10 Disparos en la Oscuridad #2
─Venga, déjeme checar esa herida ─le dijo.
Jack limpió la herida de Rachel con un poco de agua de su cantimplora, y luego la envolvió con un pedazo de tela… que volvió a arrancar del vestido de su prisionera.
─Disculpe ─dijo─. No tengo vendas.
─Se hace lo que se puede ─respondió Rachel, encogiéndose en hombros.
Conmovida por el gesto de limpiar su herida, consideró que lo mínimo que podía hacer era devolver el favor de vuelta y se arrancó otro pedazo de su vestido, lo lamió un poco, y limpió el escupitajo del ojo de Jack – lo que desconcertó al caza recompensas.
─Un hombre como ese debe portar muchas enfermedades ─dijo Rachel.
Jack soltó una pequeña risa y asintió la cabeza – era un buen punto. El par compartió así una sonrisa y tras terminar de atender sus respectivos malestares, reanudaron su andar. 11
El Tonto y la Idealista
Inquietos de aquel despreciable grupo pudiese regresar, Jack y Rachel cabalgaron toda la noche.
Se aseguraron en ir en una dirección opuesta a la que vieron a Telly y los suyos tomar, pero sabían que no podían confiarse.
Cabalgando lento y silenciosos, el par anduvo con los ojos bien puestos a todo a su alrededor.
Cualquier sonido, cualquier movimiento, todo merecía un poco extra de atención hasta que estuviesen seguros de que no se trataban de sus enemigos.
Por fortuna para ellos, este no fue el caso, y para cuando llegó el nuevo día, sintieron que por fin podían relajarse un poco…
aunque para entonces, uno y otro estaba más que exhausto y apenas lograban mantener los parpados despegados.
Un poco de conversación les ayudaba a no caer inconscientes del caballo.
─Ese hombre de anoche ─dijo Jack─, el elegante. ¿Lo conoce?
─¿Hmm? ─contestó Rachel, a duras penas despierta─. Oh. Se refiere al Bandido de las Medias. Sí, es el hijo de un banquero con el que cruzamos caminos hace poco. Nada de lo que tenga que preocuparse, déjeme decirlo.
─¿Un banquero? ¿Y qué hacía con esos hombres?
─Ni idea ─Rachel se encogió en hombros.
Su cabeza colgó un momento, cada vez menos capaz de luchar con el sueño.
─¿Sabe? ─dijo Jack─. Vamos a seguir así por un rato. Puede dormir un poco, si gusta.
─¿En verdad?
─Sí, mantendré un ojo abierto.
─Pero no en el que le escupieron, ¿cierto? ─bromeó Rachel.
─No en el que me escupieron ─rio Jack─. Ande. Duerma.
Rachel no se negó a la propuesta y cerró los ojos, apoyando su nuca contra el pecho del caza recompensas.
─No mentía ─dijo─. En realidad no le gusta matar.
─No se haga ideas. Hay excepciones ─advirtió Jack.
─Seguro que sí ─rio Rachel, y sin más que se entregó al sueño.
A Jack no le desagradó de sentirla dormir sobre él. Era grato volver a tener un cuerpo cálido y de aroma dulce tan cerca de sí, incluso si era el de una buscada criminal.
El caza recompensas se dedicó a su labor de llevarla a un punto seguro.
Pese al cansancio, tanto suyo como de su fiel corcel, siguió su marcha por un par de horas, yendo colinas arriba y abajo hasta que finalmente salió del bosque y dio con la vista de un pueblo cuesta abajo – Bright Star.
Jack sonrió hacia sí, complacido de la idea de poder parar en un lugar civilizado por un momento para recargar sus energías.
Bajó rumbo al pueblo y conforme los sonidos de una zona civilizada comenzaron a sonar con más fuerza y constancia, la bandida que cabeceaba frente a él fue despertando.
Con ojos confundidos, estudió el cambio de escena, no tardando en percatarse de los edificios, los establos, y, más aún, de todas esas personas con miradas inquietas que parecían desconcertadas ante su presencia, no por su identidad, pero por su apariencia.
No era común ver a mujeres con vestidos rasgados, descalzas, y cubiertas de lodo y sudor andar por ahí a caballo.
─¿Dónde estamos? ─preguntó Rachel.
─Creo que le llaman Bright Star ─contestó Jack.
─No parecen los más brillantes ─comentó Rachel ante las miradas.
─Sólo no están acostumbrados a ver algo tan raro como usted ─bromeó Jack.
Rachel le arrojó una mirada escéptica y Jack sólo sonrió, continuando su andar sin percatarse del par de curiosos personajes junto a los que acababan de pasar.
Estos eran un hombre robusto con una barba excesivamente frondosa que bien podría haber sido la inspiración de San Nicolás, y un tipo flacucho y sucio con un parche sobre su ojo izquierdo pero que no dejaba de capturar lo salvaje de su presencia con el derecho ¡y que se trataban ni más, ni menos que de Bob Bull y el Loco Kinski!
El dúo se miró el uno al otro, sorprendidos y sonrientes de que la suposición del Sr. Curtis fuese correcta.
─¡Vamos por Dolores! ─dijo el Loco Kinski, y se marcharon a toda velocidad.
Jack paró en el primer hotel decente que encontró – o, más bien, en el primer hotel que encontró.
La decencia daba lo mismo ante un cuerpo agotado y adolorido y a un par de ojos que ansiaban cerrarse por días.
Sujetando a Rachel de la mano para evitar que se le ocurriese escapar, pero no revelando la naturaleza de su relación, solicitó por una llave y aguardó, mientras el encargado no dejaba de estudiar a su compañera con toda rareza.
