Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3) 1 #2
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Murmuró algo y me pregunté si su auricular era de verdad o era solo para aparentar. No había viajado mucho, pero tampoco era tonta. Ese sitio quería parecer exclusivo. Las chicas que entraban querían sentirse especiales. Superiores. Auténticos tesoros.

Y yo iba vestida como una ganga.

¿Cómo iba a entrar? No era la sexy hermana Kerrigan. Más me valía haberme puesto mi jersey con la leyenda « L o siento, esta noche tengo planes con mi gato ».

—Disculpe. —El portero me hizo retroceder y amplió la distancia entre nosotros, como si mi sencillez fuera contagiosa.

Un segundo portero les hizo un gesto cortés a mis amigas para que se apartaran a un lado.

Una rubia alta con tacones que habría jurado que eran el doble de altos que los de Kaitlyn se abrió paso entre nosotras como si fuéramos el mar y el portero nos hubiera separado para dejarla pasar. Desapareció por la oscura entrada.

Bueno, pues nada. No le vi la cara, pero su largo y brillante pelo rubio le acariciaba la espalda desnuda. Su vestido rojo vaporoso era más corto que el de Destiny. Era un rubí pulido en comparación con nosotras, que éramos como piedras de río.

Cuando pasó, mis amigas se dirigieron hacia la entrada tras ella. Pasé la mirada de ellas a los chicos que se habían movido para bloquearme de nuevo.

—Ahora mismo estamos completos —dijo el primer portero, sin mirarme.

—Ah. Vale. —La vergüenza me inundó las mejillas. Eso de no haber viajado mucho, pero tampoco ser ingenua, podía ser una maldición. Sabía por qué no me dejaban entrar.

No era «follable».

Se me hizo un nudo en la garganta y la agradable embriaguez de los dos cócteles que me había tomado en las tres últimas horas se esfumó.

Brittany se detuvo en el umbral, cerca de la inauguración oficial de la discoteca. Tenía los ojos muy abiertos.

—¿Autumn?

El resto de mis amigas se volvieron para mirarme, con la emoción desvaneciéndose de sus rostros.

—¿Por qué no puede venir con nosotras? —preguntó Brittany con voz cortante.

Quizá una de sus alumnas se habría echado a llorar, pero el portero ni se inmutó.

—Estamos completos.

—¿Quieres que me quede contigo? —se ofreció Brittany.

Intentó disimular el anhelo que se le reflejaba en los ojos, pero yo lo capté.

—Podéis ir —dije apresuradamente, odiando ser el centro de atención.

—No —dijeron todas y se dirigieron hacia mí.

Di un paso atrás, levantando las manos.

—No pasa nada. Están llenos. Esperaré.

Dudaron. Querían estar juntas hasta el final, pero también querían entrar en la discoteca del casino de moda dirigida por un hombre muy atractivo. No habían hablado de otra cosa durante todo el vuelo.

Kaitlyn frunció el ceño, retorciéndose las manos.

—No podemos.

—Id. —Las despedí con un gesto—. De verdad. Estaré bien. Quizá incluso vuelva a mi habitación. Estoy muy cansada. —Era la verdad, pero también lo era que la humillación se soportaba mejor en privado.

Destiny negó con la cabeza, y la luz se reflejó en su brillante cabello negro.

—Autumn…

—Última oportunidad —les espetó el primer portero a mis amigas.

—Id —insistí—. De verdad, no pasa nada. Estaré dentro en unos minutos.

—¿Estás segura? —preguntó Kaitlyn, haciendo un puchero con su brillante labio inferior.

El segundo portero las acompañó hacia las sombras teñidas de plata. Les hice un gesto con la mano y esbocé una gran sonrisa forzada.

—Divertíos. —Las vi alejarse corriendo, con las lágrimas picándome en los ojos. Dirigí la mirada hacia el primer portero—. No voy a poder entrar, ¿verdad?

Hay que reconocer que su expresión denotaba un ligero arrepentimiento; se encogió de hombros. El portero que tenía al lado les hizo señas a otras tres chicas para que pasaran. Cada una de ellas llevaba un pañuelo y poco más.

Claro. Me pasé un mechón de pelo por detrás de la oreja. Por una vez, me lo había dejado suelto. Puede que tuviera un estilo un poco maduro, pero mi pelo rojo desprendía juventud y vivacidad. Era la única parte de mí que era salvaje. La mayor parte del tiempo, no me importaba.

Quizá hacía unos minutos hubiera deseado estar tumbada en la cama viendo una película, pero me molestaba saber que iba a tener que hacerlo porque no era lo bastante sexy para una discoteca de Las Vegas.

Me salí de la cola, pero no quería regresar a mi habitación. Había un banco junto a la pared. Podía esperar unos minutos. Quizá la discoteca fuera tan aburrida que mis amigas iban a salir de ahí e íbamos a irnos a hacer algo divertido, algo que pudiéramos disfrutar todas.

Solo iba a esperar unos minutos.

G ideon

Por el amor de Dios, joder, ella seguía allí.

Miré con ira la pantalla de mi escritorio.

Podía desplazarme por cualquier parte del Silver siempre que quisiera.

Podía retroceder tres meses, o verlo en directo como si fuera mi propio programa en streaming .

