Bounty & the Fool 2 El Predicamento y el Caza Recompensas #2
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2 El Predicamento y el Caza Recompensas #2

Los hombres descendieron de sus caballos afuera del banco.

Echaron un vistazo alrededor, asegurando de que no hubiera fisgones, y, con paso veloz, agarraron un par de escopetas e irrumpieron en el edificio.

Medio instante después, el grito de una mujer se oyó y fue seguido por dos disparos que aceleraron el robo.

Jack sonrió hacia sí. Puso su bebida aparte, agarró su sombrero, y subió a su caballo, dejando el pueblo discretamente mientras algunos delegados corrían al banco.

Conociendo a la pandilla de Telly como lo hacía, sabía que enfrentarse a ellos a calle abierta era inútil y que no tardarían en escapar.

Así lo habían hecho en más de veinte pueblos, y no parecía muy probable que este fuese la excepción.

De manera que lo mejor que podía hacer era justo lo que tenía planeado – esperar por ellos en su escondite.

Habiendo estudiado el modus operandi del trío y las rutas por las que escapaban, así como la geografía de los lugares aledaños, sabía que el único punto en el que ellos podían ocultarse era en las entrañas del Cañón Dorado, y en lo que ellos cometían su más reciente crimen y se agarraban a balazos con unos cuantos delegados y valientes, Jack aprovechó para esperarlos ahí.

No se equivocó. Tres horas después del robo, el trío llegó a su escondite.

Como era de imaginarse, se trataba de un sitio rebuscado y complejo de accesar.

Para llegar a él, había que pasar por un estrecho camino entre las paredes de rocas en las que solo una persona cabía a la vez y que luego requería escalar unas cuantas rocas, esquivar unos espinosos arbustos, y agacharse para no golpearse la cabeza con lo bajo que era el techo de roca en el trayecto final…

todo lo cual lo volvía un escondite ideal.

El trío arribó, incauto de la cuarta presencia que los vigilaba desde detrás de los arbustos, aguardando por el momento ideal para revelarse.

─¡Malditos bastardos! ─gritó Stanton─. ¡Casi me volaron la maldita oreja!

Efectivamente, un roce de bala había volado parte de su oreja izquierda.

─¡Cuando menos te volaron la mitad! ─rio Elam.

─¡Malditos! ─siguió Stanton.

─¡Basta ya! ─gritó Telly─. No tiene caso llorar sobre la leche derramada. ¡Veamos el botín, mejor!

El trío se sentó en círculo a contar el dinero robado – o, cuando menos, Telly.

─Uno, dos, cinco… ─contó.

─Así no es como se cuenta, Telly ─dijo Elam.

─¡Cállate! ─gritó Telly y continuó contando en silencio.

Stanton tocó su media oreja y continuó lamentándose, mientras Elam miraba el dinero con las ansias de una mosca esperando su comida. Ninguno de los tres se percataba en lo más mínimo de la sombra que ahora se movía detrás de los arbustos.

─Ahora sólo escucharé la mitad de las cosas que me dicen ─se lamentó Stanton. ─Ocho, nueve, ¡diez! ─exclamó Telly─. ¡Tenemos diez mil dólares, muchachos!

─¡¿Diez mil!? ─gritó Stanton, emocionado.

─Tu oreja se puso muy bien de repente, ¿no es así? ─repuso Telly─. Sí. Diez grandes.

─Dividido por tres eso es… ─Elam trató hacer la cuenta.

─¡Cinco mil cada quien! ─exclamó Stanton.

─¡No seas idiota! ─dijo Telly─. Son tres mil… y algo. Pero yo soy el líder, así que tomaré la mayor parte. Cinco para mí, cinco para ustedes.

Telly dividió el dinero a la mitad. Elam frunció el cejo, disgustado.

─Eso es lo que decía, cinco cada quien ─dijo Stanton.

─No entiendes, Telly nos está robando ─Elam lo corrigió.

Telly lo jaló por su camisa con absoluta furia.

─¡Yo no les estoy robando nada! ─gritó.

─Sí, les estás robando… ─la voz de Jack interrumpió la escena.

El trío volteó hacia Jack, quien ahora yacía parado frente a ellos, encendiéndose un cigarrillo hecho a mano.

─Por otro lado ─siguió─, hay un dicho que dice que ladrón que roba a ladrón… ─…Tiene cien años de perdón ─Telly completó el dicho.

