El Hijo de la Condena
El bosque se consumía en una guerra que no admitía testigos inocentes. Las llamas de Bel-Hur trepaban por los troncos, los partían en gemidos secos, y el suelo ennegrecido burbujeaba bajo restos de carne humeante y raíces calcinadas que aún se retorcían.
El Durmiente agarró su cetro corroído y hundió los pies en la tierra. Quedó anclado al claro como un pilar antiguo. Esperaba el ataque de su contrincante sin retroceder.
Sairah se abalanzó hacia Sangre. Lo rodeó con los brazos un instante, y el alivio brilló en su rostro al sentirlo vivo. Luego corrieron juntos, ama y lobo. Cruzaron el humo a empujones y sacaron a Anara del centro del claro, lejos del punto donde el choque partiría el mundo.
El aire se volvió denso, casi sólido.
Un sonido metálico recorrió el campo de batalla, profundo, rítmico.
Xorhez cargaba envuelto en un resplandor rojo que palpitaba con cada paso.
La piel cosida de su cuerpo se abría y se tensaba al respirar, los hilos vibraban como nervios expuestos.
Sus ojos ardían con una luz viva, líquida, que dejaba estelas carmesí sobre la ceniza. No portaba armas. No las necesitaba.
Los belurios retrocedieron. Incluso los arreshim, endurecidos por la guerra, olvidaron atacar y observaron con atención. El Heraldo embistió. El Durmiente respondió con un alarido que desgarró el aire y quebró ramas a su alrededor.
El choque fue bestial.
El impacto sacudió el claro, lanzó tierra y fuego al cielo y apagó durante un latido el rugido del bosque. El puño de Xorhez golpeó el cetro. Una ola de luz roja se expandió, aplastó árboles y lanzó cuerpos por los aires. El Durmiente se sostuvo con dificultad. Su carne se agrietó por el impacto.
Xorhez clavó los dedos en el suelo, arrancó una piedra del tamaño de un caballo y se la lanzó. El Durmiente la destrozó con un golpe del cetro y se abalanzó sobre él. Ambos cayeron entre raíces retorcidas.
El suelo se hundió bajo sus arremetidas. El Heraldo lo golpeó una y otra vez, cada impacto abría una nueva grieta en el pecho grisáceo del otro monstruo.
El Durmiente respondió con un puñetazo que le rompió la mandíbula. La luz roja dentro del cuerpo del Heraldo se agitó, frenética, como si tuviera una tormenta atrapada bajo la piel.
El Durmiente lo sujetó por el cuello.
—Eres… carne de un hombre. —Su voz era un rugido roto, nadie la había escuchado antes—. Yo… fui antes que tú.
Xorhez apoyó ambas manos sobre las muñecas del gigante y un resplandor rojo atravesó la carne del Durmiente. La piel se derritió hasta mostrar huesos humeantes.
El monstruo lo soltó y aulló.
A su alrededor, belurios y arreshim se mataban mutuamente. Shuraz gritaba órdenes entre el caos mientras Edoz, al otro lado del campo de batalla, se medía contra el Hechicero Negro.
—¿Qué demonios es eso? —murmuró Shuraz mientras veía cómo los titanes peleaban a muerte.
El Heraldo dio un paso adelante. Su voz no salió de su boca, sino de todos los lugares a la vez:
—El ojo de Kudram te ve. El ojo de Kudram te juzga.
El Durmiente se impulsó y lo embistió. Los dos engendros chocaron con un sonido seco. Los árboles se partieron a su paso y se abrió fuego en dos lenguas de luz.
La tierra tembló.
Anara despertó abatida en los brazos de Sairah y levantó la mirada. El interior de su cuerpo aún ardía tras haber usado el fuego de su fe.
—Bel-Hur… si me oyes… —susurró, pero el rugido de los colosos ahogó su voz.
—Tranquila, Anara. Estoy contigo —murmuró Sairah a su oído. Su cuerpo cubrió a la suma sacerdotisa. Sangre se mantuvo alerta a su lado.
