13 La Estación Pink Rose
La mañana llegó y tan pronto como cayó el alba, Rachel y su pandilla, la cual ahora incluía a Jack (al menos de momento), despertó y se preparó.
El caza recompensas había logrado dormir apenas un par de horas, no tan inquieto por sus nuevos compañeros como lo estaba por todo aquel asunto que se le había ocurrido a su captura.
¿En verdad iba a ayudarla a algo tan descabellado como secuestrar a su propio padre, el hombre que lo empleó?
¿Y qué pasaría luego? Fuese que Jefferson accediese o no a las peticiones de Rachel, todo el asunto parecía algo demasiado arriesgado y sabía que si Rachel lo llevaba a cabo, estaría en un riesgo todavía mayor al que ya estaba.
Pero ¿había forma de disuadirla? De los pocos días que llevaba de conocerla, dudaba que este fuese el caso.
Así que debía pensar en una alternativa.
Pero ¿cuál? Si trataba de llevársela otra vez, todo el asunto volvería a caer en lo mismo.
Dolores y los demás los perseguirían y encontrarían eventualmente, ¿y adónde la llevaría, en primera instancia?
Dejarla con Jefferson era un cosa, pero más allá de eso no tenía idea.
No podía convertirla en una eterna prisionera, y a final de cuentas, Rachel era absolutamente testaruda.
Si se había hecho a la idea de secuestrar a Jefferson, lo haría a como diese lugar, y tratar de llevarle la contraria sería fútil.
De manera que lo único era, pues, ayudarla y asegurarse de que no se metiese en problemas todavía mayores…
lo que, desde luego, parecía un desafío imposible. ¡Ah! ¿Por qué era todo tan complejo?
Frustrado y estresado como estaba, Jack se vistió, echando constantes miradas a Rachel quien, una vez más, volvía a vestirse como la dama más respetable que alguien llegase a conocer – y vaya que arreglarse le tomaba un buen rato.
Cepillar su cabello, aplicarse maquillaje, perfume, y lucir como una muñeca de porcelana incapaz de causar daño alguno no era un arte sencillo.
La pandilla ya estaba acostumbrada y aprovecharon el rato para desayunar algo y repasar los detalles del plan, así como a disfrazarse para pasar desapercibidos.
Una vez más, el Sr. Curtis vistió a sus compañeros como respetables hombres de bien, y a Dolores como una tímida esposa de iglesia, dejando a Jack más que atónito.
Nunca había visto un grupo de criminales tan pintorescos y, de hallarse en otra situación, probablemente le habrían agradado.
Finalmente, tras dos horas, Rachel estuvo lista y descendió en compañía del caza recompensas y el resto de su pandilla, causando inmediato desconcierto entre el personal del hotel.
¿De dónde había salido tanta gente? ¿Y por qué estaban con aquel supuesto y extraño matrimonio de la habitación seis?
Nadie tenía la más remota idea, pero no negaban que interactuar con Rachel era una delicia, amable y atenta como actuaba, y siempre tan generosa en propinas.
Sin duda la extrañarían y esperarían, como la mayoría de las personas a las que Rachel no asaltaba, a volverla ver.
Así pues, la pandilla se presentó en la estación de tren como un grupo de personas sin conexión entre sí.
Bob Bull se encargó de que llevasen los caballos al tren de animales, y el Loco Kinski procuró, sin mucha suerte, traerle algo de calma a Dolores, cuya fobia a los trenes era más que evidente.
La otrora feroz y calmada bandida temblaba suavemente y tomaba pesados respiros al estar frente a tal maquinaria, si bien trataba de ocultarlo con el pretexto de estar inquieta por su misión.
─Así que aquí estamos ─dijo─. Realmente vamos a hacerlo. Joder.
─Sé que no te gustan los trenes, querida… ─le dijo Rachel, parada a su lado.
─¡No me gusta nada que se mueva debajo de mí sin mi control! ─contestó.
