Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) La Garra del León
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La Garra del León

El olor a sangre lo guio hasta la entrada del poblado arreshim.

Bajo los árboles retorcidos, el suelo se abría en una grieta oscura.

Shuraz descendió sin vacilar. El eco de sus pasos resonó en los túneles, donde hongos azulados marcaban el camino con una luz apagada.

La tierra rezumaba vida subterránea; el aire, pesado, sabía a hierro.

A cada paso, los recuerdos le mordían: Brak, Torvak, Holen… Rostros de oficiales a sus órdenes, que había visto caer. La victoria no era suficiente.

Dos arreshim armados con lanzas lo esperaban al final del túnel. Tenían los rostros cubiertos por máscaras de hueso y los ojos rojos hundidos en las tinieblas. El León los observó sin detenerse. No necesitó hablar. Se apartaron.

—Apreciáis vuestra vida —murmuró entre dientes al pasar a su lado con el hacha en un hombro y la espada en el otro.

El pasillo desembocó en una gran cámara abovedada.

Las paredes estaban cubiertas de runas escritas con sangre seca, que temblaban con el fulgor de antorchas de grasa.

Desde lo alto, el rugido de un felino llenó el aire.

En una jaula de plata, un gran jaguar negro de ojos blancos lo observaba con la quietud de una estatua.

En el suelo, huesos humanos y arreshim formaban mosaicos que brillaban bajo la mugre.

El trono se alzaba al fondo de la sala como una blasfemia erigida.

No era una construcción, sino un ensamblaje: costillas humanas y no humanas curvadas hacia dentro formaban los brazos; cráneos de distintas especies se apilaban en la base, algunos aún con las mandíbulas abiertas, otros soldados por antiguas quemaduras rituales.

Las vértebras, encajadas una a una, ascendían en espiral hasta crear un respaldo irregular, torcido, que parecía una columna vertebral arrancada.

Entre los huesos quedaban restos de sangre seca y marcas de dientes, señal de quienes habían muerto.

Allí lo aguardaba Kharzug.

El Señor de la Guerra era una mole de músculo y cicatrices.

El cuero endurecido que lo cubría estaba cosido con fragmentos óseos pulidos, trofeos más que armadura.

La luz de las antorchas resbaló por su pecho marcado y se detuvo en la doble hoja del hacha apoyada a su costado; los filos, oscurecidos por sangre, parecían ansiosos por volver a beber.

Shuraz irrumpió con una patada que hizo saltar la puerta contra la piedra. Las llamas se agitaron con el golpe. Oscuria descansaba sobre su hombro derecho; el hacha de Brak, sobre el izquierdo. Las soltó al suelo, el sonido metálico resonó en la bóveda como un desafío.

—Así que esto era tu tregua, maldito traidor —dijo sin alzar la voz—. Una promesa manchada de la sangre de mis muertos.

Los arreshim dieron un paso al frente y gruñeron. Kharzug levantó la mano. Nadie se movió.

—León de Beluria —su voz retumbó en la sala—. Has cruzado el bosque de Gundar para morir frente a su hijo.

—Moriré cuando Bel-Hur lo decida. —Shuraz alzó el mentón—. Pero antes, quiero oírte admitir que rompiste el pacto y que eres un cobarde sin palabra.

El Señor de la Guerra sonrió. Sus dientes parecían fragmentos de piedra.

—No he roto nada. Gundar ha hablado. Y cuando un dios habla, sus siervos solo cumplen sus órdenes.

El jaguar en la jaula soltó un rugido sordo. Shuraz no apartó la mirada de Kharzug.

—Gundar no ha hablado. Lo ha hecho tu miedo. Tu cobardía disfrazada de fe. Te he visto en el campo de batalla y no te has dignado a levantar tu hacha.

El murmullo de los arreshim se encendió como un enjambre. Kharzug se incorporó. Su sombra cubrió medio salón.

—Te equivocas, León. Gundar y Bel-Hur se han medido hoy. Tu dios ha ganado esta vez, pero el bosque no olvida. Llegará el día en que Gundar salga de la tierra y nadie podrá detenerlo.

Shuraz dio un paso al frente.

—Y tú, ¿dónde estarás cuando llegue ese día? ¿Escondido en un agujero?

Kharzug bajó la mirada hacia las armas de Shuraz.

—Veo que traes ofrendas —siguió el señor arreshim.

—Traigo pruebas —replicó el León— del precio de tu palabra rota. Esta es el hacha de mi mejor oficial, muerto hoy en batalla… Y esta es Oscuria, la espada que ya ha decidido tu final.

El silencio cayó como un peso muerto. Las antorchas chispearon y Kharzug sonrió.

—El hacha de un muerto y la espada de un condenado —respondió el señor arreshim—. Gundar se enorgullece de quien logra su fin sin preocuparse de los medios. Yo he cumplido con mi dios.