El Durmiente apretó los dientes ennegrecidos y hundió su cetro en el abdomen del Heraldo.
La luz roja parpadeó. Por un instante, el Heraldo se dobló. Entonces, lo abrazó y la carne de ambos empezó a arder mientras el aire se volvía fuego sólido.
Shuraz se cubrió la cara y el bosque gritó con ellos. Y en el centro del incendio, el Heraldo del Profeta y el Señor de la Sombra quedaron trabados en una lucha que hacía vibrar la tierra.
Nadie sabía cuál de los dos seguiría en pie cuando el humo se disipara.
El viento agitaba la tienda y traía el olor a sangre desde el frente.
Belbarozh despertó sobresaltado. El ruido metálico de los cuernos arreshim estremecía el aire, y cada toque parecía quebrar algo dentro del campamento. Intentó incorporarse, pero la pierna izquierda no le respondió.
El sanador, un hombre joven con los ojos hinchados por el cansancio, lo sujetó por el hombro.
—Aún no puede levantarse, mi señor.
—Fuera —ordenó el príncipe con voz ronca.
El sanador dudó.
—Fuera —repitió.
El muchacho obedeció y desapareció tras la lona. Belbarozh se quedó solo con el retumbar de los tambores que escuchaba del campo de batalla.
Alargó la mano hacia una espada apoyada contra un cofre. Sus dedos temblaron al alcanzarla. El acero se le resbaló y cayó al suelo con un golpe seco.
—Maldito seas, Bel-Hur —murmuró entre dientes—. Mi pueblo me necesita.
Las sombras se movieron tras el resplandor de la lámpara de aceite. Diez figuras cruzaron la entrada de la tienda.
Los Sacerdotes del Templo, con sus características túnicas azules ribeteadas de oro, lo rodearon en silencio. El primero en hablar fue el Sacerdote Mayor, el anciano de barba blanca que encabezaba el grupo; su bastón golpeó el suelo con un eco de campana hueca.
—El enemigo ha roto la línea norte. Debemos evacuarlo, alteza.
Belbarozh observó sus caras, todas endurecidas por el miedo contenido.
—¿Y Anara?
—En el frente. No podemos esperar sus órdenes.
—Ella decidiría lo mismo —susurró el príncipe, abatido.
El anciano asintió y se volvió hacia los dos cofres cubiertos por telas bordadas con la figura de un ave fénix de alas extendidas.
Retiró los paños con gesto solemne y dejó al descubierto la madera rojiza, surcada por vetas oscuras como venas vivas.
Abrió primero uno, luego el otro. La luz que brotó de su interior arrasó la tienda, tiñéndola de reflejos dorados que parecían palpitar.
En su interior, las dos reliquias de los reyes reposaban sobre sedas ennegrecidas por el tiempo: la Corona de los Reyes de Beluria mostraba un aro antiguo, pesado, cubierto de runas gastadas y puntas quebradas, aún cargado de una autoridad que oprimía el aire.
El Amuleto de la Unidad pendía intacto: metales entrelazados, pulidos por siglos de juramentos, y una gema central en forma de trébol, tibia al tacto, que latía con una promesa de unión silenciosa, antigua, reverente, destinada a reinar sobre pueblos fragmentados eternos.
Ninguno de los dos objetos sagrados había sido tocado desde hacía décadas, y de momento así se mantuvieron.
—Imploraremos a Bel-Hur que nos de su poder —pidió el príncipe con la mirada perdida.
—Bel-Hur no ha sido invocado por los Sacerdotes del Templo desde hace cuarenta años —dijo uno de los más jóvenes, con la voz rasgada y los ojos clavados en las reliquias. Morirán muchos si lo hacemos.
—Moriremos igual sin su fuego —respondió el anciano.
Belbarozh apretó el bastón entre los dedos.
—Hacedlo. En mi nombre y en el de Beluria.
Se creó un silencio reverente. Los sacerdotes formaron un círculo.
Cada uno desenvainó su cuchillo ritual, se remangó la túnica y se hizo con él un corte en su antebrazo.
