Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3) 5
14%

5

G ideon

Autumn salió del baño, con las manos a la espalda, estirándose el vestido sobre las mallas.

Se veía extraña en mi dormitorio. Sus mallas de color marrón rojizo terminaban justo donde empezaban sus finos calcetines y contrastaban fuertemente con la palidez de la habitación.

Era una única llama que calentaba cada centímetro cuadrado del lugar.

Esa mujer no mostraba más que sus manos y su cuello, pero desprendía un atractivo sexual que solo un tonto habría pasado por alto.

Debía tener cuidado. No me había casado con ella por razones físicas, y no podía permitir que mi interés por su cuerpo influyera en mis motivaciones.

Aparté las sábanas. Ese era el lado de la cama en el que solía dormir, pero ella parecía dispuesta a salir corriendo mientras cambiaba el peso de un pie a otro.

—Adelante. Métete en la cama. —Sabía lo que esperaba.

La inquietud y la emoción se mezclaban en sus ojos.

Tenía que admitir que nunca había estado con alguien tan nervioso en mi presencia.

Se acercó de puntillas a la cama, con la mirada vagando de mi rostro a las sábanas.

Quizá no mostrara mucha piel, pero aun así podía ver cómo su pulso latía de forma irregular en la base del cuello.

A pesar de mi advertencia mental anterior, no pude evitar fijarme en su trasero y en cómo se redondeaba al meterse entre las sábanas.

Cuando se acomodó, me eché sobre ella y le di un beso en la frente.

Algo totalmente innecesario. Ya la había seducido, y el matrimonio era la prueba de ello—.

Te he dejado una camiseta y unos pantalones cortos en la mesilla de noche para que te cambies si quieres.

Descansa un poco. —bajo la luz ambiental que entraba por la ventana, pude ver cómo fruncía los labios rosados.

¿Temía no poder conciliar el sueño sin persianas?

Se había quedado prácticamente boquiabierta ante las vistas cuando mis escasos invitados se habían deshecho en elogios al respecto—.

¿Qué te pasa? —le pregunté, más preocupado que curioso.

—Nosotros no… Eh… No querrás… —Su rubor furioso era adorable. ¿Cómo podía ser tan inocente cuando a su familia no le importaba estafar a un viejo borracho para quitarle sus tierras?

—No, esposa —lo dije más para recordármelo a mí mismo e ignoré la facilidad con la que la palabra se deslizó por mi lengua. Era un hombre casado. Sentí un nudo en el estómago que me retorcía las entrañas—. Has bebido demasiado. Necesitas dormir.

Parpadeó lentamente y puso los ojos como los de un búho. Luego se incorporó, apretándose las mantas contra el pecho como si estuviera desnuda en lugar de completamente vestida. Le habría ofrecido ropa limpia primero, pero no quería arriesgarme a ver ni una pulgada más de su piel cremosa.

Se apartó la espesa melena de la cara.

—¿Cómo vamos a convencer a mis hermanos de que no compren las tierras de tu familia si no estamos casados de verdad?

Un escalofrío me recorrió las entrañas. Había subestimado a esa mujer y ese era un error que no había cometido… nunca.

—¿Qué? —Mi voz habría podido cortar un cristal.

Me miró como diciendo «¿En serio?»

—A ver, yo quiero una familia. Tú quieres tus tierras. —Puso los ojos en blanco—. ¿Pensabas que yo no iba a querer sacar nada de este trato?

—¿Qué trato? —le espeté. ¿Una familia? Solo de pensarlo me entraron náuseas. ¿Hijos?

Por fin tuvo la decencia de mostrarse avergonzada.

—Supongo que no te lo había dicho, pero tú tampoco lo has hecho.

El hielo seguía cristalizándose en mis venas.

Podría mentir, decirle que me había enamorado locamente de ella nada más verla, pero no iba a creérselo, y menos cuando no se había tragado que la había conquistado y la había llevado a la capilla Silver Linings porque no podía soportar la idea de vivir sin ella.

Joder.

—¿Cómo lo has sabido?

Ella soltó una risita, otra reacción adorable que no me esperaba.

—¿Tú? ¿Enamorado perdidamente de mí al instante?

Venga ya. Ni siquiera he podido entrar en el club, ¿y sin embargo Gideon James se ha quedado tan prendado de una profesora que se la llevó a dar el «Sí, quiero» tras unas copas juntos?

Unas copas que no estaban hechas con bourbon Copper Summit .

Porque el Copper Summit no se sirve en ningún sitio del local.

La irritación me ardió con fuerza detrás del esternón, y no fue porque me hubiera llamado la atención por mi mezquindad.

—Para ser una mujer tan sexy por naturaleza, no te tienes en muy alta estima.

Se le formó un pliegue entre las cejas.

—Me tengo en muy alta estima, pero también soy realista.

Ya no me molesto en vestirme de forma sexy.

Para eso estaban mis veinte años: ropa incómoda y zapatos aún peores.

Lo único que conseguí con ese look fueron hombres inmaduros, dependientes de sus madres.

—Arrugó la nariz—. Ahora que lo pienso, este look también atrae a los que quieren que los mimen.

Casi esbocé una sonrisa. Aquella conversación era absurda.

