Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3) 3 #2
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—Mi trabajo es estar a cargo de veintidós pequeños seres humanos, pero ellos no dicen «Sí, señora» o «No, señora» como Sera.

—Justo en ese momento, Sera apareció con otra copa repleta de verduras y una bandeja pequeña.

Me eché a reír. Fue más bien una carcajada, pero quizá la música había ahogado el sonido.

Gideon me miraba fijamente, pero no puso los ojos en blanco como hacían mis hermanos cuando me emborrachaba un poco y hablaba demasiado alto—. He dicho tu nombre y has aparecido.

La sonrisa de Sera era o bien sincera, o bien se le daba muy bien su trabajo. Me hizo sentir especial.

—La bandeja de embutidos que ha pedido, señor.

Chillé y aplaudí. Cuando bebía, me entraba antojo de algo salado.

—¡Sííí!

Ella recitó una lista de embutidos y quesos mientras señalaba cada uno, pero a mí no me importaba. Podía haber sido queso en lonchas y me habría dado igual. Tenía hambre y todo tenía una pinta deliciosa.

Gideon acercó hacia mí la elegante tabla de madera.

—¿No vas a probar un poco? —le pregunté, cogiendo una fina loncha de lo que probablemente era un prosciutto caro. ¿Cómo se llamaban esos trocitos de queso duro? Lo combiné con el fiambre.

—Sírvete tú.

—Ya me he servido bastante. —Le di un mordisco.

Un sabor salado inundó mi lengua. Puse los ojos en blanco y gemí mientras masticaba.

Estaba haciendo el ridículo. Normalmente no era tan desenfadada, pero había algo en Gideon que disipaba mi timidez.

Estaba fuera de mi alcance, y suponía que odiaba a toda mi familia, incluida yo.

Si me dejaba la cuenta pensando que se la iba a jugar a una Bailey, yo podía pagarla.

No había disfrutado de un capricho como ese en…

A decir verdad, nunca. Cogí una loncha de algo que tenía tanta grasa como carne y la combiné con el queso duro.

La puse encima del pan tostado caliente que seguro que también tenía un nombre elegante—.

Toma. —Miró mis dedos y luego retiró los brazos del respaldo del reservado.

Se volvió hacia un lado, cogió con delicadeza la comida que le ofrecía y se la metió toda en la boca.

Los músculos de su mandíbula se tensaron mientras masticaba.

¿Cómo podía ser tan masculino algo tan simple como comer?

Me quedé hipnotizada observando sus labios.

Tenía una migaja diminuta en la comisura de la boca.

Se la quité de repente y sus pupilas se dilataron—.

Vaya. Lo siento, no era mi intención tocarte.

—Me terminé mi tercer bloody Mary para distraerme del ligero roce de la barba incipiente que había notado.

¿Acaso su vello facial desafiaba a la cuchilla cada día?

Eligió la combinación que yo había seleccionado primero y me la acercó a la boca.

¿Me estaba dando de comer? Me miró, expectante.

Se la quité de la mano y me la llevé a la boca.

Quizá me tocara pagar la cuenta. Ese pensamiento ayudó a calmar la emoción.

Yo no era la clase de mujer que le gustaba a Gideon.

Tragué saliva con dificultad. «Él odia a tu familia, ¿recuerdas?

» . Esta noche, mi memoria parecía un colador en lo que a él se refería—.

Te vi salir enfadado —solté, como para recordarle que no le caía bien.

Por si acaso se le había olvidado—. Cuando estuviste en Copper Summit la primavera pasada.

Parpadeó. Las pupilas que se habían dilatado cuando le había dado de comer eran más pequeñas, más intensas.

—Me viste…

—Estaba trabajando en el bar.

No me miró mientras preparaba otra ración de carne y queso. Esa vez puso la combinación sobre una galleta salada.

—No me había dado cuenta de que el bar abría tan temprano.

—No, pero yo estaba haciendo la contabilidad.

Deslizó la mirada hacia mí y luego volvió a la comida y preparó otro bocado. Me lo ofreció y se hizo otro para él.

Quité una aceituna de mi cuarta copa y se la di.

—Apuesto a que esto estará de muerte con el queso más suave.

—Te chiflan las aceitunas.

—¿Cómo lo sabes?

La forma en que enarcó las cejas me provocó una oleada de vergüenza. Me había zampado las aceitunas de mis dos primeras bebidas. Quizá había gemido una o dos veces. Si hubiera podido zambullirme de cabeza en el bloody Mary, lo habría hecho.

Dejé la aceituna en el plato.

—Me encantan, pero puedo compartir lo que me gusta.

—¿Es eso lo que les enseñas a los niños?

Asentí.

—Creo que es importante enseñarles cuándo hay que compartir. Si no, es como un todos contra todos.

Hizo una pausa con el montoncito de comida cerca de la boca.

—Muy cierto. A mi clase le habría venido bien esa lección.

—Sí, es mucho más complicado de lo que creemos. Pero mis alumnos también son mayores. Se trata sobre todo de aprender a respetar las cosas de los demás y saber que no tienes derecho a ellas solo porque estén dentro de las paredes del colegio.

Masticó y apoyó un codo cerca de mi hombro. ¿Cuándo nos habíamos acercado tanto?

—¿Cómo tienes tiempo para llevar la contabilidad si das clases a jornada completa?

La contabilidad del bar era bastante sencilla en comparación con el resto de la destilería.

Lo que hacía mi hermano Tenor se parecía más a dirigir una orquesta con todas las piezas móviles que intervenían en la destilería.

El bar era una parte minúscula, y me molestaba un poco no tener más voz ni voto al respecto.

Cuando Wynter trabajaba más en el bar, los chicos le daban la razón a ella.

Cuando yo sacaba el tema, me decían que yo no estaba allí, que tenía otro trabajo.

No iba a confesarle nada de eso a Gideon.

—Tengo los veranos libres. A otros profesores les viene bien el dinero que ganan dando clases de verano, y a mí el bar me supone un segundo ingreso fácil. Además, me gusta trabajar ahí y crear cócteles.

—Te gusta la coctelería.

Me gustaba tener el control. Los clientes no volcaban sus bebidas ni de lejos con la misma frecuencia con la que los niños derramaban el agua de sus botellas.

Y cuando un cliente tiraba una copa, no tenía a otros veinte alumnos comentando el suceso y la limpieza.

Los clientes borrachos no echaban la culpa a diestro y siniestro como los niños de ocho años, por lo general.

Además, trabajar en el bar no requería reuniones de padres y profesores.

Me encantaba dar clase, pero me gustaban mis descansos. Algunos días eran agotadores. Y justo cuando estaba harta de lidiar con mis hermanos, podía volver al colegio y sentir que tenía cierta autoridad.