Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3) 4
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G ideon

Esa mañana, cuando me desperté y me sometí a mi habitual carrera de cinco millas y a mi entrenamiento de fuerza —pecho y espalda—, nada podía haberme convencido de que ese día iba a acabar de forma diferente a cualquier otro.

Había pensado que quizá iba a encontrarme con Taya más tarde y que me daba igual si acabábamos en la cama o no.

Pasara lo que pasase, al día siguiente me habría levantado, habría entrenado —piernas y brazos— y me habría ido a la oficina.

Daba igual si era sábado o domingo. Habría estado en la oficina.

En cambio, al día siguiente iba a despertarme casado.

La opulencia nos rodeaba. En la capilla Silver Linings no había sido más que una figura de autoridad lejana, pero en ese momento podía ver de primera mano el esfuerzo de todos. Desde el momento en que entramos, nos trataron como a la realeza.

Las dos mujeres que trabajaban allí o bien no tenían ni idea de quién era yo, o bien fingían no conocerme.

A diferencia de lo que ocurría con el club, nunca había puesto un pie en ese lugar, salvo cuando había abierto sus puertas por primera vez.

Cuando les dije mi nombre para la licencia matrimonial, ninguna de las dos se inmutó.

Se exigía confidencialidad a todos los empleados que llevaban el logotipo del Silver en su nómina, pero ese día estaba increíblemente agradecido por nuestra diligencia.

No tenía ni puta idea de cómo iba a explicárselo a cualquiera que me conociera, pero tampoco iba a decir la verdad.

La idea de mentir me recorrió la piel como si me hubiera dejado una mancha de tinta.

No era un mentiroso, pero lo que estaba a punto de hacer era una necesidad y yo siempre hacía lo que debía.

Autumn no paraba de reírse a mi lado. Acabábamos de pronunciar nuestros votos.

Votos matrimoniales.

La más joven de las dos damas de honor —Dios mío, probablemente tenía la mitad de mi edad— nos sonrió como si esa fuera su parte favorita.

—Ya puede besar a la novia.

El deseo se abrió paso por mi cuerpo y se dirigió hacia el sur. Debía de ser el champán. Solo bebía por motivos de trabajo porque pensaba que el alcohol no tenía cabida en mi vida privada, pero esa noche mis dos mundos habían chocado.

Podía besar a la novia. No solía esperar un beso con tanto entusiasmo, pero los labios de Autumn eran la hostia de besables y carnosos porque no dejaba de lamérselos.

Apenas había podido apartar la mirada de su boca en toda la noche.

Cuando intentaba apartar la vista de ellos, mi atención se concentraba en su pecho.

Me picaban las palmas de las manos por comprobar el peso de sus generosos pechos.

—Un beso —dijo Autumn con una risita. Sus bonitos ojos ámbar se abrieron de par en par y tragó saliva. Todo rastro de humor había desaparecido de su rostro, y me producía una inmensa satisfacción ver que no podía dejar de mirarme la boca.

¿A qué se debía esa atracción entre nosotros? Tenía que ser mi furia hacia ella y hacia el resto de la pandilla de los Bailey.

Lo que había hecho era necesario. Sin embargo, no necesitaba que me lo recordaran mientras me echaba hacia delante.

La rodeé por la cintura y, Dios mío, era tan voluptuosa como parecía.

Un hombre podría perderse en su cuerpo. Tenía curvas en todos los sitios adecuados.

Nunca había creído que tuviera un tipo concreto de mujer, pero ella sin duda entraba en la lista.

Su mirada velada se posó en mí.

—¿De verdad vamos a besarnos? —susurró.

—Sí, esposa.

—¿Qué ha sido de lo de «polvorín»…?

Le acaricié la barbilla y me apoderé de sus labios. Apenas fui capaz de contener el gemido que estuvo a punto de escapárseme. Sus labios eran tan deliciosamente suaves como el resto de ella. Los entreabrió un poco y me sumergí en ellos, incapaz de detenerme. Lo achacaba a mi reciente sequía.

Sabía mejor que cualquier cosa que hubiera probado en toda la noche. Más dulce que el champán, más sabrosa que cualquier cosa de la tabla de embutidos y más potente que el bourbon de su bloody Mary .

Me pasó los brazos alrededor del cuello y dejó escapar un gritito. Vagamente, me di cuenta de que la estaba echando hacia atrás. Estaba sobre ella como si yo fuera un vampiro y ella, mi merienda virgen.

