Cuernos de victoria
El velo oscuro cayó detrás y el campamento quedó aislado del sonido.
El interior de la tienda del Profeta siempre olía a incienso.
El brasero brillaba en el centro del suelo; su luz iluminaba todo el interior.
En un rincón, de pie junto a la entrada, Lyria bajó la cabeza al verlos entrar.
Su rostro estaba medio oculto por el ala del sombrero, pero el brillo rojizo de su pelo delataba su presencia.
No dijo nada. Solo se hizo a un lado y observó desde la penumbra.
Belbarozh avanzó tambaleante, apoyado en un bastón. La túnica de color tierra que llevaba estaba manchada de ceniza. El Sacerdote Mayor lo siguió con el bastón apoyado en el suelo, su mirada se movía de un extremo a otro de la tienda, alerta a todo.
El Profeta los esperaba frente al calor del fuego.
Estaba de pie, con las manos cruzadas sobre el pecho.
Parecía una figura sacada de una tumba. Sus ojos blancos reflejaban el fuego como dos lunas enfermas.
A su espalda, el guardia permanecía inmóvil.
Su pelo blanco caía sobre los hombros anchos, la piel grisácea parecía cera bajo la luz.
—Vuestra presencia es un honor inesperado, príncipe —dijo el Profeta sin moverse—. ¿Qué trae al futuro rey de Nela-Shur a mi puerta mientras los bosques aún arden?
Belbarozh detuvo el paso.
—Déjate de halagos, Profeta. Quiero saber qué habéis hecho bajo esos bosques. Encontramos una madriguera marcada con el símbolo de Kudram, señales de sacrificios y el rastro de un cajón arrastrado hasta aquí.
El Profeta ladeó la cabeza y miró al cajón abierto en las sombras de la tienda.
—En tiempos de guerra, muchos oran. Algunos, a Bel-Hur; otros, a Kudram. La fe adopta formas desesperadas. Pero lo que haya visto en esa madriguera no tiene por qué inquietarlo. Kudram y Bel-Hur caminan juntos en este éxodo. Somos aliados por necesidad, tenemos un mismo destino: Nela-Shur.
El Sacerdote Mayor golpeó el suelo con el bastón.
—No hables de necesidad. Lo que había bajo tierra eran restos de algún tipo de profanación. Los ojos de Kudram no deben abrirse en la tierra de los vivos.
—Quizá no se han abierto —sonrió el Profeta—. Puede que solo fuera un sueño.
Belbarozh dio un paso adelante y señaló el cajón con la mano buena.
—¿Y esa caja? —Su voz sonó cansada—. ¿Qué escondías en ella?
El silencio se extendió unos segundos. El fuego chispeó dentro del brasero.
El Profeta levantó la vista y clavó sus ojos pálidos en el príncipe.
—Era el Heraldo de Kudram —respondió con calma—. Lo despertamos porque el éxodo necesitaba un guardián. Vosotros tenéis reliquias antiguas, templos, espadas que beben almas. Nosotros tenemos lo nuestro. Sin él, los arreshim nos habrían destruido a todos esta noche.
El Sacerdote Mayor apretó la empuñadura de su bastón. Un mensajero le había puesto al día de lo ocurrido en el frente.
—Habla de ese monstruo chamuscado que devastó medio frente, sin importar bando —le explicó el anciano al príncipe.
—Es el precio de sobrevivir —replicó el Profeta—. Kudram da poder a quienes se atreven a tocar su fuego. Pero el poder de su fuego es volátil y suele consumir todo lo que le rodea.
Belbarozh lo observó sin pestañear. La luz de la tienda le dibujó sombras en la barba.
—¿Crees que puedes jugar con ese tipo de armas sin que nos arrastre a todos al infierno?
El Profeta no respondió. Solo alzó la mano izquierda y la apoyó sobre el pecho, sobre el símbolo bordado de su dios.
—Kudram no arrastra al infierno. Kudram siempre da elección.
Desde fuera, un cuerno resonó. Otro le siguió. Las notas se propagaron entre las tiendas como un viento triunfal. Los sacerdotes miraron hacia la salida.
—Son nuestros —murmuró uno de ellos con una sonrisa nerviosa—. Hemos ganado.
Belbarozh bajó la mirada.
—Victoria… —susurró, sin alegría.
El Profeta lo observó desde la quietud de su sombra.
—Las victorias también pueden saber amargas, mi príncipe.
Belbarozh se irguió, con la mirada fija en él.
—Esta es la última vez que tomáis una decisión tal sin consultarlo con el Consejo del Éxodo —amenazó el príncipe y señaló al inmutable líder de los Hijos de Kudram.
Lyria levantó la cara. Sus ojos negros enrojecidos y ojerosos reflejaron el fuego. No habló, pero su mano se deslizó hasta la empuñadura de su daga.
El Sacerdote Mayor la miró apretando su bastón, y por un instante, ambos quedaron inmóviles, midiendo las distancias.