Rara vez lo necesitaba. Pero cuando el sistema de reservas había enviado una alerta a mi oficina hacía semanas, me había asegurado de estar preparado.

Esa puta familia…

Había metido a los malditos Bailey en el sistema. Si usaban una tarjeta de crédito o intentaban reservar una habitación, tenía pensado impedirlo. Por capricho, también había añadido a las hermanas Kerrigan. ¿Estaban los Bailey intentando sacar trapos sucios sobre mí?

No tenía secretos. Había trabajado la hostia de duro para con seguir ese despacho en esquina y para tener a todo el personal del casino a mis órdenes.

Como había dicho mi abuelo: «A un hombre lo definen sus posesiones».

Yo no era el dueño del local, pero lo dirigía. Lo controlaba. Me había hecho rico gracias a él. Lo bastante rico como para comprar cualquier cosa que quisiera… solo para descubrir que mi padre se había asegurado de que no tuviera voz ni voto sobre la única propiedad que me importaba.

Maldito fuera.

«Tienes que hacer que esto sea tuyo. Un hombre no es nada sin su legado» . Las palabras de mi abuelo no habían dejado de dar vueltas en mi cabeza desde que mi padre me había llamado para decirme que lo iba a vender.

Apreté los puños mientras observaba a la mujer que aparecía en el borde de mi pantalla. La imagen estaba un poco granulada. Tenía una pierna cruzada sobre la otra y miraba su móvil.

No la habían dejado entrar en Glitter.

¿En qué estaba pensando? ¿No se daba cuenta de que estaba fuera de su liga? La chica no dejaba ver más de un pedazo diminuto de piel por el escote. Su cuello desnudo no bastaba para que la dejaran entrar en el club.

El gerente de Glitter era implacable con sus estándares y yo había tenido más de una discusión con la junta directiva sobre ese imbécil, pero los resultados económicos de Glitter hablaban más alto que yo.

Me fijé en la pantalla. No conocía personalmente a Autumn Kerrigan.

Sabía que daba clases de tercer curso en la única escuela primaria de Bourbon Canyon.

Sabía que ella y sus hermanas habían sido adoptadas tras la muerte de sus padres en un terrible accidente.

Y sabía que se alojaba en la habitación 1405, diez plantas por debajo de mi propia suite .

Debía de saber que no iba a poder entrar.

¿Sus amigas la habían dejado plantada?

Una punzada de consternación me atravesó el cuerpo. No me caía bien, pero que la dejaran plantada me tocaba la fibra sensible. ¿Quién necesitaba enemigos cuando tenía amigas así?

Autumn estaba absorta en su móvil, encorvada sobre el dispositivo como si intentara desaparecer en un casino lleno de cámaras que captaban cada ángulo.

Yo había visto todos esos ángulos.

Desde que se había registrado, había visto cómo movía el pie mientras esperaba a que pasara su tarjeta.

Cómo se había reído echando la cabeza hacia atrás, con ese pelo ondulado deslizándosele por la espalda.

Cómo había sujetado la puerta para que sus amigas entraran primero en los baños públicos, como si fuera un puñetero caballero.

Les había mostrado más consideración al ir al baño que la que ellas habían tenido con ella media hora antes.

Mi móvil vibró y no me molesté en mirarlo.

Taya estaba en la discoteca y quería que me encontrara con ella. Teníamos nuestra propia mesa privada. Como cerebro detrás de las finanzas del casino, iba a querer hablar de trabajo. Y después iba a querer más. Hacía tiempo que no cedía.

Una parte de mí estaba… inquieta. Taya y yo trabajábamos juntos y, de vez en cuando, nos acostábamos. Quedaba bien a mi lado y a ella le gustaba cómo mi nombre le abría puertas.

Le eché un vistazo a la pantalla. Tenía toda la pose de «Estoy esperando».

A ella no le gustaba esperar.

Le había dicho que podríamos hablar de los planes para reestructurar el aparcamiento y renovar varias habitaciones para convertirlas en suites de lujo. A la gente rica no le gustaba aparcar junto a la plebe.

Cerré la ventana del sistema de vigilancia y salí de mi despacho. En el ascensor, me recoloqué la chaqueta del traje y me abroché un botón.

Cuando llegué a la segunda planta, salí.

La discoteca estaba a pie de calle, pero odiaba atravesar el casino.

El aluvión de sonidos solo servía para ponerme de mal humor antes de una discusión financiera con Taya que, sin duda, iba a ser irritante.

Había otro grupo de ascensores más cerca de la discoteca.

La mitad de las veces follábamos porque teníamos que liberar la tensión de haber discutido sobre finanzas. Los inversores me contaban lo que querían, y dependía de ella y de mí cumplir sus deseos.

Estiré los hombros. Debía reservar un masaje y que me quitaran esas contracturas.

Ignoré las miradas boquiabiertas de los turistas. Estaban acostumbrados a los esmóquines del personal del casino, pero yo destacaba. No sabía muy bien por qué, pero era una reacción que había aceptado con el paso de los años.

Una pareja de personas mayores entró en el ascensor delante de mí.

Ella sonrió, fijándose en mi traje.

—¡Qué elegante va! ¿Tiene planes para esta noche?

—Sí.