Bounty & the Fool 8 El Corazón de la Maldad
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8 El Corazón de la Maldad

La pandilla de Rachel tenía la mezcla de orígenes más variada que se pudiese pensar.

Dolores había comenzado su carrera criminal a los diez años, no por gusto, sino por necesidad.

Quedándose sin padre y con una madre y dos hermanos menores por los cuales ver, pronto comprendió que se obtenía más de la gente con un arma en mano que pidiendo limosna en la calle.

Por algún breve tiempo trabajó en un establo, pero desistió de tal idea luego de que sus patrones le negasen la paga ante la idea de que una muchachilla no podía hacer nada para defenderse.

Trató acudir a la ley y todo lo que obtuvo a cambio fueron risas.

Se divirtió cuando, menos de dos años después, esos mismos alguaciles y delegados temblaron al reencontrarse con ella durante uno de sus primeros robos, en compañía de no otro que el Loco Kinski.

Este muchacho de mal hablar y mirada inquietante desconocía sus propios inicios.

Jamás conoció a su familia ni nada fuera de la vida bandida.

Creció rodeado entre un grupo de jóvenes malhechores que robaban comida y dinero para sobrevivir, y, según él, mató a un hombre por primera vez a los seis años.

Los detalles no los recordaba bien. Sólo tenía la imagen de un violento ebrio con la garganta cortada y de sus hermanos callejeros temiendo por su vida.

Según se decía, fue entonces cuando adquirió su peculiar mirada, esa que parecía estar aterrado y dispuesto a todo a la vez.

Eventualmente se separó de sus compañeros cuando estos fueron atrapados en una redada y él logró escapar por accidente, quedándose dormido en un vagón de tren que partió instantes antes del arresto.

Buscaría sin suerte reencontrarlos, pero su rol de hermano menor se volteó cuando vio a la flacucha Dolores robándose cosas de los bolsillos de sacos en una posada, y la defendió de un pedante hombre de traje arrojándole un golpe a la entrepierna y llevándose a la chiquilla de la mano hasta un callejón.

A partir de ese momento, este par se volvería inseparable por los siguientes veinte años, luego haciéndose de la compañía del callado y beodo Bob Bull.

Bull, quien fuese un hombre que trabajó en la construcción del ferrocarril en Texas, trató la mayor parte de su vida de llevar un camino relativamente decente.

De joven, tuvo las mismas aspiraciones que la mayoría de los hombres – tener su propia granja y hacerse de una bonita esposa.

Por un tiempo, estuvo cerca de lograrlo, pero cuando la guerra llegó y se vio forzado a dejar su hogar, sus sueños se disiparon.

La granja que logró comprar fue destruida y las heridas y recuerdos de la guerra le hicieron demasiado afecto de la bebida.

Por los siguientes años, pasaría de un trabajo sin futuro a otro, ganando apenas lo suficiente para satisfacer sus necesidades pero no tardando en ser rechazados por sus empleadores ante su constante olor a licor, su disposición a quedarse dormido en horas inadecuadas, y la torpedad propia que implicaba el tener la cabeza llena de licor la mayor parte del tiempo.

Curiosamente, su suerte cambiaría un poco cuando conoció a Dolores y el Loco Kinski, quienes, hallándose en plena fuga, le sobornaron con parte de su más reciente botín para que convenciese a un par de alguaciles que lo buscaban de que no los había visto.

Bob Bull fue de lo más convincente al actuar como un ebrio que no entendía nada de lo que le preguntaban y señalando en diferentes direcciones, protegiendo así al par de jóvenes que terminaron decidiendo que una tercera persona en su grupo no estaría tan mal.

De esa forma, que a los cuarenta años, Bob Bull comenzó su carrera criminal como el vigía y ayudante general de la pandilla, viéndose a su vez en necesidad de disminuir su consumo de alcohol al no querer fallarle a esos muchachos que tan bien le recompensaban.

Luego llegaría el Sr. Curtis, un actor de teatro cuya brillante y prometedora carrera se vio afectada tras involucrarse en un amorío con ni más ni menos que la esposa del gobernador de Texas, quien, ofendido, le acusó de toda clase de crímenes y puso una jugosa recompensa a su cabeza.

Por fortuna para el Sr. Curtis, su habilidad actoral y predilección por los disfraces siempre le mantuvieron bien resguardado, si bien su nombre no vería nunca las marquesinas que tanto deseaba.

Curiosamente, sería también por dicho gusto por los disfraces y lo dramático que se volvería un elemento clave en la pandilla.

Conociéndolos durante un robo a una diligencia en la que él fue tomado rehén, el Sr. Curtis se hizo pronto de la buena opinión de sus próximos compañeros ante su amable actitud, genuino interés por su profesión (después de todo, siempre quiso interpretar bandidos), y disposición a prestarles sus curiosos atuendos; y cuando sugirió que deberían realizar robos disfrazados de otras personas para evitar ser reconocidos con tanta facilidad, dando incluso algunas sugerencias sobre quién debería hacer qué cosa, no hubo vuelta atrás.

