Bounty & the Fool 3 La Propuesta de un Padre Angustiado
19%

3 La Propuesta de un Padre Angustiado

Caída la tarde, Jack se retiró a descansar.

Aunque como todo buen caza recompensas no tenía una casa, ni siquiera un pueblo o ciudad a la que pertenecía, gozaba de tener la oportunidad de reposar en un hotel, cuarto, o cualquier sitio que fuese cálido, cerrado, y con disponibilidad de comida y bebida.

Generalmente, al estar trabajando, tenía que pasar muchas noches durmiendo en lo salvaje, junto a fogatas en fríos desiertos o acechadores bosques.

En ambos escenarios, su dormir no era profundo, alerta como tenía que estar de cualquier sonido, movimiento, o cambio de temperatura.

De manera que, si bien muchos de los hoteles que visitaba no tenían las mejores camas o condiciones, no le molestaba tener que enfrentar cucarachas o quitar sábanas sucias siempre que su espalda pudiese reposar un poco más y su estómago lleno con comida caliente y más sofisticada que el animal que tuviese que matar o carne seca.

Así pues, que durante su breve estadía en Carson City, alquiló una habitación en el mejor hotel que podía encontrar (o pagar), el Hotel Atardecer, se compró una buena cena y se dispuso a disfrutar del ambiente.

Como todo hotel del oeste, contaba con una colorida atmósfera al atardecer que consistía en incontables jugadores de naipes, ebrios, y no pocas prostitutas buscando ganarse la vida, mientras alegre música de piano sonaba, creando la perfecta combinación de júbilo y decadencia que haría feliz a cualquier hombre.

Jack, no obstante, no era cualquier hombre, y aunque no podía negar que disfrutaba de la alegría del ambiente, de la melodía e incluso de la cacofonía de conversaciones que le hacían recordar algo otrora constante y ahora lejano, prefería estar en el entorno sin formar parte de él.

Tomó asiento en la esquina más remota y oscura, iluminada sólo por un par de velas para poder continuar leyendo un libro, Los Pesares del Mañana , y disfrutó de una buena cena y otro vaso de zarzaparrilla.

El libro, un elaborado drama sobre un hombre que abandonaba su hogar en Europa para buscar aventuras en América y ser decepcionado, no le era desconocido.

Lo había leído, cuando menos, dos veces antes, pero en dichas ocasiones la vida era completamente diferente, y consideraba que toda buena obra literaria cambiaba su significado dependiendo el momento en el que se leyese.

La primera vez encontró el libro depresivo e incómodo; la segunda, una revelación de la vida misma; y en esta tercera le parecía más bien un fino balance entre la percepción del ser de su destino y del papel que factores externos jugaban en la vida de uno.

Le era, por lo tanto, algo que le fascinaba al punto de olvidarse de cualquier cosa a su exterior…

e incluso al interior del mismo libro, donde, al pasar a la siguiente página, halló una carta doblada.

Pequeña, bien cuidada, y con un intoxicante aroma de perfume de lavanda, el objeto, que para muchos podría parecer inofensivo o incluso ridículo, causó en el caza recompensas un súbito congelar como si acabase de encontrarse con el peor asesino de todo el país.

El sonido desapareció a su alrededor y su corazón saltó un latido antes de que pudiese enfrentar a su diminuto enemigo.

─Creí que te había puesto en otra parte ─dijo, animándose a agarrarla.

La ocultó varias páginas después en el libro y reanudó su lectura, forzándose a ignorar el contenido de la carta y el peso que carreaba consigo para poder continuar con lo que, hasta entonces, había sido una tarde agradable, cuando una alta sombra apareció delante suyo.

Una sombra que vestía un costoso traje gris, posiblemente más caro que un pueblo entero, pero que ante el caza recompensas se mostraba tímida e insegura, sosteniendo un sombrero de bombín entre un par de manos finas. Era Jefferson.

─¿Sr. Logan, creo? ─preguntó─. Jefferson McAllister, del ferrocarril.

Jefferson le extendió la mano. Jack titubeó un momento.

Sabía que una presencia así no le traería buenas noticias, pero tampoco convenía rechazarla de golpe.

Dejó pasar un segundo y la estrechó. La diferencia entre ambas manos era notable.

Mientras la de Jefferson era lisa y suave, la de Jack era áspera y dura.

─¿Cómo le va? ─saludó Jack.

─¿Puedo hablar con usted? ─preguntó Jefferson, aún temeroso.

─Pensé que era lo que estábamos haciendo ─repuso Jack.

─Cierto. Ah. ¿Puedo sentarme?

Jack asintió la cabeza y Jefferson se sentó frente a él, aún con esa actitud nerviosa y mirando constantemente de un lado a otro como si le preocupase que alguien le viese o, peor aún, lo reconociese.

Tratándose de uno de los hombres más ricos del condado, esto era una cuestión imposible, como advirtió la llegada de una mesera.

─¿Puedo traerle algo…? ─preguntó antes de ver a quién se dirigía─. ¡Oh! ¡Sr.

McAllister! ¡No lo reconocí!

Jefferson se encogió en sí – algo inútil, tratándose de un hombre alto y bastante distinguido, y que sólo delataba su preocupación ante el caza recompensas.

─Está bien ─dijo Jefferson─. Uh, ¿puede traerme un…? Ah, ¿qué está tomando, Sr. Logan? ¿Brandy? ¿Coñac? ¿Escocés?