La sangre cayó sobre el suelo, se mezcló y formó el símbolo de Bel-Hur, el sol radiante que todos llevaban bordado en sus túnicas. En ese instante, ardió sin llama.
El aire se espesó. Las reliquias vibraron dentro de sus cofres y de sus grietas se escapó un resplandor blanco que golpeó las paredes de la tienda e hizo apartarse y cerrar los ojos a todos los presentes.
El anciano entonó una plegaria en un dialecto del belurio antiguo, una lengua olvidada que llevaba décadas sin resonar en el Mundo Antiguo.
A cada sílaba, el aire se volvió más denso.
Los ojos de los sacerdotes se tornaron blancos al unísono y, entre la penumbra de la tienda, brotó un aroma a rosas, dulce y rotundo, como una respuesta inequívoca del poder divino.
—¡Por Bel-Hur, que su fuego nos considere dignos! —exclamó el Sacerdote Mayor.
Fuera, el suelo vibró como una bestia herida.
Un rugido cruzó el campamento y desgarró la noche.
Llamaradas blancas estallaron en el cielo a lo lejos, cayendo con precisión cruel sobre los arreshim que acechaban entre las copas de los árboles cerca de la tienda del príncipe y los que irrumpían en grupos en las cercanías.
Ardieron en un fuego azul que no consumía de inmediato; gritaban con las gargantas carbonizadas, voces ajenas que se rompían en alaridos imposibles.
Dentro, los sacerdotes recuperaron el aliento de golpe. Parpadearon, desorientados, y al reconocer el lugar se volcaron sobre el príncipe. Entre varios lo ayudaron a incorporarse, mientras el eco de los gritos moría afuera.
—Debemos ponerle a salvo —dijo el anciano.
—¿Dónde? —preguntó otro de los sacerdotes.
—En el bosque. Allí encontraremos refugio.
La madriguera se abrió entre las raíces de un roble muerto. El aire dentro apestaba. Había ramas secas arremolinadas sobre un suelo cubierto de huesos pequeños y cuencos de barro agrietados.
Uno de los clérigos alzó la lámpara. En la pared del fondo, alguien había pintado con sangre en una roca una estrella de ocho puntas con un ojo en el centro.
—Eso no es obra de los arreshim —susurró uno de los sacerdotes.
—Kudram —murmuró otro y dio un paso atrás.
El anciano colocó una mano sobre el hombro del príncipe.
—Deberíamos irnos de aquí, mi señor —aconsejó el Sacerdote Mayor.
—Nos quedaremos —contestó el príncipe al anciano—. Bel-Hur no abandonará a su elegido.
Los demás se dispersaron para inspeccionar la gruta. El más joven apartó unas pieles ennegrecidas del altar central y descubrió un cuenco lleno de sangre seca.
—Han hecho sacrificios. No hace mucho… hay mucha sangre…
Belbarozh sintió un escalofrío subirle por la espalda.
—¿Estamos a salvo? —preguntó un sacerdote.
El anciano no respondió. Se limitó a clavar el bastón frente al altar, cerró los ojos y murmuró una última oración.
—Bel-Hur, protege a tus humildes siervos, que solo desean lo mejor para su pueblo.
Sobre sus cabezas, el rugido del combate se acercaba otra vez.
Los sacerdotes rodearon en círculo al futuro rey de Beluria, dispuestos a dar la vida por él.
El bosque ardía desde el horizonte hasta el campamento. Las sombras de los árboles se alzaban como lanzas negras sobre un cielo rojo.
Shuraz avanzó entre los cuerpos en guardia, con la espada en alto.
—¡Escudos al frente! ¡Formad en línea!
El estruendo de los tambores arreshim le respondió desde la espesura.
Había cientos de ojos rojos entre los árboles. Los duendes verdes estallaron en el claro, con la piel verde aceitosa y los colmillos puntiagudos que relucían al fuego. Avanzaban en enjambres, descalzos, armados con lanzas torcidas, espadas oxidadas, garfios y todo tipo de armas punzantes.
