Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3) 1
2%
Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3)

Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3)

Por Walker Rose

© inepub.com

1

A utumn

Me rodeaban las máquinas tragaperras con sus luces brillantes y el olor a humo de cigarrillo rancio me resultaba asfixiante a veces.

El Silver Hotel and Casino era un local de moda y sofisticado en Las Vegas, pero un casino era un casino.

Se me llenaron los ojos de lágrimas; solo quería acurrucarme en mi habitación del hotel y ver un puñado de películas rodadas para televisión antes de que empezara Las chicas de oro.

Ser una mujer soltera en los años dorados se perfilaba cada vez más como una realidad. Solía consolarme pensando que tenía a mis hermanas a mi lado, pero dos de ellas disfrutaban de la felicidad conyugal y la tercera salía con un nuevo novio cada seis meses.

Siempre podía aceptar la oferta de mi jefe. Habíamos salido unas cuantas veces y me había dado un beso tierno. El sexo tenía pinta de ser perfectamente aceptable, y podía conformarme con lo aceptable. El sexo no era el pegamento de una relación.

¿Verdad?

Mis compañeras de trabajo y yo estábamos en las máquinas tragaperras de cinco centavos.

Todas trabajábamos en la escuela primaria y también éramos amigas, pero normalmente no quedaba con ellas después del trabajo.

Sin embargo, cuando me preguntaron si quería irme de viaje a Las Vegas, aproveché la oportunidad sin dudarlo.

No me importaba que bromeasen diciendo que yo era la «mamá» del grupo o que ya estuviera bostezando a las nueve, justo cuando ellas estaban listas para empezar.

Necesitaba salir de mi pueblo y no había nada como un fin de semana con chicas más jóvenes para ayudarme a aclarar la situación con Mark.

Brittany, una profesora de infantil, se agachó hacia mí.

—Autumn, ¿crees que estará aquí?

Sentía un cosquilleo en la piel cada vez que se mencionaba a ese hombre en particular.

Brittany no se refería a Mark, sino a Gideon James.

El chico del pueblo que se había convertido en un dios de pelo oscuro vestido con traje.

Era el director general del hotel-casino en el que nos alojábamos.

No había absolutamente ninguna razón para que nuestros caminos se cruzaran, pero eso no impedía que todas nos asomáramos por las esquinas para echarle un vistazo.

Tras anunciarse la venta de las tierras de su familia, Gideon había ido al pueblo para enfrentarse a mis hermanos, que eran quienes las habían comprado.

Era la comidilla de la vecindad, y las chicas habían insistido en que su casino fuera el destino de nuestro viaje, y yo no había puesto objeción alguna.

Yo era la única del grupo que lo había visto en persona.

Había oído lo grave que era su voz. Lo había visto salir furioso de la destilería de mi familia.

No hacía falta buscarlo. Su imagen estaba grabada a fuego en mi memoria.

—Quizá lo veamos —respondí—. Si trabaja hasta tarde. ¿Los directores generales trabajan en el propio local? ¿Viven aquí?

—¡¿Te lo imaginas?! —exclamó ella con entusiasmo—. Una vivienda como uno de esos sitios que se ven en la tele, donde el ascensor da directamente al apartamento.

—¿Eso no es un ático?

Arrugó la nariz.

—Vivo con el sueldo de profesora. No sé nada de áticos.

—Podríamos preguntárselo si lo vemos.

Ella soltó una risita.

—No me puedo creer que no te acuerdes de él.

Ah, sí que me acordaba de él y de esos hombros anchos.

—Es un poco mayor que Tate, y Tate es siete años mayor que yo.

—Me encantan los hombres mayores. —Pulsó un botón de la máquina tragaperras. Yo había dejado de jugar hacía varios minutos, cuando había empezado a soñar despierta con irme a la habitación—. ¿De verdad se parece a las fotos? Gideon James… —pronunció su nombre con voz seductora.

Ningún retrato podía hacerle justicia a ese hombre.

Un escalofrío me recorrió la espalda al recordar cómo había atravesado con paso firme el aparcamiento hasta su coche.

Su traje negro parecía cosido a su cuerpo, y su cabello oscuro ni se atrevía a moverse con el viento.

Y cuando había girado la cabeza yo había alcanzado a vislumbrar unos ojos tormentosos.

No había podido distinguir el color desde el otro lado de la destilería.

Eran azules, o verdes… O del color que podía hacer que se me cayeran las bragas al suelo y ya.

Al parecer, me gustaban los hombres taciturnos, aunque a ese hombre taciturno no iba a gustarle yo, una Bailey.

Había discutido con mis hermanos sobre la compra de las tierras de su familia y, aunque mi apellido era Kerrigan porque mis hermanas y yo habíamos sido adoptadas, seguía siendo una Bailey.

—¡Bingo! —gritó Kaitlyn, la secretaria del colegio, desde el otro lado de Brittany.

Destiny, la profesora de Educación Física, se echó a reír y se asomó desde la fila de máquinas tragaperras.

—No te lo gastes todo de una sola vez.

Kaitlyn sonrió.

—Cincuenta dólares son cincuenta dólares. La próxima ronda la pago yo.

Brittany se levantó del mullido taburete acoplado a la máquina tragaperras.

