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A utumn
Una sensación de vértigo me invadió cuando lo cogí del brazo. Era firme y cálido, mientras que su expresión parecía tallada en mármol. Pensaba que iba a ser tan frío como la piedra, pero el tipo era un horno.
¿Qué les había dicho a esos porteros?
Parecían a punto de caer muertos cuando se había acercado. ¿Gideon era tan poderoso?
Si ejercía tanta autoridad, no era de extrañar que tuviera problemas con la venta del terreno. No podía limitarse a decirles que pararan, y ellos no iban a hacerlo solo porque él lo dijera.
Tragué saliva para contener una oleada de náuseas.
Probablemente debería haber comido más, pero habíamos planeado tomar unos aperitivos después de bailar y beber un rato. Como era la mayor del grupo y la que más experiencia tenía con el alcohol, debería haber señalado que primero había que comer.
La música sonaba cada vez más fuerte a medida que entrábamos. El local era sin duda más bonito que cualquier discoteca en la que hubiera estado antes, que eran muy pocas.
Los espejos y el cristal de las paredes y las columnas reflejaban una luz suave.
Había muchísimo negro. Los únicos toques de color eran unos neones tenues que acompañaban a los detalles plateados.
Si la riqueza tradicional se caracterizaba por sillas de respaldo alto, el papel pintado con motivos florales y un desorden de estilo victoriano, entonces Glitter él señaló la pista de baile.
—¿Tu pandilla no es esa de ahí?
Tuve que echarme hacia él para ver la pista de baile.
Desde esa mesa se veía todo el club, pero había un montón de cuerpos contoneándose en la pista.
Divisé el moño de Brittany. Kaitlyn y Destiny estaban detrás de ella, junto a un chico atractivo con la camisa medio desabrochada.
O bien estaba sudado o llevaba un montón de gel en el pelo.
Con cualquiera de las dos cosas era el tipo de Destiny.
—Lo están pasando bien —dije, con un tono un poco demasiado alegre.
—¿Quieres ir con ellas? —Su voz sonaba engañosamente desenfadada, pero su expresión era astuta.
—No. —Esa sensación de desánimo no tenía nada que ver con si me apetecía bailar o no. Al menos no tenía que mentir sobre eso. No quería ir junto a unas mujeres que se lo estaban pasando en grande y que se habían olvidado de la amiga a la que habían dejado atrás—. No bailo. Al menos así no.
—¿Y cómo bailas?
—En privado.
Una ceja oscura se arqueó ligeramente.
Sentí cómo se me enrojecían las mejillas.
—Me refiero a locales más pequeños. Música más tranquila.
Es decir, esta clase de música es la que escucharía en casa.
No soy capaz de soltarme en una pista de baile.
¿Y tú? —Me recosté contra el respaldo. El asiento era muy cómodo y tampoco me había alejado de él cuando me eché hacia delante para buscar a mi grupo.
—Yo tampoco bailo así.
Asentí con complicidad.
—Bailarín privado.
Él se rio entre dientes.
—No, polvorín. Tampoco en privado.
—¿Polvorín?
—Lo de pelirroja es demasiado obvio.
Casi me pavoneé ante ese apodo. Gideon James no era el hombre frío que esperaba. Tampoco era un tipo cariñoso y afectuoso, pero el alcohol me estaba calentando lo suficiente por los dos.
—¿Qué tal canela?
—Hueles demasiado bien. —Entonces tensó la mandíbula como si no hubiera querido decir eso.
Me reí y le di un largo trago a mi bloody Mary .
Debí pedir una copa de Pappy solo para saborearlo, pero me gustaba la decadencia, como si fuera lo bastante rica como para mezclar la bebida con agua de estanque si quisiera.
Mi padre siempre bromeaba diciendo que esa era la diferencia entre su generación y la nuestra: no había ningún bourbon que Wynter y yo no mezcláramos en nuestras recetas.
—Es mi loción. Se me seca mucho la piel. —Levanté un brazo y me dio vueltas la cabeza. Entonces decidí coger otra aceituna—. Soy todo lo contrario a un polvorín.
—¿Y qué eres?
Arrugué la nariz. Un fiasco. Pero no iba a admitirlo ante el tío alrededor del cual revoloteaban todos los camareros. Era como de la realeza.
—Tú diriges esto…
—Es mi trabajo.