2 El Predicamento y el Caza Recompensas
La noticia del robo no tardó en llegar a todos los condados aledaños.
Si bien no era extraño que hubiese asaltos a trenes o bancos, el hecho de que este fuese efectuado por una mujer, por no decir que se trataba del tercero en menos de un mes, volvía al tema uno de qué hablar.
¿Quién era esta bandida coqueta y atinada y cómo tenía tanto conocimiento respecto a qué trenes robar, cuándo y de qué manera hacerse de su botín?
Ciertamente su imagen se había plasmado ya en incontables pósteres de “Se Busca”, más su nombre e identidad real eran absolutamente desconocidos para todos (o al menos la mayoría), y la gente no podía hacer más que referirse a ella como “La Bandida del Ferrocarril”.
Pero lo que más inquietaba al dueño de la compañía ferrocarrilera, el Sr. Jefferson McAllister de Carson City, Nevada, era qué hacía con todo el dinero que robaba.
─¡Maldita sea! ¡Maldita sea! ¡Maldita sea! ─exclamó conforme leyó la más reciente noticia de la temeraria bandida en el periódico─. ¡Es la tercera vez este mes! ¡¿Quién se cree que es!?
Jefferson, un hombre de sesenta años, alto, galante, de barba blanca y que optaba por vestir los más finos trajes, a menudo de color gris, arrojó el periódico sobre su escritorio y se dejó caer de sentón sobre su acolchonada silla mientras resoplaba con estrés.
No estaba solo. Delante de él se encontraba el Alcalde, el Banquero, y el Alguacil, todos vestidos en prendas propias de su trabajo y circulando los sesenta años.
─Creo que la verdadera pregunta aquí es ¿ quién es ella? ─dijo el banquero, un hombre bajo y bastante robusto─. ¡¿Cómo sabe con tanto detalle qué trenes atacar y cómo abrir esas malditas cajas fuertes!?
Jefferson guardó silencio por un momento, incómodo.
─Yo creo que lo importante aquí es detenerla ─dijo ahora el alcalde, con toda la resolución propia de un político, y con la misma cantidad de propuestas vacías─. Alguacil, ¿por qué no ha hecho nada al respecto?
─Está fuera de mi jurisdicción ─respondió el alguacil, un hombre bigotón y tosco, en apariencia valiente pero que no haría más de lo que debía─. Y con todo respecto, Sr. McAllister, no puedo vigilar un tren durante todo su trayecto. Ese no es mi trabajo.
El alcalde agarró el póster de Rachel, echando un vistazo a su retrato, acertado en su mayoría, salvo por mostrarla con una mirada más fría de la que tenía en verdad.
─¿Quién es esta terrible mujer? ─exclamó el alcalde.
─Yo les diré quién es… ─una quinta voz sonó detrás suyo.
Detrás del trío, Alan yacía sentado en una silla, con el brazo envuelto en un cabestrillo y actuando con toda la confianza y arrogancia que le había caracterizado en el tren.
Gustoso de ser el centro de atención, se levantó y caminó por la oficina, observando las decenas de pequeñas maquetas y figuras de trenes que decoraban el lugar.
─Es una provocadora ─dijo─. Una bufona. Una mujerzuela que usa los regalos que el buen Señor le dio para hacer lo que quiera. Trató usarlos conmigo. Trató de engañarme. Pero fácilmente pude notar que había algo malo con ella ─presumió.
─Si lo hizo, ¿por qué no la detuvo? ─cuestionó el alguacil.
Alan guardó breve silencio.
─Es una dama ─se explicó─. O pretende serlo, cuando menos. Y de donde yo vengo, respetamos a las mujeres. Siempre lo he hecho y siempre lo haré. Pero el punto aquí es ─agarró el póster de las manos del alcalde─, que ella es una sabandija. Una terrorista. Y debe ser detenida a cualquier precio.
─Quizá podría contratar algunos guardias ─propuso el alcalde.
─Podría… pero sería caro ─contestó Jefferson.
─Además, con los conocimientos que la muchacha parece tener, seguro encontraría cómo evadirlos ─agregó el alguacil.
─Cierto, eso también ─agregó Jefferson con rapidez.
─¡Tonterías! ─exclamó el banquero─. ¡¿En verdad cree que eso sería más caro que seguir cubriendo las pérdidas de cada robo!?
Jefferson volvió a guardar silencio, de nuevo incómodo.
─Hay, desde luego, otra opción ─dijo ahora Alan.
Los hombres regresaron su atención al muchacho mientras se servía un vaso de whisky, y adorando cada instante del suspenso.
─Poner una recompensa a su cabeza ─dijo.
─Ya tiene una ─contestó el alguacil.
─¡No una del gobierno! ─se mofó Alan─. Hay demasiadas miseras recompensas para ladrones de bancos y bandidos patéticos.
─¿Miseras? ─el alguacil no creía que mil dólares fuese algo mísero.
─Hablo de una recompensa privada ─siguió Alan─. Cinco, no… ¡diez mil dólares!
─¡¿Diez mil dólares!? ─exclamó el alcalde─. ¡¿Por una mujer!?
─Centavos en comparación de lo que ella ha robado, ¿no creen? ─dijo Alan─.
Quiero decir, tres robos, ¿cuánto dinero es eso? ¿Ochenta mil dólares? ¿Cien mil?
─Ciento veinte mil dólares, hijo ─dijo el banquero.
