4 Víctimas y Protegidos de una Dama con Sombrero
El plan para atrapar a Rachel McAllister estaba en marcha, y aunque Jack y Jefferson sólo podían esperar a que cayese en su ingeniosa trampa, no tenían idea alguna de dónde se localizaba la carismática criminal y su pandilla entre tanto, ni mucho menos qué estaban haciendo.
En realidad (y para bien de Jefferson), poco se sabía de la temeraria Bandida del Ferrocarril, producto, quizá, de su reciente aparición en el mundo forajido.
Más allá de los robos que efectuaba, a diferencia de la mayoría de los ladrones y asaltantes de bancos o trenes, no había registro alguno de sus actividades ni mucho menos de su presencia en ningún pueblo.
Casi era como si se tratase de una fantasma que se materializaba únicamente al realizar robos y que luego desaparecía en la nada.
Desde luego, Rachel no era un fantasma. Alan y otros como él tenían experiencia en mano propia de que ella era una persona muy real y bastante viva.
Sin embargo, así como la joven sabía hacerse notar cuando la ocasión lo requería, también sabía cómo ocultar su presencia, incluso si pasar desapercibida le era algo imposible.
La clave, pues, era hacer que la gente no quisiera hablar de ella y tenía una forma muy eficaz de asegurarse de que su presencia nunca fuese delatada por los ciudadanos comunes.
Lo que Rachel y su pandilla hacían, pues, era buscar por poblados remotos.
Sitios poco llamativos en los que vivían personas olvidadas y que no tenían lugar en la sociedad, no por la crueldad de sus corazones, sino por la crueldad del mundo hacia ellos.
Solitarias viudas con hijos que se partían el lomo en granjas, hombres incapaces de trabajar ante la falta de un brazo o una pierna, y pequeños pueblos sin futuro eran sus principales aliados, y no era difícil entender por qué.
Finalmente, siendo el tipo de persona que más ayuda requería, menos negaría recibir una jugosa paga a cambio de su silencio – y vaya que en verdad era jugosa.
Rachel y los suyos gastaban aproximadamente el noventa por ciento de sus robos en tales individuos, así como también en comida, ropa, medicina, y toda otra cosa que pudiesen necesitar y que ellos les regalaban como si nada.
¿Y lo más curioso de todo? Ni Rachel ni su pandilla sentía necesidad de explicar quiénes eran, por qué hacían esto, o solicitarles más que un lugar donde dormir o un plato de comida.
La gente con la que interactuaban no tenía la más mínima de quiénes eran o a qué se dedicaban.
¿Cómo podían? Sus vidas ya eran lo suficiente complejas como para estar al pendiente de los problemas de otros, en especial de aquellos que involucraban al tipo de gente adinerada que les pusiese en tal precariedad.
Únicamente alcanzaban a informarse si algún alguacil o comisario pasaba por su localidad, lo cual era poco probable, y les mostraban los pósteres de “Se Busca”.
Entonces, todo el misterio de quiénes eran esos extraños visitantes quedaba resuelto, pero no así el por qué les otorgaban tantos bienes.
En cualquier caso, la amabilidad de los extraños era preferible a la advertencia de los enemigos, y nadie decía nada respecto a Rachel o los suyos.
Por lo tanto, que se trataba de una táctica eficaz para mantenerse ocultos.
Sin embargo, poco a poco, entre más éxito tenía su pandilla y más fracaso tenían los hombres de ley que los buscaban, los pósteres comenzaban a multiplicarse a través de varios poblados, convirtiendo a Rachel rápidamente en una de las criminales más buscadas.
A Rachel, no obstante, esto la tenía sin cuidado.
─¡Oh, mira eso! ─se mofó al encontrarse con alguno de sus pósteres─. Soy más bonita que lo que pintan aquí, ¿cierto?
Dolores, quien fuese su más cercana secuaz, soltó una risa.
─Sí, por supuesto ─respondió─. Y no te preocupes, no importa cuánto ofrezcan de recompensa por ti, la gente no te entregará. Te los has ganado.
─Lo sé y no me preocupo ─siguió Rachel─. Sólo me divierte la ironía de llamar “criminal” a quien roba al peor tipo de bandido – el que tiene la ley de su lado. ¡En fin! Vamos a comer algo, ¿sí, Dolores, querida?
Su actitud despreocupada divertía a Dolores (y a sus demás secuaces), si bien su mano derecha no dejaba de temer que, quizá, Rachel confiaba demasiado en su brillantez y en la reciprocidad de la amabilidad de los extraños y que no le vendría mal ser un poco más precavida.
Desde luego, Dolores, al igual que el resto, desconocía en lo absoluto del vínculo entre Rachel y el dueño de la compañía ferrocarrilera.
Para ellos, Rachel no era sino una enigmática y curiosa mujer de gustos finos y corazón rebelde, que decía haber perdido su padre a causa del ferrocarril y que, desde entonces, buscaba venganza contra esta compañía y todo ricachón que hacía su fortuna a partir del sufrimiento ajeno.
Ahora bien, aunque la pandilla solía viajar a través de poblados remotos y hallar refugio con varios de aquellos curiosos y torturados personajes, sí poseían su propio escondite – una vieja iglesia abandonada en el este.
A simple vista, no parecía la gran cosa.
No lo era. No en realidad. Consistía meramente en un conjunto de paredes semi destruidas, con un techo derribado por su mitad, y un montón de arbustos y matorrales que remarcaban el poder interminable de la naturaleza por sobre una doctrina humana; y, aún así, era un lugar más que suficiente para el susodicho quinteto.
En sus interiores, Rachel y su pandilla se habían aposentado cómodamente.
Tenían algunos muebles, prendas, y alimento.
Todo lo que necesitaban para sobrevivir y un poco más, y se hallaban ahora discutiendo su próximo movimiento.
Rachel se probaba diferentes sombreros de la más alta calidad frente a un espejo roto, haciéndola lucir como la dama más respetable del estado, mientras Dolores, sentada sobre un barril a unos pasos de ella, degustaba de una manzana.
Atrás, el Sr. Curtis tocaba una guitarra que daba armonía a la escena, mientras Bob Bull y el Loco Kinski jugaban póquer en un rincón.
─Y ¿qué sigue ahora, jefa? ─le preguntó Dolores.
─Ahora… procedemos hacia nuestro siguiente objetivo, Dolores, querida. Conoces el plan ─le dijo Rachel, probándose otro sombrero.
Sonrió ante el reflejo de su imagen, pero algo no parecía correcto y arrojó el sombrero sobre una pila de otros rechazados.
─El plan era robar algo de dinero y desaparecer ─siguió Dolores─. Robar un tren está bien, dos es genial, tres es suficiente. Después de eso, comenzamos a llamar la atención y ninguno de nosotros quiere eso.
─¡Habla por ti misma, hermana! ─exclamó el Loco Kinski.
─Tú estás loco. No cuentas ─contestó Dolores.
Todos soltaron una pequeña risa, incluso la misma Rachel.
─En verdad, Rachel, ¿no crees que tres es suficiente? ─continuó Dolores─. Quiero decir, con el dinero que tenemos ahora…
─Podemos irnos, pero no con un “bang” y nos merecemos el “bang” más grande que podamos conseguir, ¿no crees? ─contestó Rachel.