9 La Trampa
Jack Logan estaba acostumbrado a las mañanas solitarias.
Fuese que se hallase en lo salvaje del desierto, la pradera o el bosque, o en una habitación de hotel, el caza recompensas había pasado el último par de años despertando por su cuenta cada mañana sin nadie a su lado; y aunque en ocasiones extrañaba la sensación de un cuerpo cálido junto al suyo, no se negaba de disfrutar los otros places que un nuevo día tenía para ofrecer.
La fresca brisa matutina y la vista de los primeros rayos del sol, las aves cantando, y, en esta ocasión en particular, la de su prisionera durmiendo a un par de metros de distancia, con manos y pies atados, un mechón de su cabello morocho cayendo sobre su frente, y un rostro absolutamente pacífico que la hacía lucir como alguien dulce e inocente.
No, no era una vista del todo desagradable… hasta que abrió la boca.
─Deje de mirarme. Tengo que orinar ─dijo.
En efecto, estaba despierta. Cuánto tiempo llevaba así y si su curiosa y tentadora pose era algo intencional, eran dos cuestiones que Jack desconocía, pero soltó una pequeña risa ante sus maneras y el inicio de una nueva jornada en su compañía.
─¡Sí, señorita! ─contestó y se incorporó.
La liberó de las ataduras de sus pies y la ayudó a levantarse.
La llevó detrás de un árbol y le dio un par de minutos de privacidad, mientras él se dedicó a recoger el campamento.
Tras un breve desayuno y desatar las manos de Rachel detrás de su espalda para volverlas a atar frente a sí por cuestiones de practicidad, el par estuvo listo para partir – o casi lo estuvo de no ser por la eternidad que le tomaba a la prisionera volver a atarse esos ajustados zapatos de cien hoyuelos.
Todavía adolorida de la caminata del día anterior y costándole hacer cualquier cosa con sus manos tan cerca la una de la otra, Rachel protestaba bajo murmuros ante la incomodidad de la situación.
Jack, sentado ya en su caballo y aguardándola, miraba la escena en una mezcla de ternura, compasión, y entretenimiento hasta cuando la bandida suspiró, estresada por meter el lazo en el hoyuelo incorrecto.
─Maldita sea ─exclamó hacia sí.
─¿Sabe? ─rio Jack─. No fue tan mala prisionera anoche, así que le concedo de vuelta sus derechos, en caso de que quiera viajar más… cómodamente.
La primera reacción de Rachel fue desafiarlo.
Decirle algo insultante y orgulloso… pero no podía ignorar el dolor que le generaba volver a ponerse aquella ajustada y dura calzadura.
Bajó la mirada y asintió la cabeza, resignándose a aceptar su amabilidad.
Jack la montó frente a sí, y el par reanudó su andar por el bosque.
El paso fue un poco más rápido que el día anterior pero no demasiado apresurado.
Jack tenía que tener cuidado de no encontrarse con personas indeseadas y de no dejar un rastro evidente para sus posibles perseguidores.
Además, el perfume de su captura no le resultaba tan molesto.
Por el contrario, había algo en volver a oler la fragancia frutal de una mujer tan cerca de él que le creaba cierto conforte y calma.
Lo mismo no se podía decir de él. Como todo hombre de acción, su aroma era a uno de su sudor.
Salado y penetrante, aunque curiosamente no repugnante.
Rachel estaba acostumbrada a los aromas masculinos de su pandilla, los cuales en su mayoría siempre tenían una pizca de alcohol que podría incluso embriagar a una persona si pasaba demasiado tiempo en tal compañía, pero con Jack este no era el caso.
Ciertamente no le había visto ingerir licor alguno durante su tiempo juntos, pero aún así le resultaba curioso.
No era agradable, pero era diferente, y comenzó a formarle todo tipo de preguntas respecto a él en su mente.
Sin nada qué hacer, tras un par de horas de viaje, las fue realizando.
─Así que, me he estado preguntando ─dijo─. ¿Cómo hace un hombre, o lo que sea usted, para estar en esta línea de trabajo? ¿No tiene acaso nada mejor que hacer que matar gente por algo de dinero? Quiero decir, ¡usted es medio decente! Podría pensar en otra cosa, ¿no cree?
Jack rio suavemente. Sus formas de expresarse le resultaban entretenidas.
─De hecho ─respondió─, no mato gente. No en realidad.
─Claro… ─Rachel volteó los ojos, escéptica.
─No le miento, señorita ─siguió Jack─. Quiero decir, si absolutamente tengo que hacerlo, lo hago. Pero, en general, prefiero entregar mis recompensas con vida.
Algo en su tono de voz casi le hizo a Rachel creer que era cierto.
─Claro, bueno, aún así, entrega gente para que sean ahorcados ─respondió─. Para ser asesinados, si no por usted, por un sistema corrupto que es el principal responsable de tanto de estos supuestos criminales… ─¡Se ve que no conoce a muchos! ─rio Jack.
─¡Oh, conozco suficientes, créame! ─siguió Rachel─. Y coincido en que la mayoría son despreciables, pero hay varios otros que no son más pobres infelices defraudados por un sistema que en realidad recompensa la violencia y crueldad en tanto sea causada por “el bien común”
Jack frunció el cejo, desconcertado. ¿Qué?
