Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) El núcleo del caos #3
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El núcleo del caos #3

—No podíais haber sido más oportunos —dijo Shuraz. Miró a su alrededor, donde los estragos de la guerra habían hecho mella.

Jarben, aún en su forma de bestia violeta, se erguía a su lado sobre sus dos potentes patas de lobo. Su respiración era un rugido grave. La sangre goteaba de sus fauces al suelo ardiente. A su alrededor, los soldados de la Guardia del Éxodo lo miraban con miedo.

Brak levantó el hacha y gritó.

—¡Belurios, este bosque arresio no nos enterrará hoy!

Los soldados respondieron con un clamor de esperanza y alzaron sus armas.

Entre el humo, la línea se reformó a la orden de Shuraz.

Flechas envueltas en fuego surcaron la noche como estrellas fugaces, las lanzas se hundieron en la carne beluria con golpes secos, y los cánticos de los Sacerdotes del Templo alzaron columnas de luz que desgarraron la oscuridad y la hicieron retroceder.

—¡Por Bel-Hur! —exclamó Rayhem sin quitar ojo de los poderes que arrasaban a manos de sus superiores los Sacerdotes del Templo de Bel-Hur. Era un espectáculo que jamás había contemplado.

Los Sacerdotes del Templo avanzaron entre las filas, con los símbolos de Bel-Hur en llamas en la frente, trazados con aceite consagrado.

Alzaron las manos y el nombre de Bel-Hur estalló en sus gargantas.

El aire olió a rosas. Llamas blancas prendieron en los duendes.

El fuego azul los devoró; se retorcieron y gritaron con voces que no les pertenecían. Donde pisaban, la oscuridad retrocedía.

Por un instante, el enemigo vaciló. Los Forjadores de Cráneos, huérfanos del Durmiente, dieron un paso atrás al ver al Embajador alzar las manos encendidas sobre los cuerpos caídos.

Rayhem susurró palabras antiguas. De los arreshim heridos brotaron sombras pálidas que se alzaron un instante, miraron al cielo y se deshicieron en polvo.

Los cuerpos cayeron inertes. Entre los belurios, un murmullo recorrió las filas y el miedo cambió de bando.

Shuraz respiró el aire caliente y sonrió entre dientes.

—Creía que esto era el final.

—Aún puede serlo —replicó Rayhem, que se agarró el pecho sin apartar la vista del horizonte—. Mira.

Entre los troncos calcinados, una figura emergía.

Era alta, un cadáver andante de piel chamuscada.

Le colgaba la mandíbula rota y su pecho cosido y abierto en canal ardía con una luz roja mientras se curaba.

Los hilos vibraban como cuerdas vivas. Sus puños cerrados tenían el mismo fulgor rojo y, a su alrededor, la tierra se ennegrecía a su paso.

El Heraldo había llegado.

Un viento helado barrió las llamas y apagó los gritos. Los árboles se inclinaron ante su paso.

Jarben gruñó, tensó sus músculos y Rayhem, concentrado, levantó el brazo.

Shuraz aferró su espada con ambas manos y, a su lado, Brak levantó el hacha y sonrió.

El humo aún ardía en los pulmones de Enen cuando se arrastró hasta donde yacía Edoz.

Le ardía la herida de la pierna y se la ató con un trozo de camisa para que no le sangrara tanto.

El cuerpo de su señor estaba tirado sobre las raíces, su brazo izquierdo cercenado había sido reducido a una masa gris de carne quemada, no respiraba, su mirada vacía estaba fija en el cielo ennegrecido y permanecía inmóvil.

El crío se detuvo a su lado. Dejó escapar el aire por la nariz y emitió un gruñido. Había visto morir a todos los suyos, pero ver caer al hombre que los había guiado lo vació por dentro. Bajó la vista al brazo destrozado y comprendió que Edoz había muerto.

Se volvió hacia el cuerpo de Gogor. El hechicero parecía más pequeño sin su fuego, su piel verde oscura estaba agrietada sobre los huesos y la muerte le había chupado hasta la forma. De su espalda sobresalía Ansia, la daga negra de Edoz, hundida hasta la empuñadura.

Enen avanzó entre las brasas que aún humeaban bajo sus pies descalzos.

Se arrodilló junto al cadáver y, con ambas manos, tiró del arma.

La hoja salió con un gemido metálico, húmeda de sangre oscura.

Por un instante creyó oír un susurro dentro de su cabeza, una voz suave y lejana, casi un aliento. No la entendió, pero le dejó helado.

Miró el filo ensangrentado. Brillaba débilmente, era oscuro y parecía respirar.

Luego vio en el suelo el trozo de tela gris del que Edoz la había desenvuelto.

La recogió, la sacudió del barro y con la delicadeza de quien guarda algo sagrado, la limpió con su pantalón y cubrió la hoja hasta que la oscuridad quedó sellada.

—Ya está —susurró—. Aquí estarás segura.

Guardó la daga bajo su cinturón. Se levantó tambaleante y echó una última mirada entre el humo a los cuerpos humeantes y rotos de sus hermanos las ratas, Edoz y el Hechicero Negro.

Sin volver la vista atrás, Enen avanzó hacia la línea de árboles con una cojera marcada, solo, envuelto en la luz moribunda del bosque en llamas. Cada paso lo alejaba del infierno que había sido su hogar y lo acercaba a un destino que aún no comprendía.

El eco del acero en la batalla no muy lejana resonó una vez más antes de que el silencio lo devorara todo.