Bounty & the Fool 1 La Dama del Tren #2
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1 La Dama del Tren #2

Deseosos de ser objetos de su agradecimiento, Bill y Harold compartieron una mirada y se lanzaron a ayudar también…

sólo para que Alan rechazase sus manos inquietas y apresuradas con un par de manazos.

El par retrocedió como animales tímidos, sólo observando cómo Alan y Rachel se volvían a incorporar con todas sus pertenencias de vuelta en su maleta, y una cercanía no menor a cinco centímetros.

─¿Sabe? He estado pensando ─dijo Alan─. Si su esposo es tan tonto como para hacerla viajar sola, supongo que será igual de tonto en no esperar por usted en la estación de tren.

─Estoy segura de eso, sí ─respondió Rachel.

─Sí. Así que, considerando lo peligrosa que la compañía por aquí puede ser ─Alan señaló a sus amigos con la mirada─, quizá no sería incorrecto de mi parte hacerle compañía hasta que se reúna con su esposo.

─Eso sería… muy amable de su parte ─dijo Rachel.

Sus ojos estaban perdidos en los del muchacho.

Sí, era encantador, confiado, y caballeroso como un príncipe de antaño, y Rachel no podía hacer más que sonreír, deleitada como estaba por él.

Su mano incluso se atrevió a ir dentro del abrigo del galante héroe, sintiendo su torso bien marcado, cuando…

la chispa al exterior llegó al final de la mecha y ¡BUM! ¡La vía de tren explotó!

Naturalmente, el tren se vio obligado a frenar violentamente y todo al interior, cosas y pasajeros, volaron por todas partes en un caos absoluto. Lo mismo ocurrió con Rachel y Alan, quienes volaron por el corredor, mientras Bill y Harold chocaron entre sí.

Y tan pronto como el tren se detuvo… ¡BANG! ¡BANG! Los disparos comenzaron.

Dolores y su pandilla aparecieron por los costados del tren en perfecta sincronía y absoluta velocidad, producto de un plan perfecto.

Dolores apuntó su rifle a los conductores del tren, mientras el trío de varones subió a los vagones.

De una patada, el Loco Kinski irrumpió en el primero, acompañado del Sr. Curtis y Bob Bull.

─¡Bien, pendejos, nadie se mueva! ─gritó el Loco Kinski.

─Tranquilo, mi amigo ─le dijo el Sr. Curtis con toda calma─. No hay necesidad de violencia, ¿cierto? ─miró a los pasajeros.

Todos sacudieron sus cabezas, concediéndole la razón, y en lo que el Sr. Curtis les concedía una amable sonrisa, Bob Bull pasó a recolectar todo billete, joya, u objeto de valor económico que la gente tuviese a su disposición.

Mientras tanto, en el vagón de la clase alta, Rachel se encontró debajo de un casi inconsciente Alan.

La chica acarició su nuca, un poco atolondrada.

Tenía suerte de que su cabello fuese tan voluminoso y esponjado.

De otra forma, el golpe podría haberla lastimado.

Alan, por su parte, tenía su cabeza entre sus pechos…

y no, no era un accidente. Aunque el muchacho no se movía, mostrándose abatido, no había forma en la que caer sobre Rachel (por no decir su busto) pudiese generarle tan dolor.

Rachel aclaró su garganta, incómoda, y Alan se percató de su inquisitiva mirada.

─¡Oh, lo siento! ─dijo, pretendiendo bochorno y se incorporó.

La ayudó a levantarse y notando cómo ella continuaba acariciando su nuca, dijo:

─¡Necesita ayuda! ¡El buen Bill aquí es doctor! Él puede ayudarla, ¿cierto?

Jaló a Bill a que se levantase. Bill apenas entendia qué ocurría pero afirmó todo.

─¿Eh? Ah. Sí. Sí, puedo ─dijo.

─…Prefiero esperar ─contestó Rachel, ya no encantada por ninguno de ellos. ¡BAM! La puerta fue pateada por el Loco Kinski quien, de nuevo, irrumpía al vagón junto a Bob Bull, ambos armados y listos para disparar a quien se les opusiese.

─¡Es un robo! ─advirtió Bill, con pánico.

─¡Atinaste bien, niño bonito! ─dijo Bob Bull con su voz rasposa.

─¡Manos arriba, sucias mulas! ─les gritó el Loco Kinski.

Alan se paró entonces frente a Rachel, actuando con toda valentía.

─Quédese detrás de mí, señorita ─dijo─. ¡Fuimos entrenados para esto!

─¿Lo fuimos? ─cuestionó Bill con sorpresa.

─¡Sí! ─siguió Alan─. ¡Cuatro años en West Point nos enseñaron cómo lidiar con este tipo de vividores buenos para nada que necesitan robar de hombres decente para financiar sus miserables vidas!

Rachel suspiró, exhausta, pero no sorprendida… y desenfundó una diminuta pistola que apuntó a la espalda de Alan.

Bill y Harold se congelaron al verla, mientras el Loco Kinski y Bob Bull rieron.

─Oiga, hombre decente ─dijo Rachel.

Alan volteó y se puso blanco de golpe.

