El núcleo del caos #2
La hoja surcó el aire y se hundió en la espalda de Gogor. El impacto desató una explosión sorda. El fuego retrocedió, las runas se apagaron una a una como estrellas moribundas. Gogor se giró con la boca abierta en un grito mudo mientras la daga bebía su sangre y su poder se deshacía entre espasmos.
Cayó de rodillas. El humo brotó de sus ojos. Luego se desplomó y el silencio lo cubrió todo.
Enen cayó al suelo, cubierto de la sangre de los suyos. Se arrastró hasta el hechicero, lo giró con esfuerzo y comprobó que estaba muerto.
Edoz apenas respiraba. Escupió sangre y sonrió con los labios rotos.
—No luchas mal, enano.
Enen lo miró sin saber qué decir.
—Solo me defiendo —susurró.
Edoz intentó enfocar su rostro, pero no pudo. El mundo se le vino encima y cayó como un peso muerto.
Enen se quedó allí, inmóvil, mientras el eco de los gritos flotaba entre los árboles.
Olía a carne quemada.
El Durmiente embistió con un aullido que partió las ramas cercanas. Su cuerpo de piedra viva arrolló a soldados belurios a su paso, mientras aplastaba cadáveres de ambos bandos.
Jarben saltó sobre su espalda con un bramido inhumano.
Su pelaje violeta brillaba bajo las chispas que flotaban en el aire, con los músculos tensos.
Sus ojos brillaban con hambre de sangre.
Sus garras se clavaron en la piel pétrea del monstruo y arrancaron escamas que caían al suelo como fragmentos de una montaña.
El coloso soltó su cetro, que el barro engulló al caer.
El Durmiente, sorprendido por el ataque, se giró y trató de aplastarlo contra un tronco.
Jarben se dejó caer y rodó entre el barro y las hojas chamuscadas.
El coloso levantó un brazo grueso como un roble; su sombra cubrió al licántropo justo antes de que una figura descendiera desde el aire.
Rayhem aterrizó sobre el monstruo con el manto desgarrado y las manos desnudas extendidas.
Un fulgor pálido recorrió sus venas cuando tocó la piel del Durmiente y tiró de su alma.
El grito que salió del gigante sonó como mil almas arrancadas a la vez.
—¡Atrás, Jarben! —exclamó el embajador.
El licántropo no retrocedió. Saltó de nuevo, atravesó el humo y hundió las garras en el cuello del monstruo.
La sangre, negra y espesa, brotó a chorros sobre el campo de batalla.
El Durmiente rugió, tropezó contra un tronco en llamas y se desplomó.
Rayhem hundió la mano en su pecho abierto.
De su palma surgió una luz que envolvió el cadáver y le arrancó el último aliento.
La carne se marchitó, el aire se llenó de polvo y silencio y Rayhem miró al caos de su alrededor.
El Durmiente había caído.
El bosque pareció contener el aliento. Entre las llamas se oyeron pasos.
A través de la humareda surgieron Brak y los suyos, quince guerreros cubiertos de hollín, harapientos, con la mirada vacía de los que habían visto demasiada muerte.
Brak cargaba su hacha en el hombro. Al verlos, Shuraz sonrió por primera vez desde que comenzó el infierno.
—Bel-Hur ha escuchado nuestras plegarias —dijo para sí y miró a lo que quedaba de la Compañía del Embajador.
Brak levantó el arma y avanzó hacia los rezagados del enemigo.
Los belurios que lo acompañaban gritaron su nombre y el suelo tembló bajo su carga.
Cada golpe del hacha rompía huesos y escudos, partiendo cuerpos de arreshim en dos.
Brak luchaba mientras reía con la cara manchada de sangre.
Había convertido el miedo en furia. Shuraz sonrió.
Rayhem caminó entre los cadáveres que dejaban a su paso. Con cada toque suyo, un cuerpo enemigo se desplomaba sin vida. Los ojos de sus víctimas se volvían blancos, las bocas se abrían en un grito silencioso. Donde él pasaba, el fuego se apagaba y el aire se enfriaba.
