoy bien. Estoy en otra habitación y cogeré otro vuelo para regresar a casa.

No me molesté en darles más detalles. Había asuntos más urgentes que acaparaban mi atención.

Arrastré mi maleta hasta el baño. Me lavé, me arreglé la cara y me puse unos leggings negros con una sudadera con capucha oversize de Copper Summit .

Para ser un casino llamado Silver, iba vestida de cobre.

Mi pelo no se dejaba domar. Me lo recogí en una coleta y le hice un lazo para que no se enredara en la capucha.

Vale. Estaba lista para encontrar a mi marido.

Me cosquilleó el estómago.

Mi familia se iba a enfadar muchísimo. No iban a creerse lo del matrimonio. Yo misma no me lo creía. Pero Gideon estaba de acuerdo, así que entre los dos teníamos que presentar un frente unido.

No lo encontré en el salón ni en la cocina, que parecía de esas en las que un chef privado habría preparado tortitas de caviar o lo que fuera que comieran las personas con un chef a su servicio.

¿Seguía en el piso? ¿Habría dormido siquiera? Apenas pasaban de las nueve. ¿Era de los que se levantan a las cinco de la mañana?

Estaba a punto de ir al pasillo y llamar a las puertas cerradas para encontrar a mi marido cuando el ascensor se abrió para dejar paso a la rubia de piernas largas que había visto entrar tranquilamente en el club.

Estaba rebuscando en un bolso que seguramente era tan caro como su camiseta sin mangas. Llevaba unas gafas de sol de aviador relucientes sobre su melena rubia y se le veían las mismas piernas largas bajo la falda cruzada que la noche anterior. Salió del ascensor sin dejar de rebuscar en su bolso.

—¿Qué tal fue esa tontería del cliente vip de anoche? Apuesto a que era un inversor. Pueden ser unos auténticos idiotas y pensar que no tenemos nada mejor que hacer un viernes… —Me vio. Se quedó boquiabierta. Luego dio un paso atrás, y el desdén se apoderó de su expresión—. Ya te puedes ir.

¿Qué estaba haciendo ahí esa mujer? La respuesta era obvia, pero mi confusión persistía. La ira se estaba apoderando rápidamente de mí. Llevaba menos de doce horas casada con ese hombre y él ya tenía a otra mujer.

—¿Soy yo la que puede irse?

Entrecerró los ojos de un azul cristalino.

—Por supuesto que sí. Tengo asuntos importantes que tratar con él y tú no eres más que una…

—Taya —espetó Gideon, y yo di un respingo. Así era como esperaba que sonara anoche, cuando nos conocimos. Como un destructor furioso—. No le hables así a mi invitada.

Se calló. Tenía la espalda erguida como una tabla y no parecía arrepentirse de haber estado a punto de insultarme.

—Debería haber llamado antes —resopló, levantando la barbilla en el aire.

—Autumn, esta es Taya. Es la directora financiera del Silver.

Guapísima, inteligente y poderosa. Y trabajaba con Gideon. Perfecto de cojones… No la saludé, solo le hice un gesto de asentimiento, como se hace en los pueblos pequeños.

Taya parecía capaz de dirigir una reunión y luego correr una maratón sin quedarse sin aliento. ¿Quién tenía unas piernas así?

Además, rebosaba de rabia y parecía dispuesta a romper las ventanas usándome a mí como ariete. Entonces, toda la tensión se disipó y le sonrió dulcemente a Gideon.

—Íbamos a hablar hoy de las reformas. ¿Te acuerdas?

No me gustó cómo le habló.

—Esa charla tendrá que esperar. —Se detuvo a mi lado.

No lo miré. No podía quedarme boquiabierta delante de esa intrusa, pero Gideon llevaba vaqueros y un polo verde bosque.

Nada que ver con los vaqueros y los polos que llevaban los chicos de mi pueblo.

En Bourbon Canyon no vendían vaqueros ni camisetas que no fueran de estilo western . ¿Cómo podía un polo parecer caro?

Taya ladeó la cabeza, y su mirada pasó de mí a Gideon, bajó hasta los calcetines mullidos que me había puesto en lugar de las sandalias, y luego volvió a Gideon.

—¿Estás seguro?

No se refería al retraso. Se refería a mí. Estaba claro que esos dos habían hecho algo más que calcular cifras juntos. La imagen que tenía de Gideon en la ducha con una modelo me pasó por la cabeza como un destello. Me entraron ganas de vomitar.

No pintaba nada ahí: ni con Gideon ni en Las Vegas. Y tampoco en ese ático, enfrentándome a Taya, enzarzada en una competencia desconocida a la que ninguna de las dos nos habíamos apuntado.

La mano grande y cálida de Gideon se posó en la parte baja de mi espalda.

—Estoy seguro. Estaré fuera de la oficina un tiempo.

Ella parpadeó. Ese anuncio también era una novedad para mí.

Había dicho que se iba a Bourbon Canyon, pero no había especificado por cuánto tiempo ni cuándo.

Todavía teníamos que resolver los detalles prácticos de cómo iba a funcionar el matrimonio y lo de tener un bebé.

No podía pensar en esa última parte en ese momento.

—¿Cuánto tiempo estarás fuera? —Su pregunta sonó tensa. A esa mujer no le gustaba que Gideon actuara de forma diferente a lo habitual, e incluso yo sabía que tomarse unos días libres no era normal en él.

—Al menos un mes —respondió con naturalidad—. Tengo que salir de la ciudad. Una emergencia familiar.

—¿De qué familia? —espetó ella.

Esperé a que él declarara que yo era su esposa, pero no lo hizo. Taya no me había mirado las manos y mi dedo anular estaba a mi espalda. Por la razón que fuera, no iba a anunciar la feliz noticia. Yo sabía lo que significaba «Un mes» . Era cuando estaba previsto cerrar el acuerdo inmobiliario.

—Trabajaré a distancia. Ponte en contacto conmigo el lunes. —Su enorme mano seguía apoyada en la parte baja de mi espalda. Intenté no pavonearme. Todavía no me había reclamado como su esposa.

—Vale. —Taya pulsó el botón del ascensor y se volvió hacia nosotros—. ¿Has hablado con la junta directiva?