Guardianes #2
Valcara saltó. Lo alcanzó por la espalda, lo tiró al suelo y descargó el zarpazo con la izquierda. La carne cedió bajo sus uñas. Antes de que pudiera suplicar, la espada en su mano derecha descendió desde arriba y le atravesó el pecho. Acabó con su vida.
La sangre le salpicó el rostro. Valcara no parpadeó. Alzó la vista y buscó al siguiente entre el humo.
En la distancia, el sonido de un cuerno distinto se elevó. Era una orden del bando amigo.
Los belurios resistían. La guardiana avanzó entre ellos sin mostrar su rostro, un espectro que golpeaba y desaparecía. Nadie sabía quién era, pero a su paso abría camino entre los arreshim, espada en mano.
El bosque ardía y ella temía por su vida, pero esto no era suficiente para que huyera de allí.
Las llamas se extendían entre los troncos milenarios del Bosque Sagrado, se retorcían sobre la tierra y devoraban las raíces. Los cánticos de los sacerdotes de Bel-Hur resonaban en la distancia junto a los gritos de la batalla, pero allí solo quedaba el humo.
Valcara observaba el caos. El brillo del fuego le arrancaba destellos rojos a su peto de cuero y en sus ojos, rojos como la sangre, danzaba un miedo antiguo al fuego.
Una chispa tocó su mejilla; la quemadura se ennegreció y se extendió a toda velocidad por la mitad de su cara. El dolor era intenso, y la locura la tentó a abandonar, pero aguantó estoicamente y se apagó en un abrevadero cercano.
Empapada de agua, herida en el hombro y con la mitad de la cara quemada, corrió entre las sombras, con su espada en guardia, agazapada entre raíces humeantes cuando el hambre despertó.
Sus dedos temblaron sobre el cuello de uno de los arreshim mareado tras un golpe en la cabeza con el pomo de su espada. Pensó en dejarlo ir. No era humano. Su esencia olía agria, distinta. Pero el vacío la quemaba por dentro.
Lo sujetó con una mano en la frente y la otra en el pecho.
El aliento del duende se quebró y una corriente invisible fluyó hacia ella, cálida, ardiente y punzante.
La energía vital del arreshim era picante, casi corrosiva, pero la llenó igualmente.
Su piel se tensó, la herida de su hombro cerró y su cara volvía a estar como nueva. La criatura se desplomó con la mirada vacía y el cuerpo grisáceo, sin color, ni vida.
Valcara soltó el cadáver.
—También estas criaturas sirven de alimento —susurró, pensando en alto.
El fuego rugió más cerca. El miedo volvió más feroz, pero ahora tenía fuerzas para dominarlo y se lanzó de nuevo al combate.
Nadie la vio. Era rápida como el viento.
Era una sombra entre las tinieblas. Su espada atravesaba el aire con precisión inhumana; los arreshim caían antes de entender de dónde llegaban los golpes.
En una sola exhalación cruzó el frente enemigo: el primero cayó con el pecho abierto, el segundo perdió la cabeza en un destello, el tercero se desplomó con la garganta atravesada antes de comprender que estaba muerto.
Valcara giró sobre sí misma. La mano izquierda, ennegrecida en garras, se hundió en el cuello de otro arreshim.
El crujido fue seco. Lo alzó del suelo y lo arrojó contra las ramas de un árbol, donde quedó colgando, inerte como un fruto maduro.
El humo aún no se había disipado cuando ella ya buscaba al siguiente.
Sus ojos brillaban de color rojo bajo el humo y el fuego. Los arreshim se arremolinaban en torno al campamento del éxodo, lejos de la batalla.
El suelo temblaba bajo los pasos de hombres y bestias que morían en nombre de dioses ausentes.
Entre el humo, los arreshim corrían mientras lanzaban gritos de guerra. Los Sin Dios, sin su líder, retrocedían dispersos.
Sangre se levantó de golpe al sentir pasos entre los troncos. Mostró los colmillos y erizó su lomo rojo. De la niebla de humo emergió una figura envuelta en una capa chamuscada con una espada larga en una mano y sangre derramada por la otra, en forma de garra.
Valcara.
Entonces lo vio.
Sangre la miraba desde la sombra. Su pelaje rojizo reflejaba las brasas que caían a su alrededor. Los ojos, celestes y fijos, no pestañeaban.
Valcara levantó la espada y Sangre gruñó.
Ambos midieron la distancia. Dos depredadores en el mismo territorio. El viento sopló entre ellos y trajo un fuerte olor a carne quemada.
El lobo se tensó, dispuesto a lanzarse hacia ella.
Valcara bajó la hoja despacio y la cogió con ambas manos, retrayendo las garras de la zurda.
—No soy tu enemiga —murmuró, convencida de que el animal no entendería sus palabras, pero sí el tono.
El gruñido se apagó poco a poco. El lobo ladeó la cabeza, olfateó el aire y retrocedió un paso.
Bajo la lluvia de ceniza, ambos se comprendieron.