La segunda oleada cayó sobre la Guardia del Éxodo.
El choque sacudió la tierra. Los belurios de la primera línea aguantaron el impacto. Las lanzas se clavaron en las gargantas verdes, pero los arreshim treparon por encima de los escudos.
Uno de los duendes lanzó un mordisco en el cuello de un soldado belurio y la sangre salpicó a toda la segunda línea. Un arreshim le arrancó un ojo de un zarpazo a un oficial antes de ser partido en dos por una alabarda.
—Segundo batallón, ¡avanzad! —gritó Shuraz—. ¡Cerrad la brecha!
Torvak, uno de sus oficiales, corrió con una docena de hombres hacia el enfrentamiento de la derecha.
Su capa verde ondeaba en el aire frío de la noche.
Levantó la lanza y atravesó a un arreshim que le saltaba a la cara.
Otro le mordió el brazo y no lo soltó hasta que Torvak lo golpeó contra un tronco hasta romperle el cráneo.
Las órdenes se cruzaban entre el estruendo.
—¡Arqueros, apuntad al cielo! —gritaba Zarya, la oficial.
El silbido de las flechas llenó el aire.
Los cuerpos cayeron ensartados de los árboles.
Una roca del tamaño de un carro cayó en medio del campamento. La tierra se levantó. El fuego se apagó por un instante, y cuando el humo se disipó, todos vieron a lo lejos a los dos gigantes enzarzados en la lucha.
Uno, rojo luminoso; otro, gris piedra. El Heraldo de Kudram y el Durmiente de los arreshim.
Pero Shuraz no apartó la vista del frente.
—¡Ignoradlos! ¡Ese no es nuestro frente! —rugió—. ¡Formad en torno a la estaca central! ¡Que nadie ceda!
Una horda de arreshim más grandes irrumpió entre los cadáveres. Iban cubiertos con pieles secas y cuernos, y lanzaban redes de hueso. Uno agarró a un belurio por las piernas y de un solo tirón lo partió por la mitad, mientras otro arrancó la cabeza de un soldado de un solo golpe.
El tercer batallón retrocedió.
—¡Por Bel-Hur, manteneos! —Shuraz corrió hacia ellos, Oscuria brillaba en su mano como un fragmento de noche viva.
El filo vibró al contacto con la carne enemiga y cortó a tres arreshim en un mismo movimiento.
Un cuarto se le abalanzó al estómago; Shuraz lo esquivó, lo detuvo con la rodilla y lo hundió en la tierra. La sangre oscura le salpicó la coraza.
El aire lleno de humo se volvió irrespirable.
A lo lejos, el Heraldo lanzó un golpe que hizo temblar el suelo; el Durmiente se tambaleó, y una lluvia de escombros cayó sobre los combatientes.
Algunos soldados miraron atrás, aterrados. Shuraz, tras ellos, los empujó.
—¡No os rindáis! ¡Si caéis, caerá el éxodo entero!
Una ráfaga de fuego cruzó el aire.
Eran los Sacerdotes del Templo, consumidos por plegarias a Bel-Hur. Hacía décadas que nadie veía a uno combatir. Sus túnicas azules y doradas volaban en la noche y las llamas blancas que invocaban prendieron sobre los cuerpos de los duendes, que gritaban con voces demasiado humanas.
Por un momento, la línea resistió.
Las botas pisaban cadáveres desmembrados y los escudos se hundían en montones de carne verde.
Los gritos se confundieron con el rugido del combate de los colosos.
Y cuando la Guardia del Éxodo empezaba a recuperar terreno…
Desde la espesura llegó un sonido grave, un golpe seco, luego otro, y otro más.
Todos los arreshim callaron y de entre los árboles emergieron nuevas figuras, más altas que un hombre, cubiertas de espinas y máscaras de hueso. Cargaban martillos hechos con cráneos fundidos y marchaban hacia la Guardia, paso a paso. Eran los Forjadores de Cráneos.
Shuraz bajó la espada, miró a Torvak y supo que lo que venía no era una oleada. Era la sentencia.