Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) El núcleo del caos
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El núcleo del caos

Mientras el humo se disipaba, el Heraldo de Kudram, aún con la mandíbula rota, rugió y el aire tembló.

Su pecho cosido ardía ahora abierto por una luz roja.

La reliquia corrompida se dejaba entrever entre la carne putrefacta y los hilos de las costuras vibraban como cuerdas vivas por la herida que había provocado el cetro mágico del Durmiente.

Se encontraba sobre un surco de tierra calcinada que había dejado a su paso.

El fuego brotó de sus pies y las raíces, animadas por la magia arreshim, se replegaron al huir del calor.

Frente a él, el Durmiente, todavía humeante, se incorporó con un crujido de huesos antiguos.

La piel gris se había abierto en grietas por donde asomaba una carne negra, casi líquida, y en sus muñecas, la carne derretida dejaba ver sus huesos ahora ennegrecidos.

Sus ojos eran dos huecos ciegos llenos de furia.

En su mano seguía el cetro que había abierto el pecho al Heraldo.

Por un instante ambos se miraron. Dos monstruos nacidos del mismo abismo. Ambos parecieron reconocerse y dejaron de pelear entre ellos, y al unísono, avanzaron hacia el ejército belurio.

—¡A las filas! —rugió Shuraz al verlos venir.

Los tambores de la Guardia del Éxodo retumbaron por última vez antes del caos. Oscuria, la espada forjada con piedra viva, cobró un brillo profundo. Shuraz alzó el arma y el reflejo ennegrecido cruzó su cara.

Los primeros que huyeron fueron del bando arreshim.

El Durmiente los alcanzó antes de que pudieran dar un segundo paso.

Los arrancó del suelo con una sola mano y los partió en dos, como muñecos.

El Heraldo tampoco distinguía enemigos; cada cuerpo a su alcance, sin importar el bando, se convertía en un fragmento ardiente que acababa carbonizado, envuelto en un humo rojizo.

Zarya, cubierta de sangre hasta el cuello, se acercó a la carrera con el martillo en el aire.

—¡Están desbocados! ¡No obedecen a ningún dios!

Shuraz se giró hacia ella.

—Ahora es cuando nos toca hacerles sangrar —contestó el comandante con la voz ronca.

El Heraldo irrumpió con su luz roja que cortó la oscuridad y cegó a hombres y arreshim por igual. Los Forjadores de Cráneos retrocedieron, incapaces de mirar de frente al monstruo que el Profeta había desatado.

Shuraz cargó contra el que estaba más cerca, el Heraldo. La primera colisión levantó una nube de polvo y chispas. Oscuria detuvo un puño que parecía hecho de hierro vivo, pero la fuerza del golpe lo hizo retroceder tres pasos. El suelo tembló.

Varios soldados apoyaron la carga de Shuraz.

El Heraldo volvió a atacar. El segundo golpe partió el escudo y perforó el casco de un soldado belurio, aplastándole el cráneo. El tercero impactó contra una roca y la partió en dos.

Shuraz esquivó el siguiente golpe y se lanzó con un corte ascendente. La hoja rajó el costado del Heraldo y abrió una grieta por donde escapó luz roja. El aire apestó a carne putrefacta.

El monstruo no retrocedió. Lo agarró por el brazo y Shuraz sintió el calor a través del metal de su brazal. Giró, se soltó y lo pateó en la espalda.

—No te lo voy a poner fácil —escupió el guerrero belurio.

—Solo eres humano… —rugió el Heraldo con una voz doble, que no provenía de su boca y solo recordaba vagamente a la humana.

Shuraz se apartó para tomar referencia de cómo se encontraba la batalla.

A su izquierda, el Durmiente sembraba un sendero de muerte.

Sus golpes reducían a arreshim y belurios por igual a masas rotas contra el barro.

Las flechas de los duendes se astillaban en su carne ennegrecida y el fuego de Bel-Hur solo arrancaba chispas sin frenar su avance.

Sairah y Sangre le cerraban el paso entre raíces partidas y tierra abierta, forzados a retroceder palmo a palmo.

Anara, a un lado, logró alzarse sobre un codo en busca de aire, pero un dolor feroz le atravesó el pecho y la obligó a detenerse, sin aliento.

El campo de batalla se partió en dos frentes de locura. El bosque ardía, los árboles se abrían por la mitad y el cielo se volvió rojo.

—¡Shuraz! ¡Viene también el otro! —gritó Holen desde una atalaya improvisada.

El comandante miró un instante a ambos gigantes.

Uno nacido del fuego y otro, de la sombra.

—Entonces, hoy conoceremos a nuestros dioses —susurró y apretó el mango de Oscuria.

El Heraldo lo embistió de nuevo. El golpe lanzó a Shuraz contra un tronco y su espada rodó lejos. Antes de que pudiera levantarse, el Heraldo se alzó sobre él. Su pecho latía como un corazón de luz roja que empezaba a cerrarse rápidamente.

Shuraz clavó las manos en el barro, alcanzó a Oscuria y la hundió hacia arriba justo cuando el Heraldo descargaba su puño.

El impacto fue una explosión.

La mitad del claro se iluminó de rojo.

Los dos quedaron inmóviles, trabados en un punto de pura fuerza, y en el eco de ese choque, el rugido del Durmiente se oyó cada vez más cerca.

El aire del bosque ardía a su alrededor.

La corteza de los árboles se chamuscaba y entre las raíces reptaban lenguas de fuego que alzaban humo espeso, un humo que parecía tomar formas y rostros en la penumbra.