La pandilla lo invitó a formar parte de uno de sus robos, a él le gustó, y eso fue todo.

Se convirtió en el cuarto integrante. Después de todo, la reputación de criminal ya la tenía, así que no estaba de más cosechar los beneficios de esta.

Así pues, que estos cuatro cruzaron sus caminos de las formas más inesperadas y se habían vuelto cercanos durante sus robos, asaltos, y demás fechorías a lo largo de tres estados.

Sin embargo, aunque sus crímenes les bastaban para sobrevivir y no eran tan destacables para volverlos los bandidos más buscados del sur, no estaban del todo seguros de querer seguir en tal línea de trabajo toda su vida.

Dolores esperaba poder visitar a su madre y hermanos algún día, sin temer que alguien la fuera a arrestar; el Loco Kinski soñaba con reunirse con aquellos muchachos de su infancia; Bob Bull no negaba la idea de tener una casa o un pequeño negocio en donde ya no tuviese que estar en tanto movimiento; y el Sr. Curtis añoraba poder realizar sus sueños artísticos, quizá bajo otro nombre o tal vez al otro lado de la frontera, y hacerse conocer más allá de sus hazañas criminales.

Para ello, sabían que necesitaban apuntar más alto o tener mayor visión, y fue por esto que los conocimientos y energía de Rachel McAllister les resultaron tan atractivos.

Poco (o más bien nada) sabían de Rachel cuando la conocieron.

A diferencia de ellos, no tenía reputación criminal, ni siquiera experiencia.

Todo cuanto sabían era que, tras haberlos visto asaltar un banco en Nuevo México, la joven de vestidos finos y que parecía una muñeca de porcelana apareció sentada ante ellos en su campamento.

El cómo los había rastreado, lo desconocían.

Estaban en medio de la nada y ni los agudos oídos del Loco Kinski fueron capaces de oír su arribar, pero ahí estaba.

Sentada con toda calma, preparando un café y con una sonrisa confiada pero amable que bañaba en aquella bebida caliente y llena de azúcar – elemento que parecía acelerar su ya acelerado hablar.

─¡Buenos días, caballeros y dama! ─les saludó, despreocupada─. Mi nombre es Rachel Olsen, y quisiera discutir algunas ideas de negocios con ustedes.

La primera reacción de sus próximos compañeros al verla fue variada.

El Loco Kinski quiso arrojarse a ella y tomarla prisionera; el Sr. Curtis sólo sonrió, encantado de tan bella e idílica imagen; y Bob Bull pensó que había bebido demasiados tragos otra vez.

Sólo Dolores mantuvo la calma. La violencia no lo era lo suyo y aunque Rachel era su tipo de mujer, nunca se dejaba llevar por una cara bonita.

Accedió a las peticiones de Rachel y el par de mujeres conversó respecto a las aspiraciones de Rachel.

─He estado siguiendo su carrera y creo que tienen mucho qué ofrecer ─les dijo─ .

Y yo estoy aquí para ayudarlos con ello.

Sus robos y forma de trabajar son admirables por decir lo menos.

¡Adoro cómo no se reportan incidentes violentos durante sus robos!

Fuera de su amigo de los ojos salvajes, el resto de ustedes no cuenta con homicidios.

─No de los que se hablen… ─Dolores trató de mantenerse amenazante.

Rachel rio bajo su taza de café.

─Claro ─siguió─. En fin, el punto es que me gusta cómo trabajan, y creo que si uniésemos fuerzas, podríamos cosas realmente grandiosas.

─Ajá… ¿Cómo qué? ─cuestionó Dolores.

Rachel hizo una breve pausa y miró fijamente a los ojos de la bandida.

─Como robarle un par de cientos de miles de dólares a la compañía de trenes.

La pandilla de Dolores, hasta entonces meramente intrigada por Rachel, pareció cargarse de una energía eléctrica ante tal propuesta.

─¿Estás loca? ─rio Dolores─. Ese es el tipo de cosa que hace que a una la atrapen y la ahorquen en cuestión de días.

─No si sabes hacerlo bien ─contestó Rachel, con toda confianza.

La idea le seguiría pareciendo descabellada a Dolores, pero, de nuevo, había algo en la confianza y actitud en general de Rachel que la hacían imposible de rechazar.

Tras unas horas de conversación, Dolores accedió a colaborar con Rachel, y cuando el primer robo fue un éxito y el segundo aún más, no hubo nada más qué cuestionarle.

Rachel se convirtió así en la quinta integrante (y líder) de la pandilla, y su amable actitud y genuino deseo de compartir su fortuna con quienes más lo necesitaban la hicieron ganarse el corazón de un grupo de individuos en cuyas personas no había realmente maldad, sólo necesidad, y que deseaban haber podido conocer a alguien como Rachel en sus tiempos de mayor vulnerabilidad para no hallarse en la vida de los proscritos.