—¿Vamos al club?

—Por supuesto. —Kaitlyn sacó su tarjeta del casino de la máquina y la sacudió en el aire—. Si no nos dejan entrar, puedo sobornarlos.

Todas la seguimos entre risas. Se tambaleaba con sus tacones de cuatro pulgadas, pero su falta de equilibrio probablemente se debía a las copas y no a los zapatos en sí.

Las chicas estaban todas un poco achispadas por el flujo constante de cócteles.

Yo era la más sobria de todas, pero no porque fuera la mayor del grupo, sino porque había aprendido a degustar bourbon cuando tenía quince años.

Esa fue la primera vez que mi padre se enteró de que había bebido.

Con tres hermanos mayores, una hermana mayor y numerosos niños en acogida a los que mis padres habían tenido bajo su techo durante un tiempo, ya había estado expuesta al alcohol mucho antes de mi primera degustación «oficial».

Destiny se bajó un poco la falda corta. Yo tenía unos pantalones cortos de voleibol con el dobladillo más largo que el de ella, pero si tuviera sus piernas, me habría comprado diez faldas como esa.

Las demás iban vestidas por el estilo: faldas cortas, camisetas escotadas y maquillaje de salir de caza.

Todo lo contrario a cómo se vestían en el trabajo.

Yo llevaba botines de tacón grueso y unos leggings color óxido.

El vestido cruzado color crema también era todo lo contrario a lo que me habría puesto para dar clase, pero solo porque no habría querido mancharlo de acuarela.

Podía achacar mi estilo a ser una profesora de treinta y pocos años, pero la verdad era que mi estilo había sido el mismo cuando tenía su edad.

Brittany soltó un gritito.

—La cola no es tan larga. ¡Esta es nuestra noche!

Estaban muy emocionadas por ir a Glitter & Gold, una discoteca ultralujosa en la que una persona normal aún podía entrar.

Eché un vistazo al exterior con recelo. Negro con elegantes líneas plateadas, encajaba en la temática «Silver», pero también destacaba. Los postes de las colas eran dorados, al igual que los chalecos de los porteros.

Nos pusimos a la cola.

—Al menos estamos a cubierto —murmuré.

Destiny me dio un codazo. Cuando se echó hacia mí, casi me encontré con su escote en plena cara. Desde luego, no era su ropa de trabajo.

—Pareces la loca de los gatos.

—Solo tengo un gato.

Me guiñó un ojo.

—Seguro que Mark te dejaría tener más.

Me quedé boquiabierta. Mark Knutson era mi jefe.

—Solo he salido tres veces con él. —Y la primera no debería contar.

Los dos habíamos ido por casualidad a Mountain Perks un sábado para tomarnos nuestra dosis de cafeína.

Para la segunda cita, me había invitado diciendo: «Si salieras conmigo, Fátima tendría que encargarse de tus evaluaciones». Fátima era la subdirectora del colegio.

Yo había dicho que sí. El reloj biológico solo se podía ignorar hasta cierto punto, pero al salir con mi jefe estaba dando pie a especulaciones tanto dentro como fuera del trabajo.

También era halagador que él estuviera dispuesto a arriesgarse a manchar su flamante reputación para salir conmigo.

Pero, bueno, en Bourbon Canyon el círculo de posibles parejas era reducido, y yo lo sabía de sobra.

Brittany se dio la vuelta de un salto.

—He oído que quiere que conozcas a sus padres.

Me había pedido que conociera a sus padres. En Spokane. Lo que significaba pasar la noche allí.

—Se está precipitando un poco.

Me gustaba el sexo tanto como a cualquier otra chica, pero un viaje en el que debíamos pasar la noche fuera era algo excesivo para alguien con quien no creía que estuviera saliendo en serio.

Aun así, una chica tiene sus necesidades, lo que no sabía era si Mark podía satisfacerlas.

Aunque el círculo en el que podía conseguir una cita era reducido.

Yo era la hermana que nunca había salido de Bourbon Canyon salvo para ir a la universidad.

Parecía que iba a ser la última en sentar cabeza.

Junie tenía una sucesión interminable de novios, pero, a juzgar por las cifras, sus posibilidades eran mejores que las mías.

Y eso en Las Vegas era tener un peso sobre mis hombros.

—Siempre y cuando se lo tome con calma cuando llegue el momento —susurró Brittany.

Avanzamos a hurtadillas. Las demás charlaban animadamente sobre lo emocionadas que estaban, lanzándose preguntas unas a otras. «¿Cómo es el baile? ¿Y las bebidas? ¿Y los hombres? ¿Y las mujeres?».

Cuando llegamos a la entrada, el portero, con su chaqueta deportiva negra, chaleco dorado y pantalones negros, asintió a Brittany mientras recorría con la mirada sus piernas interminables.

—Bienvenidas a Glitter & Gold, chicas. —Brittany dio un saltito de alegría y entró corriendo. Kaitlyn y Destiny la siguieron, bajo la mirada lasciva del portero, que me hizo un gesto con la mano—. Espere aquí, señora —dijo, y luego se giró hacia un lado, llevándose la mano al auricular.

¿Señora?

¿Era una de esas «señoras»?