No podía ni imaginar qué había pasado con ella para presentarse así en un lugar público.
─Habitación seis, señor ─dijo el encargado, entregándole la llave─. Y, eh, si la dama lo necesita, hay una tienda de ropa cruzando la calle.
Jack arrojó una mirada a los atuendos de Rachel y sacudió la cabeza.
─Nah ─dijo, con una sonrisa─. Se ve bien así para mí. ¡Gracias!
Agarró la llave y se llevó a Rachel consigo.
─No estarás considerando seriamente en entregarme así a mi padre, ¿o sí? ─ preguntó Rachel─. ¡Le daría un ataque!
─Creí que el amor de un padre debía ser incondicional ─bromeó Jack.
─Claramente, no conoce a mi padre. ¿Por favor? Si no por él, ¿por mí?
La bandida se detuvo y le miró suplicante. Jack suspiró. ¿Cómo podía negarse a ese par de enormes ojos azules y ese adorable puchero?
─¡Bien! ─suspiró─. Pero le cobraré a él por esto.
─¡Oh, en ese caso me dejaré llevar! ─contestó Rachel.
Y ahora fue ella quien lo jaló de la mano para llevarlo a la tienda de ropa.
─¡Vaya par es ese! ─comentó el encargado con desconcierto.
Rachel no mentía cuando dijo que se dejaría llevar.
Pese a generar inquietud con el personal de la tienda ante su desarreglada imagen, no tardó nada en hacerse de su buena opinión al comenzar a agarrar un vestido y otro, y en escoger sin pena alguna lo más costoso y elegante.
Sin duda tenía estilo y sabía de alta costura, sorprendiendo al personal con preguntas atinadas sobre el tipo de tela, medidas, y demás detalles que a Jack lo tenían sin cuidado alguno.
Para él, en tanto la ropa cumpliese su función de mantenerlo fresco de día y cálido de noche, era suficiente, y nunca había pasado más de diez minutos comprando ropa.
A Rachel le tomó más de dos horas elegir todo su atuendo, y la cantidad a pagar le quitó el sueño a su compañero por largo rato.
Pero finalmente Rachel volvía a lucir como una dama, y aunque le hacía falta un buen baño, su presencia en el pueblo ya no distraía miradas por lo desarreglada de su imagen, sino meramente por su innegable belleza y atinada vestimenta.
Causó bastante distracción cuando acompañó a Jack a enviarle un telégrafo a Jefferson, informándole de su ubicación y de que el punto y tiempo de encuentro continuaba siendo el mismo, y al volver al hotel, el encargado no pudo creer que se trataba de la misma mujer.
─¡Vaya, señorita! ─le dijo─. ¡¿Es esa usted!? ¡Luce tan bella como un nuevo día!
─¡Pues, gracias, mi buen hombre! ─contestó Rachel con una gran sonrisa.
─Sí, sí, sí, el cambio es fascinante ─Jack la apresuró─. Vamos.
─¡¿Ve lo que la buena ropa puede hacer!? ¡Consienta a su esposa, mi amigo!
─¿Esposa? ─exclamó Jack, confundido mientras subían las escaleras.
─Creí que querías guardar las apariencias ─contestó Rachel.
─Sí, bueno… No se deje llevar.
─¡Ja! ─rio Rachel.
El par entró a la habitación y Jack se dejó caer en la cama, exhausto.
─¡Vaya! ¿Quién habría pensado que tan pequeño pueblo tendría tanta buena ropa? ─suspiró Rachel, viendo sus nuevos atuendos con la fascinación de una niña.
─Sí, todo un tesoro, seguro ─bostezó Jack─. El tren sale mañana a las nueve. Le sugiero que… duerma de nuevo…
Volvió a bostezar y Rachel lo miró con burla.
─Si alguien necesita dormir, es usted ─le dijo─. ¿Por qué no toma una siesta mientras tomo un baño, y luego vamos a cenar? A cuenta de mi padre, claro.
Jack abrió un ojo y la miró con desconfianza.
─Claro. Y mientras tomo una siesta, usted toma una caminata hasta México ─dijo. ─¡Vamos! ─Rachel se sentó junto a él─. Después de todo lo que hemos pasado, ¿aún no confías en mí?
─Eso es ponerlo sutilmente.
─¡Por favor! Me compraste vestido, yo te limpié el ojo. Somos amigos ahora ─le empujó la mejilla con su dedo índice, juguetona─. Y ni siquiera me molesta visitar al viejo.
¡Caray! Ya escapé de él una vez y lo puedo volver a hacer, sin problema.
Jack frunció el cejo con inquietud ante este pensamiento.
─No tiene que preocuparse por mí ─dijo Rachel─. Lo juro.
Pasó su mano sobre su pecho en un gesto de promesa.
─Bueno… ─pensó Jack─. Quizá podamos llegar a un acuerdo.
─¡Claro!
Su entusiasmo se disiparía al conocer la propuesta de Jack. Ella podía tomar un baño y hacerlo tan largo como quisiera, siempre y cuando le concediese su ropa a Jack, quien esperaría afuera del baño hasta que estuviera lista.
─Sé que es atrevida, pero no me la imagino corriendo por ahí desnuda ─dijo Jack.
Rachel, ya metida en una tina de agua caliente y llena de burbujas, sólo le concedió una sonrisa bufona y lo vio salir con sus prendas en la mano.
─Tómese su tiempo, y ah, golpeé cuando esté liste ─sonrió Jack al salir.