Bounty & the Fool 5 Estación a Estación (Parte 1)
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5 Estación a Estación (Parte 1)

Aunque ni Jack ni mucho menos Jefferson podían saber si Rachel caería en su elaborada trampa, no tenían más opción que continuar su plan.

Desde luego, eran los únicos en conocerlo y se esforzaron en mantener la mayor discreción posible, evitando reuniones en público; y habían tenido mayormente éxito, excepto, claro, por el elegante y pedante fisgón de Alan Theroux.

Para Alan, la cuestión era de lo más intrigante.

Se había percatado de la reacia actitud de Jefferson a seguir su consejo de poner una recompensa mayor por Rachel, y aunque si bien el dueño del ferrocarril finalmente accedió a esto en un intento de evitar las sospechas, la interrogante de su actitud nerviosa y que se había mostrado en exceso ocupado como para no reunirse con el banquero, el alguacil, o incluso el alcalde, pero sí capaz de encontrarse con un caza recompensas, convencía a Alan de que Jefferson tenía un interés personal en la bandida del ferrocarril; y pese a que no tenía pruebas, sí contaba con la voluntad de llegar al fondo del asunto a como diese a lugar.

Después de todo, su honor estaba en juego y se había jurado quitarle esa sonrisa petulante a la hermosa ladrona de trenes por mano propia.

Por lo tanto, que Alan estaba al pendiente de los movimientos de Jack y Jefferson, y cuando el día del plan llegó, se aseguró de estar presente.

Siguió a Jack desde que salió del hotel y con toda precaución.

Ingenioso como era, Alan se evitó de revelar su presencia caminando al otro lado de la calle y con dos calles de distancia.

Luego, cuando llegó a la estación de tren, esperó a que cinco personas pasasen antes que él para luego preguntar por el tren al que Jack abordaría (con un pequeño soborno, claro) y compró el mismo boleto.

Finalmente, mantuvo un ojo bien puesto en Jack al otro lado de la estación en lo que esperaban, y vio sus sospechas confirmadas cuando Jefferson arribó minutos antes de salir.

Fieles a su idea de no reconocerse públicamente, Jack y Jefferson no se reunieron.

Únicamente compartieron una breve mirada y suave asentir de cabeza con el que concluían los últimos detalles de su plan.

Para entonces el tren, aquella magnífica bestia de acero de color negro con preciosos bordes dorados, acababa de llegar y se disponía a partir; y la gente comenzaba a abordarla ya.

Así pues, tras aquel acuerdo visual, Jack se incorporó del asiento en el que había estado esperando y se encaminó a su vagón, con un pequeño equipaje de mano y vistiendo un traje café que lo hacía lucir como cualquier cosa excepto

un caza recompensas, listo para concentrarse en todos los detalles que este trabajo estaba por traerla, cuando una voz pesada y rasposa le detuvo.

─¡Quítame tus sucias manos de encima!

Jack la reconoció al instante y volteó hacia el antepenúltimo vagón en el cual, efectivamente, Telly McCuster hacía presencia junto a sus secuaces, Stanton y Elam, siendo escoltados por un trío de comisarios.

Sus manos iban estrechamente esposadas y los agentes de la ley iban severamente armados, y, aún así, nada de esto parecía significar algo para Telly, quien se comportaba con la misma brutalidad de siempre.

La gente alrededor se apartaba con terror, y los únicos que parecían tranquilos eran Stanton y Elam. ─Me lleva el carajo… ─suspiró Jack.

Para reafirmar sus palabras, Stanton miró casualmente en su dirección y no tardó nada en reconocerle. Apresurado, Jack se movió rumbo a su vagón, pero fue inútil.

─Oye, Telly ─le llamó Stanton─. ¿No es ese…?

Telly alcanzó a tener un vistazo del caza recompensa en lo que Jack se metía a su vagón, y sonrió.

─¡Pues mira nada más! ─exclamó Telly─. ¡Ese granuja!

─¡Ya, Telly, andando! ─el comisario lo empujó.

Telly no objetó más y entró a su vagón en compañía de sus secuaces. De nada servía seguir protestando y dando problema si un delicioso plan de venganza comenzaba a apoderarse de su mente.

Por su parte, Jefferson estaba incauto del peligro que Telly representaba.

Para él, lo único que importaba en ese momento era Rachel.

Atraparla y ponerla a salvo. Esperaba con todo su corazón que Jack tuviese éxito en su misión y que la próxima vez que viese a la chica que adornaba y daba vida a su reloj de bolsillo fuese en persona.

Acarició el bello rostro de su hija en el reloj y lo guardó, listo para regresar a la oficina, cuando un apresurado movimiento distrajo su vista.