─Oyó a los hombres ─siguió Rachel─. Manos arriba.

─¡¿Cómo se atreve!? ─gritó Alan─. ¡La estaba protegiendo!

─Sí, creo que puedo protegerme bien por mi cuenta, ¿no cree? ─sonrió Rachel─ . Ahora andando, que no tengo toda la noche.

Sin otra opción, Alan alzó sus manos y Rachel revisó sus ropas.

─¡¿Está loca!? ─siguió Alan─. ¡¿Acaso no sabe quién soy!?

Rachel le sacó su cartera, gorda de billetes, un reloj de bolsillo… y un par de sus propias medias que el muchacho había robado al ayudarla. Lo miró con escepticismo.

─¿El ladrón de medias? ─repuso Rachel.

El Loco Kinski y Bob Bull soltaron una carcajada, e incluso Bill y Harold fueron incapaces de evitar una pequeña risilla. Alan se encogió en sí, incómodo.

─¡La ahorcarán por esto! ─exclamó.

Rachel tomó entonces el arma de Alan, un curioso revólver de mango rojo con las letras “A.T.” inscritas en ojo. Miró a sus compañeros con burla ante tal ridiculez y siguió.

─Sí, bueno, nunca he oído de una mujer siendo ahorcada por recuperar sus ropas, así que lo dudo ─dijo, ahora vaciando las balas del arma en la bolsa de Bob Bull y luego arrojándola por la ventana─. Oh, y, ah, ¡sí sé quién es usted! ─sonrió, sacando una pequeña llave dorada de su abrigo.

─¡Sucia mujerzuela! ─exclamó Alan.

El Loco Kinski tiró a Alan a sus rodillas con un golpe de su arma a la nuca.

─¡Cuidado con lo que le dices a la dama, ¿oíste!? ─le dijo.

El Sr. Curtis entró a continuación, viendo la tensa escena.

─¿Todo en orden por aquí? ─preguntó.

─Sólo un caballero defendiendo el honor de una dama, eso es todo ─dijo Rachel─ . ¡Andando!

Rachel lideró a los tres bandidos rumbo al siguiente vagón, mientras Alan la miraba con todo el desprecio del mundo. Antes de salir, Rachel se detuvo y lo miró una vez más.

─No se preocupe, Sr. Bandido de las Medias ─le dijo─. ¡El buen Bill aquí es doctor! Le concedió una sonrisa bufona y salió con su pandilla.

Con la llave en mano y todo el buen humor del mundo, Rachel llevó a sus hombres al penúltimo vagón del tren, dedicado a equipajes grandes y objetos de valor, y en el que se encontraba, desde luego, una caja fuerte oculta dentro de otra caja que servía de disfraz.

A simple vista, parecía sólo un equipaje más, pero Rachel conocía bien cómo funcionaban los bancos y los trenes, y cómo transportaban sus cargas preciadas, y, tal como en sus dos robos previos, había atinado respecto a dónde se ocultaba el mayor botín del tren.

Esta vez no fue la excepción. Abrió la caja de decoración con la llave de Alan, y luego desarmó la caja fuerte mientras tarareaba la combinación, hasta que finalmente la puertecita se abrió y ante ella y sus compañeros, unos majestuosos ladrillos de billetes aparecieron juntando la nada reprochable suma de cincuenta mil dólares.

─Se los dije, caballeros ─presumió─. Cincuenta mil dólares en efectivo. ¡Denle!

Sin más, los hombres agarraron el dinero, lo metieron en la bolsa, y dejaron el tren.

Afuera, Dolores continuaba apuntando su rifle a los conductores, hasta que Rachel y el resto de la pandilla se le unió a caballo.

─¿Todo bien? ─preguntó Dolores sin dejar de mirar a sus víctimas.

Rachel palmeó la bolsa de dinero que cargaba de su caballo, dando así confirmación a su compañera, y luego echó un vistazo a los conductores.

─Lamentamos todo este problema, señores ─les dijo─.

Sé que los tiempos son difíciles y sé cuánto se esfuerzan y trabajan todos ustedes, y les aseguro que en verdad preferiríamos evitar este tipo de molestias, pero, bueno…

de nuevo, ¡los tiempos son difíciles y una dama tiene que hacer lo que una dama tiene que hacer, ¿saben! ?

Los conductores sólo asintieron sus cabezas, temerosos. Nadie en su sano juicio osaría llevarle la contraria a tal terrible banda de criminales.

─¡Todo un par de caballeros! ─sonrió Rachel─. Tengan. Por los inconvenientes.

Tomó un par de pequeños ladrillos de billetes y se los arrojó.

Los conductores no supieron cómo reaccionar o qué decir excepto un perdido “gracias”, y tras un asentir de tal particular dama, Rachel dio media vuelta en su caballo y se retiró en compañía de su pandilla.

Se detuvo unos metros antes de hacerse al bosque, volteando de vuelta hacia el vagón de clase alta, en el cual Alan la miraba con toda furia.

Divertida y victoriosa, Rachel sólo le guiñó el ojo y escapó hacia la oscuridad de la noche. Simplemente adoraba cuando un plan daba resultado.