Guardianes
El bosque ardía con un rugido continuo. Las raíces chasqueaban bajo las llamas y el aire olía a quemado. A lo lejos, los cánticos de los sacerdotes aún elevaban columnas de fuego azul, pero entre las sombras retorcidas de los árboles caídos reinaba el silencio.
Sairah yacía sobre la tierra ennegrecida, con la frente partida por un golpe seco recibido en la batalla.
Un hilo de sangre le bajaba hasta el cuello y marcaba el contorno de los tatuajes que recorrían su piel.
La vara de combate descansaba a pocos pasos, partida por la mitad.
El fuego se reflejaba en su ojo verde, aún entreabierto.
A su lado, Sangre respiraba con fuerza. El lobo rojo había esperado a que su dueña reaccionase, pero su cuerpo permanecía quieto. Emitió un gemido grave, una nota que vibró en el aire como una advertencia.
Un arreshim se acercó entre el humo. Tenía la piel verde terrosa y áspera como la corteza de un árbol, el rostro cubierto por una capucha rota y agarraba con fuerza dos puñales manchados de sangre. Se agachó junto al cuerpo de la mujer, sin percatarse del animal que acechaba entre las raíces.
Sangre levantó la cabeza. Los ojos color celeste del lobo se clavaron en el invasor. El arreshim apenas alcanzó a girarse. El lobo lo embistió con todo su peso, lo derribó y hundió los colmillos en su cuello. Un borbotón oscuro manchó el suelo mientras ahogaba un grito desesperado.
El arreshim se agitó unos segundos y luego quedó inmóvil.
Sangre no lo soltó hasta que dejó de moverse.
Le desgarró la garganta y se apartó con un gruñido, mostrando los colmillos a otros tres duendes que se acercaban.
Habían escuchado a su compañero gritar y avanzaban entre el humo, con sus cuchillos en alto.
El lobo retrocedió hasta el cuerpo de Sairah, erizó el pelaje de su lomo y enseñó los dientes manchados de sangre oscura.
—Atrás, bestia —escupió uno de ellos, y alzó la daga con manos temblorosas.
Sangre no cedió terreno. Gruñó en bajo y saltó.
El mundo se redujo a un latido. Cruzó el claro en un parpadeo y cayó sobre el primero. El impacto lo lanzó contra un tronco y el zarpazo siguiente le abrió el rostro de arriba abajo. El grito murió antes de tocar el suelo.
Los otros dos reaccionaron tarde. Piedras y hojas cortaron el aire.
Una daga le rasgó el costado, pero el lobo siguió peleando.
Sangre giró sobre sí mismo, se coló entre las piernas del segundo y cerró las fauces en la pantorrilla.
El mordisco sonó húmedo. El duende cayó, arrastrado, y el lobo lo remató con un tirón seco al cuello.
El último se quedó inmóvil. Miró los cuerpos de sus compañeros, la sangre derramada por la hojarasca y los ojos del animal fijos en él.
—Tú ganas… —murmuró mientras daba un paso atrás.
Sangre volvió a saltar. Lo alcanzó antes de que diera dos pasos. Le atrapó el brazo, lo sacudió hasta que el hueso cedió y lo arrojó al suelo sin mirarlo.
Luego regresó junto a su dueña. Se tumbó a su lado, apoyó el hocico en su pecho y lamió la sangre de su propio pelaje. Mantuvo la vigilancia sobre el bosque, con los colmillos aún manchados.
El fuego se acercaba. El humo envolvía todo en un resplandor rojo. A lo lejos, se oían los rugidos del Heraldo y los tambores del éxodo. El lobo apoyó el hocico sobre la mano inerte de Sairah, lloriqueó un poco y cerró los ojos.
Entonces, la guerrera respiró. Un leve movimiento, un temblor en el pecho. Sangre levantó la cabeza y movió la cola, contento de ver a su dueña mejor.
—No te atrevas a dejarme sola —susurró ella con los labios secos.
El lobo gimió, le lamió en la mejilla y volvió a tumbarse a su lado. La cubrió con su cuerpo para protegerla.
En la distancia, los Sin Dios luchaban sin rumbo, ya que ella no los gobernaba. Pero allí, entre raíces chamuscadas y sangre fresca, Sairah abrió los ojos del todo.
Uno verde y otro amarillo, que brillaron a la vez.
—Aún no —murmuró y su mano buscó a tientas la vara rota.
El rugido de Sangre llenó el bosque.
Y el fuego pareció responder.
El bosque ardía. Las copas de los árboles lanzaban llamaradas que devoraban la noche y el aire se llenaba de ceniza. La tierra agrietada temblaba bajo las pisadas de los arreshim y los gritos de los Sin Dios.
Valcara observaba desde lo alto de un tronco desgajado, inmóvil, con la mirada clavada en la figura que avanzaba tambaleante entre el humo.
—No… —susurró.
Anara tropezaba, con el manto blanco manchado de barro y sangre.
Confusa, no sabía en qué momento se había separado de Sairah y Sangre. Tenía la cara pálida bajo su corona dorada. A su alrededor, los suyos caían o huían sin dirección.
Un estallido rompió el aire. Un proyectil de hierro se incrustó en el árbol, a un palmo de la cabeza de Valcara. Su instinto eterno rugió en su interior y saltó al suelo.
