Voces de guerra #3
Brak cayó de rodillas mientras pensaba en su comandante. Tenía la reliquia aún en la mano, y su piel fundida mostraba los huesos de su brazo; en la otra mano aún sostenía su hacha.
—Shuraz… —susurró—. Somos libres.
El fuego de la vida se apagó en sus ojos.
Rayhem acomodó a Jarben contra un árbol, se acercó hasta Brak y se inclinó junto a su cuerpo inerte y tras intentar reanimarlo sin éxito, rezó una plegaria a Bel-Hur para que lo acogiera en su seno.
La reliquia corrupta quedó en el suelo, aún palpitante, como un corazón arrancado que se niega a morir. Cada latido era más débil, más errático. La superficie ennegrecida se agrietó y, en su interior, algo se retorció con desesperación.
Entonces, la tierra respondió. El suelo vibró con un rumor profundo, antiguo, y la reliquia fue arrastrada hacia abajo.
Se hundió lentamente entre la ceniza y las raíces, devorada por la tierra como por una boca hambrienta.
Un último estremecimiento, un gemido sordo, y desapareció.
Durante unos largos segundos, el eco de su caída descendió hacia las entrañas del mundo, el lugar donde aguardan las fuerzas que nunca duermen.
Al fondo, los tambores de ese frente cesaban y los arreshim cercanos comenzaban a huir. Rayhem miró al cielo, cubierto de humo. Entonces oyó miles de voces que gritaban y lloraban desesperadas. No estaban aquí, eran las voces de todos los que allí habían muerto, entre ellos, Brak.
El choque fue brutal. Oscuria colisionó contra la lanza con refuerzos metálicos del general Bakthar y las chispas saltaron entre ambos.
Shuraz giró sobre el barro, dejó que el peso del cuerpo lo lanzara hacia un lado y descargó un golpe lateral que partió una rama a su paso.
Bakthar lo bloqueó, retrocedió un paso y embistió con la lanza hacia el cuello del guerrero.
El filo negro de Oscuria desvió el ataque; el metal sonó al rozar la madera. Shuraz atacó de nuevo, rápido, dos veces, tres. La última cortó parte del hombro del arreshim, pero el general lo alcanzó con el asta de la lanza y lo arrojó al suelo.
Shuraz cayó entre brasas. La ceniza le cubrió el rostro. Intentó levantarse, pero el dolor lo dejó sin aire. La coraza había hecho su labor y se había llevado la mayor parte del impacto.
Bakthar le apuntó al cuello con la lanza.
—No eres digno de portar esa espada.
Un silbido cruzó el aire. La primera flecha se hundió en el pecho del general enemigo; otra le atravesó el costado, y la tercera se clavó entre las placas del cuello.
Holen bajó el arco; la cuerda aún vibraba.
—Eso, por Torvak —murmuró. Se acercó a Bakthar y sacó otra flecha del carcaj.
El cuerpo del arreshim se tambaleó. Cayó de rodillas, malherido. Shuraz lo miró desde el suelo con la respiración entrecortada.
—No bajes el arco…
Demasiado tarde.
Bakthar se incorporó con un rugido ronco. La lanza se alzó y atravesó el pecho de Holen antes de que pudiera reaccionar. El oficial de arqueros exhaló un sonido seco, la sangre manaba por el agujero de su coraza atravesada por la lanza, y cayó de espaldas entre las brasas.
Zarya lo vio caer.
Sus ojos, verdes y cansados, se detuvieron en él por un instante.
Después, giró el martillo con ambas manos y avanzó hacia el general arreshim.
Zarya tenía en la mejilla derecha una herida reciente que le sangraba de forma escandalosa, recuerdo de su último combate contra un forjador de calaveras. Su armadura azul con detalles en oro estaba ennegrecida por el fuego, y la empuñadura del martillo de batalla estaba llena de sangre arreshim.
Bakthar la recibió con un rugido.
Zarya avanzó con rabia entre cuerpos humeantes. El fuego bañaba su armadura en destellos anaranjados y el sudor le corría por la sien. Frente a ella, Bakthar giró la lanza con un rugido que sacudió las brasas a su alrededor.
El primer golpe de su martillo chocó con la lanza reforzada.
El impacto la desvió y estallaron chispas a su alrededor; sus pies se hundieron en el barro caliente mientras daba un paso atrás.
El general avanzó con fuerza, pero Zarya giró el martillo y lo lanzó de nuevo, directo al abdomen.
El golpe silbó en el aire; Bakthar lo esquivó y le clavó el hombro en el pecho.
Zarya se tambaleó, escupió sangre y levantó el arma sobre la cabeza. El tercer golpe cayó con la fuerza de una avalancha y el rival uso la lanza para volver a esquivarlo.
Giró el cuerpo, amagó a la derecha y cambió el ángulo en un instante. El cuarto golpe fue una finta baja, seguida de un giro seco al muslo. El impacto retumbó. Las placas de la armadura del arreshim se abrieron con un chasquido.
Bakthar rugió, giró la lanza en un arco que rozó el cuello de Zarya, pero ella se agachó, impulsándose con las piernas y lanzó el martillo al rostro del enemigo.
El siguiente golpe de la rabiosa oficial estalló bajo la mandíbula del general arreshim.
Carne verde, sangre oscura y un fragmento de hueso saltaron por los aires.
Zarya giró sobre sí, su trenza rubia volaba entre las cenizas y descargó el martillo contra la máscara del general. El hierro rompió el hueso con un sonido seco. La mitad del rostro del arreshim quedó al descubierto, era una maraña de cicatrices y dientes ennegrecidos.
Bakthar alzó la lanza con las dos manos para rematarla. Zarya atrapó el asta con el antebrazo, giró la muñeca y descargó todo el peso de su cuerpo en un golpe ascendente. El impacto del martillo quebró el mango de la lanza en dos.
El silencio duró un segundo. Solo el crepitar del fuego llenaba el aire.
Zarya levantó el martillo por encima de su cabeza. Los ojos le ardían.
—Por Holen.
El último golpe cayó con un estruendo que hizo temblar la tierra. El casco de Bakthar se hundió. La cabeza del martillo le destrozó el cráneo y el eco del golpe atravesó el bosque. Su cuerpo se arqueó y quedó inmóvil.
Zarya permaneció en pie, con el martillo ensangrentado todavía en guardia, listo para el siguiente golpe, innecesario. Respiraba ansiosa como una bestia entre las ruinas ardientes y se arrodilló junto a Holen.
El oficial arquero no respiraba. Le tocó la cara con la mano temblorosa. Estaba frío.
Shuraz alcanzó a verla desde el suelo. Oscuria reposaba a su lado, cubierta de sangre y ceniza.
—Zarya, reúne a los vivos. No podemos quedarnos aquí. Puede que Brak nos necesite en el otro frente.
Zarya se tragó su pena, se limpió las lágrimas, se levantó y arrastró el martillo.
El humo ocultaba el cielo.
Los sacerdotes se acercaron con antorchas y alumbraron los cuerpos esparcidos. Uno de ellos alzó la voz:
—El fuego de Bel-Hur nos guía.
Pero a algunos, ni el fuego los salvaba ya.