El fuego de Bel-Hur
La tierra del Bosque Sagrado tembló. Las raíces se partían bajo los cascos y las ramas parecían gemir sobre las cabezas de los belurios.
Shuraz levantó la vista y el mundo entero se tiñó de rojo.
Frente a él, los Forjadores de Cráneos avanzaban en línea.
Más altos que un hombre, cubiertos de espinas, con máscaras de hueso que parecían fundidas a sus rostros.
En sus manos portaban martillos hechos de cráneos aplastados, unidos con hierro negro fundido.
Al marchar, sus pasos producían un ruido seco y las cadenas que arrastraban repiqueteaban.
—Guardia del Éxodo —rugió Shuraz—. ¡Formad un muro!
Las filas respondieron. Clavaron lanzas en el suelo y alzaron escudos. Tres mil hombres contra aquel horror que emergía de la negrura del bosque.
La muerte se olía en el aire.
La capa verde de Torvak ondeaba al viento. Se adelantó y cruzó sus dos espadas en forma de equis.
—No parecen tener prisa.
—No la necesitan —contestó Shuraz mientras ajustaba la empuñadura de su espada—. Así causan más terror.
Un rugido atravesó el bosque y la primera oleada cayó sobre ellos.
El choque fue atroz. El martillo de un forjador estalló contra el escudo de un soldado y lo lanzó por los aires. Los huesos del belurio crujieron antes de tocar el suelo.
Zarya irrumpió en la línea a voz en grito, su martillo de guerra destrozó la rodilla de un enemigo y el sonido fue el de un tronco que se parte. Holen, desde atrás, tensó el arco y dejó volar una flecha que se clavó en una de las máscaras de hueso. La criatura apenas se inmutó.
Shuraz se lanzó hacia el frente. Su espada cortó el aire con un zumbido y cercenó una cabeza. La criatura cayó sin soltar su martillo. Otro arremetió con un golpe que hizo vibrar la hoja del comandante, pero Shuraz giró, se agachó y hundió la punta en su garganta descubierta.
—¡Torvak, flanco izquierdo! ¡Zarya, cúbrele el hueco! —bramó.
El oficial de capa verde obedeció y midió sus espadas con dos forjadores al mismo tiempo.
Cada impacto sonó como una campanada. Zarya se colocó a su espalda y descargó golpes que estrellaron contra el suelo a los arreshim cercanos.
La sangre de los duendes se mezclaba con el barro, tan oscura que parecía aceite quemado.
Una sombra inmensa cayó sobre ellos. Un forjador colosal, de tres metros de altura, levantó su martillo con ambas manos.
Shuraz rodó a un lado, el golpe impactó contra el suelo y la tierra se abrió.
Con un giro de pies, el comandante se levantó y atacó.
Un tajo a la rodilla, otro al costado. El monstruo cayó hacía un lado, Shuraz le abrió el cuello con un golpe circular y un chorro de sangre negra le manchó la cara.
—¡No dejéis que rompan la línea! —rugió Torvak.
—¡Flechas, Holen! —gritó Shuraz.
Los arqueros de Holen tenían los arcos tensos; él se alineó con ellos. Treinta disparos. Varios forjadores cayeron bajo el hierro belurio.
El bosque se llenó de gritos, golpes y el sonido de las cadenas. A lo lejos, entre la niebla, los tambores arreshim marcaban un ritmo constante, era el sonido del corazón del bosque.
Zarya aplastó un cráneo enemigo contra el suelo y jadeó.
—No se rinden.
—No saben hacerlo —contestó Shuraz, y limpió a Oscuria en un cadáver—. Los ha enviado su señor, Kharzug. Ese bastardo no cría cobardes, pero él no da la cara.
Una flecha rozó la mano izquierda del comandante y se clavó en el cuello de un enemigo que intentaba sorprenderlo, justo bajo la máscara. Holen bajó el arco.
—Te debía una —dijo el oficial con sorna.
Shuraz sonrió sin apartar la vista del frente.
—Págamela con otra ronda de muertos, y la próxima apunta mejor, casi me atraviesas la mano.
El bosque se llenó de movimiento. Más figuras emergían entre los árboles, las espinas relucían bajo la luz de las hogueras. Eran decenas, puede que cientos.
Torvak retrocedió un paso.
—¿Qué demonios esperan para retroceder?
—A su general —murmuró Shuraz.
El aire cambió. Un silencio denso se extendió entre los árboles. Incluso las aves guardaron calma.
Desde la bruma, una voz grave pronunció un nombre antiguo: Bakthar.
Los forjadores golpearon sus martillos contra el suelo. Uno, dos, tres golpes. Las llamas temblaron con cada impacto.
Shuraz alzó su espada hacia el cielo.
—Bakthar, ¡bastardo! ¡Eres un sapo cobarde!
Y cuando el rugido volvió a llenar el bosque, los hombres de la Guardia del Éxodo cargaron otra vez.
Bakthar emergió entre el humo, parecía un espectro vivo del bosque.
La armadura que lo cubría estaba hecha de placas arrancadas de enemigos caídos; cada una mostraba el grabado de una derrota.
Su piel verdosa tenía cicatrices que parecían raíces abiertas y sobre su hombro descansaba una lanza negra de sangre seca.