Descendió entre las ramas y cayó con sigilo sobre un arreshim que no llegó a gritar cuando sus garras negras le atravesaron la garganta y el casco a la vez.
El cuerpo se hundió en la tierra con un golpe seco, nunca supo qué lo mató.
Valcara arrancó una capa de un soldado muerto atravesado por una lanza y se la echó sobre la cabeza.
—Seguro que ya no la necesita —pensó.
No podían verla, no debían verla. Sería complicado explicar su nueva condición de no muerta, era mejor así.
—Aguanta, Anara —murmuró al divisar el manto blanco de su protegida entre la bruma.
El bosque ardía y el calor le arañó el rostro. Valcara retrocedió un paso. El fuego la cercaba.
Su piel palideció aún más, y un estremecimiento seco le recorrió la espalda. Sintió un miedo primario por el fuego presente en todos lados y tuvo que sobreponerse al instinto que la empujaba a huir de allí para salvar la no vida.
Se movió entre las sombras lejos del fuego, rápida y letal.
Su espada larga salió de la funda de su espalda con un silbido metálico.
Cada paso era un corte. La hoja rebanó tendones, abrió vientres, cortó brazos de cuajo.
Un enemigo arreshim más alto de lo habitual alzó una maza ante ella, pero Valcara se giró y lo rajó desde el esternón hasta la mandíbula.
El cuerpo se desplomó para después ser consumido por el fuego.
El aire se llenó de brasas. Una chispa cayó sobre su capa y la tela empezó a humear. Arrancó un pedazo de un tirón, con un gruñido ahogado.
—No mires el fuego. No lo mires —pensó.
El miedo la atenazó hasta el punto de no poder mover los dedos. El bosque giraba. Las llamas parecían avanzar hacia ella, vivas y hambrientas. El terror que sentía hacia el fuego era una forma de alertarle de que era una de las pocas cosas que podía acabar con su inmortalidad.
Entonces, vio a Anara tambalearse.
Llegó hasta ella con una velocidad sobrehumana y la atrapó justo antes de que cayera de bruces.
—Te tengo —murmuró y la sostuvo entre sus brazos.
Los ojos de la suma sacerdotisa se cerraron antes de verla.
—Shhh, duerme mi niña —murmuró en su oído.
El rugido de un cuerno resonó entre los árboles. La tierra se agitó bajo una carga de arreshim que descendía por la colina. Valcara tensó la mandíbula. Sujetó a Anara con un brazo y empuñó la espada con el otro. El fuego reflejó su piel excesivamente pálida.
—Esto no será el final —susurró.
Arremetió contra el primer arreshim que se le echó encima; su arma le atravesó el corazón; el segundo la hirió en el hombro, pero su espada rajó la armadura enemiga a la altura del vientre.
Un tercer duende se abalanzó con un hacha y Valcara lo esquivó, le arrancó el arma de una parada y le clavó la espada por la espalda.
La muerte danzaba a su lado, era evidente que disfrutaba con ella.
Con el cuerpo de Anara al hombro, cruzó el campo entre escombros humeantes y cadáveres. Nadie la reconocía; su rostro oculto y su velocidad la hacían parecer un espectro.
El Carro Rojo apareció entre un montón de muertos de la batalla y vio cómo alguien acogía a un superviviente dentro y cerraba la puerta rápido. La guardiana corrió hacia allí y golpeó la puerta con el codo.
—¡Abrid, soy beluria! —exclamó Valcara con energía.
Perin se lo pensó, pero no demasiado. Abrió despacio, asomó la cabeza y se quedó helado.
—¡Por Bel-Hur!… ¿Anara?
La vio acostada, apoyada a los pies de las puertas del carro, pero no había nadie más y esa voz no era la de ella, dado que tenía los ojos cerrados.
Por un momento, el guardián del carro se temió lo peor. ¿Estaba muerta? Pero rápidamente pensó que alguien la había llevado hasta allí para ponerla a salvo.
Kalthis se acercó raudo a la puerta para ayudar a Perin. Tenía las manos manchadas de sangre seca.
—Adentro con ella —dijo el bardo metiendo prisa a Perin y saltando para ayudarle a subir al carro a la suma sacerdotisa.
Entre los dos la arrastraron al interior y cerraron la puerta. La luz de las lámparas iluminó el rostro pálido de Anara.
Valcara, oculta por una tienda cercana, la observó mientras la ponían a salvo. El fuego del bosque se reflejaba en sus ojos verdes. Se dio la vuelta y salió de allí antes de que alguien la reconociera. A su alrededor, el rugido de la batalla era un eco incesante.
Volvió a fundirse entre la oscuridad. No necesitaba gloria ni gratitud. Solo ponerla a salvo y ya lo había hecho; al fin y al cabo, era la guardiana de Anara y lo sería hasta su muerte.
Del humo brotó un arreshim con una espada en alto. Valcara dio un paso al frente y la punta de su espada le encontró la garganta. El corte abrió la piel verde y el grito se ahogó en su sangre oscura. El cuerpo cayó a sus pies sin hacer ruido.
Otro surgió por su flanco. Valcara giró el torso y abrió la mano izquierda, con las garras negras al descubierto. El zarpazo le abrió el vientre y lo lanzó contra las raíces. Allí quedó inmóvil, con los dedos aún arañando la tierra.
El tercero vio la escena y se giró para huir.
—Demasiado tarde —dijo ella.