Bounty & the Fool
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1 La Dama del Tren
L a luna brillaba sobre las montañas de Nevada, cubiertas de bosque y eternas, en lo que podría describirse como una noche ideal.
Pocas nubes y bastantes estrellas adornaban lo que era, en su mayoría, un espacio ausente de cualquier vestigio de civilización…
excepto, claro, por el ferrocarril, el cual ahora se aproximaba a una velocidad promedio y arrojando una larga fumarola que se elevaba por encima de los árboles, anunciando así el arribar tanto de la civilización, como de potenciales ingenuos que se adentraban al oeste buscando fortunas y arriesgando las que tenían a manos de temerarios bandidos.
Este último era el caso de aquella figura esbelta que se había posicionado en lo alto de un risco de fácil acceso, y que mantenía los ojos bien puestos en su próxima presa.
Su nombre era Dolores, y vaya que su reputación le hacía justicia a su nombre.
Con treinta años, había pasado dos tercios de su vida dedicándose a la más noble de las profesiones criminales (es decir, ladrona de bancos) y, más recientemente, de ferrocarriles, y ante el aparecer de la feroz máquina que rugía a través del salvaje entorno, dio media vuelta en su precioso caballo azabache y descendió a toda velocidad rumbo al único punto en ese basto manto de oscuridad donde una luz naranja danzaba.
Diminuta y acogedora, pertenecía a una fogata lo suficientemente grande para abrigar y calentar la comida de tres hombres que cenaban y conversaban a la espera de su llamado.
Sus nombres, modificados a través de varios años en la vida criminal, eran Bob Bull, el Loco Kinski, y el Sr. Curtis.
Sus apariencias ciertamente reflejaban los apodos que se habían otorgado a sí mismos.
Bob Bull era un hombre robusto de cuarenta años, vestido en ropas grises y negros.
Su voz rasposa sólo podía ser equiparada por su pesado respirar, casi idéntico al de los toros más salvajes.
El Loco Kinski era un hombrecillo esbelto y no muy alto, pero cuya salvaje mirada era capaz de traer terror a cualquier que lo mirase.
Según se decía, tenía más víctimas fatales por esto que por el uso de algún arma.
En cuanto al Sr. Curtis, curiosamente, él era justo lo contrario a ambos de sus compañeros.
Bien vestido con un traje gris y excelentemente peinado, el hombre parecía un absoluto caballero y su afable personalidad correspondía a tal descripción…
lo que sólo hacía su presencia aún más extraña al estar en un lugar como ese, con personas como ellos.
Pero como bien había dicho su temeraria líder, en una pandilla criminal las razones no importaban, sólo el objetivo, y como Dolores informó al llegar y silbarles, el próximo estaba por llegar.
Sin perder un solo segundo, el trío de hombres apagó la fogata, subieron a sus caballos, y se dirigieron a su encuentro con la feroz bestia de acero dentro de la cual aguardaba el tan anticipado botín.
Al interior del tren, los pasajeros viajaban en absoluta calma – o, más bien, en total aburrimiento.
Ante la caída de la noche, era imposible visualizar algo afuera más allá de las siluetas del bosque y las colinas; y la luz tenue y el constante susurrar de la maquina creaban la atmósfera adecuada para arrullar hasta al más inquieto de los hombres.
Lo único capaz de prevenirlos caer en las manos de Morfeo, era, por supuesto, una mujer.
Tal era el caso de lo que ocurría en el vagón de clase alta.
En él, cuatro personas viajaban. Tres hombres y una mujer joven, y cómo podría suponerse, mientras la dama había caído víctima de la monotonía de un viaje aburrido y a tan tardes horas de la noche, el trío de varones no estaba menos que inquietos ante su presencia.
¿Y cómo culparlos? La chica, de nombre Rachel McAllister y veinticuatro años, vestido azul, cabello negro rizado, profundos ojos oscuros, y piel de porcelana se había robado su atención desde el momento en que puso un pie en el vagón una hora antes, y desde entonces no le habían quitado la mirada de encima.
Rachel, por su parte, ni siquiera les había prestado la más mínima atención.
Todo cuanto había hecho fue dedicarse a un rato de lectura hasta que sus ojos le pesaron y la hicieron caer presa de su cansancio.
Su cabeza rebotaba suavemente con el constante sacudir del tren y sus caireles brincaban sobre su frente y mejillas, pero el agotamiento parecía tal que nada de esto le incomodaba en lo más mínimo.
Y sus espectadores, aquellos tres muchachos de traje y un par de años mayor, la observaban como los buitres más tímidos del mundo.
Cuando menos este era el caso de los dos miembros más jóvenes del trío, Bill y Harold, mientras que su líder, un año mayor y tan confiado como elegante, sólo la observaba con una intriga no muy diferente a la que le ponía a toda otra chica bonita que se cruzaba en su camino.
Suponer que estas no eran pocas no sería algo difícil, así como tampoco lo sería decir que, de los cuatro pasajeros, él era el único que parecía saber qué estaría por ocurrir a continuación.
Su nombre era Alan Theroux… y sabía que sólo tenía que esperar a que la chica despertase para hacerla suya. Su oportunidad se presentó cuando el tren silbó y sacó a la joven de su inesperado reposo.
