En el Carro Rojo
Un humo denso cubría el campamento mientras, a lo lejos, los cuernos arreshim bramaban con un sonido que hacía vibrar las entrañas. Perin apretó la lanza con las dos manos. Esperaba que su presencia bastara para ahuyentar el miedo.
Los caballos relinchaban con los ojos abiertos de puro miedo.
—Tranquilos, Carro… Rojo… —susurró—. No dejaré que os pase nada malo.
Una sombra cruzó entre las tiendas derruidas. Luego, otra. Gritos. El rugido de un cuerno partió el aire.
Perin echó a correr hacia la parte de atrás del gran carro que le habían confiado, ese féretro gigante sobre ruedas donde dormían los prisioneros vivos y el fantasma de uno muerto.
Abrió todas las cerraduras, empujó la puerta trasera y se coló dentro.
El olor a meados lo recibió, pero olía a algo más, algo dulzón, como fruta podrida. En la penumbra, las jaulas crujieron.
—Que nadie salga —susurró—. No quiero ni un ruido.
—¿Vas a salvarnos tú, pies descalzos? —preguntó con un hilo de voz un preso, viejo y desdentado, antes de echarse a reír.
Perin no contestó. Desde el rincón más oscuro, un resplandor tenue encendió la forma de Narel, el joven sacerdote muerto. El espectro lo observaba con su calma incorrupta.
—No estás solo, Perin.
—Lo sé —murmuró—. Pero preferiría estarlo.
Un golpe resonó en el exterior. El carro tembló. Cayó polvo del techo. Fuera, los caballos relincharon otra vez.
La puerta se abrió de golpe. Con las prisas, no la había cerrado, y un bulto se desplomó dentro. Era un hombre cubierto de barro y sangre, seguido de tres figuras más.
—¡Cierra, por Bel-Hur! —gritó el primero.
Perin reconoció la voz.
—¡Kalthis!
El bardo se levantó y apoyó el laúd.
—Arreshim —jadeó—. ¡Esos malditos duendes verdes! Hay cientos y están por todas partes.
El chiquillo del violín se dejó caer junto a una jaula y empezó a llorar. Vayra, la flautista, estaba abrazada a su compañero tamborilero, no podía parar de temblar.
—No deberíais estar aquí —dijo Perin, abrumado.
—¿Por qué? —preguntó Kalthis.
—Porque no es un sitio seguro —respondió—, y yo no puedo protegeros a todos…
El carro se sacudió de nuevo, más fuerte. Algo chocó contra la madera y raspó por fuera con un horrible ruido metálico.
Todos quedaron inmóviles y en silencio. Narel dio un paso adelante y la temperatura del carro descendió hasta que los alientos de todos fueron visibles.
—¿Qué demonios ha pasado? —preguntó Kalthis y pasó su mano por el vaho que salía de su boca.
Perin extendió la mano hacia él.
—Es Narel. No hace daño. Solo trae un poco de frío cuando se inquieta.
Kalthis lo miró. Recordaba haber visto al espectro. Perin le tocó el hombro. En ese instante, el bardo lo vio de nuevo.
El joven sacerdote muerto con el rostro pálido y los ojos vacíos le devolvió la mirada.
Kalthis se apartó de un salto y derribó su laúd.
—¡Por todos los dioses! ¡No me acostumbro a esto!
Los golpes afuera se multiplicaron. Algo trepó sobre el carro, arañando la madera.
Los caballos relinchaban sin parar. Perin se arrodilló junto al cofre de suministros, sacó un candil y lo encendió con las manos temblorosas.
La llama titiló sobre los rostros reunidos.
Los presos rezaban en susurros. El niño lloraba y Narel alzó la vista hacia el techo.
—Algunos vienen por las almas, no por los cuerpos —dijo.
El bardo levantó la cabeza.
—¿Qué ha dicho?
—Nada que te interese. —Perin dejó de tocarle y desapareció para Kalthis, pero seguía allí para Perin.
—Vamos a morir todos aquí, deberías soltarnos —dijo uno de los presos mientras agarraba los barrotes de su pequeña jaula.
—Que más te gustaría —respondió Perin sin mirarlo siquiera.