─…Pero estarás bien. Lo prometo.
─Esta es la última vez. ¿Cierto?
─…Sí. Esta es la última. La grande. ¡El mayor bang de todos!
─Quizá no quieras decir eso frente a todos… ─comentó Jack.
Alrededor, la gente arrojaba alguna mirada de inquietud a Rachel.
─¡Lo siento! ─rio Rachel─. Podemos con esto, Dolores ─dijo, en voz más baja.
Dolores asintió la cabeza, nerviosa, pero tratando convencerse a sí misma de sonreír. El Loco Kinski la agarró de su brazo, actuando como su “respetable” esposo.
─¡Andando, esposa! ─exclamó.
─¿Por qué tenías que ser tú? ─suspiró Dolores con lamento.
Los demás rieron y fueron ingresando al vagón.
Rachel notó una mirada de incertidumbre en el caza recompensas y dijo:
─Aún puedes retirarte de esto si quieres.
Jack volteó hacia ella. Por su mente seguían volando todas aquellas inquietudes, pero, de nuevo, sabía que no tenía caso expresarlas. Suspiró y se limitó a responder:
─Necesito mi recompensa…
Rachel sonrió dulcemente y abordaron el tren, con Jack arrojando un último vistazo a la estación con una última preocupación rondando sus pensamientos.
Habían pasado casi dos días y una noche desde su último encuentro con Telly y su pandilla, y si bien ese era el plan, sabía que tanta ausencia tampoco podía ser algo bueno.
Y no se equivocaba…
Después de todo, Telly no era ningún tonto.
Podía ser bruto, violento, y una bestia hecha hombre, pero ningún ser como él llegaba a vivir tanto en esa línea de trabajo sin algo de astucia, y aunque Jack y Rachel habían logrado evadirle aquella noche, el bandido sin nada de cabello no tardó en entender lo que pasó.
Regresó sobre sus pasos y, tras un rato de búsqueda y bajo la luz del sol, rastreó las huellas del par, siguiéndolos hasta Bright Star.
─¿Y bien? ─preguntó Alan─. ¿Qué estamos esperando? Deben estar ahí, ¿no?
─Sí… ─contestó Telly─. Pero no podemos ir ahí… ─¿Por qué no?
─¡Porque nos busca la ley! Una cosa es ir rápido a un pueblo a robar un banco y luego huir, pero ¿pasar Dios sabe cuánto tiempo buscando a un granuja y una mujerzuela?
─Yo puedo ir y decirles dónde están.
─Nah… Necesitamos atraparlos a solas. No será un encuentro agradable.
Stanton y Elam rieron ante esto, y Telly suspiró.
─Dijo que van a la Estación Pink Rose, ¿no? ─preguntó a Alan.
─Es todo cuanto les oí decir, sí ─respondió Alan.
─Pues allá será, entonces… Nos vemos pronto, granuja.
Aunque esta idea no le agradaba a Alan, sabía que Telly era el experto aquí y que era mejor hacer lo que él decía.
Además, coincidía en la idea de que su reencuentro con Rachel no sería nada silencioso.
Quería hacerla sufrir, llorar, y rogar por clemencia, y eso no sería posible en un lugar con tanta gente como un pueblo.
Atraparla en una remota estación de tren era lo ideal.
Por lo tanto que mientras Jack y Rachel estuvieron en Bright Star, Alan, Telly, y su pandilla aprovecharon para dirigirse a Pink Rose…
y tomar la estación. Realmente no se trató de algo difícil.
El sitio apenas contaba con un matrimonio de gente mayor que ni llegó a tomar su escopeta cuando el trío de maleantes irrumpió de una patada, mismos que luego los amordazó y amarró de espaldas entre sí, sin que nadie más se enterase de lo ocurrido.
