Voces de guerra #2
El suelo temblaba y el bosque entero parecía contener la respiración.
Shuraz avanzó entre los troncos ennegrecidos mientras Oscuria descansaba sobre su hombro.
El filo oscuro brillaba con destellos de fuego al reflejar las brasas que caían desde las copas de los árboles.
A su alrededor, la Guardia del Éxodo formaba en línea.
Detrás, el aire vibraba con el murmullo grave de los clérigos que invocaban a Bel-Hur.
—Zarya, asegura el flanco este. No quiero a ninguno de esos bastardos cerca de los arqueros.
—Entendido. —La oficial giró el martillo, lo apoyó en el suelo y miró al frente—. Que vengan.
Holen pasó a su lado con el carcaj lleno, los ojos fijos en el humo.
—No veo movimiento aún. Pero lo oigo. Algo golpea la tierra más allá del claro.
El sonido se escuchó más cercano. Tres golpes secos, espaciados. Luego hubo silencio.
Los arreshim detuvieron su avance. Su rugido colectivo murió al instante.
Del bosque salió el primero. Medía casi el doble que un hombre. Espinas cubrían su cuerpo, una máscara de hueso ocultaba su rostro. Arrastraba un martillo enorme, hecho de cráneos fundidos. Tras él, surgieron otros. Una docena. Dos. Una marea.
—Por Bel-Hur… —susurró uno de los sacerdotes.
Los Forjadores de Cráneos marchaban sin emitir sonido. El suelo vibraba bajo sus pasos. Entre ellos apareció Bakthar, general de los arreshim. Vestía su armadura compuesta salpicada de sangre y sostenía con ambas manos una lanza negra embadurnada de sangre seca.
Shuraz levantó a Oscuria.
—Ahí está. Ese es el cabrón que ha matado a Torvak.
Los belurios se prepararon. Zarya apretó los dientes, contuvo las lágrimas y alzó su martillo; Holen tensó el arco. Las llamas blancas y azules de los sacerdotes crecieron alrededor y cubrieron los cuerpos de los hombres con reflejos sagrados.
Bakthar avanzó unos pasos.
—Aunque el Durmiente haya caído —dijo con voz ronca— no nos detendremos hasta degollarlos a todos.
El rugido estalló. La Guardia del Éxodo cargó. Las dagas rituales se alzaron, las flechas volaron y las plegarias encendieron la tierra. Los forjadores golpearon el suelo y las brasas se elevaron como una lluvia ardiente.
Shuraz rompió la línea de choque. Oscuria cortó el aire y partió el primer martillo por la mitad. El impacto lanzó chispas negras. Un forjador cayó con el pecho abierto y un vapor oscuro escapó de la herida.
—¡A los que llevan máscaras! ¡A la cabeza! —ordenó Holen entre las descargas de flechas.
Zarya arremetió contra otro gigante. Su martillo hundió el cráneo de hueso y rompió las espinas que cubrían su torso. Cada golpe dejaba una marca brillante en la oscuridad.
Bakthar atravesó la línea de soldados y los apartó como muñecos. Su lanza rasgó el aire, y atravesó por la garganta a un belurio que cayó sin poder gritar. Otro intentó detenerlo y fue arrastrado por la embestida.
Shuraz corrió hacia él.
El choque entre ambos detuvo la batalla por un instante. Oscuria encontró la lanza del general arreshim y la hizo vibrar.
—Otra vez nos encontramos, belurio.
—Esta será la última, ¡maldita carroña!
Bakthar lanzó una estocada. Shuraz la desvió, giró sobre su eje y hundió el filo en la coraza del general. La hoja no entró. El arreshim retrocedió y sonrió entre las sombras.
—Gundar me protege, no podrás contra los hijos del dios del bosque…
—Ya veremos —bufó Shuraz y cambió el agarre poniendo ambas manos sobre el mango. Oscuria se oscureció más, su brillo se apagó hasta quedar como un fragmento de pura noche. Cuando volvió a moverse, la hoja cortó el aire sin hacer ruido, del golpe la lanza voló lejos y Bakthar cayó de rodillas.
El general de piel verde lo miró y escupió sangre negra.
—No has vencido aún, escoria humana.
El rugido de los arreshim volvió a llenar el bosque. Las brasas ardían en el aire como insectos de fuego. Shuraz alzó la vista un instante mientras le caía una gota de sudor por la sien; el cielo sobre las copas era una herida abierta.
Oscuria desprendía una luz negra mientras la lanza de Bakthar vibraba, clavada en el suelo. El general arreshim respiraba con dificultad, arrodillado entre los cadáveres humeantes.
Shuraz avanzó un paso.
—Ríndete. Se te acaban los monstruos.
Bakthar lo miró y sonrió.
—Vosotros sois los monstruos.
Saltó hacia su lanza, la arrancó de la tierra y cargó hacia Shuraz con todas sus fuerzas. El guerrero belurio lo esperaba con Oscuria agarrada con ambas manos.
El aire ardía.
El bosque, antes sagrado, se retorcía bajo una tormenta de fuego y ceniza. Entre raíces carbonizadas y cuerpos en movimiento, la Guardia del Éxodo combatía a un enemigo que ya no parecía tener rostro ni alma.
Rayhem caminó despacio entre el humo. No empuñaba ninguna espada.
Sus armas eran su fe y sus manos. Sus ojos, huecos, devolvían destellos blancos.