—Y aun así, has perdido —replicó Shuraz.

El eco de su voz pareció retumbar más que el rugido del felino. Kharzug bajó del trono y el suelo vibró bajo sus pasos.

—¿He perdido? Mírate, León. Vienes con la sangre de los tuyos sobre la piel. Tu dios ha ganado, pero tú sigues vivo con la muerte de los tuyos sobre tu conciencia humana. Eso no es una victoria, es un castigo.

La jaula del felino se agitó, sentía la amenaza que llenaba el salón.

Shuraz apretó el puño sobre el mango de Oscuria. La hoja respondió con un pulso oscuro, un brillo que pareció latir.

—Entonces, que Gundar sea testigo —susurró—, porque va a ver cómo muere su hijo.

Los arreshim se agitaron, pero Kharzug alzó la mano de nuevo, con una sonrisa.

—Entonces ven, León. Haz que tu dios también te vea morir.

La sala estalló en un bramido de guerra.

El rugido del felino rebotó en la bóveda como un presagio. Shuraz se lanzó hacia el trono con Oscuria en una mano y el hacha de Brak en la otra. Las antorchas temblaron, obedientes al ritmo de su aliento.

Kharzug aguardaba ante el trono de huesos. Cada uno de sus pasos retumbaba como un tambor funerario. Las runas del suelo despertaron bajo sus pies y derramaron un enfermizo fulgor verde.

El Señor de la Guerra soltó una carcajada grave que se mezcló con el rugido del jaguar. Alzó su hacha doble y el arma silbó al descender.

Oscuria detuvo el primer golpe. El choque sacudió el aire.

El segundo ataque llegó bajo, con el hacha de Brak, y arrancó una tira del cinturón del arreshim.

Kharzug respondió con un barrido brutal que arrancó chispas de la piedra.

Shuraz giró sobre sí mismo y la hoja negra rozó el vientre del gigante.

La sala contuvo la respiración.

Kharzug embistió. Shuraz cedió un paso, esquivó por un palmo y hundió el hacha de Brak en su hombro. La sangre brotó espesa y oscura. El arreshim no se detuvo. Atrapó el brazo de Shuraz y lo estrelló contra una columna. La piedra crujió.

Shuraz cayó, rodó y se alzó de nuevo.

—¿Eso es todo, Señor de la Guerra?

Escupió sangre.

Las cicatrices del pecho de Kharzug ardieron.

Avanzó, giró el hacha con ambas manos y descargó un tajo que partió el aire.

Shuraz lo esquivó. Oscuria ascendió en un arco negro y segó una de las orejas del arreshim.

El rugido que siguió fue puro odio. Kharzug atacó sin freno.

Su hacha mordió el suelo y quebró una losa.

Shuraz entró en la apertura: un corte en la pierna, otro en el costado. La hoja negra siseó al beber carne.

—¡Muere! —rugió el León.

Un embate de Oscuria arrancó el arma de las manos de Kharzug. El arreshim respondió con un puñetazo que hizo estallar el pómulo de Shuraz. Luego mordió su antebrazo. Los colmillos atravesaron el metal del brazal. Shuraz rugió y descargó la empuñadura de Oscuria contra su cráneo.

Kharzug cayó de rodillas. El jaguar se agitó en su jaula.

Las runas se apagaron. Shuraz dejó caer a Oscuria y alzó el hacha de Brak con ambas manos.

El golpe descendió. El filo se hundió en el cuello del Señor de la Guerra.

La cabeza rodó por los escalones del trono y se detuvo frente a los guerreros arreshim.

El silencio cayó como una losa. Shuraz se limpió la sangre con el dorso de la mano y escupió junto al cadáver.

—Aquí tiene Gundar su ofrenda.

Los arreshim se arrodillaron. Shuraz no los miró. Tomó la cabeza por el pelo, recogió a Oscuria, cargó el hacha de Brak, todavía goteando, al hombro y cruzó la sala.

Cuando desapareció entre los túneles, una voz arreshim susurró en la lengua antigua. El eco quedó suspendido, afilado como una profecía.

—El bosque no olvidará.

El viento arrastraba el humo hacia las colinas, un humo espeso que olía a carne quemada. Las llamas se alzaban en columnas y devoraban cuerpos envueltos en telas blancas que caían al fuego como piedras, entre los rezos rotos de los sacerdotes y los nombres.

Shuraz cruzó el campamento sin decir palabra. Llevaba la cabeza del Señor de la Guerra arreshim atravesada en una pica. La sangre le cubría los antebrazos, seca en algunas partes y aún fresca en otras. Las miradas se apartaban a su paso.

Dejó la pica en la entrada del campamento. Los guardias la observaron sin hablar. Algunos hicieron la señal de Bel-Hur; otros bajaron la cabeza.