Tal como se había dicho, la estación se ubicaba en un lugar remoto, rodeado por nada más que pradera que se extendía por varios kilómetros hasta unos distantes cañones y sin alma alguna habitando en ella, haciéndola, por toda definición de la palabra, un sitio aburrido y calmado en lo que nada nunca pasaba y al que nadie le prestaba ninguna atención.
Todo esto lo hacía ciertamente el lugar ideal para llevar a cabo un encuentro tan discreto como el que Jefferson había planeado. Pero como todo otro padre, no podía contar con las consecuencias de los actos de su hija, ni mucho menos imaginaba lo que estaría por encontrar ahí.
Habiéndose preparada con bastante antelación, Jefferson se dirigió a la estación lo más temprano que pudo.
Viajó en su propia diligencia, con un par de guardaespaldas que vigilaba desde lo alto del vehículo, y sus pensamientos se concentraron completamente en Rachel.
Se arrepentía de lo mucho que se había alejado de ella y el rumbo que su vida había tomado.
¿Tan mal padre era que Rachel no veía otra opción más que la de la criminalidad?
Jefferson se repetía que trató de hacer lo mejor que pudo, pero a veces eso no es suficiente, y se preguntaba qué podría hacer ahora para disuadirla de seguir metiéndose en problemas.
¿Podría encerrarla en casa, con gente vigilándola todo el tiempo?
De alguna forma eso sonaba imposible. Rachel siempre encontraría una forma de escapar, lo que también imposibilitaba la idea de enviarla a otra escuela.
¿Qué podía hacer, entonces? Jefferson lo desconocía pero esperaba poder resolverlo cuando la viese.
Su pulgar acarició el retrato en su reloj de bolsillo y suspiró, cuando uno de sus guardaespaldas advirtió:
─¡Llegamos, Sr. McAllister!
Jefferson guardó el reloj en su bolsillo y bajó del vehículo junto a sus guaruras.
Dentro de la estación, Alan y Telly y su pandilla veían la llegada.
─¿Es ese, Finolis? ─le preguntó Telly.
─Ese es el Sr. McAllister, en efecto ─contestó Alan─. Saben qué hacer.
El trío criminal asintió y esperaron a que Jefferson y sus guardaespaldas entrasen a la estación… ¡y entonces atacaron! Stanton y Elam golpearon las nucas de los compañeros de Jefferson, mientras Telly se mostró frente al hombre del ferrocarril, apuntándole.
─¡Alto ahí, señor! ─le dijo.
Jefferson se quedó congelado, demasiado atolondrado y confundido por lo que acababa de ocurrir… pero más aún por ver a Alan emerger de una de las esquinas.
─Es bueno verlo otra vez, McAllister ─dijo Alan.
─¡¿Mr. Theroux!? ─exclamó Jefferson antes de que Alan lo golpease con su arma.
Alan sonrió con malicia. La primea mitad de su plan había resultado a la perfección y ahora sólo tenía que esperar por la segunda.
*****
El tren estaba a punto de llegar a la estación, y toda clase de pensamientos recorrían las mentes de sus pasajeros – cuando menos, los que referían a la pandilla de Rachel.
Dolores iba aferrada a su asiento, todavía aterrada de hallarse en un tren, mientras el Loco Kinski, Bob Bull, y el Sr. Curtis admiraban la belleza del tren.
─Es uno bastante encantador ─comentó el Sr. Curtis.
─Qué mal que no podemos robarlo ─dijo Bob Bull.
─¿Quizá podamos? ─planteó el Loco Kinski.
El trío miró a Dolores, quien sólo les dio una mirada asesinada.
─¡No! ─dijo.
En cuanto a Jack y Rachel, ellos viajaban unos asientos más adelante, en privado.
La joven observaba el hermoso paisaje afuera, recordando sus días de la infancia con tanto cariño como nostalgia, y, ocasionalmente, repasando los detalles de su complicado plan.
El caza recompensas, por otro lado, sostenía su libro entre sus manos, acariciando los bordes de aquella carta prohibida y dolorosa con su pulgar.