El carro se movió. Algo enorme lo empujaba desde un costado. Las ruedas rechinaron contra las piedras. Una de las lámparas cayó, el aceite se derramó por el suelo y la llama creció.
Kalthis dio un paso atrás y tanteó entre los pies hasta dar con su laúd.
—Vamos a arder, Perin.
—Salir sería peor —respondió el guardián del carro, que sofocó el fuego con la chaqueta entre toses.
Los golpes cesaron de pronto. Solo se escuchaba el viento entre las rendijas.
Narel giró lentamente la cabeza hacia la puerta.
—Uno de ellos quiere entrar.
El pestillo tembló. Una garra se coló entre la rendija. Verde, huesuda, con las uñas negras.
Perin volvió a recordar que no había cerrado la puerta con llave.
Vayra chilló aterrada.
Perin agarró la lanza que tenía en el suelo del carro y por fin la alzó contra algo vivo.
—No tocarás a nadie de este carro —susurró.
La puerta se abrió de golpe.
El duende arreshim cayó dentro, sus ojos rojos ardían en la oscuridad.
El niño agarró con fuerza su violín. El tamborilero se tapó con el tambor y cerró los ojos.
Narel alzó la mano y una explosión de luz cegó al arreshim.
Un brazo verde asomó entre las sombras. Los ojos rojos del intruso lo miraron con hambre. Antes de que Perin usara su lanza, el arreshim se deslizó dentro, doblado en un ángulo imposible. Los cuchillos de hueso que agarraba con fuerza lanzaban destellos amarillentos.
—¡Atrás! —gritó alguien dentro.
El duende saltó sobre ellos. El primero en recibir fue uno de los presos, uno joven con una herida en el hombro que estaba demasiado cerca de los barrotes; su sangre manchó la pared del fondo.
El niño lloroso saltó y bloqueó una puñalada con su violín.
La hoja astilló uno de los bordes del instrumento. El arreshim rugió con furia animal.
Perin empuñó su lanza corta, pero el espacio era estrecho y el techo bajo para ese arma.
El duende giró, arañó la pared y su silueta encorvada quedó iluminada por el fuego de las velas del interior.
Vestía con mantos desgarrados, tenía la piel verde terrosa y las orejas puntiagudas.
Aquel ser no era un enemigo cualquiera, sino una pesadilla.
El arreshim arrojó otra de sus dagas. La hoja rozó la mejilla de Perin y le dejó un rasguño de sangre. Trató de clavar la segunda, pero algo invisible lo frenó. Un resplandor sutil recorrió la estancia, apenas perceptible. El duende vaciló y miró alrededor sin entender qué lo contenía.
Narel estaba en el umbral, invisible para los demás. Una sombra apenas trazada, pero sus ojos brillaban con una calma gélida. No habló, solo extendió la mano hacia la lanza de Perin.
Perin avanzó. La punta de la lanza atravesó la carne blanda del pecho del confuso arreshim. Se sacudió, soltó un gemido hueco y cayó contra el suelo. Sus dagas repicaron sobre la madera.
Nadie más vio al espectro que lo había ayudado, solo destellos de luz ocasionales. Cuando Perin recuperó el aliento, Narel ya no estaba allí.
—¿Está muerto? —susurró Kalthis mientras miraba al duende tendido sobre un charco de sangre oscura.
Perin no respondió. Tomó al arreshim por las piernas y lo arrastró fuera del carro.
El peso parecía mayor del que debía tener.
Lo dejó caer al barro, lo cubrió con una lona y miró a los lados sin ver a nadie.
Luego volvió a subir, echó el cerrojo interior y comprobó los mecanismos de cierre: tres pestillos, un gancho oculto bajo el suelo y un sello de hierro.
Los demás lo observaban callados. Fuera, los gritos de los belurios y los rugidos de los arreshim resonaban sobre el fragor del combate.
El fuego iluminaba la sangre en la lanza de Perin.
Reapareció Narel y le tocó la herida de la cara a Perin.
—Le he dicho que no tocara a nadie del carro —murmuró Perin, enfadado. Apretó su lanza con ambas manos y miró la puerta cerrada, mientras una lágrima de rabia se deslizaba por su mejilla.
—Menos mal que no podías protegernos —dijo Kalthis, con los ojos como platos.