Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Voces de guerra
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Voces de guerra

El aire dentro de la madriguera pesaba más de lo habitual y hacía calor. Cada respiración del príncipe Belbarozh sabía a ceniza. La lámpara de aceite tembló en su mano y la luz vacilante reveló los huesos desperdigados bajo las raíces del roble muerto. Algunos eran humanos. Otros, no.

El símbolo en la roca, una estrella de ocho puntas con un ojo en el centro, parecía observarlos.

El sacerdote mayor apoyó el bastón en el suelo y el eco resonó dentro de la tierra.

—No deberíamos estar aquí —susurró uno de los más jóvenes—. Este lugar está maldito.

Belbarozh no lo miró. Su atención se había detenido en las marcas del suelo: un surco irregular se extendía desde el altar hasta la entrada. Habían arrastrado fuera algo pesado.

—¿Qué guardaban aquí? —preguntó el príncipe.

—No lo sé, pero ese ojo pertenece a Kudram —respondió el anciano con voz grave—. Y Kudram corrompe todo lo que mira, así que algo corrupto.

Belbarozh inclinó la lámpara y siguió las huellas que ascendían hacia la superficie. El rastro continuaba en dirección al campamento. La tierra aún estaba húmeda.

—Arrastraron un cajón —murmuró—. Y no hace mucho.

El anciano se inclinó para ver mejor.

—Tal vez los profanadores huyeron cuando empezó la batalla.

El príncipe lo interrumpió.

—O tal vez alguien de los nuestros tenía algo escondido y lo sacó antes de que la batalla llegara hasta aquí.

El silencio cayó como una losa. Las raíces crujieron sobre sus cabezas, agitadas por el estruendo lejano del combate. El fuego de Bel-Hur seguía rugiendo sobre el bosque y el resplandor de las llamas se filtraba entre los huecos de la tierra, tiñendo la madriguera de un azul apagado.

Belbarozh entregó la lámpara al sacerdote más joven.

—Sigue el rastro hasta el campamento. Encuentra ese cajón y regresa antes del amanecer. Si alguien te ve, no digas de dónde vienes.

—Mi señor, ahí fuera los arreshim saquean tiendas y carros… —respondió el joven, tragando saliva.

—Los soldados están ocupados protegiendo el campamento —respondió el príncipe—. Y si te cruzas con uno de esos demonios verdes, confía en que Bel-Hur guiará tu mano —concluyó mientras señalaba la daga ritual de sacerdote enfundada en su cinto.

El joven se inclinó, asintió y desapareció entre las raíces.

Belbarozh no permitió que las reliquias vieran la noche.

Las envolvieron en paños rituales empapados en aceite y ceniza, sellados con plegarias que apagaban su rastro.

La Corona fue desmontada en silencio: el aro separado de sus puntas, repartidas entre los Sacerdotes del Templo.

El Amuleto de la Unidad lo llevó el príncipe, oculto bajo la túnica, al cuello con hilo consagrado.

No las enterraron. Las reliquias debían moverse, respirar con los fieles, confundirse con la sangre y el humo.

Así, ni Kudram ni sus Hijos podrían encontrarlas sin arrancarlas primero de un cuerpo vivo.

Belbarozh se sentó en una roca, exhausto, y lo observó hasta que el eco de sus pasos se perdió. Luego volvió la mirada al símbolo en la roca.

—No puedo creer que los hombres seamos más salvajes que los arreshim —susurró alicaído.

—No, mi señor —contesto el anciano—. Los hombres no, los Hijos de Kudram.

Las llamas de la lámpara titilaron. En la pared opuesta, entre las sombras, aparecieron una marcas de uñas. El príncipe retrocedió un paso.

—¿Qué demonios guardaban aquí? —preguntó otra vez.

El anciano sostuvo su mirada, y durante un segundo el príncipe vio el miedo en sus pupilas.

—Quizá no guardaban nada —dijo—. Quizá despertaron algo.

Un rugido se oyó desde arriba, tan profundo que hizo vibrar las paredes e hizo caer polvo desde las raíces. Afuera, los cuernos arreshim sonaron seguidos de una marea de metal.

—Han roto el cerco —anunció un sacerdote desde la entrada.

Belbarozh alzó el bastón del anciano y se incorporó con esfuerzo.

—No importa. El bosque es grande.

El anciano se inclinó.

—¿Cree que ha sido el Profeta?

—No lo sé, pero apuesto a que el Profeta está informado de todo esto —respondió Belbarozh—.

—Aquí han hecho sacrificios masivos a Kudram, hay restos de sangre por todos lados —dijo el anciano, que se agachó a observar la sangre seca—. Debe empezar a contemplar la posibilidad de que los Hijos de Kudram sean enemigos irredentos.

—Los Hijos de Kudram me escondieron y me criaron en Alonia y me niego a pensar que todo se reduzca a ambición de poder —contestó el príncipe dolido.

—Todo esto no tiene muy buena pinta —añadió el anciano y negó con la cabeza.

En la superficie, el cielo ardía azul. El estruendo de la batalla se confundía con los gritos.

El príncipe avanzó hasta la boca de la madriguera y miró hacia el campamento: había tiendas incendiadas, los heridos corrían desorientados entre los caballos desbocados y los Sacerdotes del Templo elevaban sus antorchas, haciendo llover fuego azul y blanco sobre los invasores de piel verde.

El sendero hacia el campamento estaba sembrado de ceniza y el tufo a carne chamuscada flotaba bajo el humo que descendía desde el bosque. Las raíces del roble muerto quedaban atrás, retorcidas sobre la boca de la madriguera.