Edoz sintió cómo la presión cedía un palmo y ambos se separaron a la fuerza, empujados por el temblor de la tierra.

Cojeó hacia atrás, con dos dagas en alto y el torso cubierto de sudor y sangre.

Ansia, aún envuelta y guardada, pesaba más de lo normal, parecía tirar de él hacia el suelo.

Frente a él, Gogor también había dado un paso atrás.

Su brazo izquierdo sangraba sin control, pero el hechicero, ajeno al dolor, sonreía con los ojos rojos encendidos.

—Te crees distinto, Edoz. —Su voz sonó como un hierro contra una piedra—. Pero en ti late la misma oscuridad que me sirve a mí.

Edoz no contestó. El dolor en su pecho se extendía como una marea helada.

Cada vez que el corazón latía, la cicatriz negra se inflamaba bajo la piel.

Cayó de rodillas, apretó los dientes y arrancó la tela gris que cubría a Ansia.

La hoja emitió un resplandor oscuro y un grito que solo Edoz pudo escuchar en su cabeza.

Edoz clavó la daga en el cuerpo de un caído cercano y Ansia absorbió su sangre con un gemido metálico y, por un instante, el temblor cesó. La oscuridad que amenazaba con devorarlo quedó contenida.

—Esa daga hambrienta no te salvará —rio Gogor, alzando ambas manos—. Solo retrasas lo inevitable.

Un murmullo arcano del Hechicero Negro hizo que la tierra respondiera.

Las raíces emergieron del suelo, rígidas y sinuosas, mientras las runas surgían bajo los pies de Edoz y se encendían en cadena con un fulgor enfermo.

Gogor cerró el puño y el bosque rugió con él.

Una fuerza brutal lo arrancó del suelo y lo lanzó hacia el centro del sello, donde el fuego negro se abrió como una boca hambrienta.

Edoz cayó de rodillas, clavó las botas en la tierra y aferró a Ansia con ambas manos. El fuego trepó por su brazo izquierdo, como un fuego interno que desgarraba. Sintió cómo el hueso crujía y la carne se abría en un dolor punzante que le nubló la vista.

—¡No…! —escapó de su garganta, ahogado.

Ansia vibró con violencia, pero la explosión final llegó como un martillazo. Un estallido seco, brutal, arrancó el brazo de Edoz de raíz. La fuerza lo lanzó contra un tronco, que se astilló al recibir su cuerpo.

Cayó al barro sin aire, mientras el mundo giraba a su alrededor. Donde había estado su brazo solo quedaba un muñón humeante, rojo y negro, que palpitaba al ritmo de su pulso. La sangre brotó a borbotones y empapó la tierra.

Ansia salió despedida. Dio vueltas en el aire y se clavó entre las raíces, a varios metros. La hoja vibró, empapada de su sangre, y su lamento metálico resonó en todo el bosque.

Edoz alzó la cabeza con un gruñido animal y los dientes apretados. Seguía vivo y Gogor aún respiraba.

El duelo no había terminado.

Las ratas de Edoz gritaron al unísono.

Filo, Clara, Kire y Nix. Sus cuchillos se alzaron, brillando entre la ceniza, y cargaron sin dudar contra el hechicero.

—¡Por Edoz! —rugió Reki.

No llegó a dar un segundo paso. Una ráfaga invisible lo arrancó del suelo y lo estrelló contra un árbol con un crujido seco. Su pequeño cuerpo cayó torcido, inmóvil, con la columna partida como una rama seca.

Gogor extendió los dedos con un gesto perezoso.

Las runas ardientes se encendieron bajo los pies de los niños.

La tierra se abrió en bocas de piedra y raíces vivas.

Clara gritó cuando una de ellas, envuelta en fuego negro, le atravesó el pecho.

Nix corrió hacia ella e intentó arrastrarla, pero una sombra se cerró a su alrededor y lo partió en dos con un chasquido húmedo.

El bosque rugía ante el antojo de Gogor.

Las llamas envolvieron a Kire al caer. Su cuerpo sacudió la tierra y quedó quieto. Filo gritó el nombre de sus hermanos. Después, su carne empezó a arder por dentro, sin fuego alguno.

Solo Enen quedó en pie.

Tenía la cara salpicada de sangre ajena y los ojos rabiosos. Respiraba como una bestia acorralada.

—Por mis hermanos —dijo. La voz no era la de un niño—. Por todos.

Escupió al suelo.

Gogor lo miró, por primera vez con atención.

—¿Tú? —murmuró—. Un ratón sin madriguera.

Enen no respondió. Corrió hacia él.

Atravesó llamas, esquivó una roca ardiente y se lanzó con un cuchillo roto directo al pecho del hechicero.

Gogor lo detuvo en el aire con una sola mano.

Las runas se alzaron como tentáculos y envolvieron al niño.

Enen gritó cuando su cuerpo se elevó, suspendido, las venas negras se dibujaron bajo su piel como raíces muertas.

Edoz, medio consciente, arrastró su cuerpo por el barro. El muñón sangrante dejaba un rastro oscuro tras de sí. Con el brazo que le quedaba alcanzó a Ansia. La daga palpitó, viva, reclamándolo.

Gogor alzó la otra mano. Kire y Filo, aún con un hilo de vida, comenzaron a arder de nuevo.

—Gundar exige sus almas —susurró.

Edoz levantó la cabeza. Tenía los ojos ensangrentados.

—Tómalas tú, bastardo.

Ansia voló.