1 #3
Enarcó las cejas como si esperara a que continuara. Su camisa hacía juego con la de su marido. Llevaba un dibujo de unos dados con un doble uno en la parte delantera. Muy al estilo de Las Vegas. Muy turístico.
Por fin asintió e intercambió con su marido una mirada del tipo «¿Quién se cree este tío?».
Contuve un suspiro. Ojalá pudiera tener un ascensor privado para ir al club, así no habría tenido que lidiar con el público. Yo dirigía el casino y no formaba parte del equipo de relaciones públicas.
Cuando el ascensor pitó, me quedé atrás para dejar que salieran primero. Estaba a punto de seguirlos cuando una mujer bajita que olía a algodón de azúcar se estrelló contra mí. La agarré por los hombros para evitar que se tambaleara y se cayera.
—Ay, mierda. Lo siento. —Su voz melodiosa me envolvió como una ola cálida.
Odiaba las máquinas tragaperras del casino —cualquier lugar donde se congregara un montón de gente, hablando, hablando y hablando—, pero a mis oídos les gustaba el sonido de su voz.
Ella parpadeó y me miró. Mi cerebro se apagó y me ahogué en su mirada esmeralda.
No, esmeralda era demasiado sencillo. De vez en cuando, la gente se sentía lo bastante cómoda como para hacer comentarios sobre mis ojos — «Son de un verde tan claro… No se ven ojos así muy a menudo» —, y yo nunca respondía a esos comentarios.
Pero los ojos de esta mujer eran de un jade intenso y cada iris tenía una pequeña mancha marrón cerca de la pupila. Técnicamente, sus ojos eran avellana, pero había que acercarse mucho para darse cuenta.
Habría preferido no saberlo. Igual que me habría gustado poder borrar su dulce aroma de mi memoria. No quería conocer ni el más mínimo detalle sobre esa mujer.
Autumn Kerrigan.
Sus ojos se abrieron de par en par y sus labios se entreabrieron, llamando mi atención.
Maldita sea. ¿No podían ser sus labios de un rosa aburrido? En cambio, eran de un rojo suave y la lengua que se asomó para humedecer esos labios rojos me recordó a lo que olía el algodón de azúcar.
¿Tendría un sabor igual de dulce?
—Lo… lo siento. —Intentó dar un paso atrás justo cuando las puertas del ascensor empezaban a cerrarse. Estaba en la abertura.
Tenía dos segundos para tomar una decisión. Dejar que se subiera al ascensor mientras yo me reunía con Taya, o… Hice que entrara y abrió los ojos como si yo fuera un lobo llevándola a rastras hacia mi guarida.
—No pasa nada —dije con suavidad, mientras mi mente se ponía en marcha tras haber quedado aturdido por Autumn Kerrigan; precisamente por ella.
¿Por qué no la habían dejado entrar en la discoteca?
¿Acaso el portero no había visto su espesa melena cobriza?
¿Ni esas pecas que salpicaban su piel cremosa?
Solo esos puñeteros ojos debían haberle garantizado la entrada al instante.
Miró hacia sus hombros, donde aún la sujetaba.
Solté las manos—. Lo siento. —Nunca pensé que iba a disculparme ante una maldita Bailey.
El ascensor empezó a moverse. Ella se volvió hacia los mandos.
Estaba a punto de pulsar un botón, pero no podía permitir que se fuera a su habitación y se escondiera de mi escrutinio—.
¿Está disfrutando de su estancia? — Mírame, haciendo de relaciones públicas.
Apretó los puños y se volvió hacia mí. Sus zapatos, aunque eran clásicos, hacían que sus piernas parecieran largas y torneadas. Y mientras ella se daba la vuelta, me había tentado un atisbo de su trasero voluptuoso.
—La estaba disfrutando, pero no he pasado el corte de «follable» en la discoteca.
Me sobresalté ante el tono ácido de su voz. No era lo que esperaba de aquella mujer suave y con curvas.
—Ah, ¿sí?
En lugar de una diatriba, lo único que obtuve fue un encogimiento de hombros.
—Da igual. Es de mal gusto.
Me enfadé . Nada en el Silver carecía de buen gusto. Me había asegurado de que nada de este edificio se pareciera al lugar polvoriento y sucio del que procedía. Glitter & Gold era la joya de la corona del edificio.
Pero también estaba de acuerdo con ella. Joder.
Pulsó el 14 en el panel del ascensor.
Me invadió una sensación de pánico. Iba a bajarse. Había insultado mi lugar de trabajo y se marchaba. Debería dejarla ir, pero…
El ascensor se puso en marcha con una sacudida. Ella se apoyó contra la pared del fondo, indiferente tanto a mi rechazo como al de Glitter.
Podía tomar una ruta diferente para llegar hasta la señorita Bailey. Toda esa maldita familia se creía intocable. Había una razón por la que ella estaba ahí, un propósito en su presencia. Tenía que haberlo. Mi mundo no se estaba tambaleando por nada.
—Tiene razón. Es de mal gusto.
Nos detuvimos en la quinta planta y me acerqué hacia su lado de la cabina del ascensor. Ella me siguió con la vista y se encogió contra la pared trasera. Le echó una ojeada a mi traje y apartó la mirada.
¿Era posible que yo le causara alguna impresión?
¿Sabía quién era yo?
Entraron dos mujeres que se reían tontamente.
Estaban comparando unas brillantes alianzas de oro que llevaban en el dedo anular.
La capilla Silver Linings estaba en la quinta planta.
Puede que Autumn también pensara que las bodas en Las Vegas eran de mal gusto, pero nos asegurábamos de que incluso los votos impulsivos fueran sofisticados.
—Me sorprende que esté de acuerdo —murmuró ella.
Aproveché que seguía hablando para apoyarme contra la pared junto a ella. Se echó hacia atrás como si fuera a robarle el pequeño bolso color crema que llevaba colgado al estilo bandolera.
Me metí una mano en el bolsillo, sabiendo que parecía sacado de un anuncio de Zegna.
—Son negocios. Así de sencillo.
—Sí, pero no he venido a Las Vegas para que me insulten.
El ascensor se detuvo suavemente en la planta doce. Maldita sea. Ya casi habíamos llegado a su piso.
La pareja se bajó y volvimos a quedarnos solos. Ella se apartó otro paso de mí y a punto estuve de acercarme más. Continuamos el trayecto.
—En nombre del Silver Casino and Hotel, le pido disculpas. —Mi sinceridad me sorprendió. Sabía que la exclusividad del club hería los sentimientos de la gente, pero nunca lo había presenciado. Debería haber luchado más contra la junta directiva. De lo contrario, ¿qué ventaja tenía estar al mando?
Pero tampoco debía molestarme. Era una Bailey.
Levantó la barbilla.
—Gracias —dijo con rigidez.
La miré fijamente. ¿Tenía las mejillas tan sonrosadas de forma natural o estaba enfadada? ¿Avergonzada? ¿Acalorada?
Nos detuvimos en la planta catorce. Las puertas se abrieron y el pánico volvió. Iba a salir y yo jamás iba a averiguar por qué su grupo había elegido al Silver ni si ella sabía quién era yo.
¿Qué más daba?
Pero sí importaba. No podía darme igual. Su familia iba a cerrar la venta en un mes y ella estaba en mi casino.
Así que, cuando dio un paso hacia la salida, dejé escapar las palabras que estaba seguro que iban a hacer que se detuviera.
—De nada, señorita Kerrigan.