Los forjadores dieron un paso atrás y agacharon la cabeza.
El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier rugido.
Torvak lo vio venir. Soltó un bufido, escupió al suelo y giró las espadas.
—Tú y yo, carroña.
Bakthar sonrió y avanzó.
Torvak cargó con las dos hojas cruzadas, en busca de la clavícula del general enemigo. Bakthar alzó la lanza. Desvió ambas hojas y giró el mango; el chasquido rozó su cuello.
El belurio giró y bajó las hojas hacia las piernas del enemigo, pero el arreshim se apartó de un salto y lanzó una estocada que hirió de gravedad el antebrazo de Torvak.
El oficial belurio apretó los dientes y apuntó con su espada al estómago. Bakthar la atrapó con la mano enguantada y retorció la hoja hasta partirla. La punta saltó y se clavó en el barro.
Torvak giró la espada restante con su brazo sano hacia el cuello del enemigo, pero Bakthar avanzó con brutalidad, apartó el golpe con el antebrazo y hundió la lanza en las costillas del belurio. El sonido fue húmedo y sus huesos crujieron en su interior.
Antes de que Torvak cayera, el arreshim lo sostuvo atravesado con la lanza, sujetó su pecho, le arrancó el cierre de la coraza con una fuerza salvaje y hundió los dedos acabados en garras en su pecho.
El cuero cedió. Con un movimiento estudiado, extrajo el corazón del belurio mientras aún latía y lo alzó bajo la luz de las hogueras ante la mirada moribunda del oficial belurio.
Los forjadores gritaron en una sola voz, un rugido grave que hizo temblar los árboles.
—¡Torvak! —gritó Shuraz al verlo.
Intentó avanzar, pero tres forjadores se interpusieron. Uno lanzó su martillo, otro lo encadenó por la cintura y el tercero intentó aplastarle la cabeza. Shuraz desvió el golpe con Oscuria. El filo cortó una cadena, el cuerpo del forjador cayó de rodillas y el segundo martillo le rozó en el hombro.
La espada larga de Shuraz bailó la danza macabra de la muerte. Un tajo diagonal, otro horizontal, un giro que cortó una mano y luego una cabeza. Pero los enemigos no dejaban de llegar.
Bakthar lo miró desde lejos, con el corazón de Torvak aún en la mano.
—Tú serás el siguiente, paladín de los belurios.
Shuraz respiró con dificultad, rodeado, con la espada empapada en sangre negra.
—¡Ven a por mí, perro del bosque! —rugió.
Los forjadores golpearon el suelo a la vez. Un tambor de hueso resonó en el bosque. Shuraz dio un paso hacia delante, pero avanzar era imposible.
Las líneas de la Guardia empezaban a quebrarse. Los martillos de los forjadores caían sobre escudos y huesos con la fuerza de una avalancha. Cada golpe arrancaba un grito o un cuerpo entero del suelo.
Entonces, los Sacerdotes del Templo continuaron avanzando entre el humo. Sus túnicas azules y doradas estaban ennegrecidas por el hollín, y sobre sus frentes ardían símbolos trazados con aceite. No llevaban armas, solo antorchas encendidas y la fe de Bel-Hur en sus gargantas.
Uno de ellos, el mayor, alzó el báculo con una llama azul que no se apagaba con el viento.
—¡Bel-Hur, quema todo lo que no tiene alma!
Las palabras se propagaron entre los suyos como un latido.
Y el fuego respondió.
El aire estalló en columnas de luz ardiente. Los rezos se extendieron en un rugido coral. Las llamas adoptaron forma de serpientes y reptaron por el suelo, cruzando entre los soldados belurios sin tocarlos. Los forjadores, cubiertos de espinas y hueso, retrocedieron al sentir el calor.
Uno intentó aplastar a un sacerdote, pero la llama azul trepó por su brazo y lo envolvió por completo. El cráneo fundido de su martillo se derritió.
Otro se lanzó contra el fuego, gritaba en su lengua, pero su máscara de hueso se resquebrajó antes de dar el primer paso.
Shuraz aprovechó la oportunidad.
—¡Adelante, por Bel-Hur!
Los hombres se reagruparon. Holen y sus arqueros, desde lo alto de una pequeña colina, lanzaron una lluvia de flechas incendiadas que se unieron a las llamas de los Sacerdotes del Templo.
Zarya, cubierta de hollín, levantó su martillo y aplastó a un forjador que ardía arrodillado pero aún seguía vivo.
El fuego azul iluminaba sus rostros y les infundía valor.
En el centro del caos, los sacerdotes recitaban sin cesar; cada palabra hacía brotar un nuevo resplandor.
El bosque entero respiró con ellos.
El fuego de Bel-Hur, puro y devorador, avanzó en oleadas hasta que los forjadores se vieron obligados a retroceder y sus martillos candentes cayeron sobre el barro humeante.
Durante un segundo, el frente se equilibró.
Y entre chispas en el aire, Shuraz levantó su espada hacia el cielo ennegrecido.
—Benditos seáis, Sacerdotes del Templo —gruñó—. Vuestro fuego los hace retroceder, solo queda enviarlos al infierno.
El eco de sus palabras se fundió con el crepitar de las llamas sagradas y los aullidos de los enemigos, que, por primera vez, empezaban a dudar.