─¿Qué hace siquiera con el dinero? ─se cuestionó Jefferson.
─¡Ahí tienen! ─siguió Alan─. Pongan esa recompensa por su cabeza y les garantizo que la tendrán aquí en menos de dos semanas, viva o muerta.
─¿Muerta? ─Jefferson pronunció con terror.
─Lo correcto sería traerla aquí para que la ahorquen, como la ley dicta ─dijo el alguacil.
La mirada de Jefferson brincó del alguacil a Alan, inquieto.
─Sí, bueno, mejor viva que muerta, claro, pero uno no puede ser quisquilloso, ¿o sí? ─dijo Alan─. Quiero decir, esa mujer y su pandilla… Son terribles. ¡Terribles! ¿Y bien? ─miró a Jefferson con confiada sonrisa─. ¿Qué dice, Sr. McAllister?
La atención se puso sobre Jefferson. Dio un trago de saliva y dijo lo primero que se le ocurrió.
─Lo tomaré en consideración. Ahora, si me disculpan, tengo otros asuntos que atender ─se levantó y los escoltó fuera de la oficina.
La sonrisa desapareció del rostro de Alan, desconcertado por el que alguien no le escuchase. Trató continuar su argumento, pero Jefferson le cerró la puerta en la cara a él y a los otros tres, dejándolos perplejos y mirándose entre sí.
─Vaya, ¿qué se le habrá metido? ─el alcalde sopló una risa.
El alguacil y el banquero se encogieron de hombros, y se retiraron.
Alan, por su parte, se mantuvo atrás por un momento, con el ceño fruncido, dudoso, pero decidido.
Sabía que había algo que Jefferson le ocultaba, y habría de averiguarlo tanto como se propondría encontrar a Rachel a como diese a lugar.
Por su parte, Jefferson, ahora a solas, apoyó su espalda contra la puerta y respiró pesadamente, dejando escapar toda la angustia que debió ocultar durante la reunión.
Sus pensamientos volaban en mil direcciones, pero regresaban hacia una sola cosa, aquella joven cuya foto se mostraba en su pequeño reloj de bolsillo ¡y que no era otra que Rachel!
─Maldita sea, Rachel ─Jefferson acarició la foto con su pulgar─. ¿Qué has hecho?
Su mente pasó entonces de esta pregunta a qué podría hacer él y cómo hacerlo sin que nadie se diese cuenta. Una respuesta aparecería al día siguiente.
*****
A unos pueblos de distancia de Carson City, otro hombre admiraba su reloj, aunque no por contemplar la foto de una hija fugitiva ni de ninguna otra persona, en realidad, más bien interesado en la principal función de un reloj de bolsillo – decir la hora.
Estas eran las 11:49 de la mañana y el clima ciertamente anunciaba el arribar del mediodía.
El calor iba incrementando, las sombras se reducían, y el pueblo estaba en bastante movimiento.
Gente trabajaba, algunos cuantos paseaban, y unos más simplemente parecían ver el día pasar.
Tal era el caso del dueño de este segundo reloj, un hombre joven de 32 años llamado Jack Logan.
De altura promedio, figura esbelta, barbado, y gabardina, yacía sentado a la entrada de un salón, contemplando el día y la gente mientras disfrutaba un vaso frío de zarzaparrilla.
La escena ante él no era remarcable en lo más mínimo, pero esto no le molestaba.
Gustaba de ver a la gente metidas en sus vidas.
Rostros que, probablemente, no volvería a ver de nuevo, e historias, fascinantes o aburridas, que desfilaban ante él sin nunca rebelarse.
Alguna que otra joven señorita distraía su mirada un poco más que otros personajes, pero no demasiado.
Después de todo, aunque no lo pareciera, estaba trabajando; y si uno pudiese preguntarse qué tipo de hombre podría trabajar simplemente viendo pasar a la gente en un día cualquiera, claramente no conoce el labor de un caza recompensas.
Al menos no de uno como Jack, quien, como su reloj había advertido, ahora notaba el arribar de un trío de presencias evidentemente detestables a primera vista.
Estos eran tres hombres de prendas sucias, rasgadas, y miradas malas y crueles, que habían visto morir a mucha gente (probablemente bajo sus propias manos).
Sí, un trío de bandidos acababa de llegar y no eran bandidos cualquiera. Era la pandilla de Telly McCuster.
A la cabeza del trío iba el mismo Telly, un hombre de cuarenta años, calvo, fornido, de nariz grande y aguileña y ojos que no parecían parpadear jamás, cautos de todo lo que le rodeaba e innegablemente conectados a una mano veloz.
Le seguían sus secuaces, Stanton y Elam.
Stanton, de treinta y seis años, era un hombre esbelto hasta los huesos y de ojos grandes y profundos, mientras que Elam, de cuarenta, era robusto, tosco, y se distinguía por una cicatriz que cubría su ojo izquierdo, completamente blanco.
El trío se adentró al pueblo como tres sombras que advertían de una calamidad y que hacían a la gente pronto apartarse. Pasaron frente a Jack, quien, por el momento, fingió no percatarse de ellos, únicamente mirando su refrescante bebida.
Los hombres le miraron brevemente. No pareciendo una gran amenaza, siguieron su trayecto rumbo al pueblo… y los ojos de Jack regresó hacia ellos. Sabía lo que estaban por hacer y cómo lo harían.