La lujuria me sacudió por debajo del cinturón. Dudaba de que fuera una puñetera virgen, pero mi mente seguía derivando hacia la idea de acostarme con esa mujer. Me enderecé, manteniéndola abrazada contra mí. Con más renuencia de la que jamás habría llegado a imaginar, rompí el beso.

A nuestro lado, el oficiante sonrió.

—Enhorabuena, señor y señora James.

Los ojos de Autumn se iluminaron; el cambio de apellido la había pillado desprevenida.

No lo había pensado mucho —como no había pensado nada en toda la puta noche—, pero era un maestro a la hora de aprovechar las oportunidades.

Que se llamara Autumn James me venía mejor.

Iba a evitar que su familia rompiera el matrimonio.

Eso era algo que ya iba a hacer yo mismo cuando consiguiera lo que quería.

A utumn

Estaba casada.

Dios mío. Estaba casada.

Era la señora James.

Tenía que estar soñando.

Gideon y yo ni siquiera nos habíamos besado hasta que nos convertimos en marido y mujer. Pero ahí estaba yo, recostada sobre él, subiendo en el ascensor hasta la última planta del casino, donde él vivía.

Me dio otro beso suave en una de las comisuras de la boca.

Luego, en la otra. Y, por último, en el centro.

Y cuando deslizó la lengua dentro, me sentí como si fuera una tabla de embutidos.

Yo era la carne y el queso que él iba a degustar esa noche.

Quizá esa no fuera la forma más sexy de describir el beso, pero besaba muy bien.

Me había liado con unos cuantos sapos que nunca se habían convertido en príncipes. Sabía distinguir la diferencia.

Menuda locura. Estaba casada.

¿Había bebido demasiado?

Me había tomado cuatro… ¿cinco?… bloody Mary , pero había comido algo.

Y, por favor…, era bourbon . Pero el rubor de ensueño que recorrió mi cuerpo de la cabeza a los pies, llenándome de calor y amplificando el deseo que había estado ardiendo desde que posé los ojos por primera vez en Gideon, sugería que tal vez… había bebido demasiado.

Cuando el ascensor sonó y se abrió en el ático, Gideon dejó de besarme. Parpadeé, aturdida, y contemplé su piso.

—Joder. De verdad que es como en la tele. —Salí medio a rastras del ascensor, con la sensación de que él estaba esperando una reacción—. Mira este sitio. ¿No te cansas de tanta luz?

No tenía persianas y su casa estaba en el puñetero cielo.

¿Quién necesitaba cortinas? Los suelos estaban revestidos con baldosas similares a las del casino, pero había mullidas alfombras repartidas en lugares estratégicos: en la entrada, delante del sofá y frente a la hilera de ventanales que dejaban entrar las luces de neón de Las Vegas.

Había tanta luz…

Me volví y vi a Gideon de pie, de espaldas a las puertas del ascensor, ya cerradas, con una expresión de perplejidad en el rostro.

—A veces —respondió.

Asentí.

—Apuesto a que donde creciste lo que veías era la luz del patio y las estrellas.

Como en nuestra casa. —Lo de «nuestra casa» me provocó una pequeña inquietud en el fondo de mi mente.

Estaba casada. ¿Dónde iba a vivir? Jadeé—.

Tengo un trabajo. Mañana sale el vuelo de regreso.

El martes tengo que trabajar. El lunes no hay clase. ¡Mis amigas!

Él enarcó una ceja oscura y todas mis preocupaciones se desvanecieron. El hombre seguía con sus pantalones de vestir, sus za patos elegantes y relucientes, y la camisa remangada. Era tan sexy…

Y yo me había casado con él. Siempre había querido casarme.

Se me escapó otra risita. ¿Quién habría imaginado que no iba a ser una novia sonrojada, sino una borracha y risueña?

Mi familia iba a explotar cuando se enterara de esto.

Un hipo sacudió mi cuerpo.

Mierda. No era una novia sexy. Y, sin embargo, él me hacía sentir como tal con cada beso.

La mirada de Gideon se clavó en mí.

Volví a hipar.

—Vamos a llevarte a la cama, cariño.

Negué con la cabeza.

—No. Nada de «cariño». Suena de lo más falso.

La expresión de perplejidad volvió a aparecer en su rostro.

—¿Perdón?

—¿Has llamado «cariño» a otras chicas? —Apretó los labios—. Claro. Entonces, si te llamara «chico grande», ¿te sentirías un poco… menospreciado?

—Eso es una contradicción, ¿no?