—Hablando de mimar… ¿Qué demonios has querido decir con «familia»? —La aspereza había vuelto a mi voz.

Suspiró y encogió los hombros.

—Quiero una familia. Si no puedo tener un marido cariñoso e hijos, prefiero tener hijos con un hombre que haya demostrado ser capaz de valerse por sí mismo.

No sabía si debía darle las gracias por aquel extraño cumplido o estrangularla.

—Yo no quiero tener hijos.

Hizo un puchero.

—Ah. —Bajó la vista hacia sus manos—. Maldita sea.

—Abrió los dedos y examinó el impecable diamante de un quilate que lucía en el dedo.

Yo tenía pensado comprarle un anillo de cinco quilates, pero ella casi se había atragantado.

Había elegido un anillo de dos quilates y casi le había entrado el pánico.

Incluso había insistido en que uno de un quilate era demasiado grande, pero un hombre tiene su orgullo.

La había engañado para que se casara conmigo, o eso creía, y lo menos que podía hacer era comprarle un anillo bonito.

El mío hacía juego con el suyo: era una sencilla alianza de platino con bordes cuadrados—.

Quizá podría recurrir a la inseminación artificial. La gente podría pensar que es tuyo.

Mi boca se curvó en una mueca de desprecio.

No quería tener hijos, pero la idea de que el bebé de otro hombre creciera en su vientre despertó en mí una reacción salvaje que no era propia de mí.

Necesitaba tiempo para pensar. No la estaba engañando y el alivio era inmenso.

¿Estaba dispuesto a vender mi alma por las tierras de la familia?

Sí. Siempre hacía lo que tenía que hacer: llevar el rancho cuando mi padre borracho no podía, marcharme de casa para poder labrarme un futuro y casarme con una Bailey para salvar mi legado.

Pero había resultado que esa Bailey estaba igual de decidida a labrarse su propio futuro.

—Podemos hablarlo cuando estés sobria. Pero ya que sabes por qué me he casado contigo, dime cómo puedes ayudarme a impedir que tu familia compre mis tierras.

—Mis hermanos —dijo ella—. Tendríamos que hablar con mis hermanos.

—¿No puedes detener la venta?

Se encogió de hombros.

—Quizá.

La incertidumbre se reflejaba en cada uno de sus rasgos. La miré boquiabierto.

—Tú llevas la contabilidad.

—Llevo las cuentas del bar. —La culpa se reflejó en su rostro.

Me había engañado una profesora.

El pánico se extendió por mi pecho y me oprimió los pulmones. El último intento desesperado por mantener Percival bajo el apellido James se me estaba escapando de las manos.

—Joder. —Me pasé la mano por el pelo y empecé a dar vueltas por el dormitorio. Me había casado con la chica que llevaba la contabilidad del bar, y sus hermanos iban a odiarme y a cerrar la venta más rápido solo para fastidiarme—. ¡Joder!

—Oye —dijo con una voz tranquilizadora que debería haberme molestado, pero mi tensión se alivió un poco—. Tú no quieres tener hijos y yo no tengo tanto poder como creías. Eso no significa que no podamos ayudarnos mutuamente.

Puse los brazos en jarras y me volví hacia ella.

—¿Cómo va eso? ¿Se lo vas a pedir amablemente después de presentarte conmigo como tu marido?

—¿Vas a ir a Bourbon Canyon?

—Desde aquí no puedo hacer gran cosa —espeté—. Cambiaremos tu vuelo para que podamos ir juntos.

Ignoró mi arrebato y levantó un dedo.

—Vale, uno: pedir las cosas amablemente te lleva muy lejos. Y dos: sigo formando parte de la familia. Actuamos como un frente unido. Si formas parte de la familia, te escucharán. O quizá te den un puesto después de la venta.

La furia me hizo subir la tensión arterial.

—Caramba, puedo gestionar mi tierra aunque sea de otro.

—No es tu tierra —dijo sin rodeos—. Ese es el quid de la cuestión, o yo no estaría en tu cama.

—Maldita sea. Esa mujer iba directa al grano más rápido que cualquier inversor de alto nivel que hubiera conocido.

Levantó las manos y me mostró las palmas—.

Mira, no es lo ideal, pero parece que este matrimonio es la única forma de que cada uno de nosotros consiga lo que quiere.

A mis hermanos no les supone ningún problema comprar el lugar que tú crees que debería ser tuyo, pero dudarían si se lo estuvieran comprando al nieto o a la nieta de tu padre.

¿Acaso él no reconsideraría la situación si estuviera en su lugar?

Entendía lo que quería decir. A sus hermanos les importaba un comino lo que yo pensara.

Aunque se compadecieran de mi situación, hacía tiempo que habían decidido que no importaba.

La última vez que nos vimos, nos separamos gritándonos.

Creían que estaban apoyando a mi padre en su decisión con sus ideas descabelladas.

Pero si hubiera un niño inocente, una sobrina o un sobrino que fuera a perder su herencia… ¿Eso podía detenerlos el tiempo suficiente para que yo le hiciera entender a mi padre que estaba cometiendo un puñetero error? ¿La idea de tener un nieto podía hacer que mi padre se lo replanteara?