Rachel parpadeó una vez y luego otra, reincorporándose a la realidad con cansancio.
Vio su libro estar a punto de caer de sus piernas y lo guardó dentro del pequeño bolso que llevaba a su lado.
Frotó sus ojos y bostezó, y echó un vistazo a los alrededores, encontrando así a Bill y Harold desviando sus miradas con timidez, mientras Alan no le prestaba atención más que por accidente y entonces concederle una encantadora sonrisa.
Sí, el muchacho sabía conducirse ante una dama, y tenía ya todas sus jugadas preparadas.
Un guardia de tren irrumpió en el momento y Rachel le detuvo brevemente.
─Disculpe, ¿estamos lejos de Nido de Oso? ─preguntó.
─Pasaremos por ahí en unos minutos ─respondió el guardia.
Rachel le agradeció con un asentir de la cabeza y se preparó. Se aseguró de que todas sus cosas estuviesen en su lugar, y luego sacó un pequeño espejo de bolsillo para asegurarse también de que su imagen estuviese impecable. Impecable era poco.
─Diga, ¿va al Nido de Oso, señorita? ─Bill se hizo de todo valor para hablar.
─¿Ah? ─Rachel apenas alcanzó a escucharlo.
─¡Acaba de decirlo, idiota! ─Harold le reprochó con toda la vergüenza del mundo. ─No ─corrigió Bill─. Ella preguntó si el tren pasaría por ahí. ¡Eso es diferente!
─¿Por qué no dejan a la dama responder? ─propuso entonces Alan, con toda calma, naturalidad, y su mirada encantadora puesta sobre Rachel.
La joven sonrió. ¿Cómo resistirse a tal caballero?
─Bueno, si deben saberlo, me dirijo a Nido de Oso… para encontrarme con mi esposo ─dijo Rachel.
Un devastador sentimiento rompió los corazones de Bill y Harold al instante, forzándolos a mirar el suelo con absoluta derrota… aunque no así a Alan. No. Él se mantuvo confiado y con una sonrisa juguetona. Podía notar que la joven mentía.
─Claro ─repuso Alan─. Y, ¿qué tipo de hombre deja a su esposa viajar sola, y de noche, además?
──Un hombre ocupado ─respondió Rachel.
─Ningún hombre en su sano juicio podría nunca estar tan ocupado para ignorar a una mujer tan bella y fina como usted ─dijo Alan.
─¿No podría? ─cuestionó Rachel.
─No ─siguió Alan, con toda confianza─. Mucho me temo que su esposo debe ser un gran tonto… o no existir en lo absoluto.
Rachel sonrió suavemente y tomó un profundo respiro.
─Bueno… ─dijo─, me temo entonces que coincidimos en algo, mi buen hombre.
─¿Y eso es? ─preguntó Alan.
─Que mi esposo es un gran tonto ─respondió Rachel.
─Estoy seguro que lo es ─afirmó Alan, con su mirada fija en ella.
La sonrisa de Rachel creció unos centímetros, cautivada por su arrogancia.
Afuera, la pandilla de Dolores trabajaba rápidamente.
La jinete continuaba vigilando el aproximar del tren, mientras Bob Bull, el Loco Kinski, y el Sr. Curtis ataban algunos cables a los vías.
Estas no tardaron en comenzar a vibrar ante el aproximar de la bestia de acero, pero, por fortuna, el trío trabajaba rápido y ahora las vías estaban conectadas a dos cargas de hermosa dinamita.
Asegurándose de que todo estaba listo, la pandilla se apartó, sólo dejando a Bob Bull.
El robusto hombre sujetó su sombrero de bombín con fuerza y se agachó junto a las vías del tren.
Sacó un cerillo, lo prendió contra su trasero, y encendió el cable… que no era otra cosa sino una mecha.
La chispa se prendió en un instante y se movió como una serpiente en llamas mientras Bob Bull se hacía a su caballo y huía a la oscuridad.
Al interior del tren, Rachel y el trío de enamorados no parecían tener la más mínima idea de lo que estaba por ocurrir, distraídos como estaban por la chispa que se había apoderado de la joven y Alan.
Una tensión silenciosa inundaba el aire y el par parecía haber olvidado la presencia de Bill y Harold, quienes se habían convertido más bien en una audiencia patética y quizá incluso estorbosa.
─Bueno ─suspiró Rachel─, supongo que aquí es donde nos decimos adiós. Ha sido un placer, caballeros.
Bill y Harold, demasiado estremecidos para decir cualquier cosa, sólo asintieron su cabeza, mientras Alan continuó sentado en un asiento, sólo esperando la ocasión correcta.
Sabía que ocurriría en cualquier momento…
y se presentó cuando la pequeña maleta de Rachel se abrió al levantarse.
Sus pertenencias cayeron al suelo y su ropa interior voló por todas partes, pronto abochornándola.
─¡Santo Dios! ─exclamó con prisa y se apresuró a agarrar sus cosas.
No dudando medio instante, Alan se agachó a ayudarla.
─¡Qué amable de su parte! ─le dijo Rachel.