El rugido del bosque
El foso de la jauría era como una herida en el Bosque Sagrado. Entre la bruma, la mole del Durmiente emergió cubierta de sangre, con sus músculos tensos y los ojos en blanco. A sus pies yacía el cuerpo del líder de los Sin Dios, destrozado, con sus tripas desparramadas por la tierra oscura.
Un gruñido quebró el silencio. Sairah apareció entre las sombras con su bastón en alto y Sangre a su lado.
—Padre… —susurró cuando vio a su progenitor destrozado en el suelo del foso.
El Durmiente giró la cabeza con sus dientes afilados manchados de sangre.
Sairah cargó contra él sin pensarlo. La vara golpeó contra el torso de la bestia, que apenas retrocedió un paso, sorprendido por la furia de la mujer. Sangre saltó a la garganta del monstruo, desgarró la piel y le dejó surcos sangrientos.
Los Sin Dios que había entre el caos de la multitud, dudaron.
Sin líder, sin voz que los mandara, permanecieron inmóviles.
Tenían sus precarias armas en la mano, pero no movieron un dedo hasta que vieron a Sairah pelear.
El primero lanzó una cadena, otro corrió con un garrote en lo alto y pronto una ola de cuerpos rapados de entre la caótica multitud se abalanzó contra el coloso.
El líder, agonizante, despojado de sus piernas, aún respiraba.
Su pecho subía y bajaba como un fuelle roto.
Apenas le quedaba un suspiro de vida. Buscó a su hija entre el tumulto.
La vio en pie, con la vara hundida en abdomen del Durmiente.
Resistía su fuerza descomunal y, de algún modo, guiaba a los suyos, que ahora la ayudaban contra el engendro.
Un brillo extraño asomó en los ojos ennegrecidos del viejo guía de los Sin Dios antes de morir. Sairah retrocedió entre restos humanos, dejó atrás al Durmiente y se inclinó sobre su padre muerto. Le cerró los ojos con la mano y, sin una palabra, volvió a alzar la vara.
—¡Sangre por sangre! —gritó la guerrera, rabiosa.
El Durmiente salió del agujero en la tierra sin mayor dificultad y rugió; un solo zarpazo desgarró a dos Sin Dios. Los guerreros rapados luchaban a su alrededor como un enjambre. Sangre se aferró a su espalda y le mordió la nuca. Costaba moverse en el foso, entre ramas rotas y cuerpos desmembrados.
Sairah saltó con agilidad, ejecutó una pirueta, dejó atrás el foso y atacó. Su vara chocó contra las garras de la bestia que se volvió hacia ella. Los dos quedaron trabados frente a frente, guerrera contra coloso.
El Durmiente bajó el rostro hasta ella, tan cerca que podía oler su aliento.
Y entonces, sonrió.
Dentro del foso aún se respiraba sabor a muerte.
El barro estaba tan rojo de sangre que brillaba bajo la luz de los hongos del bosque.
Entre los cuerpos desgarrados y los despojos, Vael seguía allí.
El lobo blanco superviviente estaba sentado, con las rodillas abrazadas, y temblaba como un niño perdido.
Su pelo largo, pegajoso de sangre, le cubría media cara. No parpadeaba. Miraba el montón desmembrado que había sido su hermano, reducido ahora a un amasijo de huesos quebrados bajo el peso del Durmiente. La boca de Vael se abrió, pero no pudo decir nada.
Un cuervo bajó y picoteó un resto. Vael lo espantó con un manotazo torpe. Se arrodilló junto a lo que quedaba de Kael y hundió las manos en el barro, intentando reconocer algo, un rostro, un gesto, pero solo había vísceras y huesos rotos.
Entonces, vio algo de hierro entre el barro.
El coloso Rompehuesos también yacía despedazado. Aún tenía las cadenas con las que había luchado enroscadas como serpientes muertas a su alrededor. Vael se inclinó y arrancó los grilletes del barro con un esfuerzo que lo hizo gruñir. El metal estaba frío, como su corazón.
Con los dedos manchados de sangre, sujetó las cadenas contra su pecho y levantó la cabeza. Sus ojos vidriosos buscaron el cielo del bosque, invisible bajo la bruma, y se perdieron en la nada.
No dijo una palabra. Solo apretó los eslabones hasta que le dolieron las manos.
El eco del rugido del Durmiente aún flotaba en el aire, aunque la bestia ya no estaba ahí.
Vael estaba en el foso lleno de barro y cadáveres con las cadenas enrolladas en sus manos y los labios partidos.
El llanto se confundía con la sangre en su rostro.
Un sollozo le estalló en el pecho y salió convertido en un rugido.
Saltó sobre el borde del hoyo. Su cuerpo giró en el aire con una pirueta impulsada por la furia y cayó con la agilidad de un depredador.
Frente a él, el Durmiente avanzaba aún entre cuerpos rotos de los Sin Dios, que caían como moscas mientras Sairah se mantenía en la lucha contra el monstruo que dejaba un reguero de carne destrozada bajo sus pies enormes.
Vael no lo pensó.
Corrió descalzo sobre la tierra enrojecida y con un salto final se lanzó a la espalda de la bestia. Las cadenas se tensaron en sus manos y las enrolló alrededor del cuello del monstruo. El hierro se cerró con un sonido áspero.
—¡Maldito! —escupió, ahogando su propio llanto.