En el último momento antes de partir, justo después del último silbido del tren, Alan corrió a su vagón… el mismo en el que iba Jack.

─¡Un momento, por favor! ─pidió Alan.

Desconfiado como era, había decidido esperar hasta el último instante para estar seguro de que Jack y Jefferson no estuviesen conspirando contra él, y al asegurarse de que Jack iría en ese tren, viéndolo sentado junto a una ventana, corrió a saltar a su interior, distrayendo así la mirada de Jefferson.

El dueño del ferrocarril jadeó con inquietud y dio un paso en falso, como si quisiese advertirle algo a Jack, pero ya era tarde.

El tren comenzó a andar, y lo último que Jack vio de su más reciente empleador fue esa cara de preocupación que claramente le habría revelado algo de haber tenido más tiempo, y que sólo le dejaba la impresión de que debía tener cuidado.

De cualquier forma, tanto el plan como el tren ya estaban en marcha y no había vuelta atrás ni para ellos… ni para los pasajeros que habrían de abordar un par de estaciones más adelante.

El tren pasaría por seis localidades y, a partir de lo que Jack había logrado estudiar respecto a los métodos empleados por Rachel, la bandida solía hacer presencia en las paradas menos ocupadas.

Nadie había reconocido su retratado en estaciones pertenecientes a pueblos grandes, pero sí en estaciones situadas en medio de la nada a las que sólo llegaban o abordaban grupos menores a diez personas; y en el caso de este nuevo trayecto, eso representaba la tercera y cuarta parada.

De manera que, según Jack, sería en estas donde tenía que poner más atención.

La primera parada ocurrió a un par de pueblos de distancia.

Jack mantuvo un ojo bien puesto en las pasajeras que abordaron, pero ninguna de ellas parecía corresponder al perfil de Rachel.

A partir de los relatos de sus víctimas y de su propio padre, Rachel era alguien de buen vestir y que parecería la persona menos probable a robar una cartera, así que su atención se enfocó principalmente en mujeres elegantes y finas, ninguna de las cuales coincidía con la descripción o la imagen de Rachel.

Lo mismo ocurrió en la segunda y tercera parada, y su ojo atento fue ocasionalmente malinterpretado como una señal de flirteo.

Algunas de las mujeres le correspondieron una sonrisa o un asentir de su cabeza, mientras otras se sintieron ofendidas y apresuraron su paso.

Jack prefería esto último. El coqueteo casual no tenía lugar en un trabajo como este, y se evitó de continuarlo con cualquiera de las mujeres que respondieron positivamente a su mirada.

En cambio, se dedicó a continuar la lectura de su libro…

lo cual habría sido mejor si cierta carta no volviese a hacer presencia, esta vez deslizándose de su escondite hasta el suelo.

De nuevo, Jack se congeló brevemente en su presencia.

─¿Tú otra vez? ─preguntó antes de agarrarla─. No me das un respiro, ¿o sí?

Consideró volver a ocultarla profundo en el libro, pero su mano se detuvo de ello.

Algo en la carta lo llamaba a volver a leerla, incluso conociendo su poco agradable contenido.

Se trataba de un sentimiento de masoquismo emocional, no muy diferente al de un picor que sólo empeorará al rascar pero que es imposible de ignorar y que hizo al caza recompensas abrir la carta y repasar aquellas atroces palabras que la llenaban.

Ni siquiera tenía que leerla por completo.

Bastaba con las líneas más devastadoras.

Frases que pedían perdón por no haber podido seguir adelante con un compromiso y que retorcían el puñal en su corazón prometiendo que siempre sostendría un lugar especial en el de su autora.

Decir que se trataba de una carta triste de amor sería quedarse corto.

Era una carta de defunción a todas las esperanzas de un corazón que alguna vez latió con vivacidad y entrega y que ahora golpeaba con un punzante dolor y sin remedio.

Jack sostuvo la carta entre sus manos temblorosas por un momento, olvidando el lugar y el asunto en el que se hallaba, hasta que el movimiento de un reflejo en la puerta de cristal ante él le distrajo.

Asientos atrás, una persona le miraba con atención e inquietud, preguntándose qué leía y cuál era el propósito de su viaje.

Se trataba, desde luego, de Alan, y Jack no necesitó voltearse hacia él para comprender que estaba siendo vigilado y que, probablemente, era este individuo el que había puesto tan ansioso a Jefferson.

Con ello, la mente de Jack regresó al presente y le hizo esconder la carta una vez más para enfocarse en lo que sucedía a su alrededor.

Fijó sus ojos en su libro, pretendiendo leer, pero manteniendo toda su atención en el hombre que lo observaba al final del vagón.

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