El viento azotó la lona negra de la tienda. Fuera, resonaban los cuernos de victoria.
—Así será, mi príncipe —dijo El Profeta y bajó la vista.
Belbarozh y los suyos se dirigieron hacia fuera con paso decidido. El Profeta permaneció con su sonrisa maquiavélica, calculando cada movimiento.
Los cuernos sonaron desde la colina y el bosque pareció exhalar un último aliento.
La muerte de Bakthar corrió entre los arreshim más rápido que el fuego. Un aullido quebrado se alzó desde el centro del bosque y con él, se rompió su avance. Las órdenes dejaron de fluir. Los cuernos sonaron sin ritmo, contradictorios, y los guerreros de piel verde empezaron a mirar atrás.
Entre los árboles en llamas, la retirada se convirtió en un caos.
Algunos corrían a trompicones, se empujaban y arrastraban las lanzas sobre la ceniza.
Otros intentaron reagruparse, pero el miedo ya se había extendido entre ellos.
Las llamas blancas y azules cerraban los pasos, y los cuerpos ardían en silencio cuando tropezaban.
Los más fanáticos se quedaron. Rugieron al cielo ennegrecido en busca de guía, pero nadie acudió.
Entre el humo, los arreshim desaparecieron en el bosque. Solo quedaron armas, cadáveres y un rastro de ceniza que sellaba su derrota.
El rugido metálico nació en la bruma del amanecer y avanzó sobre el bosque cubierto de cadáveres y fuego. Los belurios levantaron sus armas al cielo ennegrecido. Algunos lloraban, otros gritaban nombres y los sacerdotes entonaban plegarias que se perdían entre los árboles en llamas.
El aire estaba cargado de un fuerte olor a muerte. Los sanadores se abrían paso entre los cuerpos y arrancaban gemidos a quienes aún respiraban. En el suelo, una cadena de hombres, arreshim y animales formaba un macabro mosaico de muerte.
Rayhem avanzó despacio, con la túnica manchada hasta las rodillas. Las manos le temblaron al esquivar cuerpos, uno tras otro, hasta detenerse frente al León de Beluria.
Shuraz caminaba entre los muertos sin decir palabra. Tenía la coraza rajada por varios puntos; su melena dorada, ahora ennegrecida por la mugre, le caía sobre el cuello ensangrentado. Llevaba la espada sobre el hombro, todavía goteaba sangre oscura de los arreshim.
—No queda nadie del flanco sur —dijo Rayhem con la voz rota.
El comandante Shuraz no respondió. Sus ojos recorrían el lugar en busca de un alma concreta entre los despojos.
Cerca del límite del bosque, un bulto ennegrecido llamó su atención. Avanzó entre la ceniza y los restos de madera. Allí yacía Brak, su primer oficial, su mano derecha. El cuerpo estaba calcinado; el brazo derecho, reducido a huesos negros; el otro aferraba el hacha con fuerza.
Shuraz se arrodilló en silencio. Retiró el yelmo del cadáver y contempló su rostro muerto durante unos segundos.
Luego le arrancó el hacha de la mano agarrotada. El mango aún conservaba el calor de la batalla.
Rayhem avanzó con cautela; el guerrero permanecía inmóvil con los ojos vacíos clavados en el bosque en llamas, parecía que aún escuchara allí dentro una guerra que ya había terminado.
—Shuraz, ¿qué vas a hacer? —susurró y señaló el bosque—. No sabemos qué queda dentro.
Shuraz no lo escuchaba. Sus pensamientos ardían tanto como el suelo bajo sus botas.
—Kharzug, el señor de la guerra, me juró que no nos tocarían mientras atravesábamos su bosque —murmuró—. Mintió.
El embajador bajó la mirada sin entender bien sus palabras.
—¿Hablas de los arreshim? —preguntó Rayhem confuso. Aún no había tenido tiempo de saber qué había ocurrido en su ausencia.
Shuraz levantó el hacha de Brak y la sostuvo en un hombro junto a Oscuria, cuya hoja tembló con un brillo oscuro. Las llamas del bosque se reflejaron en su filo y se alargaron sobre el rostro del comandante como un presagio.
—Shuraz, escúchame —Rayhem lo siguió unos pasos—. La batalla ha terminado. Ya no puedes salvar a nadie ahí dentro.
El León de Beluria se volvió un instante. La mirada que le dirigió no era de ira ni de dolor, sino de una claridad que daba miedo.
—No voy a salvar a nadie. Voy a saldar una deuda.
Rayhem dio un paso más.
—Si entras ahí, no volverás.
Shuraz pasó a su lado sin responder. El olor a carne quemada le envolvió y desapareció entre los árboles humeantes.
Oscuria vibró en su hombro.
El bosque lo recibió con un gemido y el humo se cerró detrás de él.
—Bel-Hur, dale fuerzas para regresar —rezó Rayhem con la mirada fija en el amanecer.