─Zarzaparrilla ─respondió Jack.

─¿Qué?

─Zarzaparrilla ─dijo la mesera─. Una bebida dulce.

─Oh ─siguió Jefferson─. Pediré de una de esas entonces, y una para mi amigo aquí, ¿sí? ─sonrió a Jack, tratando de hacerse buena impresión ante él.

─Si insiste… ─contestó Jack.

─¿Está seguro? ─cuestionó la mesera─. No tiene alcohol.

─¡¿No lo tiene!? ─exclamó Jefferson, desconcertado y mirando a Jack.

El caza recompensas se encogió de hombros.

─¡Es una bebida para niños! ─dijo la mesera.

Jack suspiró. Había oído este argumento muchas veces antes y le fastidiaba.

─No ─dijo─. Es una bebida que los niños pueden tomar.

─¿Y es un caza recompensas? ─cuestionó Jefferson, todavía confundido.

─¡Sí! ¡¿Cuál es el problema?! ─se defendió Jack.

─¡Ninguno! ¡Ninguno! ─dijo Jefferson─. Dos bebidas para niños, por favor.

La mesera se retiró y Jack colgó la cabeza.

─No es una bebida para niños ─dijo hacia sí─. ¿Qué puedo hacer por usted, Sr.

McAllister?

─Bueno, me gustaría contratar sus servicios ─respondió Jefferson.

─Ya lo pensaba ─suspiró Jack─ Escuche, no sé qué habrá oído, pero yo sólo busco personas buscadas por la ley.

No soy un pistolero a sueldo para matar a alguien.

─No, no. Todo lo contrario ─corrigió Jefferson─.

Yo no quiero que mate a nadie. Yo quiero que encuentre a alguien que de otra forma será asesinada.

Esto cautivó la atención de Jack, y durante los siguientes minutos, Jefferson explicaría su particular caso, mostrándole al caza recompensa algunas fotos de Rachel.

─Se trata de mi hija, Rachel ─dijo Jefferson─. Verá, se metió en unos problemas y quiero que la traiga de vuelta.

─Siento que la he visto en algún lugar antes ─comentó Jack.

─Seguramente lo ha hecho ─siguió Jefferson─. Hay una recompensa por ella.

Jefferson sacó entonces uno de los pósteres de “Se Busca” del interior de su saco, y tan pronto como Jack vio lo que se ofrecía por ella y los cargos que le acusaban, alzó sus cejas con absoluta sorpresa.

─¡¿Diez mil dólares!? ─exclamó─. ¡¿Por ella!?

─¡¿Podría bajar la voz!? ─reclamó Jefferson─. ¡Esto es privado!

─¡Lo siento! Es sólo que me sorprende. ¿ Ella robó algunos trenes?

─No sólo unos trenes. ¡Mis trenes!

─¡¿Qué!? ¿Por qué?

─Hijas. Usted sabe cómo son…

─No en realidad ─contestó Jack.

─En cualquier caso, quiero que la encuentre y la traiga antes de que… ─¿Alguien se vea tentado a colectar su recompensa?

─Exactamente ─dijo Jefferson─. Y sólo para que usted mismo no se vea tentado, le pagaré dos veces el dinero que ofrecen por ella. ¿Le parece bien?

─Pues, supongo que sí ─dijo Jack, con duda─. Pero no lo entiendo. ¿Por qué yo? Quiero decir…

─Hablé con el alguacil y me dijo que usted siempre trae a sus recompensas con vida, así que pensé que eso era una buena señal ─explicó Jefferson─. ¿Y bien? ¿Qué dice, Sr. Logan? ¿Me ayudará?

─Bueno, para empezar, estoy halagado ─dijo Jack─. Pero todo este asunto suena demasiado confuso.

─Pese a cómo suene, creo que la paga es más que justa ─señaló Jefferson.

─Pues, sí. Sí, lo es…

─Y de lo que he escuchado, usted está acostumbrado a lidiar con brutales bandidos y asesinos. Esta es sólo una chica confundida cuyo padre quiere salvar. No debería ser tan difícil, ¿o sí? ─Jefferson miró a los ojos de Jack, casi rogándole que aceptase su petición.

Para Jack, involucrarse en temas y problemas personales no era una buena idea. Legalmente era riesgoso y consideraba a su vez que no era su lugar. Sin embargo, algo dentro de su ser le evitaba poder rechazar la petición de un padre angustiado.

─No, supongo que no ─suspiró Jack─. De acuerdo, Sr. McAllister, discutamos la posibilidad de encontrar a su hija.

Una gran sonrisa (y un gran alivio) se apoderó de Jefferson y procedió a explicar todo tipo de detalles referentes a Rachel, sus robos, y todo lo que sabía de su creciente vida criminal…

incauto, desde luego, de una presencia que acababa de ingresar al hotel en compañía de sus amigos.

Bromeando y jugando como los vivaces hombres jóvenes que eran, Alan llegaba junto a Bill y Harold, buscando por algo de diversión para pasar la noche, cuando el hijo del banquero se percató de la presencia del dueño del ferrocarril y el caza recompensas, hablando en voz baja y con evidente conspiración.

Alan titubeó por un momento, queriendo acercarse a averiguar más al respecto, pero sus amigos se lo impidieron, jalándolo a un juego de faraón. Alan no pudo rechazar la propuesta, pero sabía que Jefferson se traía algo… y habría de averiguarlo.

*****