Belbarozh avanzó el primero con la lámpara levantada. La luz temblaba sobre los rostros de los Sacerdotes del Templo que lo rodeaban. Llevaban las túnicas azules manchadas y estaban armados con sus dagas rituales, listas para el ataque.

—No me gusta este silencio —susurró uno de ellos—. El bosque aún arde, y sin embargo, aquí parece que hasta el fuego tema entrar.

El príncipe no respondió. Llevaba el ceño fruncido desde que había visto el símbolo en la piedra. Una estrella de ocho puntas. Un ojo en su centro. La misma marca que tenía el Profeta en su pecho.

Un ruido los detuvo. Algo se arrastraba entre los arbustos. Belbarozh desenvainó la espada con dificultad y dejó caer el bastón. La hoja reflejó el fulgor azulado de la lámpara y, al inclinarla, la luz cayó sobre un cuerpo.

El joven sacerdote al que el príncipe había enviado yacía boca arriba con la garganta abierta. Los dedos aún se aferraban al colgante de Bel-Hur con el sol radiante que llevaba al cuello. Sus ojos, vidriosos, miraban al infinito.

Belbarozh se agachó y le cerró los párpados con cuidado.

—Que Bel-Hur te reciba en su gloria —murmuró.

Los demás lo miraron, algunos con las manos apretadas sobre los cuchillos curvos.

—La herida es limpia —dijo el Sacerdote Mayor.

El príncipe intentó enfundar la espada, pero no pudo. Uno de los sacerdotes le ayudó con calma y recogió el bastón del suelo. El príncipe se incorporó dolorido.

—Seguimos.

Caminaron hasta ver las tiendas del campamento, alzadas como sombras bajo el resplandor rojizo del incendio. En el aire flotaba el retumbar lejano del combate. Gritos y choque de metal. Los arreshim habían roto la línea de defensa y algunos saqueaban entre las tiendas exteriores.

—Rodead por el flanco norte —ordenó Belbarozh—. Si veis movimiento, no lancéis plegarias, atacad.

Pasaron junto a carretas volcadas, cántaros rotos y cuerpos con el estandarte de Kudram pegado al pecho. La lámpara del príncipe proyectaba figuras que se estiraban sobre la tierra.

—Allí —dijo uno de los sacerdotes al señalar adelante.

La tienda negra del Profeta se alzaba en medio del caos, intacta. Ninguna chispa había prendido en su lona.

Subió el último tramo y se apoyó en el bastón, cada paso arrancado a la fatiga y al dolor.

Los sacerdotes lo rodeaban y formaban un círculo humano mientras murmuraban oraciones protectoras.

Entonces, una flecha arreshim silbó fuera de rumbo y encontró el pecho de uno de ellos.

El sacerdote cayó sin un gemido, la flecha clavada en el corazón lo había matado al instante.

El anciano alzó la voz, quebrada pero firme.

—Bel-Hur, llama que no se apaga, recibe a tu siervo en el fuego eterno. Que su sangre sea luz y su muerte, escudo.

Los demás respondieron al instante, una sola garganta entre el fragor de la batalla.

—Por el sol, por la fe que no cede. Bel-Hur nos guarda. Bel-Hur nos guía.

La plegaria rodó sobre el campo como un golpe de campana, se mezcló con los rugidos y durante un segundo, el caos pareció retroceder.

—Por Bel-Hur, que tu fuego me guie —susurró el príncipe.

Los sacerdotes lo acompañaron entre el humo. Cada paso los acercaba al núcleo del campamento, hacia la tienda del Profeta, donde el aire parecía latir con un pulso propio.

Belbarozh detuvo a los suyos.

—El cajón que sacaron de la madriguera ha venido hasta aquí —dijo el príncipe mientras se inclinaba con dificultad para observar las huellas—. Lo arrastraron entre varios hombres y ninguno regresó.

El sacerdote más joven tragó saliva.

—¿Entramos?

El príncipe giró la cara hacia él.

—Si tienes miedo, vuelve al círculo central.

El muchacho negó.

—Tengo miedo pero no te abandonaré.

Belbarozh asintió.

No había nadie que cuidara la entrada; apartó el velo oscuro y entró.

Brak no miró atrás. En medio del escándalo vio cómo la línea beluria se abría bajo la presión arreshim y comprendió que, si seguían juntos, ambos frentes caerían.

Brak avanzó un paso, clavó el hacha en el suelo y su voz se impuso al bullicio como un cuerno de guerra.

—¡Escudos al frente, rodilla a tierra! ¡Lanceros, por detrás, puntas bajas, que no respiren!

Señaló el flanco con el filo ensangrentado.

—¡Tercera cohorte conmigo! ¡Rodead por la izquierda, fuego corto y a degüello, no persigáis!

Un arreshim rugió entre el humo. Brak escupió al suelo.

—¡Si caigo, seguís avanzando! ¡Si dudáis, morís! ¡Beluria no retrocede!

Alzó el hacha una vez más.

—¡Ahora! ¡Por los caídos, empujadlos al barro!

Arrastró consigo a lanceros y escudos, empujándolos hacia el flanco izquierdo, donde el humo era más espeso y el terreno, traicionero.

Shuraz se quedó en el centro y sostuvo el ataque principal.

Cuando sus miradas se cruzaron un instante, no hubo palabras, solo un asentimiento.

Luego, Brak se lanzó al combate. Media fuerza beluria lo siguió, y la batalla se partió en dos voluntades que ardían por sobrevivir.