Rayhem lo esperaba junto a la hoguera central, donde ardía el cuerpo de Brak. El embajador y sacerdote sostenía una jarra con aceite ritual y tenía la piel manchada por la ceniza.

—¡Shuraz! Has vuelto —murmuró. Alzó la vista y le dedicó una sonrisa.

Shuraz asintió muy serio.

—Kharzug no volverá.

—Muchos de los nuestros tampoco —contestó el sacerdote y vertió el aceite sobre el fuego; las llamas se elevaron un instante. El comandante belurio permaneció frente a la hoguera, con el hacha de Brak colgada de su espalda, cruzada junto a Oscuria.

—Murió como un guerrero.

—Si no fuera por él, no hubiéramos vuelto de Senicia —replicó Rayhem y pasó la jarra de aceite ritual a otro sacerdote—, miraba a la batalla con hambre.

El fuego devoró con furia el cuerpo de Brak. La grasa ardía con un olor agrio que se mezclaba con el humo de las ramas de pino. Shuraz no apartó la mirada. El viento le llevaba el calor a la cara, pero no se movió.

Rayhem, a su lado, envuelto en el resplandor anaranjado, tenía algo en la mano: una piedra pálida, cruzada por vetas oscuras.

—Era suya. La llevaba en la bolsa del cinto. No afilaba su hacha con otra cosa.

Shuraz bajó la vista. La piedra brillaba débilmente.

—La Laja de Nelor.

Rayhem asintió.

—Decía que ningún filo debía morir si era afilada con ella.

Shuraz extendió la mano y la tomó con cuidado. La piedra estaba tibia.

—Al igual que su hacha, Brak hubiera querido que la tuvieras tú.

El fuego crujió detrás. Shuraz cerró los dedos sobre la piedra para afilar.

El resplandor de la pira se reflejó en sus ojos.

El silencio se impuso entre ellos. Shuraz no respondió. Observó las chispas que subían al cielo.

Detrás, Zarya ayudaba a mover cuerpos hacia otra pira. Tenía la trenza manchada de barro y la armadura abollada en el hombro izquierdo. Al ver a Shuraz, se detuvo un momento y caminó hacia él con paso firme.

—Hemos terminado con el recuento de las bajas de la Guardia —dijo la oficial sin preámbulos

El guerrero la miró, sin parpadear.

—¿Cuántos?

—Somos menos de mil. Más de la mitad ha caído.

Rayhem levantó la cabeza, pero no habló.

Zarya apretó los puños.

—Lamento la muerte de Brak. Luchó hasta su último aliento.

—Lo sé —dijo Shuraz.

Ella clavó los ojos en él y pensó en Holen y Torvak, que también habían caído, y una lágrima fugaz escapó de su ojo derecho.

Las llamas iluminaron los perfiles de los belurios. Rayhem hizo un gesto y se marchó, dejándolos frente al fuego.

—Te nombro mi mano derecha —dijo Shuraz al fin.

Zarya frunció el ceño.

—Ahora tienes el honor de honrar los nombres de todos los caídos con tu mando. —siguió Shuraz con los ojos clavados en los suyos.

Ella suspiró.

—Aún creo.

—¿En qué? —preguntó el león.

—En el deber, en la ley del acero… en Bel-Hur —respondió ella con los puños apretados.

Zarya miró hacia las hogueras. En una de ellas ardían los cuerpos de los arqueros. Reconoció el carcaj de Holen entre las llamas.

Ambos guardaron silencio. El fuego consumía los cuerpos, los nombres y las promesas.

Una ráfaga levantó las cenizas y las llevó hacia el norte. Shuraz siguió su curso con la vista.

—Mañana marcharemos.

—¿A dónde? —preguntó Zarya.

—A Senicia. Les guste o no, debemos llegar a nuestro hogar.

Ella asintió. No había rastro de fe en su gesto, solo cansancio.

—¿Y si no hay hogar?

Shuraz se giró.

—Entonces, lo crearemos. En nombre de Bel-Hur, Brak, Holen, Torvak y todos los caídos.

El viento volvió a soplar. Las piras rugieron una última vez antes de ceder. Rayhem, a lo lejos, cerraba el ritual con una plegaria en voz baja.

Zarya observó al León belurio mientras se alejaba. Cada paso suyo dejaba una huella oscura en la tierra húmeda. La cabeza del Señor de la Guerra arreshim permanecía clavada en la pica, con los ojos vacíos mirando el horizonte.

El soldado se acercó despacio. Traía el casco bajo el brazo y los nudillos blancos de tanto apretar el cuero. Se detuvo frente a Shuraz y lo saludó.

—Comandante…

Shuraz levantó la mirada. Algo en el silencio del hombre le tensó los hombros.

—Habla.

El soldado tragó saliva.

—Edoz ha caído.

La noticia cayó como un hachazo mientras el amanecer se elevaba sobre el campamento.