A cada contacto de su mano, un alma era arrancada: la vida del arreshim se extinguía al instante y el cuerpo quedaba atrás, vacío y seco, reducido a un pellejo verde en el barro.
Al otro lado del campo de batalla, Jarben se movía como un relámpago violeta.
La bestia interior rugía desde dentro de su pecho.
El pelaje del licántropo brillaba con reflejos lilas bajo las llamas.
Garras y colmillos se abrían paso entre los arreshim que se aferraban a sus patas.
Un zarpazo bastaba para arrancarles la garganta o partirlos en dos.
Jarben en forma de licántropo no pensaba, solo cazaba.
Entonces, hubo un rugido y el aire se volvió rojo.
Desde la colina, algo emergió entre los árboles, algo que, a lo lejos, recordaba una figura humana.
El Heraldo del Profeta avanzaba con los puños encendidos en luz roja. La piel de su pecho abierto emanaba fuego rojo y su herida ya estaba cicatrizando; los puntos de sutura vibraban y con cada respiración soltaba chispas rojas y a su paso, el suelo se ennegrecía.
Brak fue el primero en verlo.
El gigante belurio levantó su hacha de guerra y señaló al monstruo.
—¡Conmigo!
Los quince soldados supervivientes de la compañía del viaje a Senicia, comenzaron a reagruparse a su alrededor, dispuestos a dar la vida por su capitán, pero el Heraldo llegó antes.
Golpeó el suelo. El impacto abrió un círculo de fuego rojizo que arrastró cuerpos, armas y raíces.
Muchos hombres ardieron sin llegar a gritar.
Jarben cargó contra él.
Sus zarpas le rasgaron el cuello y la energía roja lo arrojó varios metros. El licántropo se levantó entre gruñidos, con el costado herido, pero saltó otra vez, ciego por la furia.
El Heraldo lo atrapó del cuello. Las garras violetas se cerraron sobre los brazos incandescentes, pero el fuego las consumía. Rayhem sintió el grito del alma de Jarben antes de oírlo de su boca.
El clérigo corrió hacia su amigo.
Extendió la mano y sintió el aire caliente. Vio cómo, al caer en combate, decenas de almas eran arrancadas de cuerpos aún tibios y ascendían a su alrededor. Rayhem distinguió algo al fondo, en el otro frente, más allá del muro de fuego: Oscuria, la espada de Shuraz.
Cada muerte apagaba un alma y la hoja absorbía su resplandor. Dentro del acero, los espectros se retorcían, atrapados. Entonces lo comprendió: aquella espada no solo mataba, se alimentaba de sus almas.
Un escalofrío le recorrió la espalda al entender que no cercenaba solo la vida, sino también el tránsito al más allá, la continuidad del viaje eterno. Demasiado poder, incluso para un arma nacida para la guerra.
Bastó ese instante que apartó la mirada de Jarben para que todo se torciera.
El Heraldo lo lanzó sobre su cabeza y lo golpeó con ambos puños en un solo y poderoso golpe que partió el aire como un trueno y lanzó al licántropo contra las raíces calcinadas.
En pleno vuelo sufrió la transformación. El pelaje se retrajo bajo la piel como ceniza absorbida, los huesos crujieron al reordenarse y las garras se plegaron en sus dedos temblorosos. El hocico se deshizo en un rostro humano, desencajado por el dolor.
Cayó ya hecho hombre, desnudo y pálido. Las quemaduras negras y las grietas humeantes marcaban su carne; respiraba a sacudidas. Su cuerpo no recordaba del todo cómo seguir vivo. Rayhem llegó junto a él para protegerlo y lo tapó con su capa.
—Aguanta.
Jarben lo miró con esfuerzo y se desvaneció. El Heraldo avanzaba, envuelto en llamas. Los ojos rojos se clavaron en el sacerdote, que estaba en el suelo y protegía a Jarben.
Brak apareció por un costado. Su hacha en lo alto brillaba bajo la lluvia de ceniza.
—¡Aparta Rayhem. Este es mío! —exclamó Brak con una risa malévola.
Rayhem retrocedió y el capitán belurio cargó.
El primer golpe del hacha cortó el brazo derecho del Heraldo y se clavó en el suelo. La sangre que manaba de su interior era fuego líquido de color rojizo. El monstruo rugió y lanzó su único puño al torso de Brak; la armadura se abrió como la cera, pero el belurio aguantó a duras penas.
Brak arrancó el hacha del suelo con un bramido. El acero subió en un tajo diagonal, brutal, y reabrió el pecho ya cicatrizado del Heraldo.
De la herida brotó una luz roja, espesa, viva. En su interior palpitaba algo imposible: un fragmento de madera oscura, ennegrecida por los sacrilegios, latía con el empuje furioso de una docena de almas encadenadas.
Brak no dudó. Hundió la mano en aquel pecho ardiente. La piel se le abrasó al instante, la carne chisporroteó y se abrió hasta el hueso, pero no aflojó. Apretó los dientes hasta hacerlos crujir, rugió de dolor y cerró el puño alrededor del artefacto corrupto.
Tiró.
El grito del Heraldo rasgó el bosque entero.
Las brasas se alzaron y quedaron suspendidas en el aire, todos los que lo vieron contuvieron el aliento.
Con un último esfuerzo, Brak arrancó la reliquia de su interior.
La luz roja se extinguió de golpe, el fuego murió y el Heraldo cayó al suelo convertido en nada más que un cascarón vacío, sin rostro, sin voz, sin alma.