Sangre volvió junto al cuerpo de Sairah, que seguía aturdida.
Se tumbó a su lado, con la cabeza apoyada sobre su pecho inmóvil.
Le lamió la cara con suavidad, sin respuesta.
Valcara apartó la mirada. Había visto demasiadas muertes para llorarlas todas.
Pensó en la lealtad del animal, más grande que la de muchos hombres y bestias.
A lo lejos, los gritos se mezclaron con el clamor de la guerra.
Voces belurias y choques de espadas. Desde el borde del bosque, el estandarte del sol de Beluria ondeó entre la humareda.
Los belurios resistían y el aire olía a esperanza.
Y entre todo aquello, Valcara caminaba oculta entre los árboles encendidos, con cuidado de que nadie lo supiera, por el perímetro del campamento del éxodo, donde se encontraba a salvo Anara.
Las flechas de hueso caían del cielo como lluvia. Cada impacto en los troncos esparcía una nube de astillas. El bosque ardía en fragmentos, con ramas negras y humo bajo que picaba en la garganta.
Detrás de una raíz enorme, tres Sin Dios se protegían como podían. Uno de ellos, joven, de ojos saltones y rostro tiznado, juntó las manos y bajó su cabeza rapada.
—¿Qué haces? —preguntó el mayor, con la calva llena de ceniza.
El muchacho no levantó la vista.
—Rezo.
El otro parpadeó, incrédulo.
—¿Rezas? ¿A quién?
—A quien quiera escuchar.
Una flecha arreshim pasó silbando entre ambos. El mayor estuvo a punto de morir ensartado.
—¡No creemos en dioses, idiota! ¡Nos rapamos la cabeza por eso!
El joven seguía con los ojos cerrados.
—Pues me he equivocado de bando —gruñó—. Si salimos de esta, me dejo el pelo largo y me hago creyente de Bel-Hur o de Kudram… ¡Me da igual!
Otro de los hombres, el más flaco, se asomó entre los troncos.
—Si sales de esta, no tendrás ni pelo ni fe. Irás directo al matadero por traidor.
El fuego se extendía por los matorrales y avanzó hacia ellos con zumbidos secos. Los tres retrocedieron entre chispas danzantes.
—¿Y si estamos equivocados? —preguntó el joven.
—Entonces, tendrás tiempo de sobra para hablar con tu dios —replicó el mayor mientras cargaba su vieja ballesta desgastada.
El muchacho se encogió y miró el humo.
—¿Y si no tiene tiempo para mí porque tiene que escuchar a los otros?
—¿Qué otros? —preguntó el mayor casi sin paciencia.
—Los belurios. Se pasan el día rezando. Igual no me oye entre tanto ruido.
El mayor apretó los dientes.
—¡Pues grita más fuerte! —exclamó el más flaco.
—¿Para qué me claven una flecha? No, gracias.
Una rama ardiente cayó a pocos metros. Los tres corrieron entre los troncos quemados.
El más flaco tropezó con el cadáver de un soldado belurio y soltó un bufido.
—Mira, ahí tienes a uno que ya habló con tu dios. Pregúntale cómo le ha ido.
El joven lo esquivó con una mueca.
—No hace falta. No creo que me conteste.
El mayor giró sobre sí mismo en busca de orientación. Todo era humo, gritos y fuego.
—Vamos hacia el arroyo —ordenó—. El agua cortará el fuego.
—¿Y los arreshim? —preguntó el flaco.
—Los ahogaremos también.
Avanzaron entre el caos. A cada paso, el suelo crujía bajo los cuerpos, el barro y las raíces encendidas. Un caballo sin jinete cruzó entre ellos, con las crines en llamas.
El joven cayó al suelo, se cubrió la cabeza.
—Bel-Hur, Kudram o quien sea, ¡sácame de aquí!
El mayor lo levantó de un tirón.
—¿Otra vez con eso? ¡No invoques nada!
El muchacho lo miró con ojos desorbitados.
—¡Pues alguien lo ha invocado antes que yo, mira a tu alrededor!
El fuego rugió detrás. Ambos corrieron, seguidos por el flaco, que reía entre bocanadas de humo.
—¡Si nos matan, que sea con estilo!
Llegaron al arroyo. El agua estaba turbia, llena de sangre. Se arrojaron sin pensarlo. El joven hundió la cabeza y gritó bajo el agua.
Cuando emergió, el mayor lo miraba con el ceño fruncido.
—¿Qué haces ahora?
—Sigo rezando. Por si acaso.
El veterano soltó una carcajada ronca.
—Hazlo, pero que no se enteren los demás. Si saben que uno de los Sin Dios tiene fe, nos quedamos sin nombre.
El fuego retrocedía al otro lado del arroyo y los tres se quedaron empapados y temblorosos.
El joven comenzó a llorar.
—Si no tengo dios, no puedo pedir ayuda a nadie.
El mayor levantó una ceja.
—Contigo sí que necesitamos un milagro.