No había pensado en ella durante toda su travesía con Rachel, y meditaba en lo curioso de esto.
Al final de cuentas, pese a todos sus problemas, esa dinamita humana que era la bandida sentada frente a sí era capaz de hacerle olvidar aquello que lo atormentaba desde hacía años, al punto incluso de que esa carta que tanto miedo le provocaba encontrar ahora le parecía un mero recuerdo.
Jack sopló una pequeña risa y sacudió la cabeza, mirando casualmente a Rachel.
─¿Qué? ─preguntó Rachel, curiosa.
─Nada ─respondió Jack─. Sólo… admiro la vista.
Rachel rio suavemente y suspiró, tratando de concentrarse en su compañero.
─Así que, Sr. Caza Recompensas, ¿qué planea hacer tras esto? ─preguntó.
─Bueno, eso depende… ─¿De qué?
─De si salimos con vida de esto.
Rachel le dio una mirada escéptica y Jack sonrió.
─¡Vamos! ─le dijo─. ¡No sea tan pesimista! Estaremos bien. Confíe en mí.
─Oh, ¿ahora se supone que debo confiar en usted? ─repuso Jack.
─Sé que le he jugado un par de malas movidas ─rio Rachel─. Lo siento. ¡Es mi naturaleza! Pero de ahora en adelante no lo haré más. Lo juro.
─Bueno, supongo que estamos al final del camino, de cualquier forma ─respondió Jack─. Bien podría tratar algunas cosas nuevas.
Compartieron una pequeña risa.
─¿Qué hay de usted? ─siguió Jack─. ¿En verdad se calmará luego de todo esto?
─¿Por qué no? Podría aburrirme por un tiempo…
Otra risa se dio entre ambos. Rachel bajó la mirada y pellizcó sus dedos, ansiosa.
─Entonces… ¿no planea unirse a nosotros tras esto? ─le preguntó.
Compartieron una silenciosa mirada.
─No lo sé, depende ─respondió Jack.
─¿De qué?
─De si salimos con vida de esto o no ─sonrió Jack, provocativamente.
Rachel volteó los ojos y sacudió la cabeza.
─Es incorregible ─le dijo.
─Ya somos dos entonces ─contestó Jack.
Compartieron una mirada y el tren silbó. Rachel arrojó una mirada al exterior y la Estación Pink Rose aparecía ya ante ellos.
─Llegamos ─suspiró Rachel, nerviosa pero decidida.
*****
Dentro de la estación, Jefferson yacía sentado sobre una silla, con sus manos atadas a su espalda y sus tobillos el uno al otro. Elam y Stanton jugaban póquer frente a él, mientras Telly fumaba un cigarro, viendo el tren aproximarse y Alan recargaba su arma.
─No hay necesidad de esto, Theroux ─dijo Jefferson─. Ella dejará de hacer esto.
─¡Oh, sé que lo hará! ─rio Alan.
─Es patético ─siguió Jefferson─. ¿Todo esto… sólo porque lo ridiculizó?
─Ya sabe cómo es con hombres como nosotros, Sr. McAllister ─respondió Alan─ . ¡Tenemos una reputación qué defender! ─empujó la cámara de balas en su arma.
Telly volteó, ligeramente curioso de su conversación.
─¡Tú, mercenario! ─le llamó Jefferson─. ¡Te pagaré el doble de lo que este mequetrefe si me ayudas!
Elam y Stanton hicieron una pausa en su juego, interesados. Telly miró brevemente a Jefferson y luego a Alan, y sacudió la cabeza.
─No ─dijo─. Esto es personal.
─¡Pero Telly, eso es el doble de lo que prometió Finolis! ─protestó Stanton.
─¡El triple! ─corrigió Elam.
─¡Cállense! ─les gritó Telly─. Y cállenlo a él, también.
Compartiendo una mirada incómoda, Stanton amordazó a Jefferson. El silbido del tren los distrajo y Telly sonrió. ¡El tren acababa de llegar!