Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) El rugido del bosque #2
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El rugido del bosque #2

Anara se alzó con esfuerzo, con el fuego de Bel-Hur aún encendido a su alrededor. Pero el cuerpo no le respondía y cayó al suelo, desplomada. El Durmiente levantó el cetro sobre ella, dispuesto a aplastarla.

El aire se contrajo y algo paró a la bestia de golpe.

La lona negra de la tienda del Profeta parecía hecha de noche compacta. Lyria flanqueaba la entrada, inmóvil mientras afilaba su daga enrunada.

Dentro, un círculo de símbolos rojos cubría el suelo, y sobre ellos, el Profeta de Kudram repasaba un libro de cubiertas metálicas. Cada letra ardía con una luz roja, débil, como brasas que se negaban a morir.

El Profeta pasó una página con lentitud. Mientras, cuatro Ungidos Ciegos rezaban a su lado.

—El ojo se abre cuando la fe arde —murmuró.

El ungido que estaba junto a él se estremeció.

—Mi señor… ese libro no debía abrirse hasta…

El golpe resonó seco. El Profeta le cruzó la cara con el dorso de la mano.

—Hasta cuando Kudram lo diga. Y Kudram ya me ha hablado.

Torbu irrumpió cojeando entre las cortinas. Estaba cubierto de barro.

—¡Han venido del bosque! Los arreshim tienen un monstruo, lo llaman el Durmiente. No deja nada en pie.

El Profeta alzó la vista del texto. Las runas aún parecían palpitar cuando Torbu bajó la cabeza y se tocó el brazo herido, sujeto al cuello con una cuerda basta. El gesto del criado delataba miedo más que dolor.

—¿Y por qué habrían de importarnos unos duendes que defienden su territorio y masacran a nuestros rivales belurios? —escupió el Ungido Ciego mientras se limpiaba la sangre del labio, aún tembloroso por el golpe recibido.

El Profeta lo observó.

—Porque entre esas garras no solo caen belurios —respondió con voz áspera—. Caen también nuestros hijos. Los que rezan a Kudram en la intimidad. Los que llevan la marca del dios oscuro oculta bajo la ropa.

El ungido frunció el ceño.

—Son pocos.

—Son suficientes —replicó el Profeta—. Kudram no se alimenta de multitudes, sino de fe incondicional. Si permito que mueran, perderemos algo más que carne: perderemos voz entre los suyos. Y sin voz, no hay siembra. Sin siembra, no hay cosecha.

Cerró el grimorio con un chasquido metálico que resonó en la estancia.

—Además —añadió—, mientras los Hijos de Kudram caminen junto al pueblo belurio, aún somos necesarios. Consejeros, salvadores, guías en la noche. Si los abandono ahora, me convertiré en lo que ya soy para muchos, un traidor útil que actúa solo cuando conviene.

Torbu tragó saliva.

—¿Y si los belurios vencen?

Una sonrisa torcida cruzó el rostro del Profeta.

—Entonces, habremos sobrevivido con ellos. Y cuando llegue el momento, recordarán quién no los dejó solos cuando la sangre corría por el barro del Bosque Sagrado.

Se puso en pie y apoyó ambas manos sobre la mesa.

—No los defiendo por piedad —sentenció—. Los defiendo porque Kudram aún los necesita vivos. Y porque un líder sin pueblo no es un profeta, es solo un cadáver que todavía habla.

El Profeta alzó la vista.

—Prepara la caja —ordenó con la mirada perdida.

Torbu palideció.

—No… no puede ser. Dijiste que el Heraldo solo despertaría para la Última Guerra —respondió Torbu pensando en alto.

El Profeta avanzó un paso y su sombra cubrió a Torbu mientras este cerraba los ojos esperando lo peor.

—La guerra ya ha empezado.

El guardia de pelo blanco dio un paso adelante, desenvainó la espada negra sin un sonido y apuntó a Torbu al cuello. El criado, aterrado, retrocedió hasta chocar con la caja, cubierta de mantas y pieles. La descubrió. El metal la rodeaba como una prisión viva, grabada de runas selladas con hueso.

—Ábrela —ordenó el Profeta.

Los ungidos temblaron y Torbu obedeció.

—¡Kudram lo prohíbe! —exclamó uno de ellos y cayó de rodillas.

El Profeta lo tomó del cuello. Su mano era delgada, pero su fuerza era inhumana.

—Kudram no prohíbe. Kudram ordena. Yo soy su voz y me ha hablado. Tú servirás de alimento.

Lo arrojó dentro de la caja. El grito del ungido duró lo que tarda un cuchillo caliente en cortar la manteca. El desagradable sonido del crujir de huesos y la carne al reventar llenó la tienda. Luego hubo silencio.

El Profeta abrió de nuevo el grimorio. Las letras encendieron la tienda con una luz roja.

—Levántate, Heraldo mío. Lleva el juicio al bosque.

La caja vibró. Las cadenas se tensaron. Del interior emergió una figura ensangrentada, cosida con pieles secas y cubierta de restos humanos de su reciente ofrenda.

Masticaba. Tenía el bastón de los Soberanos hundido en el pecho, irreconocible para nadie excepto para los Hijos de Kudram.

Sus ojos sin párpados estaban fijos en el Profeta.

—Xorhez —susurró él—. Sirve al ojo de Kudram.

El Heraldo inclinó la cabeza.

La voz del Profeta se volvió un murmullo:

—Encuentra al Durmiente. Siléncialo para siempre.

El fuego del bosque aún ardía cuando el Durmiente levantó su cetro para destruir a Anara. El aire temblaba a su alrededor. La suma sacerdotisa estaba tirada en el lecho del bosque, pálida, y la luz de Bel-Hur se apagaba en su piel. Era el final.

El cetro descendió.

Entonces, un rugido profundo estalló en el bosque. Algo golpeó al Durmiente con fuerza y lo lanzó contra un enorme roble. La tierra se abrió bajo su cuerpo.

Entre la niebla, una figura emergió.

Era alta, demasiado para conservar algo humano.

Avanzaba como un cadáver que se negaba a caer, con la piel ennegrecida y cuarteada aún marcada por quemaduras antiguas que jamás habían cerrado.

Cada paso dejaba tras de sí un rastro oscuro, la tierra ennegrecida y agrietada.

El pecho, abierto y cosido con gruesos hilos rojizos, ardía desde dentro.

Las puntadas vibraban, tensas, vivas, y entre ellas se filtraba una luz carmesí que palpitaba al ritmo de un corazón que ya no debía latir.

No era un brillo constante, se encendía y se apagaba con cada respiración rota.

Tenía los puños cerrados con furia inmóvil, e irradiaban el mismo resplandor rojo.

La luz se derramaba entre los nudillos, goteaba como sangre hecha fuego.

Vael, aún cubierto de sangre, salió de su trance

—Por Bel-Hur… ¿Qué es eso? —murmuró entre dientes.

El Heraldo alzó la cabeza.

—El ojo ve. El ojo castiga —dijo sin abrir la boca, con una voz hueca que sonó en todas direcciones, sin origen aparente.

El Durmiente rugió y se incorporó.

Ambos rivales se midieron en silencio. El Durmiente era el doble de grande que el Heraldo, pero este último suplía su falta de tamaño con bravura de sobra.

El suelo tembló.

Y entonces, el Heraldo de Kudram se lanzó al ataque.