El Durmiente bramó y el bosque entero pareció estremecerse con el rugido. Intentó sacudírselo de encima, pero Vael no lo soltó. Los músculos de sus brazos se tensaron, sus venas parecían reventar bajo la piel, y aun así, apretó más.
El aire se llenó del crujir de la piel y los músculos, junto al chasquido de la cadena sobre la carne monstruosa.
Vael gritó otra vez, un grito que ya no era humano.
Anara se abrió paso entre los cuerpos heridos.
El aire ardía con el hedor de la carne quemada y la sangre.
Sus esfuerzos se centraron en sanar a los caídos, invocando la luz de Bel-Hur sobre los moribundos.
Cada descarga de su dios le atravesó como un dolor creciente, pero mantuvo la firmeza.
Al fondo del claro, el Durmiente trituraba a los Sin Dios como hojas secas.
Un rugido animal rompió la distancia. Sairah golpeó al monstruo con su bastón.
Con cada impacto, saltaban astillas. A su lado, Sangre se lanzó a las piernas de la criatura y hundió los colmillos en su carne gris.
Y sobre su espalda, Vael, el Lobo Blanco, envolvía una cadena al cuello del Durmiente, con el rostro cubierto por la sangre.
Anara corrió hacia ellos. La luz de Bel-Hur empezó a brotarle del pecho y se extendió por su brazo.
—¡Atrás! —gritó, mientras la claridad le subía hasta el hombro.
Pero el Durmiente levantó el cetro antes de que pudiera llegar. El aire se dobló y una onda brutal arrasó el claro. Sairah salió despedida, Vael rodó entre raíces y Sangre cayó con un quejido muy feo.
Anara cayó de rodillas. Le zumbaban los oídos y tenía un sabor metálico en la boca. Sangre se retorcía frente a ella, con un boquete humeante en el costado. La tierra bajo su cuerpo se había petrificado.
—¡Sangre! —gritó Sairah, y trató de arrastrarse hasta él, pero el Durmiente la sujetó del pelo y la levantó en el aire.
Anara alzó la vista. El monstruo giró su cara hacia ella y abrió sus fauces.
—Bel-Hur… —susurró—, dame tu fuego.
El suelo se encendió bajo sus pies. Un círculo de luz blanca envolvió su cuerpo. Las hojas del bosque se levantaron, agitadas por un viento invisible. El Durmiente pareció dudar por un instante; la cadena de Vael aún colgaba de su cuello pétreo.
Anara se alzó y sus ojos se llenaron de una luz que no pertenecía a este mundo. El siguiente latido quebró el bosque, la tierra tembló, las copas gimieron y el aire se rasgó entre ella y el monstruo. El fuego de Bel-Hur nació sin aviso en una lengua blanca y dorada que estalló como un sol cercano.
El Durmiente lanzó a Sairah con un bramido. Dio un paso atrás, envuelto en la llamarada, mientras la luz lo devoraba todo a su alrededor. Las sombras huyeron, las raíces se carbonizaron y el olor a carne quemada inundó el claro. El fuego no danzaba, castigaba.
Cuando el resplandor se apagó, quedó el silencio. La figura seguía allí, con la piel ennegrecida que se resquebrajaba, humeante; partes de su cuerpo se habían fundido y dejaban ver su ennegrecido esqueleto, y aun así, permanecía en pie.
Alzó el cetro, desafiante. De su garganta brotó un aliento oscuro y sus ojos, consumidos, volvieron a fijarse en Anara.
No había caído, y eso lo hacía aún más peligroso.
Sairah, desorientada, recuperó su arma y, sin pensar con claridad, entre el caos, buscó preocupada a Sangre.
El Durmiente avanzaba entre cuerpos rotos. Su piel, quemada por el fuego sagrado exhalaba un humo espeso que olía a carne carbonizada. Cada paso que daba hacía vibrar la tierra.
Anara cayó sobre una rodilla. La luz aún ardía dentro de ella, pero ya no notaba el dolor. El lobo rojo yacía a su lado con el costado abierto. Tenía carne petrificada alrededor de la herida.
—No mueras ahora, Sangre; no puedes dejarnos —susurró la suma sacerdotisa.
Extendió la mano. La luz cálida se abrió paso entre sus dedos temblorosos y el resplandor se derramó sobre la herida del lobo.
La carne chispeó y el olor a carne quemada llenó el aire.
El animal tembló y sus ojos se quedaron en blanco.
Un gruñido profundo surgió de su garganta, un espasmo le recorrió el cuerpo y… respiró.
Anara bajó la cabeza, jadeante. Su vista se oscureció por un instante y un pinchazo de dolor le atravesó la cabeza.
—Bel-Hur… basta —murmuró a punto de desvanecerse—. No me quites más.
A pocos metros, Vael trataba de incorporarse. Buscaba con torpeza la cadena que antes colgaba de su brazo, pero no era capaz de encontrarla. La vista se le nubló y el suelo no paraba de girar bajo sus pies. Aun así, apretó los dientes y escupió sangre.
—Kael… —balbuceó, mientras buscaba a su hermano muerto entre los cuerpos caídos.
El rugido del Durmiente interrumpió todo pensamiento.
El monstruo cargó hacia Anara. A su paso, los Sin Dios salieron despedidos como muñecos, chocando contra los árboles. El cetro de la criatura brillaba con un tono verde enfermizo y la espiral de su frente se iluminó.