─Bueno, yo no hago las leyes, señorita ─se defendió─. Sólo… trató de sobrevivir.
─Igual ellos. Igual nosotros. ¿Ve? No somos tan diferentes, y, sin embargo, prefiere ver a gente como usted ser ahorcada en lugar de ayudarlos a derribar a los verdaderos culpables de todos estos problemas. ¿No es eso irónico?
─¿Quiere hablar de ironía? ¿Cómo llama a una mujer supuestamente interesada en justicia social y, a la vez, tan obsesionada en ropas elegantes a la cual le gusta robar los trenes de su padre, ah?
¿Cuál es el problema? ¿Acaso papi le dijo que ya tenía suficientes zapatos parisinos y de repente simpatizó con Billy the Kid?
─¡Ja! ─exclamó Rachel─. ¡Cada vez que creo que puede haber alguna remota chispa de inteligencia o compasión en esa enorme cabezota suya, me prueba equivocada! ¡Felicidades! ─aplaudió sarcásticamente.
─Sí, supongo que tiene razón ─repuso Jack─. Debería ser más compasivo con una pobre mujer que está por ser enviada de vuelta a un lugar tan horrible como la enorme mansión de su padre adinerado. ¡Sin duda espero que su caviar no tenga más de dos días de antigüedad!
─¡Oh, es terrible cuando eso pasa! ─provocó Rachel.
Inesperadamente para ambos, el par soltó una risa, disfrutando su enemistad.
─Mujer bocona ─le dijo Jack.
─Cabezota dura ─respondió Rachel.
El par continuó su travesía con este tipo de interacciones.
Críticas, insultos, y provocaciones hicieron que el viaje fuese entretenido y que el día pasase más rápido de lo que pudieron pensar.
Desde luego, esto no evitó al caza recompensas de mantener un ojo bien abierto y un oído bastante atento a los alrededores, ni a Rachel formular todo tipo de estrategias para escapar y planes para sus próximos robos, pero había algo en tener la oportunidad de poder expresarle a una persona todo lo que le desagradaba de ella y de lo que representaba sin temer una repercusión violenta que resultaba divertido.
Además, tener la imagen de una mujer como Rachel encogiéndose al pasar por arbustos bajos o de agarrarse con fuerza al ir por caminos rocosos, por no decir de verla refrescar su pecho o cuellos al pasar por ríos era algo cautivante.
De no tratarse de su prisionera, ni de alguien que discutiría todo lo que decía, le habría parecido atractiva.
Sin embargo, ese no era el lugar para ese tipo de ideas, y cada vez que el más remoto pensamiento de llegar siquiera a admirar cualquiera de los atributos de Rachel, el caza recompensas sacudía la cabeza y se forzaba a pensar en cualquier otra cosa.
Naturalmente, nada de esto pasó desapercibido ante la bandida, quien luego de notar brevemente la mirada de Jack al hacer parada en el río, se hizo de una idea.
Una idea que sabía sería infalible si la ejecutaba bien.
Todo cuanto tenía que hacer era aguardar.
La noche cayó y el par acampó en un pequeño claro en el bosque.
Una vez más, Jack puso un campamento y cocinó un pescado que había atrapado durante su paso por el río, mientras Rachel, curiosamente cooperativa y calmada, sólo se sentó a esperar.
Su actitud había cambiado en el último par de horas, mostrándose menos confrontativa y más cordial, casi dulce… a su manera.
─Diga, ¿no tiene por curiosidad un cepillo para el cabello, o sí? ─preguntó.
Sus dedos trataban de peinar su inmensa cabellera, sin mucho éxito.
─De hecho, lo tengo ─contestó Jack, asando el pescado─. Pero ¿está segura de querer usarlo? Podría tener bichos ─le miró, esperando que regresase a su antagonismo.
─No me sorprendería si los tuviera ─contestó Rachel, en efecto, antagonista, pero preservando esa nueva actitud un tanto amable, casi juguetona─. Pero no puedo ser quisquillosa en lo salvaje. ¿Por favor?
Todavía inquieto por su nueva actitud, Jack frunció el cejo. Sacó un pequeño cepillo rosado envuelto en un pañuelo de seda color rojo de su caballo, y se lo arrojó.
─Trate de no ensuciarlo… ─le dijo, esperando más confrontación.
Para sorpresa de él, la reacción de desconcierto de Rachel fue de lo más genuina al fruncir el ceño y admirar el cepillo con toda extrañeza. Lo olfateó brevemente y una respuesta vino a ella, haciéndola preguntar:
─Ahora, ¿cómo hace un hombre como usted para tener esto? ¿Una esposa, quizá?
─Si va a realizar preguntas tontas, lo tomaré de vuelta ─contestó Jack.
─No, no ─Rachel comenzó a cepillarse el cabello─. No parece del tipo en casarse.
─Estoy seguro que usted sabe mucho sobre eso… ─rio Jack.
─¡De hecho, sí! Si quiere saber porqué hago lo que hago, ahí tiene su respuesta.
─¿Falta de propuestas de matrimonio?
─Más bien lo contrario, de hecho. Verá, cuando una mujer llega a mi edad… ─¿Cuál es esa, por cierto?
─No es de su interés ─dijo Rachel de golpe.
Jack sonrió hacia sí. Ahí estaba de nuevo, antagonizándolo.