Jack soltó una risa, Telly copió el gesto, Stanton y Elam se mantuvieron confundidos, y entonces… ¡Telly trató de agarrar su arma! Sus secuaces le siguieron, pero ¡Jack fue más rápido! Para el momento en que sus manos se posaron sobre sus armas, Jack les apuntaba ya con su revólver.

─No hagamos de esta una ocasión triste, señores ─les dijo─. Tienen mucho qué celebrar… y yo también.

─¿Sí? ¿Y qué tienes tú que celebrar, eh? ─preguntó Telly─. ¿Quién carajo eres?

─Soy la persona a la que le entregarán el dinero o sus vidas. Ustedes elijan.

─¿Nos…? ¡¿Nos estás robando a nosotros!? ─exclamó Stanton.

─Estás blufeando ─dijo Telly─. Si quisieras matarnos, ya lo habrías hecho.

─La noche aún es joven ─sonrió Jack.

─Te crees muy gracioso, ¿no? ─dijo Telly─. ¡Veamos si te ríes con esto!

─¡No! ─Jack trató de detenerlos.

Telly intentó desenfundar y Stanton y Elam le siguieron, pero, de nuevo, Jack fue más rápido y con tres disparos dejó a los bandidos fuera de combate y abrazando, en cambio, una mano o brazo heridos.

─¡Maldita sea! ¡Primero mi oreja y ahora mi mano! ─gritó Stanton.

─¡Maldito granuja! ─exclamó Telly.

Telly trató hacerse del arma con su otra mano, pero Jack la pateó, luego apuntando su arma al rostro de Telly.

─¡Basta ya! ─le dijo─. Ya usé tres balas para desarmarlos, no me hagan usar las siguientes tres en matarlos.

Telly escupió en su bota.

─¡No tienes las agallas! ─le desafió.

─¡Maldita sea, Telly, no lo provoques! ─gritó Stanton.

Jack sostuvo su arma contra el rostro de Telly por un momento, tenso… y la bajó, en cambio concediéndole una sonrisa.

─Tienes razón ─dijo─. No las tengo.

Telly frunció, no comprendiendo cómo esto era algo que podía jugar a favor de Jack.

En realidad no se trataba de algo complejo.

Si bien Jack no quería usar su arma para matar a Telly, no se negó en usarla para dejarlo inconsciente, y con un golpe a su frente bastó para que el brutal bandido perdiese la consciencia un par de horas.

Stanton y Elam, menos desafiantes que su líder, se abnegaron a seguir las órdenes del caza recompensas y ayudaron a atar a Telly de manos y luego a su caballo.

Jack hizo lo propio con ellos, y para el final del día, el trío marchaba ya, atados al corcel del caza recompensas, por ni más ni menos que Carson City – la ciudad más cercana a su escondite.

Jack los entregó entonces al alguacil y recibió a cambio una jugosa paga.

─Cinco mil dólares por Telly McCuster y su pandilla ─exclamó el alguacil al terminar de darle el último billete─. Nada mal.

─No fue tan difícil ─sonrió Jack, guardando el dinero en su gabardina.

─¡¿Cinco mil dólares!? ─se mofó Telly─. ¡Debiste quedarte el dinero, granuja!

─¡Habría sido tres veces más! ─secundó Stanton.

─¡Dos! ─corrigió Elam.

─¡Cállense! ─Telly les arrojó unas patadas.

Jack sólo sonrió ante su discusión. Había cierta ternura en ese trío, incluso si no eran más que unos imbéciles violentos.

─¡Sonríe todo lo que quieras, amigo! ─advirtió Telly─. ¡Pero un día nos volveremos a encontrar y ya verás entonces cuánto te dura esa sonrisa!

─Sea amable con ellos, alguacil ─pidió Jack─. La inteligencia no es su fuerte.

Telly trató patearlo en vano, cayéndose sobre su trasero y siendo empujado a la cárcel junto a Stanton y Elam. Jack montó su caballo y vio al trío desaparecer dentro del pequeño edificio, y sacudió la cabeza con decepción.

─Algunas personas no saben apreciar la amabilidad… ─dijo hacia sí.

Se retiró entonces a un esperado y merecido descanso… incauto, por completo, de que una persona lo veía con atención desde su oficina al otro lado de la calle. Se trataba ni más ni menos que de Jefferson, quien hallaba así una solución a su predicamento.