En la espesura, Azniel y Danna se refugiaban tras un tronco caído. El humo les cortaba la respiración.
—No salgas —susurró él—. No podrán con esa cosa.
—Sí podrán —contestó ella—. ¿Aún no sabes quiénes son los Embajadores de Beluria?
En lo alto, entre los árboles ennegrecidos, Valcara observaba.
Había seguido a los hombres de Rayhem en secreto, siempre a cubierto entre las sombras.
Su piel pálida brillaba con reflejos rojizos.
Desde la rama más alta, buscó entre el caos el rostro de Anara.
Su instinto la empujaba hacia el combate, pero no debía dejarse ver.
Apretó los dedos en la corteza hasta que esta crujió bajo sus garras.
Jarben se agachó junto al cuerpo muerto del Durmiente.
En su forma de licántropo violeta, se alzaba sobre dos patas, cubierto de un pelaje oscuro que brillaba con reflejos púrpura bajo la luna.
Sus ojos rosados eran inconfundibles. Su respiración era un rugido animal.
Tenía las fauces manchadas de sangre y los ojos fijos en el vacío, atrapado en esa frontera donde su conciencia humana se apagaba.
Rayhem lo observó con un brillo blanco que aún ardía en sus manos.
—Jarben, vuelve.
El licántropo alzó la cabeza mientras el humo envolvía sus fauces abiertas.
La voz del sacerdote era un ancla, pero la bestia dentro de él quería más.
Rayhem se acercó y tocó su frente. Una chispa de luz se extendió sobre el pelaje.
El monstruo retrocedió un paso, gruñó y cayó de rodillas.
La respiración se calmó y la furia se apagó despacio.
El silencio duró un suspiro.
Luego, el suelo vibró.
Las raíces bajo los cuerpos muertos comenzaron a moverse. Una sombra emergió entre los árboles. Era alta y esquelética, con ojos como antorchas rojas. El aire se volvió pesado, el fuego pareció inclinarse ante su presencia. Los guerreros belurios dejaron de luchar.
—¿Qué es eso? —preguntó Brak con el hacha elevada.
Rayhem no respondió. Su rostro se ensombreció.
Jarben levantó la cabeza con los colmillos aún ensangrentados.
A pesar de tener la mandíbula rota, el rugido que siguió partió el cielo.
El Heraldo de Kudram exigía sangre.
Los árboles se doblaron bajo la onda de sonido y una bandada de pájaros muertos cayó del cielo. Shuraz, cubierto de sangre, se giró al oírlo. Los suyos se apartaron a su paso. Levantó la mirada hacia el resplandor rojo que se abría entre las copas del bosque y apretó los dientes.
El rugido del Heraldo retumbó en el interior de cada pecho. El bosque entero respondió con un gemido de raíces que se partían y ramas que se curvaban a su paso.
Shuraz levantó la vista. Su rostro estaba cubierto de sangre seca. Entonces vio el resplandor rojo entre las llamas y la forma de un hombre lobo violeta que se acercaba.
—Jarben…
El aire vibró cuando Jarben, en forma de licántropo, emergió de la humareda, cubierto de ceniza.
Junto a él, Rayhem caminaba con la serenidad de los antiguos sacerdotes, su manto verde ondeaba a su alrededor y la muerte misma parecía protegerlo.
A sus flancos, Brak surgió con los suyos, quince guerreros curtidos por la guerra, pero vivos.
Shuraz soltó una carcajada rota.
—¡Por fin, malditos!
Corrió hacia ellos. Brak lo vio venir y dejó caer el hacha. Ambos chocaron con un golpe de hombros que resonó más fuerte que los tambores de guerra. No hubo palabras. Solo un abrazo entre dos guerreros que habían sobrevivido a demasiadas cosas.
—Pensé que te habían tragado los dioses —gruñó Shuraz y lo apartó de una palmada.
—Casi. Pero soy difícil de digerir —respondió Brak.
Rayhem se acercó. Tenía la cara manchada de ceniza y vio la alegría en los ojos de Shuraz, que se cuadró con respeto.
—Embajador, sigues con nosotros.
—Siempre, y parece que llegamos a tiempo.