—Ellos también lo eran. —Me encogí de hombros y solté un nuevo hipo—. Si vuelves a llamarme «cariño», te echaré tanta sal a la cena que tendrás la boca como el Sáhara durante una semana.

Se le escapó una carcajada entrecortada y se le marcaron unas arruguitas en las comisuras de los ojos; su sonrisa parecía casi oxidada: al principio fue temblorosa, pero luego se volvió tan audaz que iluminó el lugar mejor que el horizonte de Las Vegas y me dejó sin aliento. Ese hombre tenía que sonreír más.

—Ven, polvorín. Te enseñaré el dormitorio.

Dijo «el» dormitorio. Ni el suyo ni el nuestro. ¿Estaba eludiendo los detalles prácticos de cómo iba a funcionar esta unión?

¿Me importaba? Esa noche no.

Me quité los zapatos con la punta del pie y fui de puntillas detrás de él. El suelo estaba fresco bajo mis finos calcetines. Esperaba no estar dejando huellas de sudor a mi paso.

—El baño de invitados —dijo al pasar junto a una puerta cerrada.

No se había molestado en encender las luces, pero todo en ese lugar era tan brillante que daba igual.

Azulejos blancos. Paredes blancas. Obras de arte sobrias en negro y plata colgadas en las paredes.

Podía ser un mausoleo, pero no alcanzaba a imaginarme ese ático como un hogar.

Me fue enumerando el uso de cada estancia a medida que pasábamos por delante de las puertas cerradas—.

Armario, dormitorio de invitados. Segunda habitación de invitados.

Despacho. —La puerta del fondo estaba abierta y él se hizo a un lado para dejarme entrar primero—. Hay un baño completo a tu izquierda.

Una vez más, evitó referirse al dormitorio como tal. Parpadeé para aclararme la vista porque estaba bastante mareada y entré con cautela.

Los nervios me oprimían el estómago hasta el punto de que temía ponerme a temblar.

Había pasado de ver a Gideon en un aparcamiento y enamorarme perdidamente de él a estar casada con él y encontrarme en su dormitorio. ¿Cómo había sucedido?

Me había preguntado por qué no estaba casada.

Le dije que me habría gustado estarlo. Él me había dicho que todos los chicos con los que había salido debían de ser unos idiotas.

Me había reído y le había soltado «¿Por qué?

¿Quieres casarte conmigo?». Hubo un cierto toma y daca y cuando había querido darme cuenta ya estábamos en la capilla.

Y en ese momento estaba ahí. Esa habitación no se parecía en nada a las cuatro paredes acogedoras entre las que dormía. En mi dormitorio apenas cabían mi cama de matrimonio y un par de cómodas.

—Aquí cabría toda mi casa.

La mitad de los metros cuadrados del ático correspondían al dormitorio. Una mullida moqueta me daba la bienvenida bajo los pies. Blanca, por supuesto.

—Es espacioso —coincidió él. Me eché a reír, pero cuando me volví hacia la cama, se me hizo un nudo en la garganta—. ¿Necesitas ir al baño? —preguntó en voz baja.

—Sí, por favor. —No iba a meterme en la cama de Gideon con el aliento a fiambre y queso.

Me quedé un buen rato mirando el baño. Tenía un terreno, gracias a mi padre, pero mi casa estaba en la ciudad, no muy lejos del colegio.

La había comprado yo misma. Podía haberme permitido una casa más grande, pero no la necesitaba.

El baño tenía tuberías que crujían, la presión del agua era irregular y el yeso agrietado era la principal decoración.

La ducha de Gideon podría tragarse mi baño de un solo bocado.

Dejé de contar los cabezales de ducha al llegar a seis.

¿Cuántos lavabos necesitaba un baño? Había otra puerta abierta y, cuando eché un vistazo dentro, solté una risita—. El retrete tiene su propia habitación.

Me volví hacia la ducha. Una imagen del cuerpo musculoso de Gideon penetrando a una mujer desnuda a la que había empujado contra la pared se me pasó por la cabeza. Solo que la mujer era más esbelta que yo. Tenía más clase.

Negué con la cabeza. De eso nada. Llevaba menos de una hora casada y no iba a ponerme celosa.

Tendría que haber estado asustada: ¿qué esperaba él esta noche? ¿Qué iba a decir mi familia? ¿Y en mi trabajo? ¿Y todo el pueblo? Y lo más importante, ¿qué iba a pensar Gideon cuando le dijera lo que esperaba de ese matrimonio?